La noche sin riberas

La noche sin riberas


IV

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—Cuando estuve en Marsella, en el año treinta y siete, hablé con algunos socialistas de allí. Les dije que después de nosotros serían ellos las víctimas de Hitler, que se preparasen, y que si no querían verse como los españoles, lo mejor que podían hacer era ayudarnos, pero no con botes de leche condensada sino con armas y municiones. Me escucharon muy cortésmente, eso sí, pero no se dejaron convencer por mis argumentos. Hubo uno sólo que me habló aparte. Aquel hombre, ya mayor, me confesó que no había nada que hacer, porque sus camaradas tenían tanto miedo, aunque aparentasen lo contrario, que no se atrevían siquiera a imaginar una guerra contra Hitler y que si Hitler les prometiese respetar su situación, aceptarían todo lo demás sin ningún reparo. Camarada español, la France ya no es la France, y se le saltaban las lágrimas y golpeaba la mesa con los puños —dijo Olivares.

Y, tras una pausa, insistió Molina:

—Pero París, entregar París…

A Molina seguía pareciéndole imposible. Más que imposible, increíble, y más que increíble, inadmisible. A todo el que oía propalar el rumor le increpaba: ¿En qué periódico viene esa noticia y quién la ha leído? Vamos a ver: quién la ha leído y en qué periódico.

—También es mala pata la nuestra —continuó diciendo—. Mira que averiarse el tren hoy, precisamente hoy, y dejarnos sin prensa… —Luego señaló con el índice a uno de los que le escuchaban—. ¿Y por qué el submarino del Bósforo no hace una incursión por la zona a ver si capta algo?

—Imposible —replicó el aludido, Matías, un leño joven y despabilado—. Como hoy no se trabaja en las oficinas, no me dejarían pasar ni el primer rastrillo.

—A lo mejor es un bulo inventado por los fachas para elevar su moral. No es la primera vez que lo hacen —aventuró Robleda, añadiendo—: Hasta que los alemanes invadieron a los neutrales venían mascando que Francia e Inglaterra estaban en tratos con Hitler para otro Munich, ¿no?

—Lo que más me mosquea a mí —dijo Adolfo— es la entrada en la guerra de Mussolini, ese bocazas. ¿Cómo se hubiera atrevido a lanzar sus macarronis de no saber que es pan comido?

—¡Valiente hijoputa, eh! —exclamó Joaquín—. Sí, se conoce que Hitler dio la voz de maricón el último.

Agustín, que había desaparecido, volvió diciendo:

—Acabo de hablar con Rodrigo y, por lo que me ha dicho, se ve que los comunistas tampoco saben nada de cierto, aunque, eso sí, dicen que no tendría nada de particular la caída de París, ya que el pueblo francés no está dispuesto a luchar en una guerra como la que está planteada. Al obrero francés, según ellos, le da lo mismo Reynaud que Hitler, y que lo que le interesa es la guerra revolucionaria, y que la guerra revolucionaria sólo puede hacerla la URSS. Bueno, lo de siempre, ya lo sabéis.

—Sí, hasta que digan lo contrario.

—Por supuesto, Molina —y Agustín volvió a tomar la palabra—. Pero así es muy fácil explicar lo que está ocurriendo. ¿Que cae París? Estaba previsto. Y tranquilizan a su gente, aunque me parece a mí que están por dentro tan jodidos como nosotros.

Súbitamente, el voceador lanzó al aire unos cuantos nombres que nadie pudo entender a causa del zumbido atronador de la inmensa colmena.

—¡Silencio! ¡Silencio! —se oyó gritar aquí y allá, entre la masa de reclusos e, inmediatamente, comenzó a ceder el estruendo a tirones, hasta que ya pudieron oírse y entenderse los nombres, seguidos de la coletilla:

—¡A comunicar!

—¡Ha llegado el tren! Por fin vamos a saber la verdad. Por amarga que sea, peor es la incertidumbre —dijo Molina.

Los llamados a comunicar se abrían paso dificultosamente entre el confuso ir y venir de quienes ya no podían estarse quietos, presas de un repentino hormiguillo. Aquel mar de cabezas rapadas, estático hasta pocos momentos antes, se había fragmentado ya en innumerables remolinos. Incluso los legionarios, ajenos siempre a lo que no se relacionase con su pitanza, se movían también, contagiados de la inquietud general, aunque sin quitar ojo de los que apuraban nerviosamente sus cigarrillos, presintiendo que algo importante estaba a punto de ocurrir, sin saber qué, y no, por supuesto, un reparto de rancho, ni una lluvia de panes, ni una visita familiar, ni cartas, pero sí una cosa, una cosa, una cosa… La barruntaban, la venteaban. Ellos también vivían y tampoco lo sabían, pero vivían. Por eso, sólo por eso, eran sacudidos por la misma corriente que percutía en los demás.

