La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Diez: 12 de agosto de 1944 » Sepultados

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SEPULTADOS

Está leyendo de nuevo: «¿Quién podría calcular el tiempo mínimo que nos llevaría salir? ¿Nos asfixiaríamos antes de que el Nautilus lograra llegar a la superficie? ¿Era su destino morir en esta tumba de hielo junto con toda la tripulación? La situación parecía terrible pero todo el mundo se enfrentaba a ella valiente y decidido a cumplir con su obligación hasta el final…».

Werner escucha. La tripulación se debate entre los icebergs en que ha quedado atrapado el submarino. Se dirige hacia el norte junto a la costa de Sudamérica, pasa la desembocadura del Amazonas y es perseguido por un calamar gigante en el Atlántico. La hélice se estropea. El capitán Nemo sale de su camarote por primera vez desde hace semanas con un aspecto serio.

Werner se alza del suelo con la radio en una mano y la batería en la otra. Atraviesa el sótano hasta que encuentra a Volkheimer en el sillón dorado. Deja la batería en el suelo y recorre con la mano el brazo del hombretón hasta alcanzar su hombro, localiza su enorme cabeza y le pone los auriculares en los oídos.

—¿Lo oyes? —pregunta Werner—. Es una extraña y hermosa historia, ojalá entendieras francés. Un calamar gigante ha metido su enorme pico en la hélice de un submarino y ahora el capitán acaba de decir que deben subir a la superficie para luchar con las bestias cuerpo a cuerpo.

Volkheimer exhala un suspiro lento. No se mueve.

—Ella está usando el transmisor que se suponía que teníamos que encontrar. Lo localicé hace semanas. Nos dijeron que era un nido de terroristas pero no eran más que un viejo y una muchacha.

Volkheimer no dice nada.

—Lo has sabido todo este tiempo, ¿verdad? Sabías que yo lo sabía.

Volkheimer no es capaz de oír a Werner a través de los auriculares.

—No para de decir: «Ayúdame». Se lo pide a su padre y a su tío abuelo. Dice: «Está aquí, va a matarme».

Un gemido suena entre los escombros que hay sobre ellos y en la oscuridad Werner se siente como si estuviese atrapado en el interior del Nautilus, a veinte metros de profundidad, con los tentáculos de una docena de iracundos monstruos marinos golpeando el casco. Sabe que el transmisor debe estar en la parte más alta de la casa. Cerca del techo.

—La he mantenido a salvo solo para oír cómo muere —dice.

Volkheimer no parece haber entendido. Ya se ha marchado o ya ha decidido marcharse. ¿Acaso hay alguna diferencia? Werner le quita los auriculares y se sienta en la oscuridad junto a la batería.

«El primer oficial», lee ella, «luchó furiosamente contra el resto de los monstruos que trepaban por los costados del Nautilus. La tripulación agitaba las hachas. Ned, Conseil y yo también clavamos nuestras armas en sus blandos cuerpos. Un violento olor a almizcle invadió el aire».

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