La noche sin riberas
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—¡Silencio, chicas! Ya está bien por hoy, ¿eh? ¿Me oyes, compañero?
—Sí.
—¡Hasta mañana!
—Oye. No voy a poder dormir.
Pero el ruido del agua me dio a entender que se interrumpía la comunicación. Efectivamente, la bocina quedó en silencio. Yo temblaba de excitación y tuve que realizar un esfuerzo enorme para acercarme a la realidad. Me levanté, vertí agua en el sifón y, finalmente, me acosté, cubriéndome hasta la cabeza con las mantas. Pero hube de destaparme muy pronto, porque me ahogaba, y respirar profundamente y fumar para que mis nervios se calmasen. Diez mujeres jóvenes yacían sobre mi techo, diez mujeres en flor con la libídine exacerbada por el cautiverio. Yo las veía inquietas, removidas, por los mismos pensamientos que a mí me turbaban. Tan próximas a mí, casi al alcance de la mano, y, a la vez, tan remotas y distantes como los antípodas de la tierra. Se me rebelaron los toros ciegos del instinto y de la locura y lidié con ellos encarnizadamente, hasta la exasperación, porque el sueño me rehuía y la debilidad creciente me aterraba. Y una vez más cedí, y los toros ciegos dejaron de embestirme y entonces la tristeza me abatió y pude quedarme dormido. Desde aquella noche, el recreo de las mujeres, por la mañana; la salida al patio, por las tardes y, sobre todo, los diálogos nocturnos con mis vecinas de arriba, me enajenaron hasta el extremo de vivir en constante estado de tensiones emotivas. Noches hubo en que las conversaciones a través de la cañería duraron hasta la madrugada. Supe distinguir a cada una de mis interlocutoras, y conocí sus vidas, sus problemas, sus experiencias amorosas, sus proyectos, sus ilusiones, y adiviné cuál era la más joven, la más hermosa y quién de ellas tenía un temperamento más ardiente. Acudíamos a los coloquios llevados de un impulso irresistible, como los amantes contrariados, pese a los peligros que nos amenazaban, especialmente a mí. Ellas eran diez para guardar un secreto y cualquier indiscreción por parte de una podría traicionarnos. Yo lo sabía y lo temía y, después de cada sesión, el instinto de defensa me acusaba de inconsciente y temerario. (¡Eres un insensato, Federico, un insensato!) Y logré abstenerme alguna noche, pero sólo alguna noche porque, en el último instante, podía más en mí la tentación que el miedo a sus posibles consecuencias. Empezábamos con noticias y comentarios sobre la guerra, pero muy pronto, e insensiblemente, cedíamos a la atracción de las confidencias íntimas, de las insinuaciones turbadoras del amor imposible, en un lenguaje sin veladuras. No pude conocerlas de vista, porque Tovar, Molina y yo oíamos la misa de los domingos desde nuestras respectivas celdas, pero una tarde, puestos de acuerdo la noche anterior, una de las muchachas me mostró sus pechos desnudos en aquella misma ventana desde la que me arrojaron la caja de cerillas. La imagen duró unas décimas de segundo tal vez entre el centelleo cegador de los cristales. De no haber estado advertido, no hubiese podido verlos, pero los vi, ¡los vi!, o creí verlos.
—¿Te han gustado? —me preguntó por la noche.
—Son los más hermosos que he visto en mi vida.
—Pues ahora los tengo en las manos. Te los doy si subes por ellos, galán.
Seguía recibiendo información y comunicándome con mis amigos del patio por medio de Acisclo, el barbero tartamudo, pero por pura rutina ya, porque ellas me abastecían sobradamente, y con anticipación, de toda clase de noticias, tanto del penal como de la calle o sobre la guerra. Cierto domingo, a eso de la media tarde, cesó súbitamente el clamor del patio. Fue un corte tan brusco, seguido de un silencio tan intenso, que supuse inmediatamente que algo muy grave acababa de ocurrir o que alguna noticia extraordinaria había sorprendido a los presos. No pude resolver por mí mismo el problema y esperé.
