La miel derramada

La miel derramada


El lugar no es apropiado

Página 7 de 14

El lugar no es apropiado

—¡Este Ernesto! ¡Ahi te buscan! —Qué, quién. —Aligérate, Ernesto, ahistá otra vez esa chavita increíble que te vino a ver el otro día. —¿Quién? ¿Raquelita? ¿Vino sola? —Is, ahí está en la banca. —Cámara, esta vez sí me la echo: dicen que las da fácil… A ver, profesor, me barres bien el cuarto y lo trapeas mientras yo verbeo a la nalguita allá en el patio. Cuando regrese todo tiene que estar reluciente, ¿entendiste, cabrón? —Uta, pinche Ernesto, luego luego agarras viaje. —Usté obedezca, o empiezan las patadas en el paladar.

Ernesto ya se había levantado del camastro, con gran velocidad. Se echó encima su chamarra nueva, ajustó el brazalete COMANDO F, se pasó el cepillo enérgicamente por el cabello y hasta tuvo tiempo de empaparse en loción antes de abrir la puerta y salir al patio, donde entrecerró los ojos cuando fue fulminado por la luz violentísima del sol que delataba aún más el verdor resquebrajado en la pared opuesta.

Afuera, el patio —como desde que llegó— seguía semejando el de una vecindad. Algunos presos platicaban con sus visitas y en lo más alto de la puerta enrejada se hallaban encaramados los presos más miserables, monos a la espera de la comida, un cualquier cualquier cacahuate…

¿Dónde está Raquelita? Qué chava más suculenta, es el Gran Agasajo, me cae…, ¿dónde está? Si ese pinche Profesor Galindo nomás me vaciló se va a arrepentir…

Pero Ernesto finalmente vio —con los ojos entrecerrados a causa de la brillantez del sol— a Raquel, quien se hallaba muy quieta en una banca, viendo su derredor con ojos pasmados, pálida, las manos adheridas a la tela minúscula de la faldita, con sonrisas torpes, nerviosas que ocasionalmente dedicaba a los dos presos jóvenes que la galanteaban y que, cuando vieron acercarse a Ernesto, huyeron hacia la escalera que conducía al piso superior. Van a ver cabrones, pensó Ernesto, con que queriendo darme baje con la nena, ¿eh? Ernesto aminoró la marcha e irguió la cabeza como si de pronto caminara al campas del blues que se arrastraba desde los altavoces.

… Rebasó la fuente, pintada en todo su contorno con hongos y signos de la paz. Ernesto ya sonreía amplia, elegantemente…

Raquelita se iluminó al verlo acercarse, pero al ver la mirada de Ernesto volvió a turbarse un poco.

—¡Raquelita, nena, qué bueno que regresaste!

—Ay cómo no iba a volver, Ernesto, si te lo prometí. Este… Mira, te traigo un regalito. —Raquelita tendió a Ernesto una caja en la que se vislumbraban trozos de pan con crema a través de los agujeros que los celadores habían practicado en el envoltorio para revisar su contenido—. Es un pastel de avellanas riquísimo, lo compré en El Globo, tiene crema chantillí, a ver si te gusta.

—Hombre ps cómo no —concedió Ernesto mientras deshacía el envoltorio para enfrentarse al pastel ultrajado en todas sus partes; incluso faltaba una gran porción—… Pinches monos —comentó Ernesto—, ya le metieron sus dedotes.

—Ay sí Ernesto, yo les dije y les dije que no traía ninguna cosa, digo, nada malo, pero no me quisieron creer, y luego todavía se quedaron con un pedazo.

—Cómo estuvo la entrada —preguntó Ernesto mientras mordiscaba unos trozos sueltos de pastel sin dejar de revisar los muslos, el vientre y los senos de Raquel; qué pastelito, qué pastelito, se repetía. Sus ojos se hallaban entrecerrados. Pinche vieja, cómo se vino a sentar al sol, y yo que olvidé los lentes oscuros…

—Pues como la otra vez, Ernesto, esas celadoras son de lo peor… Raquelita enrojeció notablemente a causa de las miradas de Ernesto, del recuerdo de la revisión y de los rayos del sol, pero su atención se desvió al oír los gritos de Ernesto:

—¡Oye tú! ¡Ése! ¡Ése! —Un preso muy joven, un adolescente de pelo largo, con un uniforme que le nadaba, se volvió hacia Ernesto, con el rostro blanco, aterrado. —Tú, bueycito, vete al restorán y me traes dos platitos y dos cucharas, le dices a Mayén que te manda Ernesto, pero muévete.

