La luz que no puedes ver
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LA RADIO
Werner tiene ocho años y anda fisgoneando en el basurero que hay detrás de un hangar que se utiliza como almacén cuando descubre algo que parece una gran bobina de hilo. En realidad es un carrete de alambre colocado entre dos discos de madera de pino. Tres cables deshilachados emergen de la parte más alta; uno tiene un pequeño auricular que cuelga del extremo.
Jutta, de seis años, con la cara redonda y una mata de pelo blanco aplastado, se agacha junto a su hermano.
—¿Qué es eso?
—Creo —dice Werner y siente como si se hubiera abierto un armario en el cielo— que acabamos de encontrar una radio.
Hasta ahora apenas ha vislumbrado alguna que otra radio: un gabinete enorme y sin cables a través de las cortinas abiertas en la casa de un oficial, una unidad portátil en los dormitorios de los mineros y otra en el refectorio de la iglesia. Jamás había tocado ninguna.
Jutta y él llevan el aparato hasta Viktoriastrasse 3 y lo evalúan bajo la luz de una lámpara. Le pasan un trapo hasta dejarlo limpio, desenredan la maraña de cables y le quitan el lodo al auricular.
No funciona. Otros niños se les acercan, observan el trabajo, se asombran un rato pero pierden el interés poco a poco y al final concluyen que no sirve para nada, pero Werner lleva el receptor hasta su claraboya en el desván y lo estudia durante horas. Desconecta todo lo que puede ser desconectado, extiende cada una de las partes en el suelo y las levanta una por una para estudiarlas bajo la luz.
A las tres semanas de haber encontrado el aparato, en un atardecer dorado por el sol en el que tal vez el resto de los niños de Zollverein están jugando en la calle, él se da cuenta de que el cable más largo, un filamento delgado y enrollado cientos de veces alrededor del cilindro central, tiene varias roturas pequeñas. Muy despacio, meticulosamente, desenrolla el cable, carga el serpenteante revoltijo escaleras abajo y llama a Jutta para que sostenga las puntas mientras él empalma las roturas. Luego lo enrolla de nuevo.
—Hagamos la prueba —susurra, y presiona el auricular contra el oído mientras mueve hacia delante y hacia atrás lo que, según él, es la rosca para sintonizar.
Al principio solo oye la efervescencia de la estática pero, repentinamente y desde algún punto del profundo interior del auricular, una corriente de consonantes brota hacia él. El corazón de Werner se detiene, la voz parece reproducir un eco en la arquitectura de su cabeza.
El sonido se desvanece tan pronto como había llegado. Mueve la rosca medio centímetro muy lentamente. Más estática. Otro medio centímetro. Nada.
En la cocina, frau Elena amasa el pan. Los niños gritan en el callejón. Werner gira la rosca del dial de delante hacia atrás.
Estática y más estática.
Está a punto de pasarle el auricular a Jutta cuando —claro e inmaculado, más o menos a la mitad de la bobina— oye el corto pero drástico estallido de un arco contra las cuerdas de un violín. Intenta mantener la rosca perfectamente inmóvil. Un segundo violín se une al primero. Jutta se acerca un poco al ver cómo se abren los ojos de su hermano.
El piano persigue al violín. Entran de pronto los instrumentos de viento madera, las cuerdas corren a toda velocidad, los vientos palpitan detrás. Se unen otros instrumentos. ¿Son flautas? ¿Arpas? La música se eleva, parece que va a envolverse a sí misma.
—¿Werner? —murmura Jutta.
Él parpadea. Tiene que contener las lágrimas. La sala tiene el mismo aspecto de siempre: las cunas bajo dos cruces latinas, el polvo que flota en la boca abierta de la estufa, doce capas de pintura descascarillándose en los zócalos, el bordado de frau Elena de una villa alsaciana nevada está sobre el lavabo, pero ahora hay música. Es como si dentro de la cabeza de Werner una orquesta infinitesimal se hubiera despertado a la vida.
La habitación parece hundirse en un movimiento lento. Su hermana pronuncia su nombre con más urgencia y él le pone el auricular en la oreja.
—Música —dice la niña.
Él mantiene la rosca lo más inmóvil que puede. La señal es tan débil que, a pesar de tener el auricular a menos de quince centímetros, no puede escuchar el sonido de la melodía, pero observa la expresión de su hermana, inmóvil con excepción de las pestañas. En la cocina frau Elena levanta sus manos emblanquecidas por la harina e inclina la cabeza mirando a Werner. Otros dos chicos mayores entran y se detienen al percibir un cambio en el aire. Y la pequeña radio, con sus cuatro terminales y sus antenas colgantes, sigue inmóvil en el suelo entre todos ellos como un milagro.