La noche sin riberas
V
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El hecho cierto es que la guerra se complica y que su final ya no se ve tan cerca, ni siquiera se ve, aunque los de aquí digan otra cosa en sus periódicos. ¿Qué coño saben estos periodistas que se bajaron los pantalones delante de Ciano y de Himler? ¡Valiente manada de chupaculos que no tienen valor más que para meterse con nosotros porque saben que no podemos defendernos! Pues mira los de «Redención»… ¡Desgraciados! ¿Y cómo paga Hitler vuestros servicios cabrones? Pues cogiendo a Companys, a Zugazagoitia, a Cruz Salido, a Muñoz Martínez y a otros destacados refugiados políticos en Francia y regalándoselos, atados de pies y manos, a sus más encarnizados enemigos y perseguidores, y amos vuestros. Peces gordos esta vez y no boqueroncillos como hasta ahora. Qué alegría, ¿no? Y peces gordos que se habían escapado de la red. Casi nada. ¡Qué vergüenza! Y ellos, qué imbéciles. Todavía no se habían enterado de cómo las gastan aquí. Pensarían, digo yo que pensarían, que lo que nos ha ocurrido a nosotros, los pobres diablos de siempre, era una consecuencia natural e inevitable de la guerra y quizá muy merecido por no haberla ganado y habernos quedado aquí, con Franco, como si todo hubiera dependido de nuestra voluntad, o por aquello de ¿quién se preocupa por las circunstancias personales de los simples soldados caídos en la batalla? Lo que importa es que se salven los jefes por encima de todo. Por eso no quisieron escucharnos cuando les pedimos ayuda. (Otros perdieron la vida. Entonces, ¿por qué se quejan si todavía viven? Además son tantos que no podrán fusilarlos a todos). Entendido, entendido. Los jefes no se improvisan, mientras que la gente de tropa sale a patadas, se da como los hongos. Y se quedaron, tan tranquilos, a vivir en París. Algunos, más precavidos, se largaron a las repúblicas hispanoamericanas, por si las moscas. Ellos, no. ¿Cómo podían pensar que los detuviesen en un país extranjero que los había acogido con todas las de la ley, para entregarlos después a sus peores enemigos? ¡Qué disparate! Ellos eran refugiados políticos de primerísima categoría y no morralla indocumentada e indeseable como la que se pudría en los campos de concentración franceses. Que los alemanes avanzaban… (Bien, ¿y qué? Señores, existen unas normas internacionales que nos amparan. No somos franceses ni beligerantes. Somos huéspedes de un país cuyo honor nos protege). Paparruchas y nada más que paparruchas democráticas, hombre. Qué palabrería, señor. Como si los fascistas, que se han saltado siempre a la torera todas las leyes y tratados que les estorbaban, se fueran a detener ante vosotros por un escrúpulo de conciencia. ¿Después de violar a Checoslovaquia, Bélgica, Holanda, Dinamarca y Noruega? Vamos, hombre. ¿Es que no os acordabais ya de que negaron el derecho de asilo, el sagrado derecho de asilo, a las embajadas en Madrid al término de nuestra guerra, a pesar de que por ese derecho ejercido ampliamente bajo nuestra dominación salvaron sus vidas innumerables facciosos, Serrano Suñer y Fernández Cuesta entre ellos? No es que tomemos vuestra desgracia como una compensación de la nuestra. Vuestra captura no nos consuela ni nos alivia en absoluto. Antes al contrario, nos agobia y nos entristece y nos hace sentirnos más desvalidos. Lamentamos, eso sí, que os hayáis dejado coger como conejos, sin ninguna reacción valerosa por vuestra parte. Lo contrario, podéis estar seguros de ello, nos hubiera enorgullecido, y mucho. Porque de nada nos va a servir vuestra inmolación, como tampoco nos favoreció que, según se dice, los comunistas hicieran volver desde Nueva York a Diéguez, secretario del comité provincial del partido comunista en Madrid, que lo detuviese en Lisboa la policía de Salazar y lo entregase a la española para ser fusilado. De nada. Todas estas historias nos deprimen y vienen a aumentar la sensación de derrota que nos abruma. Son una carga más sobre la que cada uno de nosotros lleva consigo. Y, si no podemos con la nuestra, si se nos doblan las rodillas, si ya no nos queda casi aliento, ¿cómo vamos a sobrellevar, por añadidura, ese peso ajeno? Y, sin embargo, así tiene que ser, querámoslo o no. Somos el yunque de todos los martillos. De todos. Sí, porque tenemos que soportar hasta que los comunistas se alegren de las derrotas de las democracias.
