La noche sin riberas

La noche sin riberas


VIII

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—¿Sabes lo que te digo? —le solté un día a Rodrigo—. Pues que tus camaradas son unos cabrones. Es como para no mirarles más a la cara. ¿Es que no se dan cuenta de nuestra situación, de la de todos?

Porque estábamos subiendo la cuesta del tercer invierno de cárcel, ateridos, hambrientos, agotados, casi moribundos. Muchas veces nos mirábamos a la cara Olivares y yo en las gélidas mañanas del patio para comprobar cada uno en el rostro del otro los estragos que causaba en ambos la perra vida carcelaria: arrugas, ojeras, palidez, descarnadura… ¡Dios! Y eso que somos jóvenes y recibimos ayuda de casa, porque los hay que son como la muerte moviéndose liada en trapos.

A nosotros nos sostienen los nervios y la juventud, que se nos escapan, que se nos agotan demasiado aprisa.

Nos estamos haciendo viejos rápidamente. Sí, viejos antes de los treinta años.

—Estamos muertos por dentro —suele decir Olivares—. Fantasmas de lo que fuimos —pero se rehace en seguida—: Aunque lo que importa es salir con vida. Si logramos salir, aunque ya nadie podrá devolvernos lo que perdimos, aún podremos hacer muchas cosas, Agustín. ¡Muchas cosas!

Yo ignoro qué cosas y creo que Olivares tampoco lo sabe y que si me dice eso es para ayudarme a soportar mejor nuestra común desgracia, pero, aunque así fuera, tendremos que descansar y reponernos antes de emprender ninguna otra nueva aventura. Dormir entre sábanas horas y horas. Comer en mesa con manteles, platos y vasos. Jugar al dominó y al billar. Ir al cine. Pasear por calles y campos. ¡Y estar con mujeres! ¿Podremos? Hay que creer que sí, pero no soy capaz de imaginarme siquiera lo que pueda pasarme cuando tenga a una gachí desnuda entre mis brazos. A lo mejor me da un síncope. Y me pregunto: ¿será posible que llegue ese momento? ¿Será posible? Porque no hay ninguna señal que lo anuncie. Por eso, lo mejor es no pensar en eso ahora. Tal como estamos, no nos está permitido pensar en nuestro futuro.

Una de aquellas mañanas, cuando todavía no se hablaba de otra cosa que de la contraofensiva soviética, fuimos sorprendidos por una noticia que, al pronto, nos pareció un bulo inventado por los comunistas para burlarse luego de nosotros y, a los comunistas, una estratagema nuestra para contrarrestar el efecto de los éxitos rusos. En definitiva, ni unos ni otros sabíamos con certeza su origen. Dicen, he oído, me ha dicho Fulano que ha oído decir, y otras frases igualmente equívocas eran las únicas referencias que la atestiguaban. Parecía, en efecto, uno de tantos rumores que frecuentemente agitaban a los reclusos y que desaparecían tan misteriosamente como habían surgido, sin dejar rastro y sin que nunca se supiese de dónde venían, ni a dónde iban. Estamos tan acostumbrados a esta clase de infundios que ya no nos impresionan. Los cortamos fulminantemente con unas preguntas, de cuyas respuestas depende que les concedamos cierto crédito condicionado a su confirmación por los medios informativos de que disponemos:

—¿Lo has leído tú? ¿Dónde? ¿Te lo han dicho en el locutorio? ¿Cuándo? ¿Quién? ¿Se lo has oído decir a un funcionario? ¿A cuál?

Pero era de tal tamaño la noticia de aquella mañana que, a pesar de no tener padres conocidos, se apoderó de nosotros y nos mantuvo discutiendo acerca de su veracidad hasta que la repitieron los que salían del locutorio, porque era también la gran noticia de la calle, y, finalmente, nos la confirmó Federico:

—Sí, es cierto. Los japoneses han bombardeado por sorpresa la base naval norteamericana de Pearl Harbor y han hundido la mayor parte de la flota yanqui en el Pacífico. Así, pues, otras dos grandes potencias, las únicas que se mantenían al margen, han entrado en la guerra: Estados Unidos y Japón.