—¿Qué es lo que ha ocurrido esta tarde en el patio? —fue lo primero que pregunté a mis amigas.
—Que se supo que los norteamericanos han desembarcado en Casablanca.
—¿Los norteamericanos en Casablanca? ¿Estás segura?
—Segurísima. Nos lo ha dicho sor Gabriela.
Después, contestando a preguntas suyas, tuve que hacerles ver la posición geográfica de Casablanca y explicarles lo que, a mi juicio, podía significar la operación y cuáles ser sus posibles objetivos.
—Coger a los alemanes entre dos fuegos, supongo, expulsarlos del norte de África, dominar el Mediterráneo y lanzarse, después, sobre Italia. Todo eso es posible. Ya veremos.
—¡Huy, qué pico tienes!
—A lo mejor me equivoco.
—No, tú no te equivocas nunca. Sabes muy bien lo que te dices.
¡Qué extraño! De pronto me acordé de Pasionaria. ¿Cómo pude olvidarme de ella hasta entonces?
—Sí, la conocíamos —me dijeron.
—¿Y qué ha sido de esa chica?
—Se la llevaron una madrugada, hace ya más de un año.
La certeza de su destino, que yo presentía, me sacudió íntimamente. La vi ante el pelotón, firme, despidiéndose de la vida con una última mirada de orgullo en sus hermosos ojos fanáticos. Su imagen pasó por mi imaginación como una ráfaga de fuego, porque la voz insinuante me raptó nuevamente:
—Bueno, dinos algo bonito ahora.
Ellas aceptaban mis opiniones y mis vaticinios como si fueran axiomas matemáticos y, desde que les recité unos versos, alternábamos las noticias, los recitales poéticos, los discursos fantásticos, las historias novelescas y los escarceos eróticos en nuestras veladas. Era vivir otra vida, en embriaguez permanente. Ni las noticias de la guerra me interesaban tanto como antes ni apenas percibía la realidad áspera de la rutina carcelaria, y el tormento del hambre pasó a ser sólo una sensación de debilidad, de enervamiento. Devoraba inconscientemente los días de mi cautiverio y sólo las visitas de mi hermana me restituían por unos instantes la noción del tiempo. (¡Un mes más, Federico! Sí, un mes más, Alfonsina). Apenas recuerdo de aquellas entrevistas más que la mirada cariñosa de unos ojos, el movimiento de unos labios y una figura siempre lejana, cuya imagen aparecía y se desvanecía en el aire del locutorio como la de un ente imaginario. No advertí la llegada del invierno con sus vientos ateridos, sus tardes sombrías y breves y sus noches interminables, y no advertí tampoco conscientemente el cambio en la conducta de la Marquesona, que hizo encristalar el tragaluz de mi celda, que insistía cada vez en que cogiese un cazo más de rancho, que prolongaba nuestro paseo hasta que oscurecía del todo.
—A que te tratan mejor ahora que antes —me dijeron mis amigas.
—Sí, creo que sí, sobre todo la Marquesona.
—Claro, tonto. La guerra empieza a pintarles mal y tratan de hacerse los buenos por si acaso, ya ves tú.
Yo no tenía sensibilidad más que para la fabulosa existencia que compartía imaginariamente con mis comunicantes nocturnas. Hasta la historia que me contaron pocos días más tarde y que, al pronto, me pareciera inverosímil, sirvió para otra cosa que avivar el fuego de mi delirio y de mis obsesiones.
—¡Menudo follón, majo, menudo follón! Ha sido como una bomba en el penal.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—Conoces al padre Vulpes, ¿verdad?
—Sí.
—Es nuestro capellán.
—Ya lo sabía.
—¿Sabías también que la sacristana de nuestro departamento es una condenada a muerte que se llama Amparo?
—No, eso, no.