—Oye, Ernesto, la verdad yo no quiero. Desayuné antes de venir. Además, el pastel es para ti, para que lo compartas con tus amigos, ¿no?

—Bueno, bueno —dijo Ernesto, con una sonrisa en los ojos—, de cualquier manera ese lentejo ya fue… ¿Te fijas? Me los traigo aquí-compadre —Ernesto echó una mirada rápida a su rededor y volvió a sonreír al observar a Raquelita—. Oye, vamos a mi cuarto, ¿no? Aquí toda la bola de gandallas nomás se te queda viendo, se les hace agua la boca… Digo, no te vayan a faltar al respeto…

—Ay pero si aquí está rico el sol. Y además a mí no me molesta que me vean esos señores; digo, los comprendo.

Un clarín desafinado tocó el llamado a comer y los presos de la reja se reunieron con otros que surgieron de todas partes; un ejército de hombrecitos morenos, paupérrimos, con las miradas ausentes, los uniformes desteñidos y las gorras cuarteleras con los picos apuntando al cielo; todos formaron una fila a partir de dos peroles inmensos y humeantes soportados por un par de carritos. La fila empezó a crecer hasta la banca donde se hallaban Ernesto y Raquelita, y él se puso en pie, con firmeza.

—No, carajo. Ya va a empezar el rancho y esto se vuelve un chiquero. Ven.

Tomó de la mano a Raquelita y la hizo levantarse. Ella se desprendió de Ernesto con un movimiento instintivo, titubeante, sin perder de vista a los presos enlineados junto a los peroles, quienes a su vez no cesaban de mirar la figura esbelta, bien vestida de la joven.

Al paso de Ernesto los presos que deambulaban en el patio se hacían a un lado, con miradas de codicia y de resentimiento. Pero Ernesto abría ya la puerta y, al hacerlo, palideció estupefacto, cuando la luz penetró e iluminó al Profesor Galindo quien, tendido en el camastro, devoraba con fruición las revistas de Ernesto.

—¡Lárgate de aquí, pinche Galindo! —rugió Ernesto. Velozmente corrió hasta él, le arrebató las revistas, le dio de golpes con ellas en la cabeza y aún alcanzó a esconderlas en fracciones de segundos bajo una pila de periódicos. Éstos hacían las veces de mantel para el buró acondicionado con dos huacales de madera. El Profesor Galindo salió de la celda, con una sonrisa cínica y divertida y sin dejar de ver ávidamente a Raquel, quien, cuando la puerta se hubo cerrado, tuvo un calosfrío al advertir que la luz disminuía hasta convertirse en la grotesca luminosidad del foco que pendía sobre el camastro.

Raquel, inquieta, revisó el cielorraso de un dudoso color de rosa chillante; ese mismo tono cubría las paredes, o las partes de ellas que dejaban al descubierto los pósters sicodélicos y las fotografías de rocanroleros y de mujeres desnudas. Había también, en una mesa, una parrilla eléctrica con un pocillo de agua hirviente junto a dos barquitos tallados en hueso con velámenes de tela roja. En la misma mesa, que no ocultaba el irónico nombre: Carta Blanca, había un televisor y un tocadiscos portátil. Y más allá del par de sillas plegables Raquel vio las cobijas grises que hacían de alfombra y el camastro, ridículamente estrecho y abombado por varios colchones. Ernesto extendía las cobijas con movimientos nerviosos y de pronto soltó a reír, para sí mismo. —Pinche Profesor Galindo, ni siquiera barrió… —después se volvió hacia Raquel, con una sonrisa cortés de anfitrión—, siéntate, siéntate Raquelita…

—Ésta, este, este, ¿ésta es tu celda? —preguntó Raquel insegura, y tomó asiento cuidadosamente en una silla, estirando la falda sobre sus muslos.

—Está de pocas si tomas en cuenta las demás, digo: si las conocieras, ¿no?, ahí viven apilados tres cabrones. Y no se diga el cuartelón… Oye, ¿no te quieres sentar aquí? —invitó Ernesto palmeando la cama—, ayer conecté un colchón de hule muy efectivo, se lo bajé a un pendejo que andaba bien necesitado de tecata —agregó, con una sonrisita.

—Ay cómo eres Ernesto —Raquel no se movió de la silla.

