La luz que no puedes ver
Tres: Junio de 1940 » Ha sido admitido
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HA SIDO ADMITIDO
Todos quieren escuchar la historia de Werner. Cómo eran los exámenes, qué tenías que hacer, cuéntanoslo todo. Los más pequeños le tiran de las mangas de la camisa y los mayores le miran con respeto. El soñador de pelo blanco se ha quitado el hollín.
—Dijeron que solo aceptarían a dos de mi edad, tal vez a tres.
Desde el otro extremo de la mesa le llega el calor de la atención de Jutta. Con el resto del dinero de herr Siedler compró una Radio Popular por treinta y cuatro marcos con ochenta: una radio de dos válvulas, de bajo consumo, incluso más barata que las Volksempfängers subvencionadas por el Estado que había reparado alguna vez en la casa de los vecinos. Sin modificar, la radio solo llega a sintonizar la onda larga de los programas del Deutchlandsender. Nada más. Ninguna emisora extranjera. Los niños gritan encantados cuando la enseña. Jutta no muestra mucho interés.
Martin Sachse pregunta:
—¿Os hicieron muchas pruebas de matemáticas?
—¿Tenían quesos? ¿Y pasteles?
—¿Te dejaron disparar?
—¿Condujiste algún tanque? Seguro que te dejaron conducir algún tanque.
Werner contesta:
—No pude responder la mitad de las preguntas que me hicieron, no me van a admitir.
Pero le admiten. Cinco días después de regresar de Essen llega la carta al orfanato. Un águila y una cruz en un sobre rugoso, sin sellos, como si la hubiese enviado el mismo Dios.
Frau Elena está lavando la ropa. Los niños pequeños se reúnen frente a la nueva radio: escuchan un programa de media hora llamado El club de los niños. Jutta y Claudia Förster se llevan a tres de las niñas más pequeñas a un espectáculo de marionetas en el mercado. Jutta solo ha cruzado seis palabras con Werner desde su regreso.
«Ha sido admitido», dice la carta. Werner debe presentarse en el Instituto Político-Nacional de Educación número 6, en Schulpforta. Se queda un momento en el recibidor del orfanato tratando de asimilarlo. Las paredes agrietadas, el techo combado, dos bancos gemelos que han soportado el peso de un niño tras otro desde que la mina comenzó a fabricar huérfanos. Pero él ha encontrado la salida.
Schulpforta, un pequeño punto en el mapa cerca de Naumburgo, en Sajonia, a trescientos veinte kilómetros al este. Ni en sus sueños más audaces se había permitido la ilusión de viajar tan lejos. Aturdido, lleva la carta hasta el callejón en el que frau Elena cuece camisas entre nubes de vapor.
Ella la relee varias veces.
—No lo podemos pagar.
—No hay que pagar nada.
—¿A qué distancia queda?
—A cinco horas en tren. Ellos pagan el viaje.
—¿Cuándo?
—En dos semanas.
Frau Elena tiene el pelo pegado a las mejillas, ojeras y unas aureolas rosadas bajo los agujeros de la nariz. Lleva un pequeño crucifijo colgado al cuello. ¿Está orgullosa? Se restriega los ojos y asiente en silencio.
—Van a querer celebrarlo.
Le devuelve la carta y mira hacia el callejón, a los densos tendederos cubiertos de ropa y a los cubos con carbón.
—¿Quiénes, frau?
—Todo el mundo. Los vecinos —ríe, una carcajada repentina y sonora—, gente como el viceministro. El hombre que se llevó tu libro.
—Jutta no.
—No, Jutta no.
Ensaya en la cabeza las razones que le dará a su hermana. Pflicht. O lo que es lo mismo: es su obligación, su deber. Cada alemán ha de cumplir con su función. Dejar los libros a un lado y ponerse a trabajar. Ein Volk, ein Reich, ein Führer. Todos tenemos un papel en la obra, hermanita. Pero antes de que lleguen las chicas la noticia de que le han aceptado se propaga por todo el barrio. Los vecinos se acercan uno tras otro, exclaman y asienten con la barbilla, las mujeres de los mineros traen codillo y queso, se pasan unos a otros la carta de aceptación de Werner, quienes saben leer la leen en voz alta a los que no saben y cuando Jutta regresa la sala está abarrotada de gente. Las gemelas (Hannah y Susanne Gerlitz) corren excitadas alrededor del sofá, Rolf Hupfauer, de seis años, canta «Alzaos, alzaos, toda la gloria a la patria» y otros chicos le acompañan. Werner no ve que frau Elena habla con Jutta en la esquina del recibidor ni que Jutta sube corriendo al piso de arriba.
Cuando suena la campana para la cena, ella no acude. Frau Elena le pide a Hannah Gerlitz que bendiga la mesa y le asegura a Werner que hablará con Jutta, él tiene que quedarse abajo porque toda esa gente ha venido a verle. A cada instante las luminosas palabras brillan en su mente: «ha sido admitido». Cada minuto que pasa es un minuto menos en esta casa. En esta vida.
Después de la cena el pequeño Siegfried Fischer, de no más de cinco años, va hasta la mesa, tira de la manga de Werner y le enseña una fotografía que ha arrancado del periódico. En la imagen seis bombarderos flotan sobre una montaña rodeada de nubes. Hay lentejuelas de luz que parecen congeladas en los fuselajes de los aviones. Las bufandas de los pilotos están suspendidas hacia atrás.
Siegfried Fischer le dice:
—Ya les enseñarás tú lo que es bueno, ¿verdad? —En la cara se nota la violencia de su fe, es como si trazara un círculo alrededor de las horas que Werner ha pasado en el orfanato esperando algo más.
—Ya les enseñaré —responde Werner. Los ojos de todos los niños le miran fijamente—. Te prometo que les enseñaré lo que es bueno.