La luz que no puedes ver
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HERR SIEDLER
Alguien llama a la puerta después del toque de queda. Werner y Jutta hacen los deberes junto a otros seis chicos sentados en una larga mesa de madera. Frau Elena se prende la insignia del partido en la solapa antes de abrir la puerta.
Un cabo con una pistola en el cinturón y un brazalete con una esvástica en el brazo izquierdo espera bajo la lluvia. En contraste con el bajo techo de la habitación el hombre tiene un aspecto ridículamente alto. Werner recuerda la radio de onda corta que está escondida dentro de la vieja caja de primeros auxilios de madera debajo de su catre. Piensa: «Lo saben».
El cabo echa un vistazo a la habitación —a la estufa de carbón, a la ropa tendida y a los niños más pequeños— con una mezcla de condescendencia y hostilidad. Su arma es negra pero parece absorber toda la luz de la habitación.
Werner se arriesga a mirar a su hermana. Ella está mirando fijamente al visitante. El cabo coge un libro que hay sobre la mesa de la recepción —un ejemplar para niños sobre trenes— y pasa cada una de las páginas antes de dejarlo de nuevo donde estaba. A continuación dice algo que Werner no llega a oír.
Frau Elena cruza las manos sobre el delantal y Werner se da cuenta de que está haciendo todo lo posible por evitar que se note que está temblando.
—Werner —dice con voz lenta, irreal, sin retirar la mirada del cabo—, este hombre dice que necesita ayuda con una radio…
—Coge tus herramientas —dice el hombre.
Al salir, Werner vuelve la vista atrás una sola vez y contempla la frente y las palmas de las manos de Jutta contra el cristal de la ventana del cuarto de estar. Está de espaldas a la luz y demasiado lejos, por lo que no llega a ver su expresión. Poco después queda oculta por la lluvia.
Werner mide la mitad del cabo y debe dar dos pasos por cada uno del hombre. Le sigue más allá de las casas de la compañía y de la garita del centinela hasta la colina donde residen los oficiales mineros. La lluvia cae oblicua a través de las luces. Las pocas personas con las que se cruzan se mantienen lo más alejadas posible del cabo.
Werner no se atreve a hacer ninguna pregunta. A cada latido de su corazón reprime el deseo violento de echar a correr.
Se aproximan a la puerta de la casa más grande de la colonia, una casa que ha visto miles de veces pero jamás tan de cerca. Hay una gigantesca bandera carmesí, pesada a causa de la lluvia, que cuelga del alféizar de la ventana del piso superior.
El cabo llama a la puerta trasera. Una sirvienta con un traje desgastado recibe los abrigos, sacude con eficiencia el agua de la lluvia y los cuelga en un perchero alto. La cocina huele a pastel.
El cabo lleva a Werner hasta un comedor en el que una mujer de rostro enjuto y con tres margaritas prendidas en el pelo está sentada en un sillón mientras pasa las páginas de una revista.
—Vaya dos patos mojados —dice regresando a la revista. No les invita a sentarse.
La espesa alfombra roja seca las suelas de los zapatones de Werner. Sobre la mesa hay un candelabro con bombillas eléctricas y en las paredes un papel decorativo con rosas entrelazadas. El fuego arde en la chimenea. En las cuatro paredes hay retratos de ceñudos ancestros en linotipos enmarcados. ¿Es ese el lugar donde arrestan a los chicos cuyas hermanas escuchan programas de radio extranjeros? La mujer sigue pasando una tras otra las páginas de la revista. Tiene las uñas pintadas de un rosa brillante.
Un hombre con una camisa extraordinariamente blanca baja las escaleras.
—¡Por Dios, sí que es pequeño! —le dice al cabo—. ¿Tú eres el famoso reparador de radios? —El grueso pelo negro del hombre parece barnizado—. Rudolf Siedler.
Con un vago movimiento de la barbilla le indica al cabo que se retire.
Werner suspira. Herr Siedler se abotona los puños de la camisa y se observa en el espejo ahumado. Sus ojos son profundamente azules.
