La noche sin riberas

La noche sin riberas


VII

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—No seáis cabezotas —vuelve a barrernos con la mirada y pregunta—: ¿No se atreve nadie? —Espera en vano unos instantes y, luego, agrega—: Peor para vosotros —y se dirige a la puerta lentamente, la espalda encorvada, caídos los brazos.

También nos visita el chulo Grijalba. Se acerca a las filas, golpea a tres con la punta de la fusta en el pecho y les ordena:

—Tú, tú y tú, un paso al frente.

Los así designados obedecen, y Grijalba les pregunta:

—¿Estáis bautizados? —los tres contestan afirmativamente con un movimiento de cabeza, y Grijalba razona—: Pues si estáis bautizados, sois católicos; y, si sois católicos, estáis obligados a cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia, ¿no? —Los aludidos permanecen inmóviles y callados y Grijalba, esgrimiendo la fusta, les increpa—: Conque os negáis ¿eh? —Grijalba repite la pregunta a cada uno de ellos inútilmente y se detiene ante el último. Grijalba ha palidecido de ira y sus ojos de gato chispean. Levanta la fusta y entonces la expectación y el silencio se atirantan.

Estamos al borde del precipicio. La sangre nos nubla el entendimiento. Es sólo un instante, pero un instante paroxístico. Menos mal que Grijalba baja la fusta, da media vuelta y sale del dormitorio precipitadamente.

Remite la tirantez y respiramos, y, cuando se deshace la formación, corremos a felicitar y a abrazar al protagonista, que aún tarda en recobrarse. Parece muy cansado y apenas corresponde a nuestra efusividad.

—Yo creí que se armaba la gorda —me dice Capote.

—Y yo, también. Pero ha habido suerte.

—Sí, ha habido suerte.

El incidente es motivo de comentarios sin fin. El peligro nos ha rozado con un ala, creemos todos. Pero no pasó de ahí, por fortuna. De lo contrario, podríamos estar lamentando una desgracia irreparable, tal vez nuestra perdición definitiva. A pesar de ello, nos satisface mucho que haya sucedido.

—Así sabrán que todavía nos quedan agallas.

Pero no nos dejan tranquilos. A última hora de la tarde irrumpe bruscamente en nuestra sala el director, tan bruscamente que ha de detenerse para dar lugar a que formemos. Le acompaña toda su plana mayor. Empuña el bastón de mando. No fuma. Nos mira severamente como un general que pasase revista a sus tropas antes de comenzar la batalla. Nosotros, por nuestra parte, nos preparamos para recibir su embestida. Embestida violenta y extremada, tememos. Mas Chico Listo cambia repentinamente de expresión, como quien cambia de careta. Sonríe, mueve la cabeza, adopta un gesto bonachón y nos habla en tono paternal. ¿No nos acordamos ya de nuestra madre? Ella fue la que nos enseñó a rezar, la que trazaba la señal de la cruz en nuestra frente cada noche, antes de que nos durmiéramos, la misma que ahora, desde el cielo o, para los que tengan la suerte de que aún les viva, desde el santuario, sí, santuario, del hogar, espera que correspondamos a sus enseñanzas, a su cariño y a sus desvelos. (No hay nada como una madre. Si ella estuviera aquí, lo primero que os aconsejaría, que os pediría con lágrimas en los ojos, es que acudierais a la confesión para tranquilidad de vuestras conciencias y de la suya). Su tono melifluo y sus gestos melodramáticos llegan casi al punto de conseguir que estalle una carcajada general. A mí, la risa me cosquillea en la garganta y tengo que realizar un esfuerzo verdaderamente angustioso para contenerla.

