La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Uno: 1934 » Más grande, más rápido, más luminoso

Página 29 de 197

MÁS GRANDE, MÁS RÁPIDO, MÁS LUMINOSO

Se vuelve obligatorio afiliarse a las Juventudes. Los chicos de la Kameradschaften de Werner reciben clases de maniobras militares y les hacen pruebas físicas entre las que se encuentra la de correr sesenta metros en doce segundos. Todo es gloria, patria, competición y sacrificio.

«Sed leales», cantan los chicos mientras marchan junto a los límites de la colina. «Luchad con valor y morid riendo».

Tareas de clase, coros, ejercicios. Werner trasnocha oyendo la radio o tratando de resolver los complicados ejercicios matemáticos que consiguió copiar de Los principios de la mecánica antes de que se lo confiscaran. Durante las comidas bosteza y pierde la paciencia con los más pequeños.

—¿Te encuentras bien? —pregunta frau Elena observándole de cerca.

Werner mira hacia otro lado y contesta:

—Estoy bien.

Las teorías de Hertz le interesan pero lo que más le gusta es construir cosas, al trabajar con las manos siente como si sus dedos se conectaran con la maquinaria de su mente. Werner repara la máquina de coser de un vecino y el reloj de pie del orfanato. Construye un sistema de poleas para secar la ropa en el soleado patio interior y una alarma sencilla a partir de una batería, una campana y un cable para que frau Elena se entere cuando alguno de los bebés se escapa. Inventa una máquina para cortar zanahorias: al levantar una palanca caen diecinueve cuchillas y la zanahoria queda cortada en veinte cilindros perfectos.

Un día al vecino se le estropea la radio y frau Elena le sugiere a Werner que vaya a echar un vistazo. Él desatornilla la placa trasera y sacude los conductos adelante y atrás. Descubre que uno no está bien conectado y lo coloca en su canal. La radio vuelve a la vida y el vecino grita de felicidad. Al poco tiempo, todas las semanas alguien se detiene frente al orfanato y pregunta por el reparador de radios. Cuando ven a un Werner de trece años que desciende del desván con una caja de herramientas colgando del brazo, restregándose los ojos y quitándose un mechón de pelo blanco de la frente, se quedan mirándole con una mueca de escepticismo.

Cuanto más vieja es la radio, más fácil de arreglar: los circuitos son más sencillos y los cables uniformes. Un poco de cera ha caído del condensador o se ha formado un poco de polvo sobre la resistencia. Werner suele encontrar soluciones incluso en las radios más modernas. Desarma la máquina, observa los circuitos y deja que sus dedos recorran los caminos de los electrones. La fuente de alimentación, el triodo, la resistencia, la bobina. El altavoz. Su mente recorre el problema. El desorden se vuelve orden, el obstáculo se manifiesta y poco después la radio está arreglada.

A veces le pagan unos marcos. Otras veces la madre de algún minero le cocina unas salchichas o le envuelve unas galletas en una servilleta que él lleva a casa para dárselas a su hermana. Poco después Werner es capaz de dibujar un mapa mental de la ubicación de casi todas las radios de la zona: una radio casera hecha de cristal en la cocina del farmacéutico, una preciosa radiogramola de diez válvulas en la casa de un director de departamento que chasqueaba los dedos cada vez que él intentaba cambiar el dial. Incluso las chabolas más pobres suelen tener la Volksempfänger VE301 subvencionada por el Estado, una radio producida masivamente en cuyo costado se ven el águila y la esvástica, incapaz de sintonizar la onda corta y creada solo para captar frecuencias alemanas.

La radio ata un millón de oídos a una única boca. A través de los altavoces y por todo Zollverein la tosca voz del Reich crece como un árbol imperturbable. Los asuntos cuelgan de sus ramas como si lo hicieran de los labios de Dios y, cuando Dios deja de hablar, la gente se desespera para que alguien vuelva a poner las cosas en orden.

Siete días a la semana los mineros extraen el carbón a la superficie, luego se pulveriza para alimentar los hornos de coque, el coque se enfría en enormes torres de refrigeración y se traslada en carretillas a los altos hornos donde se derriten las piedras de hierro, el hierro se refina y se transforma en acero que luego se funde en planchas, se carga en barcazas y se distribuye por las hambrientas bocas del país. «Solo a través de los fuegos más poderosos —murmura la radio— se puede alcanzar la purificación. Solo a través de las pruebas más difíciles pueden alzarse los elegidos de Dios».

Jutta susurra:

—A una chica la han echado hoy de la piscina. A Inge Hachmann. Nos han dicho que no podemos nadar con mestizas, que es poco higiénico. Una mestiza, Werner. ¿No somos nosotros también mestizos? ¿La mitad de nuestra madre y la otra mitad de nuestro padre?

—Quieren decir que es medio judía —dice bajando la voz—, nosotros no somos medio judíos.

—Pero seremos medio algo.

—Somos completamente alemanes, no somos medio nada.

Herribert Pomsel tiene ahora quince años y vive en uno de los dormitorios de los mineros. Trabaja en el segundo turno encargándose del grisú. Hans Schilzer se ha convertido en el mayor de la casa. Hace cientos de flexiones y está planeando ir a un mitin en Essen. Se mete en peleas callejeras y llegan rumores de que Hans ha quemado un coche. Una noche Werner escucha que le grita a frau Elena en la planta de abajo. Se oye un portazo. Los chicos se revuelven en sus camas y frau Elena recorre la sala con sus zapatillas, suena primero a la izquierda y después a la derecha. Los camiones de carbón pasan y se adentran en la húmeda oscuridad. La maquinaria zumba a la distancia: el sonido de los pistones, el giro de las correas. Suavemente. Es enloquecedor.

Ir a la siguiente página

Report Page