—¿Es verdad —le pregunté no hace mucho a Rodrigo, amigo personal nuestro y afiliado al partido comunista— que tus camaradas celebran como victorias los bombardeos de Londres y el hundimiento de barcos ingleses?
Estábamos los dos solos en un dúo aparte.
De hecho, Rodrigo y yo somos el punto de unión, la soldadura diríamos, entre los dos grandes sectores en que se divide la población penal. Los comunistas se creen infalibles. (El partido no se equivoca nunca). De ese modo, hasta los mayores errores tácticos del partido son maniobras geniales, según ellos, de la dirección, y la base debe admitirlo y defenderlo así. Y si no saben cómo argumentar ni cómo escurrirse, se encogen de hombros y repiten una y otra vez: Cuando el partido ha señalado esa línea, por algo será. En el caso del pacto germanosoviético, que les pilló desprevenidos y les dejó turulatos, los dirigentes, como no sabían qué explicaciones dar a la base y viendo que ésta se iba a pique, desmoralizada, dijeron: Camaradas, el camarada Stalin sabe muy bien lo que hace. Él nunca se ha equivocado y ha mantenido siempre la línea justa. Nosotros no podemos ver lo que el camarada Stalin ve, sin duda, desde el puente de mando de la nave socialista. Y, si ha señalado ese rumbo, sus razones tendrá. No lo dudéis, el gran jefe de la revolución, el genial conductor del proletariado, el sabio camarada Stalin, nos conducirá al triunfo definitivo. Palabras nada más, claro.
—Para tu padre —replicaban los menos dialécticos de los nuestros, y añadían—: No, si lo mejor que nos podía ocurrir es lo que el sabio camarada Stalin tenía previsto, que cayéramos en manos de Franco. No te jode… Si te condenan a muerte, no te preocupes, porque te indultaran; y, si no te indultan, no te preocupes, porque no te llevarán al picadero; y, si te llevan al picadero, no te preocupes, porque tirarán con balas de fogueo. Coño, qué broma. ¿Y si tiran con balas de verdad, qué? Mira, ¿sabes lo que te digo? Pues que no soy ningún gilipollas y que todo eso que farfullas me suena a disco rayado y ni tú mismo te lo crees, porque no me vas a decir que tu gran camarada Stalin te ha soplado a la oreja lo que se trae entre manos. Que si Stalin piensa, que si Stalin prepara, que si las intenciones de Stalin… ¿Y cómo sabes tú todo eso? Y si lo sabes tú, que estás encerrado aquí y eres un cero a la izquierda, mejor lo sabrán los fachas, digo yo, ¿no? Y si lo saben los fachas, no se van a estar chupándose el dedo, vamos, me parece a mí.
Ahora se justifican diciendo que sin el permiso de Stalin, Hitler no se hubiera atrevido a atacar a las democracias capitalistas, que es el primer paso para el triunfo del comunismo. Una vez vencido el gran capitalismo, el comunismo será cosa de coser y cantar. Así de fácil y de claro.
Rodrigo me miraba serio, cecijunto. Para mí que estaba hecho un lío.
—Dicen —me respondió al fin— que Inglaterra es el mayor enemigo de la revolución.
—¿Más que Hitler?