—Bueno. Pues resulta que Amparo sabía que su asunto estaba muy mal. Entonces pensó, según dijo a una compañera, que la única forma de aplazar la ejecución de su sentencia, a ver si entre tanto se producía algún cambio político que la salvara, era quedarse embarazada. Pero, ¿con quién? Con un preso, imposible. Y con un guardián, no había ocasión. Y cavilando, cavilando, vino a caer en la cuenta que sólo podía ser el padre Vulpes, que se la comía con los ojos. Con aquello de ser la sacristana, tiene mucho roce con él. Y nada, que se lanzó a pescarlo. Ella es una chica muy salada y, como mujer, no tiene por qué envidiar a ninguna. Además, se le da muy bien eso de encalabrinar a los hombres. Total, que el padre Vulpes picó. Pero mira por dónde descubrieron el lío otras compañeras, sin saber cuáles eran las intenciones de Amparo, y como le tenemos todas tanta rabia al fraile, porque es un zaino y un fascistón, se fueron con el soplo a sor Gabriela, que también se lleva muy a mal con él. En seguida, la madre preparó la trampa. Avisó al director, sin decirle para qué, y esta misma tarde, cuando el padre Vulpes y Amparo estaban los dos con las faldas remangadas, sentados en una silla y ella encima de él, en plena faena, vamos, en la celda que hace de sacristía, aparecieron de pronto el director, sor Gabriela y Malastripas. Ya te puedes imaginar…
—¡Vaya bulo, guapa! Es tan gordo que no cabe en la celda —dije yo en son de burla.
Pero aquella noche el increíble chisme carcelario nos sirvió de pretexto para que evocáramos juntos todas las lascivias imaginables. Las desnudé verbalmente y ellas me desnudaron a mí y me descubrieron y describieron sus secretos venusinos. Y consumamos una cópula plural y simultánea con la imaginación, espoleados por expresiones que nos penetraban como flechas encendidas.
Hasta que una noche, inmediatamente después de cenar, se abrió la puerta de mí celda y apareció la Marquesona. Sentí un escalofrío de miedo que recorrió mi cuerpo desde los pies a la cabeza. (¡Ya salió el chivatazo! Viene por ti. Prepárate). Pero al iniciar el movimiento para situarme de espaldas al muro bajo el tragaluz y después levantar el brazo y gritar ¡Arriba España!, me contuvo con un gesto y diciéndome:
—No, no hace falta. Prepárese para salir con todo —añadió, sonriendo ligeramente—: No se preocupe. No pasa nada. Es que va a ser trasladado de prisión.
Yo quedé inmóvil, paralizado por el estupor, y él siguió diciéndome:
—Pero dese prisa. Es usted el último que falta por agregar a la expedición. Vuelvo en seguida —y desapareció, dejando abierta la puerta.
Me puse en acción automáticamente, instintivamente, porque no ignoraba lo que es la prisa en las prisiones, donde el tiempo está parado y, de pronto, se convierte en un huracán, en un tropel de potros desbocados, y hay que realizar en minutos, alocadamente, lo que, en otras circunstancias, requeriría varias horas. (¿Por qué tan de repente? ¿Por qué a estas horas? ¿A dónde me llevarán? ¿Y las chicas? No voy a poder despedirme de ellas. Ha hablado de una expedición, luego somos varios los trasladados. ¿Vendrán también Molina, Agustín y algún compañero más del Almirantazgo?). Mientras me asaltaban tantas preguntas y chocaban dentro de mí tan diversas emociones, metí mis escasas pertenencias en una bolsa, enrollé las mantas dentro de la colchoneta y até el bulto con el cinturón. Cuando, por último, me vestí el viejo chaquetón de cuero de las trincheras, ya sudaba, y reapareció la Marquesona.
—Vamos.
Cargué con todo y le seguí por el corredor. La Marquesona iba tieso, taconeando fuertemente, y yo, con el equipaje a cuestas, agobiado y jadeante. Cada paso me retrotraía a la realidad ha tiempo oculta. Observé que la celda de Molina estaba cerrada y con luz dentro. (¿Se lo habrán llevado antes que a mí?) Traspusimos el ángulo que formaban los dos túneles y pasamos por delante de la celda que servía de oficina y de cuerpo de guardia a los funcionarios. (Aquí es donde se obliga a oír misa a los condenados a muerte, antes de entregarlos al pelotón de ejecución). Y recordé las espeluznantes madrugadas, el ruido de los pasos, el tintineo de las llaves, las órdenes secas, las despedidas, los gritos, los llantos, las maldiciones, los insultos…
—Deje eso aquí. Luego lo recogerá —me dijo la Marquesona, indicándome uno de los montones de petates y bolsas que había en el pasillo.