Resultaba desconcertante. ¿Cómo se había atrevido Japón a desafiar de esa manera a un coloso como Norteamérica y cómo los yanquis se habían dejado pillar dormidos? Era un enigma, una adivinanza que escapaba a nuestros cálculos y previsiones. No obstante, lo cierto era que ya estaban implicados en la guerra los cinco continentes y pensamos que la ventaja inicial de los nipones no pasaba de ser la picadura de un mosquito que iba a despertar e irritar al gigante.

Ha sido una inyección que ha levantado nuestro espíritu y ha fortalecido nuestra moral desenfrenadamente. Fue como si, de pronto, resucitáramos. Una borrachera de optimismo. Voces, gritos, vivas. ¡Norteamérica es el gran país de la democracia y de la libertad y, Roosevelt, el gran jefe de los pueblos oprimidos!. ¡Roosevelt! ¡Roosevelt! Los comunistas, no. No lanzan las campanas al vuelo. Sonríen, escépticos, y dicen que Norteamérica es el supercapitalismo que acude al festín en busca de la mayor tajada, pero que no le van a salir bien las cuentas porque para eso está la URSS. Sí, los Estados Unidos fabricarán barcos, aviones, cañones y tanques, como churros, pero procurarán poner poca carne en el asador, y las guerras no las ganan las máquinas solas, sino los hombres que tienen el valor de utilizarlas y esos hombres serán rusos.

Por el contrario, a las autoridades de la prisión la noticia les ha sentado como un tiro. Matías, el submarino del Bósforo ha oído decir al administrador que ya puede decirse que la guerra la ha perdido Alemania y que también la hemos perdido nosotros. Los funcionarios menos comprometidos, como el Piri, muestran más claramente su buena disposición para con nosotros mientras Portaviones, Mula Romera, Grijalba, Goering y compañía, se obstinan en lo contrario. Y ha sido Chico Listo el que, como siempre, ha dado la nota. Chico Listo ha dispuesto una sala especial con camas verdaderas, en la planta baja, donde ha juntado a unos cuarenta reclusos distinguidos, todos universitarios: médicos, ingenieros, abogados, profesores, etc., a los que se permite salir al patio o entrar en el dormitorio cuando quieran, recibir a diario, a todo aquel de entre ellos que lo desee y pueda, comida caliente de la fonda de Manolo el del economato, y, de hecho, disponer de ordenanzas que les barren el dormitorio, les friegan los platos y les prestan algunos otros pequeños servicios a cambio del rancho y quizá de alguna propina. Entre estos privilegiados se encuentran varios dirigentes comunistas y Conde. Naturalmente, como los ordenanzas no pueden tragar tanto rancho comercian con él y lo cambian por pitillos, por pan y por todo lo canjeable. Es indignante que quienes debieran dar ejemplo hayan aceptado esa distinción, y, por eso, en vez de «sala de intelectuales», que es como se empezó a llamar a este coto de enchufados, se le llama ahora «club de señoritos». ¡Club de señoritos! Los demás somos la chusma, la bazofia. Era lo que nos faltaba, hombre.

Y, no contento con eso, al llegar Navidad, Chico Listo ha permitido que cenen con los aislados y con los condenados a muerte aquellos de sus amigos o parientes reclusos que lo soliciten. A ello se debe que Olivares y yo cenemos con Molina, ya que Pablo fue trasladado a Madrid hará cosa de un mes, y que Tábano y Cabeza de Estopa hagan compañía al teniente coronel Tovar con el mismo fin.

Nos trasladamos al departamento celular inmediatamente después de repartir el rancho. Está de jefe la Marquesona, algo bebido ya, porque el aliento le huele a alcohol y tiene enrojecida la cara, y es él mismo quien nos conduce a la celda de Molina y nos deja encerrados en ella con nuestro amigo. Hace mucho frío dentro, porque el ventanuco no tiene cristales y deja que se cuele el helado relente de la noche. Molina nos recibe con una manta sobre los hombros. Me parece así más bajo, más delgado y mucho más viejo. Sus ojos se le nublan. Los tres queremos contener nuestra emoción, pero es imposible y al fin estalla cuando nos abrazamos los tres. Al separarnos, vemos que se nos han caído algunas lágrimas y yo digo:

—Coño, esto no está bien. Parecemos tres ursulinas.