—Hija, ¿te has fijado cómo aquí todo mundo me trata con respeto? Porque me he hecho valer, ves, la cárcel me la pela. Aquí todo el personal truena y yo, en cambio, ni madres. Se aprenden muchas cosas, Raquelita, se aprende a ver la verdadera realidad…

Ernesto se puso en pie, casi con un salto.

—¿No quieres un cafecito? Digo, para llegarle al pastel que trajiste. Cámara hija, me cae que se ve de pocas. Muchas gracias. Te la sacaste, maestra.

Raquel sonrió ampliamente, satisfecha. —Ah pues esos pasteles yo los conozco desde que estaba bien chiquita. Mi mamá siempre iba a El Globo a comprarlos, cuando todavía vivía mi papá. Es que vivíamos a la vuelta, en la colonia Roma.

Ernesto avanzó a grandes pasos y abrió la puerta de la celda. Un golpe de luz penetró en ese instante, venció al foco enroscado encima de la cama y abarató las paredes de color de rosa.

—Quién sabe qué le pasó al buey que le pedí los platos, va a ver ese hijo de la chingada —terminó Ernesto, casi murmurando, y volvió a cerrar la puerta—. Pero no hay tos —agregó, viendo con fijeza a Raquel, quien, muy quieta en su silla, se hizo a un lado lo más que pudo cuando Ernesto se acercó y conectó la parrilla eléctrica. La luz de la resistencia al rojo vivo demarcó sombras contrastantes en la cuenca de los ojos y en la frente de Ernesto, y Raquel sintió otro calosfrío al advertir la mirada penetrante, fija en todo su cuerpo.

… Ernesto removió el pocillo con agua y extrajo, de la parte inferior de la mesa, dos platos grandes, tenedores de plástico y un par de tazas asirrotas; sopló en los platos para quitar el polvo y, después, no satisfecho, recogió una camisa del suelo y con ella los limpió. —A ver, yo sirvo —dijo a Raquel. Ella, muy consciente de su cercanía, un poco pálida, asintió. Ernesto cortó un par de trozos de pastel y los puso sobre los platos. —Ora, llégale —dijo.

—No gracias, deveras, ya desayuné, pero come tú —reiteró Raquel con la vista fija en los barcos de hueso amarillento. El agua hervía.

—Y qué, ¿un cafecito no?

Raquel sólo pudo mirarlo a los ojos durante fracciones de segundo. —Bueno —accedió.

Ernesto regresó, pausadamente, a la cama. Dejó el pastel sobre la pila de periódicos, se volvió, titubeante, hacia Raquel y luego ensayó una sonrisa.

—Este pastelito se ve tan de pocas que hay que agasajarse debidamente… ¿no te quieres dar un fuetazo? —agregó, con tono de complicidad.

—Ay no, Ernesto, tú sabes que yo a eso nomás no.

—Cámara. ¿Todavía no te atizas?

—No yo no —reiteró Raquel, muy seria, respirando profundamente; se hallaba muy pálida—. Ay Ernesto —añadió—, deveras, no sé qué siento al ver que sigues fumando mariguana en la cárcel. Por fumar te trajeron aquí, ¿no?

—Pues sí, pero aquí hay más mota que afuera y además aquí en la Efe sí se puede, hay permiso de Salubridad para el atacón… Desde que llegas los comandos te dicen con quién la debes conectar y con quién no.

Ernesto sacó, de bajo de la cama, una caja de zapatos. Abrió la caja y mostró, con orgullo, todo el interior lleno de mariguana desramada y unos cigarros liados con papel de estraza.

—Mira nomás qué huatote hija, ¿te cae que no vas a querer?

—Deveras no, Ernesto, yo a esas cosas nomás no; es más, deveras me pone muy muy nerviosa, no fumes, por favor, ¿no?

—No te pongas paranoica, chava, me cae que aquí no hay pedo, aquí todo mundo se ataca, de pendejo yo no.

—Y tienes mucha, Ernesto, ¿no?

—Es que aquí soy de los influyentes, Raquelita, tengo toda la que quiero… El mayor y el primer oficial son mis valedores y pa pronto me dijeron cómo está el rollo y me dieron una bola de achichincles para que yo los pusiera a venderla. Jia jia, cada noche vienen mis esclavos y yo me pongo a hacer los papeles de grifa y ellos al día siguiente se los dejan ir al personal.