Le obedecí y, mientras, él abrió una celda.
—Pase —me ordenó—. Será por poco tiempo.
Tuve que empujar contra la masa de hombres en pie que ocupaba la celda para hacerme un lugar en ella. Entonces recobré plenamente la conciencia de la realidad. La cárcel me engullía de nuevo. Apenas conocía de vista a algunos de los hombres que me acompañaban.
—¿A dónde nos llevan? —pregunté.
—Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que a Aranjuez, pero también se habla de Guadalajara y Zaragoza.
Y otro dijo:
—Yo prefiero Aranjuez. Tiene una huerta muy rica. Y Zaragoza tampoco está mal. En Zaragoza hay por lo menos remolacha y alubias. Pero en Guadalajara, ¿qué nos pueden dar de comer en Guadalajara? Como no sea tomillos… El que así habló era un hombre alto, esquelético, cuyo rostro, de ojos saltones, era sólo boca y nariz. No cabíamos ni de pie.
—No se puede ni mear —gritó alguien.
—¿Somos muchos los de la expedición? —volví a preguntar.
—Huy, lo menos quinientos. Toda la purrela del penal, mira tú —me contestó el que tenía pegado a mí por delante, que añadió—: ¿Sabes que vienen con nosotros tres tíos en pelota? Sí, hombre. Les reclamaron los monos y los alpargates, que son del penal, y los dejaron en cueros, y hemos tenido que prestarles mantas para que no se queden arrecidos después, cuando salgamos a la intemperie. Hay otros más así por esas celdas. Creo que unos quince en total.
Los cuatro largos meses de incomunicación me habían habituado a la soledad, a la calma y al silencio, y aquella brusca inmersión en el torrente carcelario me confundía y estupidizaba.
—¿Qué día es hoy? —se me ocurrió preguntar, tontamente.
—Coño, ¿no lo sabes? Pues, ¿de dónde sales tú, camarada? Cinco de diciembre, hombre, aunque, bien mirado, ¿qué más da?
Por suerte, la espera no fue muy larga. Pronto oímos descorrer cerrojos y abrir celdas, entre breves intervalos. Cuando llegó nuestro turno, ya marchaban en formación los que nos habían precedido. Siguieron unos momentos de confusión hasta que cada cual encontró su petate y cargó con él. Algunos no llevaban equipaje. Y, en filas de tres, abandonamos el túnel y, al salir al recinto, nos detuvieron, a fin de que los funcionarios pudiesen organizar la larga columna y contarnos y recontarnos. En el entretanto, el viento enfilado nos traspasaba y nos hacía lagrimear de frío. Yo traté entonces de descubrir algún amigo o, siquiera, algún conocido entre los expedicionarios, pero la noche era muy oscura y tan fugaces las ráfagas de luz de las linternas de los funcionarios, que no pude identificar a ninguno, y aunque tosí y carraspeé fuertemente, con objeto de señalar mi presencia, eran tantas y tan sonoras las toses de los demás, que todos mis esfuerzos resultaron inútiles. Y menos mal que los funcionarios tenían prisa por volver junto a las estufas… Terminado el recuento, nos pusimos otra vez en marcha. A las puertas del penal se hicieron cargo de nosotros los guardias civiles, oscuros, desconocidos, impenetrables, que golpeaban el suelo con sus pesadas botas. Y emprendimos, cuesta abajo y acuchillados por la helada, el mismo camino que recorriéramos, cuesta arriba y envueltos en polvo y empapados en sudor, treinta y nueve meses antes. Treinta y nueve meses de mi vida que se quedaban entre los muros de aquel enorme e inhóspito caserón que dejaba atrás y al que no quise volver ya la mirada. Hubiera querido entonces borrarlo de mi memoria para siempre, y a Chico Listo, y a la Marquesona, y a Mula Romera, y a Portaviones, y a Grijalba, y a Goering… Por el contrario, no quería ni podría olvidar de ninguna manera, jamás, a Cosme, a Narciso el de los Yébenes, a Pasionaria, a Lopérez, ni a tantos otros, muchos, compañeros perdidos definitivamente, ni, por supuesto, a mis amigas nocturnas, sus voces insinuantes, sus palabras, sus risas. No las vería nunca, pero ellas vivirían siempre en mí, perennemente jóvenes y hermosas.