—Tienes razón —dice Olivares.

Molina se frota las manos. Sonreímos y entonces Molina pregunta:

—Bueno, ¿cómo andan las cosas?

—Tú sabes tanto como nosotros —le contesta Federico.

—Es verdad —y, bajando la voz, añade Molina—: y no sabéis cuánto os agradezco que me tengáis informado. Acisclo, el hombre, lo hace muy bien.

—¿Os maltratan? —le pregunto yo.

—No, no. Más bien nos ignoran. La verdad es que no podemos hacer nada aunque quisiéramos. Yo ya no tomo notas ni escribo más que las cartas reglamentarias, por temor a que me sorprendan. Ese maldito Pedro nos espía constantemente a través del chivato.

Nos sentamos en el suelo, sobre su colchoneta, y extendemos las viandas. Tenemos a la vista un buen surtido: aceitunas, filetes empanados, huevos duros, pan, queso, vino del economato, un botellín de coñac y otro de anís, logrado y reunido todo ello para nosotros quien sabe a costa de cuántos sacrificios y humillaciones. (Hay que limpiar a España de rojos. Rojos asesinos. Rojos ladrones. Rojos cobardes. ¡Malditos rojos!).

—Aquí, lo peor es el aburrimiento. Todo el día solo, salvo la media hora de paseo en silencio, cuando se acuerdan de sacarnos. No hay para leer más que las homilías del cardenal Segura. Al principio me hacían reír, pero ya me las sé de memoria. Lo que yo no podía suponer es que Segura fuese tan bruto. A veces, me comunico con Tovar por el agujero del travesaño de la mesa. Él me dice lo que sabe y yo le digo lo que sé, generalmente lo mismo, porque también sus camaradas le pasan noticias, e intercambiamos nuestras personales opiniones. Pero es tan difícil y peligrosa la comunicación que sólo recurrimos a ella de noche, y a oscuras, y cuando ya no podemos con el peso de la soledad.

Comemos sin darnos cuenta, sin saborear los manjares, mientras hablamos. Tenemos tantas cosas que decirnos…

—¿Cómo ves tú las cosas, Federico?

—Bien, poco más o menos como las imaginábamos, sólo que van muy despacio.

—Alemania tiene ya perdida la guerra —digo yo.

Molina me mira. Advierto que sus ojos no brillan como en otros tiempos, que están velados por la tristeza.

—Aún queda cuerda para rato —dice—. Las democracias son lentas. Se mueven como las tortugas y, a veces, como los cangrejos.

Molina, el optimista insobornable, parece ahora abrumado por el pesimismo. Debe ser el mal de la soledad. Olivares, que siempre ha sido su freno, tiene ahora que cambiar de actitud.

—No tanto, hombre, no tanto. No olvides una cosa y es que la sangría en hombres y material que va a costar a Alemania la campaña rusa puede provocar la caída fulminante de Hitler y de su tinglado político-militar. No hay que dejarse impresionar por la propaganda nazi. Yo no digo que sea cosa de días ni de semanas, pero si Hitler se equivoca otra vez en su próxima ofensiva de primavera, y yo creo que se va a equivocar, es muy probable que no pueda aguantar un año más de guerra. ¿Tú crees que si el triunfo de Hitler estuviese tan seguro, tan fuera de duda, nos hubiera dejado Chico Listo venir a cenar contigo esta noche?

El vino, aguado, nos produce escalofríos y recurrimos al coñac para calentarnos y alegrarnos un poco. Molina no insiste en el tema de la guerra y pasamos a recordar a nuestros amigos, a los muertos y a los que todavía viven. ¡Ay, José Manuel, nuestro hermano menor, fusilado en Madrid!

Pablo, que vino a ocupar su puesto, también está ya lejos de nosotros. Jesús, Robleda, Higinio, Joaquín, Adolfo y Rodrigo, bregando a la desesperada para sobrevivir y el pobre Lopérez, el fantástico Lopérez, muerto con un trozo de chocolate en la mano. Federico se lamenta de no haber podido hablar con el poeta Miguel Ángel Miró, trasladado ya a otra cárcel. Y se nos agotan, de pronto, las palabras y nos ponemos tan tristes, pese al coñac, que es necesario cambiar de tercio.

