La luz que no puedes ver
Cuatro: 8 de agosto de 1944 » El cable tensado
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EL CABLE TENSADO
No va a poder contener mucho más la vejiga. Sube los peldaños del sótano y aguanta el aliento pero no oye nada durante treinta latidos. Cuarenta. Luego abre la trampilla y trepa hasta la cocina. Nadie dispara. No escucha ninguna explosión.
Marie-Laure hace crujir a su paso los restos de las estanterías caídas de la cocina y cruza hasta el minúsculo apartamento de madame Manec, con las dos latas balanceándose pesadamente en los bolsillos del abrigo de su tío abuelo. Le duelen la garganta y los agujeros de la nariz. El humo parece más leve aquí. Se alivia en la bacinilla que hay a los pies de la cama de madame Manec. Se sube las medias y vuelve a abrocharse el abrigo de su tío abuelo. ¿Es por la tarde? Por milésima vez desea hablar con su padre. ¿Sería mejor salir fuera, a la ciudad, sobre todo si es de día, para intentar encontrar a alguien?
Puede que un soldado la ayude, cualquier persona lo haría, pero, en cuanto lo piensa, vuelve a tener dudas.
Sabe que la debilidad de sus piernas se debe al hambre. En medio del caos de la cocina no consigue encontrar el abrelatas pero sí encuentra el cuchillo de pelar en el cajón de madame Manec y el enorme y áspero ladrillo que madame utilizaba para mantener abierta la rejilla de la chimenea.
Comerá lo que hay dentro de las latas y luego esperará un poco más por si su tío regresa o por si oye a alguien que pase cerca: el pregonero de la ciudad, un bombero, algún americano amable. Si no oye a nadie y vuelve a tener hambre, saldrá a la calle a ver qué pasa.
Lo primero que hace es subir a la tercera planta para beber de la bañera. Posa los labios en la superficie y bebe a grandes sorbos, siente los borbotones en la garganta. Es un truco que tanto Etienne como ella han aprendido a lo largo de cientos de insuficientes comidas: antes de comer hay que beber toda el agua que se pueda, es una forma de sentirse saciada más rápidamente.
—Al menos, papá —dice en voz alta—, fui astuta con lo del agua.
Luego se sienta en la tercera planta y apoya la espalda contra la mesa del teléfono. Sostiene una lata entre las piernas, pone la punta del cuchillo en la tapa y alza el ladrillo para golpear el mango del cuchillo, pero, antes de dejar caer el ladrillo, el cable tensado que está tras ella se sacude, la campanilla suena y alguien entra en la casa.