Ernesto ya había encendido un cigarro maltrecho y lo fumaba con intensidad, conteniendo el humo.

Raquel lo observaba con atención, preocupada: su corazón latía sin control, tenía el impulso de correr y, en vez de eso, su cuerpo se arraigaba más en la silla.

—Fíjate, Ernesto, qué tal si te vuelven a agarrar, entonces sí ya no sales.

—Oh cómo chingas, no eches la salazón… Te digo que no hay tos, estoy protegido por los efectivos de la crujía y ellos están protegidos por los meros cabezones del tanque; todos están en la onda, ¿no ves que es un negociazo? Sacan los puros billetes… Ora pues, llégale pinche Raquelita, atízate para que te alivianes, esta manteca está precisa, me cae…

No, deveras, si no fumo afuera cómo voy a fumar aquí, le prometí a mi mamá que nunca iba a fumar mariguana. Además, desde que me consiguió el trabajo en la galería y vio que iban muchos greñudos me empezó a decir que yo no me fuera a meter en eso… ¿De qué te ríes?

—No me río, es que soy dientón… Chale, a poco a tu edad le haces caso a tu mamá, ella ni sabe cómo está la ola.

—Bueno, no es por eso; aunque sí, es que a mí esas cosas nomás no.

—Carajo, ya estás como el mamón de Salvador… Ese mono tampoco quiso atizarse nunca, él nomás atizándose con sus libros mamertones, diciéndome que no fumara la yesca porque guaguaguá y escubidubi… ¿Me lo crees? Créemelo.

—Bueno —aventuró Raquelita—, yo no le digo a la gente que no fume, ¿no? Y así como no les digo que no, pues no me gusta que me digan que sí, ¡y menos aquí!

Ernesto había consumido casi todo el cigarro. Se puso unos lentes oscuros con un movimiento reflejo y se acostó en la cama, con las piernas entrecruzadas, después de apagar la colilla. Su expresión se había vuelto ausente, aunque también parecía sonreír con malicia contenida.

… Parece mosca, alcanzó a pensar Raquel.

—… Pinche Raquelita, me cae que tú no agarras la onda —dijo Ernesto con un tono que pretendía ser grave; la voz ronca y cargada de intensidad, un poco quebrada—… No te quieres solidarizar con los jodidos.

—¿Yo? —exclamó Raquel con una sonrisa nerviosa y tragos brevísimos a su café, repentinamente llena de aprensión, con una incomodidad ominosa—, ¡cómo no! Estoy aquí, ¿no?

—No, me cae que no —insistió Ernesto, casi arrastrando las palabras—; tú te sientes muy arriba, tienes a tu jefa cargada de pesos y aquí nomás me ves como animal raro.

—¿Yo? ¡Al contrario!

—Sí sí, como que tú no me quieres ayudar, como que no te bajas de tu nube, ¿no?, tú como la canción de los Rolling: ¡pírate de mi nube porque dos ya son muchos en mi nube, chavo! —agregó Ernesto, sonriendo.

—Pero no Ernesto, ay Ernesto ¿cómo crees?, ¿entonces por qué te vine a visitar?

—Pus no sé, como que nomás viniste a divertirte, a agarrar tu cotorreo viendo al changuito en su jaula.

—No no Ernesto —intervino Raquel con mucha seriedad—, deveras vengo porque te estimo, ves, me caes bien, ¿no?, este, porque, porque, bueno, porque creo que es buena onda visitarte, si no ni vendría, palabra.

Ernesto se incorporó. Tomó asiento en la cama, viendo fijamente a Raquel.

—Si no vienes a divertirte, chava, a gozar con mis azotes, a qué vienes… Dime la verdad, pero la mera verdad.

Raquel palideció como nunca, presa repentinamente de un gran terror. Instintivamente miró hacia la puerta.

—Ay pues ya te dije…

—¡No, ni madres! —gritó Ernesto, de pronto—, ¡no me has dicho nada!, ¿sabes a qué vienes? ¿Sabes a qué vienes?

—Pus ya te dije, Ernesto, ¿no?

—¡No! —volvió a gritar Ernesto, con furia, ya en pie—, ¡pero yo sí sé a qué vienes! ¡Vienes a agasajarte conmigo! ¡Vienes a coger con un preso! ¿Sabes que estás bien buena y vienes a ver cómo me pone tu bizcochito? ¿No? ¿No? ¡Dime la verdad, pero no te hagas!