—En fin…, no eres muy hablador, ¿verdad? Ahí tienes el aparato de la discordia —dice señalando una enorme Philco americana que se encuentra en la habitación contigua—. La han revisado dos tipos y al final nos han hablado de ti. Valía la pena intentarlo, ¿no? Ella —dice, y señala a la mujer— está desesperada por escuchar su programa, y también los boletines informativos, por supuesto.
Lo dice de tal manera que a Werner no le cabe duda de que la mujer no tiene ningún deseo de escuchar los boletines informativos. Ella ni siquiera alza la vista. Herr Siedler sonríe como si dijera: «Tú y yo sabemos que la historia tiene un curso más largo, ¿verdad, hijo?». Sus dientes son muy pequeños.
—Tómate tu tiempo.
Werner se sienta en cuclillas frente al aparato e intenta tranquilizarse. Lo enciende, espera a que se calienten los conductos y luego gira el dial con cuidado de derecha a izquierda. Luego lo gira completamente hacia la derecha de nuevo. Nada.
Es la mejor radio que ha visto jamás: tiene un panel de control inclinado y un sintonizador magnético enorme como una heladera. Capta todo tipo de ondas, tiene diez canales, unas elegantes molduras talladas y una caja de madera de nogal en dos tonos. Recibe onda corta, alta frecuencia, tiene un gran atenuador… La radio debe valer más que todas las cosas que hay en el orfanato juntas. Herr Siedler podría escuchar emisiones de África si quisiera.
En las paredes hay alineados lomos de libros verdes y rojos. El cabo se ha ido. En la habitación contigua, herr Siedler habla por un teléfono negro bajo la mancha de luz de una lámpara.
No le van a arrestar. Lo único que quieren es que arregle la radio.
Werner desatornilla la tapa y echa un vistazo al interior. Los canales están intactos y nada parece fuera de lugar.
—Piensa —murmura para sí.
Se sienta con las piernas cruzadas y examina el circuito. El hombre, la mujer, los libros y la lluvia desaparecen hasta que solo queda la radio con su maraña de cables. Intenta comprender el camino de los electrones, la cadena de señales, como si se tratara de un sendero que atraviesa una ciudad atestada de gente: de aquí sale la señal RF, pasa por esta red de amplificadores, luego va hacia los condensadores y de ahí a la bobina del transformador…
Lo ve. Uno de los cables de la resistencia tiene dos cortes. Werner echa un vistazo por encima del aparato: a su izquierda la mujer sigue leyendo la revista, a su derecha herr Siedler habla por teléfono, cada tanto recorre con el índice y el pulgar la raya de sus pantalones como afilándola.
¿Cómo dos hombres han podido pasar por alto algo tan sencillo? Parece un regalo. ¡Tan sencillo! Werner rebobina la resistencia, empalma los cables y enchufa la radio. Cuando la enciende casi espera que salga fuego del aparato, pero, en vez de eso, se oye el humeante murmullo de un saxofón. La mujer deja caer la revista sobre la mesa y se lleva las manos a las mejillas. Werner se pone de pie detrás de la radio, por un instante se siente henchido de un sentimiento de triunfo.
—¡La ha arreglado con el pensamiento! —exclama la mujer. Herr Siedler cubre el auricular del teléfono con la mano y echa un vistazo—. ¡Se ha sentado ahí como un ratoncillo a pensar y en medio minuto la ha arreglado! —Alza sus brillantes uñas pintadas e irrumpe en una carcajada infantil.
Herr Siedler cuelga el teléfono. La mujer cruza el cuarto de estar y se arrodilla frente a la radio. Está descalza y por debajo del dobladillo de su falda se pueden ver las suaves pantorrillas blancas. Hace girar el dial. Se oye un chisporroteo y a continuación un torrente de música. El sonido que sale de la radio es profundo y vívido: Werner jamás ha escuchado nada parecido.
—¡Oh! —ríe de nuevo.