Olivares abandonó el grupo y se dirigió a la sala sorteando pacientemente a los que se interponían en su camino, porque el destinatario del paquete donde debía llegar el periódico había sido convocado para la primera tanda del locutorio. Ya estaría registrado y, muy pronto, en manos de su dueño.

Decía, entre tanto, Lopérez:

—Desengáñense. Francia es hoy como una de esas mozas que se entregan sin rechistar en cuanto un hombre les pone la mano encima. En cambio, Inglaterra es la vieja solterona a quien no hay dios que la monte, aunque ella lo esté deseando, porque chilla. Sí, Inglaterra, al menos, chillará y arañará. Y, si no, al tiempo.

Allá arriba estaba Inglaterra, circunvalada por mares y barcos, primera potencia naval del mundo, que había ganado todas las guerras. Inglaterra, vencedora de Felipe II y de Napoleón. Ah, el foso del canal. Y ahora mandaba allí Churchill, un tipo duro de pelar, y no Chamberlain, aquella gallina mojada. La atacaba Agustín y la defendía Pablo.

—Gracias a Inglaterra perdimos la guerra nosotros —alegaba aquél—. No me fío un pelo de los ingleses.

—Está bien, pero en Inglaterra nació y se mantiene la primera democracia del mundo —contraatacaba éste.

—Sí, democracia para ellos, pero palo y tente tieso para los demás.

—Es que ahora les toca a ellos. No lo olvides, Agustín.

—Ya, pero mientras les dejen abierta la tienda, son capaces de todo, Pablo.

Hasta en el corro del Almirantazgo se sintió la fuerza de la oleada.

—Pero, ¿qué pasa ahora, coño? —protestó Agustín.

—Pues que han vuelto del locutorio los de la primera tanda y la gente corre a ver qué noticias traen —dijo Adolfo.

Entonces, Molina pidió que se desplazase un crucero con el mismo fin, y se ofreció Higinio para cumplir el encargo, introduciéndose en la corriente y navegando en ella a puro remo.

Arreciaron los gritos y las llamadas y se formó una galerna en torno al rastrillo por donde acababan de aparecer los que volvían del locutorio, y Portaviones y Mula Romera se asomaron a la puerta de la jefatura de Servicios. Por su parte, los asediados pretendían escabullirse, cada uno con su paquete en la mano, por lo general una cesta o una bolsa, desentendiéndose de los apremiantes requerimientos de curiosos e impacientes.

—Venga, hombre, ¿es verdad o es mentira lo de París?

—No sé nada, déjame.

—Luego, luego…

Uno protestó, airado:

—Que me vais a espachurrar el paquete, coño.

Hasta que intervino Portaviones repartiendo bofetadas a derecha e izquierda mientras decía:

—Vamos, cabrones, ¡quiero ver despejado ahora mismo este rodal!

A unos pasos de él, su colega Mula Romera, cruzado de brazos, cubría su retaguardia. Sonaban los trallazos de las manazas de Portaviones y la gente retrocedía empujándose, y pronto quedó libre un ancho espacio alrededor de los guardianes, circunstancia que aprovecharon los de los paquetes para desaparecer.

Portaviones miró a su alrededor como un general que contempla el campo de batalla recién conquistado, jadeante, enrojecido y reluciente el rostro, y después sacó un gran pañuelo sucio con el que se enjugó el sudor y se limpió las manos.

—No tenéis más que mugre, rojillos de mierda —vociferó. Por su parte, Mula Romera, sonriente, movía la cabeza diciendo:

—¿Veis cómo no andáis derechos más que a hostias? Higinio ya estaba de vuelta en el Almirantazgo, empujado hasta allí por el reflujo de la ola.

—Menos mal que no pude llegar hasta ellos —dijo—, porque si llego, cobro, y vaya guantazos los que repartía el cabrón ese.

El incidente levantó entre los presos un alboroto y un encrespamiento excepcionales. Ello hizo que Goering y dos guardianes más se unieran a Portaviones y Mula Romera. Los cinco hombres uniformados y armados, Goering con la gorra echada hacia atrás y los pulgares enganchados en el cinturón del correaje, se subieron al banco de cemento para, desde su altura, dominar con la mirada a la multitud y ser vistos por ella.

—Están más provocativos que en otras ocasiones, ¿no es verdad? —preguntó Robleda.

—Pues nosotros, como si tal cosa —dijo Molina, y siguieron hablando sobre Inglaterra, el Comité de No Intervención y las ideas reaccionarias del gobierno de Londres durante la guerra de España.