Raquelita finalmente pudo moverse, pero Ernesto se hallaba en frente, inmenso, enorme, muy fuerte, y ella sólo alcanzó a echarse atrás, casi se cayó de la silla. Ernesto se inclinó ante ella, viéndola con sus lentes oscuros en la oscuridad de la celda. Raquel no pudo hablar, tenía las manos adheridas a su pecho, aferradas a su blusa, sin sangre casi en el rostro, creyendo que los latidos de su corazón resonaban en toda la celda.

—No Ernesto, yo no, yo no, ¡eso no! ¡Eso no!

—¡Carajo! ¡No te hagas! ¡Vienes a ver qué se siente coger con un preso!

Ernesto la tomó de los brazos, la alzó sin dificultad y buscó los labios. Raquel quiso echarse hacia atrás, huir, huir, pero no pudo, pues Ernesto, casi tropezando, la aprisionaba con violencia y trataba de abrirle la boca con su lengua, mientras sus manos le apretaban las nalgas con una presión dolorosa. Raquel forcejeó unos instantes pero sus piernas flaqueaban, no podía desprenderse de él, y él la estrujaba y casi le enterraba los lentes oscuros en la cara. Como en un relámpago Raquel pensó: ¿a qué vine?, ¿a qué vine? El olor de la loción de Ernesto ya la había impregnado, porque su cuerpo cedía y su ropa se abría y Ernesto hurgaba con ferocidad en sus senos. El olor de la mariguana no se iba de la nariz de Raquel cuando Ernesto y ella cayeron en la cama, casi rebotaron; y ella, más que luchar, se debatía en movimientos incoherentes, veía las paredes del maltrecho color de rosa, y luego, en la oscuridad de sus ojos cerrados, advertía ráfagas de luces brillantes que se desparramaban como sus pensamientos, en destellos inconexos, otra vez, otra vez, y luego qué, qué va a ser de mí dónde me voy a limpiar, me voy a ir de aquí con sus líquidos impregnando mi ropa, se me van a ensuciar las pantaletas, si voy al baño a limpiarme todo los presos se van a dar cuenta de lo que hicimos, pero mi mamá jamás se va a dar cuenta. Ernesto había alzado la falda y abierto la blusa, lamía con intensidad el sexo de Raquel y ella se convertía en agua, toda ella era líquida, voy a tener el mismo sueño, el mismo sueño qué horror, y su incoherencia era asfixiada por la respuesta exacta, nunca aprendida, pero que una vez más surgía obediente al sentir que Ernesto la abría, se deslizaba hasta lo más profundo de su interior con un impulso correcto, sin obstrucciones, como nunca, como nunca, que inició en ella una oscuridad progresivamente avasalladora de la que emergían los movimientos coordinados de sus caderas y después la aparición fugaz del techo color de rosa con sus imperfecciones misteriosamente nítidas con los dientes de Ernesto mordiscando sus pezones y luego la boca bien adherida en la dureza de sus senos y sus manos en las nalgas y los destellos de luz desgranándose en su interior y voy a tener el mismo sueño el mismo sueño voy a despertar con la boca resequísima piernas flaqueantes aversión a la luz ya para entonces el interior de su cuerpo comenzaba a agitarse, a trepidar a convulsionarse, ¡voy a gritar!, e iniciaba una oleada de negrura, feliz oscuridad que ascendía hasta apagar el último rincón de su mente y que cedía lugar al cese absoluto de la conciencia, de la existencia subjetiva de Raquel, y a la preponderancia de oleadas vigorosas de sensaciones caóticas, sumergidas, y a la oscuridad ardiente que poco a poco amainaba y que le devolvía la conciencia de que Ernesto se hallaba encima de ella, bien adentro de ella, como nunca, como nunca, Ernesto sigue dentro de mí, se está moviendo con todas sus mañas y tuve un orgasmo, qué horror, yo vine a coger con un preso, voy a tener el mismo sueño, vine a coger con un preso, qué bárbara soy, y en instantes recuperaba el color de rosa del techo, sus nítidas imperfecciones, sus sombras tenues, Ernesto no se quitó los lentes oscuros, no le puedo ver los ojos, parece una mosca, una lagartija, qué dentro está, ni siquiera se quitó la ropa, qué fuerza tiene, qué fuerte me oprime los senos, y una vez más se reiniciaba la marea, la marea progresiva, creciente, total, de un nuevo orgasmo.

