La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Seis: 8 de agosto de 1944 » La muerte de Walter Bernd

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LA MUERTE DE WALTER BERND

Bernd estuvo murmurando sinsentidos durante una hora. Luego se quedó callado y Volkheimer dijo:

—Dios, ten piedad de tu siervo.

Pero ahora Bernd se sienta y pide luz. Le dan lo poco que queda de agua en la primera cantimplora. Un pequeño hilo de líquido se desliza por su barba y Werner contempla cómo se pierde.

Bernd se sienta bajo el haz de la luz de la linterna y mira primero a Volkheimer y luego a Werner.

—En el permiso del año pasado —dice— visité a mi padre. Estaba viejo, ha sido un viejo toda mi vida, pero aquella vez parecía especialmente viejo. Le llevó una eternidad cruzar la cocina. Tenía una pequeña caja de galletas, diminutas galletas de almendra. Las puso sobre un plato y dejó el paquete a un lado. Ninguno de los dos las tocó. Me dijo: «No tienes por qué quedarte, me gustaría que te quedaras pero no tienes por qué hacerlo. Seguro que tienes otras cosas que hacer. Puedes irte con tus amigos si quieres». No paraba de decir eso.

Volkheimer apaga la luz y Werner percibe algo atroz contenido ahí, en la oscuridad.

—Me marché —dice Bernd—, bajé las escaleras y salí a la calle. No tenía adónde ir ni nadie con quien encontrarme, no tenía amigos en aquella ciudad. Había estado cogiendo trenes todo el maldito día para ir a verle pero me marché como si nada.

Entonces se calla. Volkheimer le acomoda sobre el suelo y le pone encima la manta de Werner. Poco después, Bernd muere.

Werner trabaja en la radio. Tal vez lo hace por Jutta, como ha sugerido Volkheimer, o tal vez lo hace solo para no tener que pensar en que Volkheimer traslada el cuerpo de Bernd a una esquina y pone ladrillos sobre sus manos, su pecho, su cara. Werner sostiene la linterna con la boca y recoge todo lo que puede: un martillo pequeño, tres latas de tornillos, un cable de una lámpara de mesa destruida. Dentro del cajón de una mesa, milagrosamente, descubre una batería de carbón de once vatios con un gato negro impreso en uno de sus lados. Una batería americana en cuyo eslogan se anuncian nueve vidas. Werner la alumbra con la desvaída luz naranja, maravillado. Comprueba los terminales. Le queda la carga completa. Cuando muera la pila de la linterna, piensa, aún nos quedará esto.

Endereza la mesa volcada. Acomoda encima el transceptor roto. Werner no tiene demasiadas esperanzas pero resolver un problema es al menos una manera de mantener la mente ocupada. Ajusta la luz de Volkheimer entre sus dientes. Intenta no pensar en el hambre, ni en la sed, ni en el vacío en su oído izquierdo, ni en el cuerpo de Bernd, ni en los austriacos que están arriba, ni en Frederick, ni en frau Elena, ni en Jutta. En nada de todo eso.

La antena. El sintonizador. El condensador. Cuando trabaja su mente está casi tranquila, casi serena, es una actividad que hace de memoria.

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