La luz que no puedes ver
Cinco: Enero de 1941 » Neumonía
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NEUMONÍA
La primavera bretona y una enorme ola de humedad invaden la costa. Hay niebla en el mar, niebla en las calles, niebla en las mentes. Madame Manec se pone enferma. Cuando Marie-Laure apoya la mano en el pecho de madame, siente el calor que le sube por el esternón como si algo se estuviera cocinando en su interior. Su respiración se convierte en una sucesión de toses oceánicas.
—Veo las sardinas —murmura madame—, y las termitas y los cuervos.
Etienne llama a un doctor que prescribe descanso, aspirinas y confites de violetas aromáticas. Marie-Laure se sienta junto a madame durante la peor parte de la enfermedad, horas extrañas en las que las manos de la anciana se ponen muy frías mientras habla de hacerse cargo del mundo. Nadie lo sabe pero ella está a cargo de todo. Es un peso tremendo, asegura, ser responsable de hasta la cosa más pequeña, de cada niño que nace, de cada hoja que cae de un árbol, cada ola que rompe en la playa, cada hormiga que hace su recorrido.
Marie-Laure oye el agua en la profundidad de la voz de madame: atolones y archipiélagos y lagunas y fiordos.
Etienne demuestra ser un cariñoso enfermero. Lava la ropa, prepara caldos y de vez en cuando lee una página de Pasteur o Rousseau. Con esa actitud demuestra haberle perdonado todas sus transgresiones pasadas o presentes. Cubre a madame con edredones, pero ella tiembla tanto que él acaba quitando la pesada alfombra que hay sobre el suelo y también se la pone encima.
Querida Marie-Laure:
Han llegado tus paquetes, los dos, con fechas de hace meses. La palabra «alegría» no es suficiente. Me han permitido quedarme con el cepillo de dientes y el peine, aunque no con el papel en el que estaban envueltos. Tampoco me han permitido conservar el jabón. ¡Cómo deseaba que me hubiesen permitido quedarme con el jabón! Nos habían dicho que nuestro próximo destino sería una fábrica de chocolates pero en realidad era de cartón. Fabricamos cartón todo el día. ¿Para qué querrán tanto?
Durante toda mi vida, Marie-Laure, he sido yo quien llevaba las llaves. Ahora las oigo a mi alrededor por las mañanas cuando vienen a buscarnos y cada vez que me meto la mano en el bolsillo lo encuentro vacío.
Cuando sueño, sueño que estoy en el museo.
¿Te acuerdas de tus cumpleaños? ¿Que siempre había dos regalos sobre la mesa cuando te despertabas? Siento que las cosas hayan salido así. Si alguna vez quieres entenderlo, mira dentro de la casa de Etienne, dentro de la casa. Sé que harás lo correcto. Aunque me gustaría que el regalo fuera mejor.
Mi ángel está a punto de partir. Si puedo le daré esta carta para ti. No estoy preocupado porque sé que eres muy inteligente y que sabes cuidarte sola. Yo también estoy a salvo de modo que no debes preocuparte. Da las gracias a Etienne por leerte esta carta y agradece en tu corazón al alma valiente que transporta esta carta desde donde yo estoy hasta donde tú estás.
Tu papá