—Y de mujeres, ¿qué? ¿Por qué no hablamos un poco de mujeres?

Mis amigos sonríen. ¡Mujeres! Molina las oye hablar, cantar y reír todos los días, cuando salen al patio, pero no ha podido hablar con ninguna, porque les está prohibido acercarse al muro donde se abren los tragaluces de las celdas ocupadas por los incomunicados y los reos de muerte. ¡Mujeres! Ay, ay, ay. Se nos hace la boca agua. Malo, malo, malo. Hay que frenar y, para ello, Molina nos cuenta lo que sucede algunas madrugadas:

—Nos despertamos de pronto, como si alguien nos sacudiese, justo en el momento en que empieza el apartado. Nos levantamos y pegamos la oreja a la mirilla y entonces oímos el tintineo de las llaves y los pasos del jefe de servicios y de los guardianes que le acompañan, pla, pla, pla…, cómo se detienen y una voz que dice: Aquí es. Suena después la cerradura; luego, un nombre. Y, tras un breve silencio, alguien da un viva a la revolución, o a la libertad, o a la República, o al partido comunista, o al partido socialista, o a la CNT… Cállese, le ordena el jefe de servicios. (No me da la gana). Los vivas se repiten. (¡Salud, compañeros, camaradas!) Se percibe el forcejeo de los abrazos y las despedidas y, a veces, un grito: ¡Me matan por lo que no he hecho!, u otro grito: ¡Muera el fascismo, muera la reacción!, o también ¡Lo único que me pesa es no haberme llevado por delante a más enemigos de los trabajadores! Se cierra la puerta. Las pisadas se pierden en el corredor, lentamente. Y otra vez a empezar. Dos, cinco, ocho…, mientras uno tiembla y gime. Se los llevan al otro extremo, a una celda que hace de capilla y que es también depósito de cadáveres…

—¡Calla, calla! —le interrumpo.

Siento que el frío me cala y me eriza los vellos. Sobre las servilletas quedan todavía algunas provisiones intactas. No he visto tan buena y abundante comida desde las navidades anteriores. Sé que volveré a tener hambre mañana y pasado mañana y todos los días, pero ahora no puedo comer, no puedo.

—¿Valdrá de algo nuestro sacrificio, Olivares? —oigo preguntar a Molina.

—Alguien se beneficiará de él algún día, no lo dudes. Todo sacrificio es como una simiente que, más pronto o más tarde, fructifica. A nosotros nos ha tocado sembrar, pero alguien vendrá después a recoger la cosecha —contesta Olivares.

—A veces tengo dudas… —sigue diciendo Molina.

—Y yo también —afirma Federico.

—¿Nos habremos equivocado? ¿Es preciso tanto sufrimiento para lograr una sociedad mejor?

—Aunque nos hayamos equivocado muchas veces en lo accidental, creo que, en lo esencial, estamos en lo cierto. Eso sí, el sufrimiento resulta excesivo para nosotros, pero no con respecto al bien que postulamos. Pienso en algunas ocasiones que se nos ha adjudicado un papel muy superior a nuestras fuerzas, que representamos muchísimo más de lo que somos. Esa es mi duda y, si hay error, está ahí, pero no es nuestro, sino de las circunstancias. Ahora bien, amigo Molina, ya no hay remedio. Hay que seguir y mantenernos firmes hasta el último aliento. Aunque estuviéramos seguros, convencidos, de habernos equivocado en todo, ¿qué menos podemos hacer por esos hombres que van a la muerte en esas madrugadas, aquí y en tantos otros pueblos y ciudades, que seguir siendo consecuentes?

Estoy de acuerdo con Olivares. Aunque no hubiera otras razones, bastaría la suprema razón de sus muertes para obligarnos a ser fieles a nuestra causa, su causa, hasta el fin.

Se oye un leve ruido. Alguien, sin duda, ha hurgado en la mirilla, pero no volvemos la mirada hacia allí, y Molina dice en voz alta:

—De acuerdo. Vale la pena —hace una pausa y agrega en un tono que quiere ser festivo—: ¿Es que vamos a dejar que sobre comida? —Otra pausa y continúa—: Ya se ha ido —lo dice en voz baja—. Seguramente era Pedro el chivato por si sorprende u oye algo sospechoso para ir a contárselo a la Marquesona.

