La luz que no puedes ver
Cinco: Enero de 1941 » La desaparición de Hubert Bazin
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LA DESAPARICIÓN DE HUBERT BAZIN
Marie-Laure sigue el aroma de la sopa de madame Manec a lo largo de la Place aux Herbes y sostiene la cacerola caliente en el hueco tras la biblioteca mientras madame llama a la puerta.
—¿Dónde está monsieur Bazin? —pregunta madame.
—Se ha debido de marchar —responde el bibliotecario, aunque apenas es capaz de ocultar el tono de duda en su voz.
—¿Y adónde se ha podido marchar?
—No estoy seguro, madame Manec. Por favor, hace frío.
Marie-Laure piensa en las historias de Hubert Bazin: lúgubres monstruos hechos de espuma marina, sirenas con sus partes íntimas iguales a las de los pescados, los relatos de los asedios ingleses.
—Volverá —dice madame Manec dirigiéndose a Marie-Laure, pero también a sí misma. La mañana siguiente Hubert Bazin no ha regresado. Tampoco la siguiente.
Y a la próxima reunión solo acude la mitad del grupo.
—¿Habrán creído acaso que nos estaba ayudando? —susurra madame Hébrard.
—¿Y lo estaba haciendo?
—Pensé que llevaba mensajes.
—¿Qué tipo de mensajes?
—Esto se está volviendo peligroso.
Madame Manec camina. Marie-Laure puede sentir el calor de su frustración a lo largo de la habitación.
—Entonces váyanse. —Su voz se endurece—. Váyanse todas.
—No sea imprudente —dice madame Ruelle—. Nos daremos un descanso, una o dos semanas. Esperaremos a que las cosas se asienten.
Hubert Bazin, con su máscara de cobre, su avidez infantil y su aliento a insectos machacados. ¿Adónde llevarán a la gente?, se pregunta Marie-Laure. ¿Dónde está la «Gasthaus» a la que han llevado a su padre? ¿Desde dónde escribe esas cartas en las que habla de comidas maravillosas y árboles míticos? La mujer del panadero asegura que les envían a campos en las montañas. La mujer del frutero dice que les envían a fábricas de nailon en Rusia. A Marie-Laure le resulta igual de probable que la gente desaparezca sin más. Los soldados echan sacos encima de las personas a las que quieren borrar, les dan una descarga de electricidad y así desaparecen, se esfuman. Son expulsadas hacia otro mundo.
La ciudad, piensa Marie-Laure, se parece cada vez más a la maqueta que está arriba, las calles se van quedando vacías poco a poco. Cuando sale se vuelve consciente de todas las ventanas que hay sobre su cabeza. Esa quietud antinatural resulta temible; es algo parecido, piensa, a lo que deben sentir los ratones cuando salen de sus agujeros a la libertad de un prado sin saber jamás qué sombra puede pasarles por encima.