La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Tres: Junio de 1940 » No mientas

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NO MIENTAS

No consigue concentrarse en las tareas de la escuela ni en las conversaciones sencillas ni en el coro de frau Elena. Cada vez que cierra los ojos se apoderan de él imágenes de la escuela de Schulpforta: bandera escarlatas, caballos musculosos, laboratorios resplandecientes. Los mejores muchachos de Alemania. En ciertos momentos se ve a sí mismo como una demostración de que todo es posible hacia la que los demás vuelven la mirada. En otros momentos, sin embargo, ve parpadeando ante él la imagen del chico grandote de los exámenes de ingreso con el rostro pálido sobre la plataforma en el salón de baile. Ve cómo cae y cómo nadie se acerca a ayudarle.

¿Por qué Jutta no se alegra por él? ¿Por qué justo ahora, en el momento de su huida, escucha esa inexplicable señal de advertencia en una distante región de su mente?

Martin Sachse dice:

—¡Cuéntanos otra vez lo de las granadas de mano!

Siegfried Fischer dice:

—Y también lo de los halcones.

En tres ocasiones prepara lo mejor que puede sus argumentos y en las tres ocasiones Jutta se da media vuelta y se marcha. Ayuda todo el tiempo a frau Elena con los niños más pequeños, va al mercado o busca cualquier otra excusa para ser útil, para estar ocupada, para salir.

—No me quiere escuchar —le dice Werner a frau Elena.

—Sigue intentándolo.

Cuando se quiere dar cuenta, ya solo falta un día para su partida. Se despierta antes del amanecer y ve a Jutta en el dormitorio de las chicas dormida en su catre. Se ha tapado la cabeza con las manos, la manta de lana está enroscada alrededor de su cuerpo y la almohada embutida en la esquina entre el cochón y la pared… Incluso dormida parece una encarnación de la contrariedad. Sobre la cama, pegados a la pared, están los fantasiosos dibujos a lápiz del pueblo de frau Elena, un París con mil torres blancas tras bandadas de pájaros en forma de remolinos.

Dice su nombre.

Ella se enrosca aún más en la manta.

—¿Vienes a dar un paseo conmigo?

Para su sorpresa, ella se sienta. Salen antes de que nadie se despierte. Él la guía sin decir nada. Saltan una valla, luego otra. Jutta le sigue con los cordones desatados. Los cardos les arañan las rodillas, el sol del amanecer es un pequeño agujero en el horizonte.

Se detienen al borde del canal de riego. En inviernos anteriores Werner solía remolcarla hasta este punto en su carretilla para ver las carreras de patinadores sobre el canal congelado, granjeros de barbas escarchadas y cuchillas atadas a los zapatos. Cinco o seis patinadores se apresuraban entonces al unísono en un grupo compacto que se desplazaba en medio de la neblina en una carrera de doce o quince kilómetros entre las ciudades. Tenían la misma mirada que los caballos cuando han recorrido una larga carrera y para Werner siempre resultaba excitante observarles, sentir el aire agitado por la velocidad, escuchar las cuchillas de sus patines hasta que desaparecían… Le daba la sensación de que su alma podía separarse de su cuerpo y alejarse con ellos. Pero en cuanto doblaban la curva, dejando tras de sí tan solo los blancos arañazos de sus patines sobre el hielo, el encanto se esfumaba y volvía a remolcar a Jutta hasta el orfanato sintiéndose solo y abandonado, más atrapado en su vida que nunca.

—El invierno pasado no vinieron los patinadores —dice.

Su hermana echa un vistazo a la zanja. Tiene los ojos color malva. Su enmarañado pelo es indomable y tal vez incluso más blanco que el de él. Schnee.

—Tampoco vendrán este año —dice ella.

A sus espaldas el complejo minero es una ardiente montaña negra. Incluso ahora Werner puede oír el mecánico sonido de tambores repetido en la distancia, el turno de la mañana desciende en los ascensores mientras el turno de la noche sube (todos esos chicos de mirada cansada y rostros sucios salen de los ascensores buscando la luz) y por un instante Werner intuye que una pesada y terrible presencia amenazante le está aguardando.

—Ya sé que estás enfadada.

—Te convertirás en alguien como Hans y Herribert.

—No lo haré.

—Sí, cuando hayas pasado mucho tiempo con ellos, lo harás.

—¿Y qué quieres, que me quede, que baje a las minas?

Ven a un ciclista a lo lejos en el sendero. Jutta se cruza de brazos.

—¿Sabes lo que solía escuchar en nuestra radio antes de que la destruyeras?

—Basta, Jutta, por favor.

—Programas de París. Decían justo lo contrario de lo que dice la Deutschlandsender. Decían que éramos monstruos. Que estábamos cometiendo atrocidades. ¿Sabes lo que significa «atrocidades»?

—Por favor, Jutta.

—¿Te parece correcto —le pregunta— hacer algo solo porque todo el mundo lo hace?

Las dudas se deslizan en su interior como anguilas. Werner intenta quitárselas. Jutta apenas tiene doce años, no es más que una niña.

—Te escribiré todas las semanas. Dos veces a la semana, si puedo. No tienes por qué enseñárselas a frau Elena si no quieres.

Jutta cierra los ojos.

—No es para siempre, Jutta. Tal vez solo sean dos años. La mitad de los chicos a los que admiten no consiguen graduarse. Quizá pueda aprender algo, tal vez me enseñen a ser un ingeniero de verdad. A lo mejor aprendo a volar en avión, como dice el pequeño Siegfried. No sacudas la cabeza, siempre hemos querido ver cómo son los aviones por dentro, ¿o no? Iremos al oeste, tú y yo. Y también frau Elena si quiere. A lo mejor vamos en tren. Os llevaré a través de los bosques, los villages de montagnes y todos esos lugares de los que habla frau Elena y en los que estuvo cuando era pequeña. Puede que incluso lleguemos a París.

La luz crece. Oyen el suave silbido de la hierba. Jutta abre los ojos pero no le mira.

—No mientas, Werner. Miéntete a ti mismo si quieres. Pero no me mientas a mí.

Diez horas más tarde está en el tren.

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