—Ahora van a pagar los ingleses las consecuencias de la política de Chamberlain, Eden, lord Halifax y compañía —hablaba Agustín—. No, no hay que disgustar a Hitler. Peores son los comunistas y toda la relea de socialistas, anarquistas y liberales, ¿eh?

—También nosotros tuvimos mucha culpa de lo que sucedió. ¿A quién se le ocurre enviar a Ginebra como ministro de Estado a un tipo como Álvarez del Vayo, el come sopas a sueldo de Stalin, más traidor que judas y…?

La presencia de Federico interrumpió el debate. Todos volvieron a él la mirada, una mirada múltiple y única a la vez que delataba la unánime lacerante inquietud. Al mismo tiempo la expresión del mensajero no podía ser más sombría. Hubo una brevísima, pero honda, pausa.

—¿Qué? —le preguntó, al fin, Molina, en cuyo tono se advertían sus temores.

Olivares movió lentamente la cabeza en sentido afirmativo y empezó a hablar:

—Sí, es verdad. París se ha entregado sin lucha; sin un tiro, vamos, y la operación ha consistido en un verdadero paseo militar para los alemanes —y añadió, tras una pausa—: Una vergüenza. Pero lo peor de todo es que los franceses han tirado las armas y sus diputados se han reunido para entregar el poder al mariscal Petain, para que sea éste quien pida un armisticio a Hitler —hizo otra pausa y siguió diciendo—: Sí, parece un mal sueño. Lo acabo de leer en la crónica del corresponsal de «ABC» y me parece mentira. Pero es cierto, porque cosas así no se las inventa un corresponsal.

Aunque presintieron lo peor, su evidencia les abrumó. Descartados Francia y su prestigioso ejército, el de Foch y Weigand, la victoria de Hitler, su victoria total, se imponía irremediablemente. Quedaron anonadados. ¿Qué iba a ser de ellos? ¿Qué podían esperar ya? Vencidos por segunda vez, sometidos a la ira de un enemigo implacable, aislados del mundo, asediados por todas las plagas de la miseria, sin fe ni en Dios ni en los hombres, víctimas de la traición, la sevicia y el miedo, ¿a dónde mirar, por qué y para qué seguir viviendo?

—Y ahora, ¿qué?

La pregunta de Agustín quedó temblando en el aire, incontestada. Tras un penoso y meditativo silencio habló Molina:

—Aunque haya caído París por la traición y la incompetencia de sus dirigentes, la guerra continuará. Aún está en pie Inglaterra e Inglaterra, con su imperio, es medio mundo, y detrás de ella aguardan los Estados Unidos. Y también queda Rusia que no tendrá más remedio que jugar su carta, porque Hitler la tiene en su lista, para ajustar cuentas un día u otro, aunque ahora parezca que se llevan a partir un piñón… —Hizo una pausa y siguió diciendo—: Así tenemos que dar la noticia, en blanco y negro, entre sol y sombra, para que no se hunda del todo la moral de la gente. Que no se le olvide a nadie que en las celdas de condenados a muerte hay unos compañeros que no tienen más esperanzas de vida que la derrota del fascismo.

Cuando dejó de hablar Molina, pequeño Molina, pálido Molina, pero siempre inabatible Molina, las unidades del Almirantazgo partieron para difundir la noticia por todos los mares. Cada uno abordaba un grupo y repetía en él su mensaje, y de cada grupo partían, a su vez, correos que lo trasmitían a otros círculos. De boca en boca, el mensaje quedó reducido a París ha caído, los franceses piden la paz. Inglaterra no se rinde, quedan los Estados Unidos y Rusia, pero sólo las dos primeras frases eran escuchadas, sólo esas dos frases tatuaban a fuego a sus oyentes. ¡Ha caído, París! ¡Los franceses piden la paz! Y se repetían los mismos comentarios. ¡Esto es el fin! ¡Estamos perdidos! Las terribles palabras corrían con la rapidez del fuego en un rastrojo batido por el viento, y, a medida que avanzaban, se extinguían las voces. Y, a los pocos minutos, la multitud, hasta entonces rugiente y movediza, se quedó inmóvil y atónita, y sobre el patio se posó un lúgubre y espeso silencio, y los gorriones enmudecieron, y hasta se nubló la sonrisa en los labios de Goering y de los guardianes, sobrecogidos tambien, hombres al fin, por tan vasto y profundo estupor, y las gentes del pueblo, según se supo, se alarmaron por temor a que aquel síncope fuera el anuncio de algún suceso pavoroso en el penal. Así pudieron oírse como clarinazos el grito de ¡Viva la República! y los que siguieron a continuación pidiendo socorro. ¡Dios, qué gritos! Rompieron el aire e hicieron explotar una ensordecedora algarabía. Mil voces preguntaban a la vez: ¿Qué pasa, qué pasa? Y los hombres corrieron hacia allí, empujaron, forcejearon y se detuvieron. La masa formó un bloque compacto, impenetrable. Sólo pudo atravesarlo Pablo, por su bata blanca y el aviso: ¡Sanitario, sanitario!, y sólo lo hicieron Goering y sus hombres a puntapiés, a culatazos, a bofetadas, dejando tras ellos una estela de ayes y descalabraduras.