Werner recoge sus herramientas. Herr Siedler se detiene frente a la radio y parece a punto de darle una palmadita en la cabeza.
—Asombroso —dice. Acompaña a Werner hasta la mesa del comedor y le pide a la criada que traiga pastel. La mujer regresa al instante con cuatro porciones sobre un plato llano blanco. Cada trozo está espolvoreado con azúcar glas y coronado por una cucharada de nata montada. Werner lo contempla boquiabierto. Herr Siedler sonríe.
—Ya sé que la nata está prohibida, pero… —dice llevándose el índice a los labios— hay maneras de esquivar ciertas prohibiciones. Adelante.
Werner coge uno de los trozos. Una cascada de azúcar se desliza por su barbilla. En la otra habitación la mujer mueve el dial hasta que unas voces empiezan a sermonear desde el altavoz. Ella escucha un instante y a continuación aplaude arrodillada y con los pies descalzos. Las austeras caras la contemplan desde los linotipos.
Werner come un trozo de pastel, después otro y por fin un tercero. Herr Siedler le observa divertido, con la cabeza ligeramente ladeada como si pensara en algo.
—Tú sí que tienes un aspecto particular, ¿no?, con ese pelo. Como si alguien te hubiese dado un susto tremendo. ¿Quién es tu padre?
Werner sacude la cabeza.
—Claro. El orfanato. Qué tonto soy. Coge otro si quieres y ponle un poco más de nata.
La mujer vuelve a dar palmas y el estómago de Werner hace ruido. Siente la mirada del hombre sobre él.
—La gente cree que no es agradable estar destinado aquí, en las minas —dice herr Siedler—. Me preguntan: ¿no preferirías estar en Berlín o en Francia? ¿No te gustaría más ser un capitán en el frente y ver cómo avanzan las tropas, alejado de todo este… —y agrega, señalando la ventana— hollín? Pero yo les contesto que vivo en el centro de todo. Les digo que es de aquí de donde salen la gasolina y el acero. Que esta es la caldera de la nación.
Werner se aclara la garganta. «Actuamos buscando la paz». Esta es una frase literal que él y Jutta han escuchado en la emisora de radio Deutschlandsender hace tres días. «Nuestro objetivo es el mundo entero».
Herr Siedler se ríe. Y Werner vuelve a sentirse impresionado por lo numerosos y pequeños que son sus dientes.
—¿Sabes cuál es la lección más importante de la historia? Que solo la escriben los vencedores. Esa es la lección. El que decide el rumbo de la historia es el que gana. Por supuesto, nosotros actuamos siguiendo nuestros intereses. Nómbrame una sola persona o nación que no lo haga. La cuestión es decidir cuáles son tus intereses.
Queda solo un trozo de pastel. La radio ronronea, la mujer ríe y herr Siedler parece casi insignificante, decide Werner, igual que los vecinos, con sus rostros ansiosos, rostros de personas acostumbradas a ver cómo desaparecen cada mañana en las minas las personas a las que aman. La cara de herr Siedler es limpia y confiada, un hombre absolutamente seguro de sus privilegios. A unos diez metros la mujer sigue arrodillada, con sus uñas pintadas y sus pantorrillas depiladas, una mujer tan distinta de todas las que ha visto Werner en su vida que parece haber venido directamente de otro planeta, como si hubiese salido de una enorme radio Philco.
—Eres bueno con las herramientas —dice herr Siedler—, más listo de lo que es de esperar a tu edad. Hay lugares para los chicos como tú. Las escuelas del general Heissmeyer. Lo mejor de lo mejor. Además enseñan ciencias mecánicas, decodificación, propulsión de cohetes, lo último de lo último.
Werner no sabe hacia dónde mirar.
—No tenemos dinero.
—Esa es justamente la genialidad de estas instituciones. En realidad buscan a chicos de clase trabajadora, chicos que todavía no han sido estropeados por la basura de la clase media, el cine y todo lo demás. Quieren chicos excepcionales y trabajadores.