… Estaban tocando la puerta, cada vez con más vigor. Raquel finalmente oyó los golpes que para entonces resonaban y cimbraban el metal de la celda, y en ese momento él se dejó caer pesadamente, ella apenas logró hacer a un lado la cabeza, y Ernesto eyaculó largamente, una eternidad de espasmos incontinuos en los que fluía más y más semen. Los golpes en la puerta continuaban y Raquel quiso decir están tocando, están tocando, Ernesto, ¿no oyes? Ernesto, respirando con pesadez, sin dejar de acariciar golosamente uno de los senos de Raquel, se volvió hacia la puerta. Los toquidos continuaban. —Carajo —murmuró Ernesto, y dijo después— ¡quién, quién! —Raquel, muy sobresaltada, quería que él se quitara de encima y le empujaba el torso, pero Ernesto continuaba moviéndose con lentitud dentro de ella, su erección sin decrecer. —¡Tienes visita, buey! ¡Sal, te están esperando! —¡Cómo visita! —gritó Ernesto, sin dejar de oscilar su cadera, ¡si ya tuve visita! —¡Otra visita pendejo!— Raquel empujaba a Ernesto para que saliera de su cuerpo, pero él permanecía allí, sin darse por aludido, acariciando uno de los senos, con su miembro en erección total removiéndose sin fatiga. —¡Pero quién es! —¡Oh, yo qué sé! ¡Qué le digo! —¡Párate, Ernesto, párate! —logró balbucir Raquel—, por lo que más quieras, párate. —¡Es un cuate, está en una banca esperándote, ya te han voceado un chingo de veces! —¡Oh, pos no se oía nada! —¡Quítate, Ernesto, ve a ver quién es! —Chance sea mi abogado —musitó Ernesto, y luego se volvió hacia Raquelita, sonriendo. Se quitó los lentes oscuros. —Qué sabrosa estás, corazón —dijo. Sus ojos enrojecidos, empequeñecidos, plácidos. La besó largamente, su lengua se onduló por toda la boca de Raquel, y ella cedió una vez más, en ese momento yerta, inmóvil, sin pensar en el miembro que seguía removiéndose dentro de ella. Afuera se oían voces y risitas. Ernesto volvió a ponerse los lentes oscuros. —Pinche abogado, qué horas de venir —musitó, y finalmente sacó su miembro abruptamente, con un solo movimiento, y lo limpió con la cobija de la cama.

Raquel, a toda velocidad, buscó sus pantaletas y trató, al mismo tiempo, de esconder sus senos bajo la blusa, ay Dios ya se arrugó toda, alcanzó a pensar. Ernesto ya se hallaba en pie, fajando su camisa bajo el pantalón azul del uniforme. —Quién chingaos será —murmuró con una sonrisa al ver que Raquel, nerviosamente, se acomodaba las pantimedias y luego la falda, alisaba la blusa y entrecerraba los ojos al sentir que la luz del sol penetraba en la celda como un relámpago doloroso cuando Ernesto, ya con un cigarro encendido, colgante en su boca, se acariciaba los testículos y su pene aún hinchado y luego hacía un lado a dos presos pequeños, muy morenos, sin camisa bajo el chaquetín, que trataban de mirar, ansiosamente, hacia dentro.

Cuando Ernesto salió y cerró la puerta bloqueando así la luz hiriente del exterior, Raquel, muy agitada aún, lamentó que su falda se hubiera arrugado, y su blusa también, qué pena, Dios mío qué pena, y buscó un espejo pero no había, estoy en el cuarto sin espejos, pensó, sin darse cuenta, vio de reojo la cama destendida, el plato de pastel sin tocar y la caja con mariguana que permanecía desvergonzadamente ante su vista, y pensó: hay que guardar eso, pero no lo hizo porque ya estaba extendiendo las cobijas, mediante fuerte soplidos con la boca abierta trataba de expulsar el sabor de la saliva de Ernesto.

Y una sensación de tristeza, de profunda desolación, pugnaba por inundar su conciencia, por desplazar la agitación caliente, con recodos de satisfacción, que aún la poseía. Raquel evitó deprimirse con la prisa en ponerse presentable, en borrar, por lo menos en ese instante, las huellas de su coito, Dios mío, qué vergüenza, pero si yo no venía a hacer eso con Ernesto, claro que no, Dios mío, tú sabes que yo no vine a hacer el amor con un preso.

Ir a la siguiente página

Report Page