La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Uno: 1934 » Museo Nacional de Historia Natural

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MUSEO NACIONAL DE HISTORIA NATURAL

Marie-Laure LeBlanc está en París; es una niña alta y pecosa de seis años cuya vista se deteriora rápidamente. Su padre la envía a hacer una visita para niños en el museo en el que trabaja. El guía es un antiguo celador jorobado apenas más alto que los niños. Da un par de golpecitos con la punta del bastón en el suelo para llamar la atención y a continuación guía a sus doce acompañantes a través del jardín hacia las galerías.

Los niños observan cómo los ingenieros manipulan unas poleas para levantar el fémur fosilizado de un dinosaurio; ven una jirafa embalsamada tras una vitrina a la que le falta piel en algunas zonas del lomo; husmean en el interior de los cajones de los taxidermistas, llenos de plumas, garras y ojos de vidrio, y pasean entre las hojas de doscientos años de antigüedad de un herbario adornado con orquídeas, margaritas y especias.

Finalmente suben los dieciséis escalones hasta la galería de Mineralogía. El guía les muestra piedras ágatas de Brasil, amatistas violetas y un meteorito sobre un pedestal que, según él, es tan antiguo como el sistema solar. Luego les hace bajar en fila india por dos tortuosas escaleras y a través de varios corredores hasta que se detiene frente a una puerta de hierro con una única cerradura y les dice:

—Fin del recorrido.

Una niña pregunta:

—¿Qué hay al otro lado de esa puerta?

—Detrás de esta puerta hay otra puerta, un poco más pequeña, cerrada.

—¿Y qué hay detrás de esa?

—Una tercera puerta, todavía más pequeña, cerrada.

—¿Y detrás de esa?

—Una cuarta puerta y luego una quinta y así hasta llegar a la decimotercera, una puerta cerrada que apenas tiene el tamaño de un zapato.

La niña se inclina hacia delante.

—¿Y detrás?

—Detrás de la decimotercera puerta —asegura el guía alzando una de sus manos increíblemente arrugadas— está el Mar de Llamas.

Desconcierto. Movimientos nerviosos. Inquietud.

—Venga, ¿nunca habéis oído hablar del Mar de Llamas?

Los niños niegan con la cabeza. Marie-Laure echa un vistazo con los ojos entrecerrados a las bombillas desnudas que cuelgan del techo a intervalos de casi tres metros. Cada una de ellas proyecta un halo con los colores del arcoíris girando en su campo de visión.

El guía cuelga el bastón de su propia muñeca y se frota las manos.

—Es una larga historia. ¿Os apetece escuchar una larga historia?

Los niños asienten. Él se aclara la garganta.

—Hace varios siglos, en donde hoy se encuentra el país al que llamamos Borneo, un príncipe se encontró una piedra azul en el lecho seco de un río y la cogió porque le pareció muy bonita. Cuando regresó a su castillo, el príncipe fue atacado por unos hombres a caballo que le dieron una puñalada en el corazón.

—¿Una puñalada en el corazón?

—¿Eso pasó de verdad?

—Callaos —dice otro de los niños.

—Los ladrones le robaron los anillos, el caballo, todo, pero no encontraron la piedra azul porque la llevaba apretada en el puño. El príncipe moribundo se las arregló para llegar arrastrándose hasta el castillo y allí se quedó inconsciente, estuvo así diez días. Al décimo día, para sorpresa de las enfermeras que le cuidaban, se sentó, abrió las manos y vio la piedra.

»Los médicos del sultán dijeron que se trataba de un milagro, que el príncipe jamás habría podido sobrevivir de manera natural a un ataque tan violento. Las enfermeras dijeron que la piedra debía de tener poderes curativos y los joyeros del sultán dijeron algo más: que esa piedra azul era el diamante en bruto más grande que se había visto jamás. El mejor tallador del reino pasó ochenta días facetándolo y, cuando terminó, la piedra tenía un brillo azul, como el azul de los mares tropicales, pero también un toque rojo en el centro, como una pequeña llama en el corazón de una gota de agua. El sultán ordenó que encastraran la piedra en una corona para el príncipe. Se decía que cada vez que el príncipe se sentaba en el trono y la luz del sol le daba justo en la piedra, el resplandor que proyectaba era tan cegador que los visitantes no podían distinguir su figura dentro de la luz.

—¿Eso pasó de verdad? —pregunta una niña.

—Cállate —le contesta un niño.

—La piedra se hizo famosa bajo el nombre de Mar de Llamas. Algunos pensaban que el príncipe era un dios, que mientras tuviera la piedra jamás podrían matarlo, pero algo extraño comenzó a suceder: cuanto más usaba el príncipe la corona, peor era su suerte. En un mes perdió a sus dos hermanos: a uno ahogado y a otro por el ataque de una serpiente. A los seis meses murió su padre de una enfermedad y, para empeorar la situación, los exploradores del sultán anunciaron que en el este se estaba congregando un ejército enorme.