Comprobamos que, en efecto, la mirilla está tapada por fuera, pero, antes de que hagamos ningún comentario, se oyen unas palmadas y la voz de Pedro el chivato:

—¡Oído! Prepárense para salir dentro de cinco minutos.

¡Qué rápido ha pasado el tiempo! Llevamos dos horas con Molina y parece que sólo han transcurrido unos instantes. De aquí a otros cinco minutos, Molina volverá a quedarse solo entre estas cuatro paredes, en el frío y la soledad. ¡Pobre amigo!

—¿Cuánto crees que durará tu aislamiento? —le pregunta Olivares.

—No tengo ni idea —y añade—: Esta es la tercera Navidad que pasamos en la cárcel, y pronto se cumplirán los tres años de prisión.

—Sí —dice Olivares—. Mil días, más que duró la guerra.

—Pero todavía vivimos —digo yo.

Nos miramos los tres y los tres acusamos una súbita llamarada de alegría que cada uno de nosotros sabe que es falsa. Lo que no es falso, sino profundo y verdadero, de la mejor ley, es el sentimiento de amistad que nos une. Nos dejaríamos matar el uno por el otro, los tres. Eso sí.

—Cuídate, Molina. Tenemos que vivir. Y ya sabes, cualquier cosa que necesites de nosotros… —y Olivares se interrumpe para abrazar a Molina.

Y le besa en las mejillas. Yo también le abrazo y le beso, y él nos corresponde de la misma manera. Molina llora y Olivares y yo apenas podemos contener las lágrimas.

—¿Es que vamos a llorar como maricas? —digo yo.

Y se me ocurre proponer que cantemos alguna cosa. Y los tres, cogidos de la mano, y en voz baja, entonamos el Tipperary. ¡Qué coño tendrá que ver con nosotros y con nuestra situación la insulsa copla inglesa! Como «La tarara», «Ojos verdes» o «Asturias, tierra querida». Menos todavía. Pero cantar nos reconforta. Y cuando sentimos que se abre la puerta de la celda y nos ponemos en actitud de firmes, ya estamos serenos.

—Vamos.

Es Pedro el chivato. Una última despedida rutinaria y salimos al corredor. Ya nos están esperando, unos pasos más allá, el Tábano y Cabeza de Estopa. Nos unimos a ellos y marchamos ya juntos bajo la vigilancia de Pedro. Oímos, al paso, los ecos de las navidades de los condenados a muerte, qué se dirán, qué esperarán, ¿dónde te has escondido, Dios, dónde te has escondido, y en qué piensas tú?, y también, confundiéndose con ellos, los de la juerga que celebran la Marquesona y los guardianes. Una juerga de vino y comida, risotadas y eructos, aquí, junto a estas tumbas, en la noche cristiana de la misericordia y el perdón.

Andamos como sombras, en silencio. Al atravesar el último rastrillo del departamento celular, que abre Pedro, oímos su despedida con las palabras de ritual:

—¡Felices navidades!

No contestamos. Está cayendo una helada de garabatillo. Mientras nos dirigimos a nuestros dormitorios, dice Cabeza de Estopa:

—¡Qué cabrón! Ya te lo diremos, ya, las próximas navidades.

—Antes, porque las próximas navidades las pasaremos en casa —dice el Tábano.

—¡Ojalá! —suspira Olivares.

—¿Es que no te lo crees? —le pregunta el Tábano. Y Olivares le replica:

—No he dicho que lo crea ni que deje de creerlo. He dicho sencillamente que ojalá.

¡Por fin he terminado! No puedo más. Esta es la última vez que escribo mis impresiones. No, no quiero vivir y sufrir dos veces lo mismo. Aunque Olivares se burle de mí, aunque me diga que no debo dejarlo ahora, cuando estoy aprendiendo a hacerlo casi bien. Ni bromas ni cofias. No y no. Aquí se terminan mis memorias. Este que lo es, Agustín Arias. Posdata: ni una sola letra más.

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