La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Seis: 8 de agosto de 1944 » Fabricando la radio

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FABRICANDO LA RADIO

Werner ata el final del cable alrededor de una tubería cortada que sale en diagonal del suelo. Limpia con saliva toda la longitud del cable y lo enrolla cien veces alrededor de la base de la tubería para fabricar una nueva bobina. Pasa el otro extremo a través de un soporte quebrado que se ha clavado en ese montículo de madera, piedra y yeso en el que se ha convertido el techo.

Volkheimer le observa desde la penumbra. Se oye una explosión de mortero en alguna parte de la ciudad y vuelve a caer sobre ellos una nube de polvo.

Para completar el circuito, encuentra el diodo entre los terminales libres de dos cables y lo conecta con los plomos de la batería. Werner dirige el haz de la linterna de Volkheimer durante toda la operación. La tierra, la antena, la batería. Finalmente aguanta la linterna con los dientes, alza los auriculares frente a sus ojos, los enrosca a un tornillo y con las puntas desnudas toca el diodo. Invisibles, los electrones bajan burbujeando por los cables.

El hotel que está sobre ellos (o lo que queda de él) produce una serie de fantasmagóricos gruñidos. Las maderas crujen como escombros bamboleantes sobre un último punto de apoyo. Parece como si una simple libélula pudiera, al apoyarse, provocar con su peso una avalancha que los enterraría para siempre.

Werner presiona el auricular contra su oído derecho.

No funciona.

Se vuelve hacia la dentada carcasa de la radio y observa el interior. La mortecina luz de la linterna de Volkheimer regresa a la vida. Se concentra. Imagina la distribución de la corriente. Vuelve a comprobar los fusibles, las válvulas, las clavijas. Enciende y apaga la clavija de emisión y recepción, limpia el panel de selección y reemplaza los plomos de la batería. Comprueba de nuevo los auriculares.

Vuelve a oír la estática como si otra vez tuviera ocho años y estuviera junto a su hermana sobre el suelo del orfanato. Se oye constante, firme. En su recuerdo Jutta dice su nombre y al final aparece una segunda y menos previsible imagen: dos sogas gemelas cuelgan de la fachada de la casa de herr Siedler sosteniendo el gran estandarte carmesí, impoluto, de un rojo profundo.

Werner sintoniza las frecuencias de forma intuitiva. No se oyen sonidos ni el tintineo del código morse, ni ninguna voz. Estática, estática, estática, estática, estática en el oído que aún le funciona, en la radio, en el aire. La mirada de Volkheimer está detenida sobre él. El polvo flota en el débil haz de la linterna: diez mil partículas centellean suspendidas suavemente.

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