Sí, porque es más fuerte.
—Pero en Inglaterra están las Trade Unions y el partido laborista y que…
Rodrigo me disparó rápidamente:
—Son instrumentos al servicio del capitalismo, y Bevan y Adtlee, dos traidores al proletariado.
—Eso dice el partido, ¿no?
—Sí, eso dice el partido.
—Y tú, ¿qué dices?
—¿Y qué quieres que diga?
Hubiera sido inútil seguir por ese camino. Tiene siempre en reserva una consigna elaborada desde un punto de vista inalterable. Así no hay manera de discutir. Problema, consigna; problema, consigna. Y ya está. No importa que uno alegue que, una vez derrotada Inglaterra, Hitler se volverá contra Rusia. (¿Y el ejército rojo, camarada? Es el proletariado en pie de guerra, y el proletariado en pie de guerra con un jefe como Stalin, es invencible, camarada). Inútil. ¿Y los trabajadores que están muriendo en Inglaterra por oponerse a Hitler? ¿Y los compañeros que mueren aquí, en esta prisión, de hambre cada día? ¿Y los que caen ante los piquetes de ejecución? No importa nada. (Lo que verdaderamente importa, camarada, es el triunfo de la dictadura del proletariado. Ese día se instaurarán en el mundo la paz y la justicia y comenzará la nueva era histórica de la humanidad feliz). Igual que los curas cuando dicen que ni los sufrimientos ni los placeres en esta vida valen algo y que lo verdaderamente bueno comienza más allá de la muerte y que es en el otro mundo donde gozaremos la dicha suprema, junto a Dios. Y tú, Agustín, cállate. Lo malo es lo que me grita dentro. Ah, si uno pudiera tragarse todo eso y digerirlo. Muchas veces hablamos de estas cosas Olivares, Molina y yo y los tres coincidimos en que es imposible entenderse con los comunistas, tan imposible como llegar a un acuerdo con los católicos, apostólicos y romanos, quizá más difícil todavía, porque, al fin de cuentas, los católicos, bueno, los que se dicen católicos, que habría que ver qué son en el fondo, parten de posiciones antirrevolucionarias y, además, están gastados y tienen las tragaderas más anchas, y ya no utilizan la inquisición y las hogueras de la fe, y son, en general, más bien pancistas, y sólo pretenden que las cosas no se muevan y seguir haciendo tranquilamente la gran digestión, mientras que los hijos de Lenin hablan de transformar el mundo y de conquistas proletarias, y están en la fase de la intransigencia y de la exclusión y de que el fin justifica los medios, y se valen de la violencia moral y del miedo, y pretenden poner lo de arriba abajo o lo de abajo arriba y dominar la tierra. En definitiva, lo mismo que los católicos, pero, actualmente, con la diferencia de que el catolicismo se muere de vejez y de que el comunismo apenas si ha alcanzado la mayoría de edad.
—Es el relevo en la dominación del hombre —suele decir Olivares, que se explica así—: Nosotros, en cambio, queremos la liberación del hombre. Quizá nos equivoquemos muchas veces en el método, en el procedimiento, que equivocarse es cosa de hombres, los animales no se equivocan jamás, y por eso aceptamos el error, pero el objetivo no cambia. Sin embargo, hay que reconocer lo ventajoso que resulta tener siempre una respuesta a punto en cada circunstancia, porque lo que el hombre desea es que se le dé una respuesta, para quedarse tranquilo y no verse obligado a pensar. Ahí reside la fuerza de todos los dogmáticos, y, en razón inversa, nuestra debilidad, ya que nosotros sólo admitimos lo que entendemos y, aunque estemos muy seguros de algo, no nos encastillamos en nuestra verdad y estamos dispuestos a discutirla y no a imponerla violentamente, porque, a nuestro entender, la fuerza no ha conseguido nunca hacer verdad de una mentira.