»El príncipe reunió a los consejeros de su padre. Todos le dijeron que debía prepararse para la guerra excepto uno, un sacerdote que le aseguró que había tenido un sueño. En el sueño la diosa de la Tierra le decía que había creado el Mar de Llamas como un regalo para su amante, el dios del Mar. Le había enviado la joya a través del río, pero el río de pronto se había secado y, cuando el príncipe cogió la piedra del lecho, la diosa se enfureció. Maldijo a la piedra y a cualquiera que la poseyera.

Todos los niños se inclinan hacia delante, también Marie-Laure.

—Y la maldición era la siguiente: quien tuviera la piedra viviría para siempre pero caerían todo tipo de desgracias sobre las personas a las que amara, una tras otra, como en una lluvia incesante.

—¿Y él viviría para siempre?

—Así es, pero en el momento en que el poseedor arrojara de nuevo el diamante al mar, entregándolo así a su verdadero destinatario, la diosa levantaría el maleficio. El príncipe, que ahora era sultán, estuvo pensando durante tres días y tres noches pero finalmente decidió quedarse con la piedra. Le había salvado la vida, estaba convencido de que le hacía indestructible. Ordenó que le cortaran la lengua al sacerdote.

—¡Ay! —dice el niño más pequeño.

—Grave error —dice la niña más alta.

—Llegaron los invasores —continúa el celador— y destruyeron el palacio matando a todas las personas con las que se cruzaban, pero nadie volvió a ver jamás al príncipe. Durante doscientos años nadie escuchó hablar del Mar de Llamas. Algunos decían que la piedra fue cortada en trozos más pequeños, otros que el príncipe aún la tenía y que estaba en Japón o en Persia, que era un modesto campesino que jamás envejecía.

»Y así la piedra se fue diluyendo en el curso de la Historia. Hasta que un día le mostraron a un vendedor de diamantes francés que viajaba por las minas de Golconda, en la India, un diamante enorme cortado con la forma de una pera. Ciento treinta y tres quilates. Una nitidez casi perfecta. Describió su tamaño como el de un huevo de paloma, y su color azul como el mar, pero con un resplandor rojo en el centro. Hizo pruebas a la piedra y envió la información a un duque fanático de las piedras preciosas que vivía en Lorraine, advirtiéndole sobre los rumores de la maldición, pero el duque deseaba tanto el diamante que el comerciante se lo llevó a Europa y el duque lo encastró en la empuñadura de un bastón que lo acompañaba a todas partes.

—Mmmm.

—En apenas un mes, la duquesa contrajo una enfermedad de garganta, dos de sus criados favoritos se cayeron desde el tejado y se partieron el cuello, el único hijo del duque falleció en un accidente de equitación. Todo el mundo decía que el duque jamás había tenido mejor aspecto, pero él se volvió temeroso a las salidas y se negó a tener invitados. Al final estaba tan convencido de que aquella piedra era el diamante maldito del Mar de Llamas que le dijo al rey que se lo daría para que lo guardara en su museo con la única condición de que lo encerrara en lo más profundo de una bóveda construida especialmente y que la bóveda no fuera abierta en un periodo de doscientos años.

—¿Y?

—Han pasado ya ciento noventa y seis.

Todos los niños se quedan quietos un instante. Algunos hacen sumas con los dedos. Luego todos levantan las manos a la vez.

—¿Podemos verla?

—No.

—¿Ni siquiera abrir la primera puerta?

—No.

—¿La ha visto usted?

—No, no la he visto.

—¿Y entonces cómo sabe que está allí de verdad?

—Porque creo en la historia.

—¿Y cuánto vale, monsieur? ¿Daría para comprar la Torre Eiffel?

—Un diamante tan grande y tan extraño como ese posiblemente daría para comprar cinco Torres Eiffel.

Jadeos de asombro.

—¿Y todas esas puertas están para que los ladrones no puedan robarlo?

—Tal vez —dice el guía guiñándoles un ojo— todas esas puertas están aquí en realidad para evitar que la maldición salga al exterior.

Los niños se quedan en silencio. Dos o tres dan un paso atrás.

Marie-Laure se quita las gafas y el mundo se deforma al instante.

—¿Y por qué —pregunta— no cogen la piedra y la tiran al mar?

El celador la mira. Los otros niños la miran.

—¿Cuándo has visto tú —le dice uno de los niños mayores— a alguien capaz de tirar al mar cinco Torres Eiffel?

Se oyen algunas risas. Marie-Laure frunce el ceño. Es apenas una puerta de hierro con una cerradura de latón.

El recorrido ha acabado, los niños se dispersan y Marie-Laure regresa a la galería principal junto a su padre. Él le endereza los anteojos sobre la nariz y le quita una hoja del pelo.

—¿Lo has pasado bien, ma chérie?

Un pequeño gorrión marrón vuela en picado desde las vigas y aterriza en las baldosas frente a ella. Marie-Laure extiende la palma de una mano abierta. El gorrión inclina la cabeza, sopesando, y después se aleja volando.

Un mes más tarde, Marie-Laure se queda completamente ciega.

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