—Claro, señor.
—Excepcionales —repite, afirmando con la cabeza, como si estuviera hablando solo. Da un silbido y el cabo vuelve a presentarse con el casco en la mano. La mirada del soldado se posa en el trozo de pastel restante pero luego la retira—. Hay una oficina de reclutamiento en Essen. Te escribiré una carta de recomendación. Toma, coge esto. —Y le da a Werner setenta y cinco marcos. Werner se mete los billetes en el bolsillo tan rápido como puede.
El cabo sonríe.
—¡Parece que te queman en los dedos!
La atención de herr Siedler está en otro lugar.
—Enviaré una carta a Heissmeyer —repite—; lo que es bueno para ti será bueno para nosotros. Nuestro objetivo es el mundo entero, ¿no? —Y le guiña un ojo.
El cabo le da a Werner un pase para el toque de queda y le muestra la salida.
Werner regresa sin prestar atención a la lluvia, intenta asimilar la inmensidad de lo que acaba de suceder. Ni siquiera ve las garzas, posadas como flores sobre el canal junto a la planta de coque. Una barcaza hace sonar la sirena y los camiones cargados de carbón se mueven de aquí para allá mientras el ronroneo habitual de las máquinas reverbera en la penumbra.
En el orfanato todos se han ido a la cama. Frau Elena está sentada junto a la entrada con una montaña de calcetines en el regazo y la botella de jerez entre los pies. Desde la mesa a sus espaldas, Jutta mira a Werner con una intensidad eléctrica.
—¿Qué quería? —pregunta frau Elena.
—Que le arreglara una radio.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Te hicieron preguntas sobre ti o sobre los niños?
—No, frau Elena.
Frau Elena deja escapar un largo suspiro como si no hubiese exhalado aire durante las últimas dos horas.
—Dieu merci —dice, acariciándose las sienes con las manos—. Ya te puedes ir a la cama, Jutta.
Jutta duda un instante.
—Al final arreglé la radio —añade Werner.
—Buen chico.
Frau Elena se sirve un buen vaso de jerez, cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás.
—Te hemos guardado un poco de cena.
Jutta sube las escaleras con la mirada cargada de incertidumbre.
En la cocina todo parece sucio de hollín y más pequeño. Frau Elena le entrega un plato con una patata hervida partida en dos.
—Gracias —dice Werner.
Aún siente el sabor del pastel en la boca. El péndulo del reloj de pie va de un lado a otro. El pastel, la nata, la gruesa alfombra, las uñas rosas y las largas pantorrillas de frau Siedler, todas esas sensaciones le dan vueltas a Werner en la cabeza como si fueran un carrusel. También se recuerda empujando a Jutta noche tras noche hasta la cantera nueve donde desapareció su padre, como si su padre fuera a asomarse de pronto desde el ascensor.
Luz, electricidad, éter. Espacio, tiempo, masa. Los principios de la mecánica de Heinrich Hertz. Las famosas escuelas de Heissmeyer. Decodificación, propulsión de cohetes, lo último de lo último.
Abrid los ojos —solía decir el francés en la radio— y observad todo lo que podáis antes de cerrarlos para siempre.
—Werner.
—Sí, frau.
—¿No tienes hambre?
Frau Elena es lo más cercano a una madre que tendrá nunca. Werner come a pesar de no tener hambre. Luego le da los setenta y cinco marcos y ella se queda asombrada frente a esa cantidad. Le devuelve cincuenta.
En el piso de arriba, después de oír a frau Elena pasar al baño y meterse en la cama y quedar la casa en silencio, Werner cuenta hasta cien. A continuación se levanta de su catre, saca la pequeña radio de onda corta de la caja de primeros auxilios (una radio que ya tiene seis años y que está repleta de modificaciones, repuestos de cables, un nuevo solenoide y las muescas de Jutta alrededor de la rosca del dial), la lleva hasta el callejón que hay detrás de la casa y la revienta con un ladrillo.