La luz que no puedes ver
Cinco: Enero de 1941 » Tienes otros amigos
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TIENES OTROS AMIGOS
Ten cuidado, Nenita! —le grita Martin Burkhard a Frederick cuando cruza el patio—. Esta noche voy a por ti. —Y mueve la pelvis como un maniaco.
Alguien defeca sobre la litera de Frederick. Werner escucha la voz de Volkheimer: La decencia no es algo que les importe.
—Cagacamas —dice un chico—, tráeme las botas.
Frederick finge que no lo oye.
Noche tras noche Werner se refugia en el laboratorio de Hauptmann. Han salido a la nieve tres veces para localizar el transmisor de Volkheimer y lo han encontrado cada vez más rápido. En las últimas pruebas de campo Werner ha conseguido montar los transceptores, encontrar la transmisión y localizar a Volkheimer en el mapa en menos de cinco minutos. Hauptmann le promete viajes a Berlín. Despliega los diagramas de una fábrica de material eléctrico y dice:
—Ya ha habido varios ministros que se han entusiasmado con nuestro proyecto.
Werner está triunfando, está siendo leal, está haciendo lo que todo el mundo considera que es bueno y, aun así, cada vez que se despierta y se abrocha la guerrera, tiene la sensación de estar traicionando algo.
Una noche regresa caminando penosamente a través de la nieve junto a Volkheimer, que carga el transmisor, los dos transceptores y la antena recogida bajo el brazo. Werner avanza detrás, contento de ser su sombra. Los árboles gotean, las ramas parecen a punto de florecer. La primavera. Dentro de dos meses Volkheimer se licenciará y se marchará a la guerra.
Se detienen un momento para que Volkheimer descanse y Werner se inclina para examinar uno de los transceptores, saca un pequeño destornillador de su bolsillo y ajusta una bisagra suelta. Volkheimer le mira desde arriba con ternura.
—Podrías ser lo que quisieras —le dice.
Esa noche Werner se mete en su cama y se queda mirando la parte inferior del colchón de Frederick. Un viento cálido sopla contra el castillo y un postigo golpea en algún lugar mientras la nieve derretida se desliza por los canalones. Tan bajo como puede, susurra:
—¿Estás despierto?
Frederick aparece por el borde de su litera y por un instante, en medio de la casi total oscuridad, Werner cree que por fin van a poder decirse todo lo que no han sido capaces de decirse hasta ahora.
—Podrías regresar a tu casa, ya sabes, a Berlín, abandonar este lugar. —Frederick se limita a pestañear—. A tu madre no le importaría, lo más probable es que se alegre de tenerte cerca. Fanni también. Aunque solo sea un mes, una semana. En cuanto te marches los cadetes se olvidarán de ti y cuando regreses ya la habrán tomado con otro. Tu padre ni siquiera se enterará.
Pero Frederick se vuelve a meter en la cama y Werner ya no puede verle. Le llega el eco de su voz que rebota en el techo.
—Tal vez lo mejor será que dejemos de ser amigos, Werner. —Lo ha dicho demasiado alto, peligrosamente alto—. Sé que es una carga caminar a mi lado, comer junto a mí, doblarme siempre la ropa, limpiarme las botas y enseñarme cosas. Tienes que pensar en tus estudios.
Werner aprieta los ojos. Le asalta un recuerdo de su viejo desván, el correteo de los ratones en las paredes, el granizo golpeando la ventana. El techo tan bajo que solo podía estar de pie en el espacio que había junto a la puerta. Y la sensación de que en algún lugar a sus espaldas, alineados como visitantes en una galería, su madre, su padre y el francés de la radio le miraban del otro lado de la ventana para ver qué hacía.
Contempla la cara triste de Jutta, inclinada sobre las piezas de una radio destrozada. Tiene la sensación de que algo descomunal y vacío está a punto de devorarles a todos.
—Eso no es lo que quiero decir —responde Werner desde el interior de sus sábanas, pero Frederick no dice nada más y los dos permanecen inmóviles un buen rato contemplando los rayos azules de la luna que se deslizan por la habitación.