—¡Que me cargo a mi padre! —rugía Goering, pistola en mano, lívido de ira y de miedo. A su vera, protegiéndole, los guardianes, igualmente asustados y enfurecidos, abrían brecha como leñadores.

El hombre estaba ya recogido en una manta, cuyas cuatro puntas empuñaban otros tantos compañeros. Era un campesino, un leño de unos cuarenta años, con el rostro cerúleo, cuya palidez acentuaba, por contraste, la oscura barba crecida. No presentaba más rastros de sangre que el hilillo rojo que manaba de sus labios y le corría por el cuello. A las preguntas de Goering se oyó decir a uno de los que sostenían la manta:

—Se conoce que se tiró por el hueco de la escalera. Yo le vi ya en el suelo y corrí a coger una manta. Para mí que está reventado por dentro.

Pablo, que le tomaba el pulso, advirtió:

—Todavía vive.

—Pues venga, a la enfermería con él y rápido —ordenó Goering, diciendo después—: Es el único de toda esta chusma que ha demostrado tener lo que tienen los hombres. ¡Que avisen a don Germán!

Otra vez se abatió sobre el patio un pesado silencio. La gente, sobrecogida, dejaba paso a la comitiva que encabezaba Pablo y a la que se unieron los médicos reclusos, Goering y los guardianes. Detrás, se formó el mudo acompañamiento de paisanos, amigos y camaradas y, mientras, el voceador cantó los nombres de otra tanda para el locutorio, bajando la voz en cada uno de ellos hasta apenas oírse el último.

Olivares volvió donde estaba Molina.

—Lo he visto —explicó—. Es Cosme, aquel campesino de que te hablé. Todo un hombre. Ya me dijo que a él no le pasarían por la rueda. Sin duda, la caída de París se llevó su última esperanza. ¡Dios, todavía me resuena en la cabeza su viva a la República!

Le echaron sobre uno de los catres de la enfermería y le cubrieron el cuerpo con una manta, a excepción del rostro, pálido y sereno y con la barba empapada en sangre. Los enfermos, incorporados en sus camastros, miraban hacia allí aterrorizados, algunos de ellos con el aviso de la muerte en los ojos, y los demás testigos callaban, y los médicos hacían a Goering gestos de impotencia con las manos vacías, no tenemos nada, no podemos hacer nada por él, y el funcionario, comprendiendo, asintiendo, se descubrió la cabeza, y los guardianes le imitaron, y nadie sabía qué decir ni qué hacer, y apareció don Germán revestido de estola, portando un crucifijo y la cajita de los óleos sagrados.

Y don Germán se acercó al moribundo.

—¿Vive todavía? —preguntó y, al ver la unánime señal afirmativa de los médicos, se inclinó sobre Cosme y le preguntó en voz alta—: ¿Me oyes?

Entonces, Cosme abrió los ojos y el cura acercó el crucifijo a sus labios, pero aquél movió levemente la cabeza de un lado a otro, negándose con las únicas fuerzas que le quedaban. El cura miró a Goering.

—¡Será testarudo y empecinado! —Luego, habló a Cosme—: ¿Y qué pierdes, vamos a ver, con besar el crucifijo? Otros ateos claudicaron antes que tú. No seas tonto y bésalo. Así, a lo mejor te salvas, porque Dios perdona a los arrepentidos.

Y le aplastó el crucifijo en los labios y Cosme se quedó quieto y con los ojos de par en par. Los enfermos se dejaron caer, despavoridos, sobre sus yacijas, y todos los presentes sintieron un escalofrío, todos menos don Germán, que descubrió los pies de Cosme, los desnudó y los ungió con los santos óleos mientras mascullaba latines. Luego, volvió a cubrirlos y, tras pretender en vano cerrar los ojos al muerto, le tapó el rostro con la manta. Entonces, Goering, brazo en alto, gritó estentóreamente:

—¡España!

—¡Una! —respondieron los guardianes y don Germán. Goering retó a los presos con la mirada y amenazó

—Al que no conteste lo meto en celdas hasta el día del juicio final —y gritó nuevamente, con mayor energía aún:

¡España!

—¡Grande! —respondieron solamente los guardianes y don Germán.

—¡España!

—¡Libre! —respondieron todos.

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