La luz que no puedes ver
Diez: 12 de agosto de 1944 » Camaradas
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CAMARADAS
El suelo de la entrada está cubierto de restos de vajilla, imposible no hacer ruido al entrar. Al final de un pasillo hay una cocina llena de escombros, un profundo vestíbulo con restos de cenizas, una silla caída, una escalera. A no ser que se haya movido en los últimos minutos, la chica debe de estar en lo alto de la casa, cerca del transmisor.
Werner comienza a subir con el rifle sujeto con ambas manos y la bolsa al hombro. A cada descansillo una creciente oscuridad le priva de visión. A sus pies se abren y cierran puntos de luz. Hay libros que han caído por el hueco de la escalera junto a otros papeles, cuerdas, botellas y lo que parecen restos de una antigua casa de muñecas. La segunda planta, la tercera, la cuarta, la quinta: todo se encuentra en el mismo estado. No es consciente del ruido que hace, tampoco de si hacerlo importa.
La escalera parece terminar en la sexta planta. Ve tres puertas medio abiertas: una a la izquierda, otra enfrente, otra a la derecha. Se dirige a la derecha con el rifle en alto esperando una nube de balas, las mandíbulas abiertas de un demonio, pero en vez de eso una ventana rota ilumina una cama hundida. En el armario cuelga un vestido de muchacha. Hay cientos de pequeñas cosas (¿piedrecitas?) alineadas a lo largo del zócalo. En una esquina ve dos cubos llenos hasta la mitad de lo que parece agua.
¿Ha llegado demasiado tarde? Apoya el rifle de Volkheimer en la cama, alza el cubo, bebe una vez, dos. Al otro lado de la ventana, más allá de la manzana de enfrente, más allá de las murallas, la única luz de una embarcación aparece y desaparece al alzarse o hundirse entre las olas distantes.
Una voz tras él dice:
—Ah.
Werner se da la vuelta. Frente a él se encuentra un oficial alemán con su uniforme de campo. Las cinco barras y los tres diamantes de un sargento mayor. Pálido y cubierto de heridas, incapaz de mantenerse recto, se arrastra hacia la cama. El lado derecho de su garganta sobresale de una manera extraña por encima del cuello rígido de su camisa.
—No recomendaría —dice— mezclar la morfina con el Beaujolais.
A un lado de la frente del hombre una vena palpita ligeramente.
—Le vi —dice Werner—, frente a la panadería, con un periódico.
—Yo también te vi, soldado.
Werner siente por su manera de sonreír que el otro da por hecho que son iguales, camaradas. Cómplices. Que los dos han ido hasta la casa buscando lo mismo.
Tras el sargento mayor, al otro lado del pasillo, lo imposible: llamas. La cortina de la habitación que está justo al otro lado del descansillo se ha puesto a arder. Las llamas llegan hasta el techo. El sargento mayor mete un dedo bajo el cuello de su camisa e intenta aflojarlo. Tiene la cara demacrada y dientes de maníaco. Se sienta en la cama. La luz de las estrellas hace brillar la culata de su pistola.
A los pies de la cama Werner distingue una mesa baja sobre la que hay una maqueta a escala de unas casas arracimadas con la forma de una ciudad. ¿Es Saint-Malo? Sus ojos saltan de la maqueta a las llamas y luego al rifle de Volkheimer apoyado contra la cama. El oficial se dobla hacia delante y se asoma sobre la ciudad en miniatura como una gárgola atormentada.
Zarcillos de humo negro avanzan como serpientes por el descansillo.
—Señor, las cortinas están ardiendo.
—El alto el fuego está programado para el mediodía, o al menos eso dijeron —asegura Von Rumpel con voz ausente—. No hay prisa, tenemos tiempo de sobra. —Juega con los dedos de una mano a través de una calle en miniatura—. Tú y yo buscamos lo mismo, soldado, pero solo lo puede tener uno de los dos y solo yo sé dónde está. Eso es un problema para ti. ¿Está aquí o aquí o aquí? —Se frota las manos y se tumba sobre la cama. Apunta con la pistola hacia el techo—. ¿Está ahí arriba?
En la habitación al otro lado del descansillo la cortina ardiente se cae de su barra. Tal vez se apague sola, piensa Werner. Tal vez se apague sola.
Werner piensa en los hombres del campo de girasoles y en cientos de personas más: todos muertos en sus cabañas, en sus camiones, en sus búnkeres, con el aspecto de alguien que ha empezado a oír de repente una melodía familiar. El pliegue entre los ojos, la laxitud de la boca, una mirada que parece estar diciendo: «¿Tan pronto?». ¿No le parece demasiado pronto a todo el mundo?
El fuego baila al otro lado del pasillo. Aún tumbado sobre su espalda, el sargento mayor coge la pistola con ambas manos y abre y cierra la recámara.
—Bebe algo más —dice señalándole el cubo que Werner tiene entre las manos—, veo que estás sediento. No he meado en ese cubo, te lo prometo.
Werner deja el cubo en el suelo. El sargento mayor se incorpora y echa hacia delante y hacia atrás la cabeza como si tratara de aliviar una tortícolis. Después apunta a Werner al pecho. Del otro lado del pasillo, cerca de la cortina en llamas, llega un sordo repiqueteo, algo que baja por una escalera y llega hasta el suelo. La atención del sargento mayor se dirige hacia el sonido y baja el cañón de su pistola.
Werner se lanza hacia el rifle de Volkheimer. Has esperado esto toda tu vida y finalmente ha llegado. ¿Estás preparado?