—Por eso —piensa Molina—, no me explico aún cómo caímos en la trampa de ir juntos con los comunistas en una guerra y en una revolución. Estábamos perdidos desde el primer momento. Al final, luchábamos por ellos y en contra nuestra. Cuando se dieron cuenta del juego los que habían sido engañados, rompieron la baraja, pero demasiado tarde, cuando la partida estaba definitivamente jugada y perdida.
De este primer gran error, Olivares deduce el segundo error capital que nos llevó consecuentemente a la derrota:
—Si teníamos que hacer una guerra, ¿por qué hacer la guerra de los militares, la única que ellos saben hacer, aprendida en las academias, y no la nuestra? Nada de grandes unidades, de frentes continuos, de logística clásica. Eso era lo suyo. Y no es que fuera difícil, no, y la prueba de ello es que fuimos capaces de asimilar sus sistemas rápidamente. El problema consistía en que nuestra mentalidad y nuestra formación son diametralmente opuestas a las de los militares, por cuya razón, lo que es bueno para ellos resulta malo para nosotros. Además, nosotros estamos sometidos a razones de otro rango e índole que las estrictamente militares. De ahí que, al aceptar el terreno de juego y las reglas de la guerra académica, cayésemos en una trampa mortal. Otro gallo nos cantara, en cambio, si hubiésemos empleado el método popular y revolucionario de la guerra de guerrillas que tan buenos resultados dio cuando la invasión napoleónica, y al que tan bien se prestan nuestra idiosincrasia y nuestra geografía; atacar de improviso, huir, concentrarse y dispersarse súbitamente, estar en todas partes a la vez y en ninguna en concreto, ser una amenaza de día y de noche, aparecer y desaparecer en los riscos, en las gargantas, en los bosques, y levantar los pueblos e insurreccionar las aldeas a espaldas del enemigo…
Esta es, en síntesis, la teoría última de Federico, a quien, cuando agarra el tema, no hay forma de pararle, hasta que él mismo comprende que abusa de nuestra paciencia. Entonces, me mira y se sonríe. (¿Qué, masoquismo; verdad, Agustín?) Porque yo le he dicho varias veces que esa manía de volver tan insistentemente sobre algo que ya no tiene remedio, es, ni más ni menos, que una aberración masoquista, Y es verdad. Y, sin embargo, comprendo y comparto su inclinación. Es natural que pretendamos hallar la razón de nuestra desgracia, que no es una desgracia cualquiera, sino el colmo de todas las desgracias, y más ahora, cuando hasta la desgracia ajena se vuelve contra nosotros. ¿Qué hemos hecho para merecerla? ¿Por qué estamos aquí? Con estas preguntas nos dormimos y con las mismas preguntas nos despertamos cada día. Y mil años que viviésemos, mil años que estaríamos dándoles vueltas y más vueltas, sin quedar nunca conformes. Porque hay que ver cómo nos aprieta y nos ahoga la mala suerte. Ahora mismo, nos bombardean las malas noticias por todas partes. De la guerra no sabemos más que desastres, porque el chaqueteo de los italianos en Libia, por mucho que lo hinchemos, no es más que el fracaso de una bufonada de Mussolini, qué mierda de tío, sin trascendencia en el conjunto del conflicto. Y de casa… No sé como se las arreglará mi madre para subsistir y traerme algo de comer de cuando en cuando. Ella me mira, me mira, pero no contesta a mis preguntas. Parece pasmada, la pobre. ¿Le quedará algo todavía por vender? ¿Trabaja? Pero, ¿qué trabajo puede hacer a su edad: fregar escaleras? ¿Pide limosna? Es terrible no saberlo, pero quizá fuese más terrible saberlo. La verdad es que no quiero ni pensarlo, aunque, ni aun negándome a pensarlo, me libro de que las sospechas