La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Cinco: Enero de 1941 » Ebrios

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EBRIOS

Todos los días llegan noticias de una nueva victoria, un nuevo avance. Rusia se desmorona como un acordeón. En octubre el alumnado se acerca a una enorme radio para escuchar hablar al Führer de la llamada Operación Tifón. Las tropas alemanas han plantado sus banderas a kilómetros de Moscú: Rusia será suya.

Werner tiene quince años. Un nuevo chico duerme en la cama de Frederick. A veces, por la noche, Werner ve a Frederick a pesar de que ya no está allí. Su rostro aparece por el borde de la litera de arriba o ve su silueta mirando a través del cristal de la ventana con los prismáticos. Frederick no murió pero tampoco se recuperó, se quedó con la mandíbula y el cráneo rotos: traumatismo cerebral. Nadie fue castigado, nadie fue interrogado. Llegó un coche azul a la escuela del que se bajó la madre de Frederick, caminó hasta la residencia del comandante y salió poco después, inclinada bajo el peso de la bolsa de Frederick, pequeña y frágil. Se volvió a subir al coche y se alejó.

Volkheimer se ha marchado. Se oyen historias de que se ha convertido en un temible sargento de la Wehrmacht, que dirige un pelotón en la última ciudad de la carretera hacia Moscú, que corta los dedos de los rusos muertos y se los fuma en una pipa.

La última cosecha de cadetes es más salvaje en su ansiedad de probarse a sí mismos. Corren, gritan, se lastiman al atravesar los obstáculos. En el campo de ejercicios juegan a un juego en el que diez chicos llevan brazaletes rojos y otros diez brazaletes blancos. El juego termina cuando un equipo apresa a los otros diez.

A Werner le da la sensación de que todos los chicos a su alrededor están ebrios, de que en las comidas en vez de llenar sus tazas con la fría agua mineral de Schulpforta lo hacen con un licor que les deja los ojos vidriosos y brillantes, como si evitaran una descomunal e inevitable marea de angustia solo por estar permanentemente borrachos de rigor y ejercicio. Los ojos de casi todos los rapados cadetes brillan con determinación: cada milímetro de su atención ha sido entrenado para perseguir la debilidad. Miran a Werner con sospecha cada vez que le ven regresar del laboratorio de Hauptmann. No se fían de que sea huérfano, de que a menudo esté solo y de que en su acento haya todavía un aire del francés que aprendió siendo niño.

«Somos una descarga de balas», cantan los nuevos cadetes, «somos bolas de cañón, somos la punta de la espada».

Werner piensa constantemente en su hogar. Echa de menos el sonido de la lluvia sobre el tejado de zinc del dormitorio, la feroz energía de los huérfanos, las roncas canciones de frau Elena cuando acunaba a un bebé. El olor de la fábrica de coque que subía al amanecer era el primer olor de cada día. Pero lo que más echa de menos es a Jutta: su lealtad, su obstinación, la forma en la que siempre reconocía lo correcto.

A pesar de todo, y en los momentos de mayor debilidad, Werner se siente resentido por esas mismas cualidades de su hermana. Tal vez ella sea la impureza que hay en él, la estática que descubren los matones, quizá ella sea la única cosa que le impide rendirse del todo. Se supone que si uno tiene una hermana en casa ha de pensar en ella como si fuera la hermosa muchacha de un póster de propaganda: las mejillas rosadas, valiente, decidida. Ella es la persona por la que uno lucha, por la que uno sería capaz de morir. ¿Sucede eso cuando piensa en Jutta? Jutta envía cartas que el censor de la escuela tacha casi por completo, pregunta cosas que no debería preguntar. Solo la cercanía de Werner con el doctor Hauptmann —su condición de privilegiado por ser el favorito del profesor de ciencias técnicas— le mantiene a salvo. Una compañía de Berlín está fabricando su transceptor y algunas unidades regresan de lo que Hauptmann llama «el campo» porque han sido reventadas, quemadas, sumergidas en fango o porque salieron defectuosas. El trabajo de Werner es reconstruirlas mientras Hauptmann habla por teléfono o escribe peticiones para que le envíen partes de repuesto. A veces llega a ausentarse de la escuela hasta quince días.

Pasan semanas sin que reciba ninguna carta de Jutta. Werner escribe cuatro líneas, apenas un par de tópicos —«estoy bien, muy ocupado»— y se la da al jefe del dormitorio. Le inunda el miedo.

—Tenéis mentes —murmura Bastian una noche en el comedor— pero no siempre se puede confiar en la mente. La mente tiende a la ambigüedad, a hacerse preguntas cuando en realidad lo que necesitáis son certezas, propósitos, claridad. No confiéis en vuestras mentes.

Esa noche Werner se sienta en el laboratorio, otra vez solo, y recorre la frecuencia de una radio Grundig que Volkheimer solía tomar prestada de la oficina de Hauptmann buscando algo de música, ecos, no sabe exactamente qué. Ve cómo un circuito se rompe y lo reconstruye, ve a Frederick contemplando su libro de aves y el furor de las minas de Zollverein, las maniobras de las locomotoras, los golpes de los candados, las cintas transportadoras, las chimeneas funcionando día y noche. Ve a Jutta agitando adelante y atrás una antorcha completamente rodeada por la oscuridad. El viento golpea contra las paredes del laboratorio… El viento, al comandante le encanta recordarles que ese viento llega desde Rusia, un viento cosaco, el viento de esos bárbaros comevelas y cabezas de cerdo a quienes nada detendrá hasta haberse bebido la sangre de todas las chicas alemanas. Unos gorilas que deben ser eliminados de la Tierra.

Estática. Estática.

¿Estás ahí?

Al fin apaga la radio. En medio de la quietud le llegan las voces de sus maestros, el eco que rebota en su cabeza como si los recuerdos conversaran unos con otros.

Abrid los ojos y observad todo lo que podáis antes de cerrarlos para siempre.

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