La caminata fue un penoso viacrucis. De cuando en cuando caía al suelo un hombre, agotado, exhausto, junto con su petate, y la columna se detenía hasta que los guardias lograban ponerle en pie y hacerle andar ayudado por algún compañero. Tantas fueron las caídas que los guardias se vieron obligados a cargar con algunos equipajes. A mí me rondó el mareo y llegué a tambalearme. (¡Que me caigo, que me caigo!), pero me descargó de peso uno de los que no llevaban nada y gracias a su ayuda pude mantenerme en pie hasta el final. Vi a los que andaban descalzos y envueltos a medias en mantas, como esperpentos, cada vez que hacíamos alto, porque entonces se guarecían en medio de los grupos para protegerse contra el vientecillo helador de la meseta. Pero no logré ver a Molina, ni a Agustín, ni a ningún otro miembro del Almirantazgo. Sin duda, era yo el único de entre todos los componentes del grupo que escapaba, por indeseable, del feudo de Chico Listo.
La columna se detuvo por última vez junto a los vagones de transporte de ganado que nos esperaban con las fauces abiertas en una vía secundaria. Llegamos hasta allí en pelotones, desordenadamente, ayudándonos unos a otros, insensibilizados por el frío y el cansancio, casi inconscientes. Los guardias fueron humanos y, sin obligarnos a formar previamente, nos fueron contando a medida que subíamos a los vagones, operación ésta harto difícil y dolorosa para nosotros a causa del agotamiento y de la impaciencia. Cada dos hombres ayudaban a trepar a un tercero y, finalmente, los guardias izaron a los últimos y recogieron y echaron a la plataforma destinada a los equipajes los bultos que habían quedado abandonados en tierra.
No sé cuántos hombres fuimos metidos en cada vagón. Lo que sí sé es que quedamos fuertemente comprimidos entre sus cuatro paredes de madera. Pisábamos excrementos resecos de vaca y de ganado mular. Formábamos una masa trémula y compacta de seres humanos ateridos y temblorosos. Cuando cerraron las puertas correderas, quedamos sumidos en una oscuridad tal que no se distinguían del conjunto los rostros ni las manos. Al principio no se oían más que toses y sorbetones nasales. Todos moqueábamos. Y olíamos a carroña.
Poco a poco, el calor fisiológico condensado fue devolviendo a la gente las ganas de hablar.
—Por lo menos, no pasaremos más frío —dijo una voz—. Y está cayendo una pelona…
—Sí, hay que animarse, compañeros. Peor lo estarán pasando en Stalingrado —dijo otra voz.
—¿Y si nos sentáramos? —propuso alguien.
No nos fue posible seguir el consejo, porque nos sobraban las piernas.
—¡Aquí, todos sentados o todos en pie! —se oyó gritar.
Sin embargo, algunos, los listos de siempre, se dejaron caer entre las piernas de sus compañeros, pero hubieron de incorporarse muy pronto, amenazados de asfixia.
Voces, voces:
—Si tuviéramos algo que comer…
—¡Cállate, cabrón!
—Lo que hace falta es que enganchen pronto la locomotora.
—¡Cabrón serás tú!
—¿Queréis hablar de otra cosa, compañeros?
Yo cerré los ojos y me concentré en mí mismo. Y me vi como un navegante perdido en la inmensidad de la noche cósmica, abandonado de los dioses, desnudo de odio y de rencor, completamente inerme.
«Los Ángeles». Águilas.
1974-1975.