—¿Queréis decirme qué perderíais por ello? —sigue diciendo después de una pausa—. ¿Eh, qué perderíais por ello? Nada y, en cambio, podríais ganar mucho. Que no os quepa duda de que la buena nota que este establecimiento puede ganar mañana si cumplís con vuestro deber de españoles y católicos, redundaría en vuestro beneficio, porque demostraría que sois unos españoles recuperables para Dios y para la patria. Y eso vale mucho. Yo me sentiría muy satisfecho, y eso también vale mucho. En fin, que sería un gran bien para todos. Pensadlo bien. Aún estáis a tiempo. Treinta virtuosos sacerdotes aguardan vuestra decisión…

Espera. Nosotros permanecemos impasibles, desafiándole con una provocativa actitud, en bloque, de indiferencia. En vista de nuestra obstinación, Chico Listo frunce el ceño, cambia la máscara de afabilidad por la de la adustez, y enciende un cigarro puro lentamente y, después de dos o tres nerviosas chupadas que envuelven su cabeza en humo, llama al jefe de sala para decirle:

—Cuando rompan filas, me haces una relación de todos aquellos que no quieran confesar, sólo de los que no quieran confesar, ¿entendido?

Nos apuntamos todos. Era nuestro desquite. Al día siguiente comulgaron únicamente los rancheros y algunos ordenanzas. ¡Derrota inapelable de Chico Listo! Por una vez al menos, habíamos conseguido desbaratarle una de sus operaciones más meticulosa y desvergonzadamente preparada. ¡Qué fracaso el suyo! Pero no tardó mucho en tomarse la revancha con recrecida furia: partidos de fútbol, combates de boxeo, conciertos, desfiles. El movimiento continuo, la agitación permanente. Y todos los días, numerosas remesas de castigados a celdas. Y Portaviones, Mula Romera, Goering y Grijalba, en plenitud de funciones. Los pingüinos, en retirada, se reducen a dos: Vulpes, para el departamento de mujeres, y el padre Gregorio, simplón, campanudo y estólido como un sochantre, para la grey masculina. Las monjas, reconcomidas e impotentes, silbando sutiles amenazas contra el director y sus secuaces, se limitan a desempeñar rutinariamente sus funciones secundarias. (Lo sentimos mucho, pero no podemos hacer nadar. Estamos solas. Los padres no nos ayudan). Chico Listo es el amo, el omnipotente dentro del penal. Quienes tantas rosadas ilusiones concibieron cuando se supo que Chico Listo sería nombrado director del penal, confusos al principio por sus aparatosas acciones (¿Qué es lo que pretende? ¿A dónde quiere ir a parar? ¿Será todo una falsa maniobra para despistar? Este tío es mucho más fino de lo que creíamos) han abandonado ya definitivamente su confianza en este hombre. (Lo que busca este cabrón es hacer méritos a costa nuestra. Es un títere. Es un caradura sin escrúpulos. Este Chico Listo es capaz de cargarse a su padre con tal de conseguir una medalla o un ascenso. Claro, tiene mucha mierda que tapar. Estos tipos así, que juegan a dos paños, son los más peligrosos). Y le odian, le odian, le odian, como le odiamos todos, patológicamente.