sean carcomas que me roan por dentro. Y tengo la suerte de no estar casado. Las madres aguantan y aceptan su destino resignadamente, y ya no están en edad para otra cosa. Pero los casados… Ay, los casados. Muchos deben la vida a sus mujeres jóvenes y apetecibles. Si bien se mira, desde mi posición de soltero, claro, puede ser el suyo un hermoso sacrificio. Ahora bien, ¿pensarán lo mismo los interesados? Yo creo que en su gran mayoría no tienen ahora otra preocupación más acuciante que la de vivir, vivir, vivir. Si algún día recobran la libertad y vuelven a sus casas, puede que al enfrentarse con los hechos consumados se sientan ofendidos y obren como tales. No lo sé. Ahora reaccionan como animales acorralados. Aquí, si no te acoplas, palmas, ya lo sabemos, pero fuera ya de aquí, ¿qué? Pues que te llamarán cornudo y que hasta las piedras se reirán de ti, amigo, sin acordarse de que fuiste obligado a vivir con un pie del enemigo en tu garganta. ¿Qué hubieran hecho en tu lugar los que te llaman cabrón? Eso no se sabe. Todo el mundo es valiente detrás de la barrera. Lo único que sé es que yo no me atrevo a juzgar en ningún caso. Sin ir más lejos, hace pocos días presencié casualmente una de las escenas más tristes y desgarradoras que se puede uno imaginar. Comunicaba yo con mi madre, es decir, mi madre y yo nos mirábamos en silencio y pude, por lo tanto, advertir lo que ocurría a mi lado. Enfrente, junto a mi madre, una mujer joven, con evidentes signos de hallarse encinta, gritaba al compañero que tenía a mi lado:
—Te he metido unos filetes empanados, harina de almortas, arenques, un bote de leche condensada, pan…
El hombre la miraba intensamente, contraídas las mandíbulas, pálido y desencajado el rostro. Y ella le preguntó:
—¿Qué te pasa, hombre? ¿Es que te has quedado mudo de repente?
El locutorio resonaba como un tambor y era preciso gritar rabiosamente para hacerse oír. Aquel hombre rugió:
—¿Y eso? —y señalaba con el dedo hacia el voluminoso vientre de aquella mujer.
—¿Qué? —gritó ella, a su vez, palideciendo.
—¿Qué va a ser? ¡La tripa, tu tripa!
La mujer se mordió los labios y, sacudiendo después la cabeza airadamente, contestó:
—Ya lo estás viendo. ¡Preñada de siete meses!
La rabia y la ira se le salían por los ojos, negros, grandes. Era morena y, si no guapa, guapa, lo que se dice guapa, sí, una de esas mujeres que gustan sin saber por qué, que atraen y que, si te miran fijamente, te atolondran, y ellas lo saben.
El marido se estremeció, y yo creo que creció, que se agigantó.
—¡Puta!
Un cañonazo, pero un cañonazo que no consiguió derribarla. Por el contrario, se engalló aún más.
—¿Y de dónde querías que sacase un paquete de comida para ti todas las semanas, marido? ¿Qué es lo que me dejaste tú? Mi cuerpo, ¿no? Pues de mi cuerpo saqué los paquetes. Y si ahora soy puta, soy puta por ti.
El hombre tembló aún más, cerró los ojos y se aferró a la alambrada, como si quisiera destrozarla con sus manos, mientras ella seguía ensañándose con él.
—Tú me pedías: no dejes de traerme paquete, por favor, Paloma, porque aquí nos matan de hambre, por favor, por favor… Y yo… Pero, ¿es que no te has dado cuenta hasta hoy?
El desgraciado gemía sordamente. Cuando, al fin, abrió los ojos, vi que estaba llorando. Este gesto del hombre debió calmar a la mujer y enternecerla, porque, de pronto, contrajo el rostro y rompió también a llorar. Y ya no hicieron otra cosa que mirarse en silencio a través de las lágrimas. Y yo, cuando más tarde referí la escena en un corro de amigos, comprendí que esas cosas no deben contarse en sitios como este, que había metido la pata.