Por suerte, las habas nos han repuesto. Siguen cayendo los que han llegado moribundos a la otra orilla, pero el «batallón de los fatis» disminuye, siquiera momentáneamente, y todos hemos engordado a ojos vista algunos quilos. Y buena falta nos hacía, porque, de no ser así, entre el vendaval Chico Listo, por un lado, y las noticias de la guerra, por otro, nuestra moral se hubiera venido al suelo, con el consiguiente peligro para todos. Porque hay que ver qué noticias… Los alemanes han arrollado a Yugoslavia, han arrasado Grecia y se han hecho dueños de los Balkanes en unas semanas. Y, lo que aún parece increíble, fantástico, han conquistado Creta con paracaidistas frente a las mejores unidades del ejército inglés de Libia. Verdaderamente, la toma de Creta es una hazaña bélica de la que se hablará siempre como un prodigio de audacia, valor y técnica militar. Lástima que la hayan realizado los alemanes o lástima que los alemanes sean fascistas. Toda la prensa nacional la ha celebrado más que si se tratase de una nueva Otumba o de otro Lepanto, que ya es decir, y los plumíferos de «Redención» han agotado los adjetivos laudatorios de nuestro idioma y se han vaciado en espasmos descriptivos hasta el agotamiento. Nos queda, sin embargo, el consuelo de que lo que pudo suceder en las islas británicas haya ocurrido en una isla griega. En el primer caso, hubiera sido el fin. En el segundo, sólo es una derrota más, todo lo espectacular y aparatosa que se quiera, pero sin consecuencias decisivas. Y los ingleses la han encajado sin pestañear. Ha rebotado en ellos como en un colchón. Es un consuelo, sí, pero nada más. Es como el que se cae y se rompe una pierna y da gracias a Dios por no haberse roto las dos. Ese es nuestro estado de ánimo. Por eso, aunque la guerra siga constituyendo nuestra obsesión y nuestra esperanza, nos sentimos cada día más lejos de ella. La guerra se ha situado ya en un nivel intemporal para nosotros, más allá del tiempo, de nuestro tiempo. Todos los pronósticos coinciden en que será muy larga, en que durará años y años. Sí, al fin triunfará la libertad. Bien, pero cuando llegue ese día, ¿qué habrá sido de nosotros? ¿Quién de nosotros habrá logrado sobrevivir? Sí, la guerra se nos va, nos abandona. Y, no obstante, le ponemos plazo. Uno y otro y otro y otro plazo. De la primavera al otoño. Del verano a Navidad y de Navidad al verano… (De aquí a un año, hablaremos). El optimismo de Molina me conmueve:

—Hemos pasado lo peor. De ahora en adelante, nuestra situación irá mejorando poco a poco, ya lo verás.

Agustín cierra los ojos y se salta a la torera las adversidades y los inconvenientes, y repite el adagio hindú

—Si tu mal no tiene remedio, ¿por qué te quejas?, y si tu mal tiene remedio, ¿por qué te quejas?

Pablo es el menos vulnerable. Para Pablo no existen problemas familiares ni económicos. Sus tíos, que están en buena posición y no tienen hijos, le adoran y le ayudan hasta el límite de sus posibilidades. Recibe abundantes provisiones que comparte muchas veces con Agustín, con Molina y conmigo. Su bata blanca le permite ocupar una cama en la enfermería y moverse dentro de la prisión con relativa facilidad, por lo que sigue llevando al coronel los boletines de noticias que yo le facilito. Ahora hace versos, buenos versos, románticos versos, y espera ser trasladado pronto a una prisión de Madrid. Además, su fe en Inglaterra es inconmovible. En estas condiciones, es natural que Pablo mire al futuro más confiadamente que la mayor parte de nosotros. Y es natural que piense en acabar su carrera, en casarse y en ser convencionalmente feliz. Por mi parte, creo, sigo creyendo, en la victoria de las democracias, pero dudo mucho que nosotros lleguemos a participar de ella. La evolución de los acontecimientos, es decir, su complejidad creciente, y los antecedentes históricos me hacen temer que a la hora del triunfo nadie se acuerde de nosotros, que nadie cuente con nosotros, que para entonces hayamos sido completamente olvidados. ¿De qué sirvió a los españoles haber sido los primeros en levantarse contra Napoleón? A la hora del reparto y de las reparaciones, es el egoísmo y no la justicia quien adjudica los trofeos. Por eso, cuando Hitler sea derrotado y todo parezca poco a sus vencedores, presentes a la hora del reparto, ¿quién abogará por nosotros, quién se acordará de los ausentes? Pienso que seremos traicionados una vez más. Aparte de que son muchos años de cárcel por medio, ¿dos?, ¿cuatro?, ¿más?, en condiciones misérrimas, al alcance cada día de la muerte por consunción o de la locura por desesperanza, lo que ya significa por sí una merma casi absoluta de nuestras posibilidades, creo que son las divisiones internas el factor determinante de nuestra definitiva derrota. Quizá, lo que más contribuya a mi pesimismo sea el espectáculo mezquino de nuestra separación en dos bloques irreconciliables, aquí, en la cárcel, aunque los dos sean víctimas de la misma injusta condena y sufran y mueran a la par. Es lo más deprimente en nuestra vida de prisioneros. El tormento más refinado de cuantos nos afligen. ¡Y nos lo hemos impuesto nosotros mismos! ¿Imbéciles? ¿Masoquistas? ¿Depravados? Nada de eso. He analizado el fenómeno prolijamente, desde todos los puntos de vista, y he llegado a la conclusión de que es la consecuencia del mismo vicio que imputamos a nuestros opresores y que, sin embargo, nos corresponde a todos por igual al ser un elemento predominante en la idiosincrasia de los españoles: la intolerancia, heredada de nuestros terribles abuelos. ¡Sostenella y no enmendalla! ¡Santiago y cierra España! Esos y otros sinónimos son los gritos de nuestra sangre. El grupo, la taifa, la facción. Nuestra honra, lo primero, aunque confundamos honra con orgullo. ¡Yo soy la verdad! ¡Yo soy España! ¡Yo soy yo! ¡Tremendo Torquemada! ¡Tremendo Felipe! ¡Tremendo Unamuno! Fanáticos, ególatras, autócratas. Yo, yo, yo. ¿Y los demás? También yo, yo, yo. ¿Hasta cuándo? Todos los días veo en el patio a Miguel Ángel, el poeta, y todos los días tengo que vencer en mí la tentación de acercarme a él y hablarle. Decirle que le admiro y, sobre todo, oírle. Los poetas son espíritus iluminados, ángeles en forma humana, zahoríes y profetas, y Miguel Ángel es todo eso en grado superlativo. Quizás ignore que, cuando él llegó aquí, otro poeta, humilde él, insignificante él, el pobre Lopérez, el poetastro Lopérez, se desintegraba en la atmósfera letal de la enfermería, dejando por testamento un poema inconcluso; que Lopérez era un lucero apagado y perdido en la noche, un peregrino sin rumbo, muerto ya muchas veces antes de la última. Le diría eso y otras cosas, qué importa cuáles, y hablaríamos del hombre, de su dolor, de sus esperanzas, del amor y la muerte, de nuestra tragedia colectiva, de nuestro destino, qué sé yo, y yo recibiría algunas salpicaduras de su gracia y sentiría latiendo cerca de mí ese misterio inefable de la poesía que tanto me fascina y me atrae. Pero no puede ser. Miguel Ángel, el poeta de todos nosotros, es propiedad exclusiva de los comunistas. Le rodean, le acorazan, le aíslan, le absorben. El camino para llegar a él está cortado por un foso insalvable, el de los rencores y los odios políticos. Y yo he de detenerme ante ese foso. Y me detengo, aunque me duela y me desmoralice más que si Grijalba me apalease con su fusta, porque Grijalba nada puede darme ni quitarme, mientras que Miguel Ángel podría darme y enriquecerme más allá de cualquier limite. Por eso, al negárseme esa posibilidad me siento expoliado hasta en el alma y pienso que estamos malditos.

También las noticias familiares me hacen sentir más intensamente la soledad. Alfonsina, al fin, se ha casado. Ha venido a verme con su marido, Fernando, del que apenas me acuerdo. Sólo sé que he perdido a mi hermana, porque en su amor y en su vida yo he pasado a ser un desahuciado. Es natural. Es lógico. Es irremediable. Lo sé. Lo comprendo. Lo admito. Pero me duele. Ni novia, ni amante, ni hermana… ¿Y mi madre? Sí, me queda mi madre. Supe, al fin, por qué no viene a verme aunque yo se lo pido en todas mis cartas. ¡Aunque sólo sea una vez cada seis meses! Ya sé que el viaje es incómodo, que el frío y el calor en esta planicie desolada son peligrosos, que el acceso al penal es un martirio. Pero, ¿ni una sola visita al año? Acosada a preguntas, a desesperadas preguntas, Alfonsina no ha podido ocultarme más tiempo la verdad. Sí, me queda mi madre, pero clavada en la cruz del mal de Parkinson.

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