La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Siete: Agosto de 1942 » Volkheimer

Página 116 de 197

VOLKHEIMER

El ingeniero es un hombre taciturno, mordaz y estrábico llamado Walter Bernd; al conductor, de treinta años de edad y dientes separados, le conocen como Neumann Uno. Werner sabe que Volkheimer, su sargento, no puede tener más de veinte años, pero bajo la luz de color peltre del amanecer parece tener el doble.

—Los partisanos están atacando los trenes —explica—. Están organizados y el capitán cree que coordinan sus ataques con radios.

—El último técnico no consiguió encontrar nada —asegura Neumann Uno.

—Es un buen equipo —dice Werner—, en una hora estarán funcionando los dos.

Una especie de dulzura inunda la mirada de Volkheimer y permanece allí durante unos segundos.

—Pfennig —dice mirando a Werner— no es como nuestro último técnico.

Comienzan. El Opel se adentra en carreteras que apenas podrían considerarse senderos. Se detienen cada pocos kilómetros y colocan los transceptores sobre lomas o montículos. En uno dejan a Bernd y en el otro al esquelético Neumann Dos, a uno con un rifle y al otro con los auriculares. Conducen varios cientos de metros, lo bastante como para construir la base de un triángulo calculando la distancia durante todo el trayecto, y Werner enciende el receptor primario. Alza la antena del camión, se pone los auriculares y escanea el espectro intentando encontrar algo imprevisto, cualquier voz prohibida.

A lo largo del chato e inmenso horizonte siempre aparecen varias hogueras ardiendo. La mayor parte del tiempo Werner va en el camión mirando hacia atrás, hacia la tierra que dejan, hacia Polonia, hacia el Reich.

Nadie les dispara. Algunas voces aparecen en la estática pero las que consigue escuchar son alemanas. Por la noche Neumann Uno saca unas latas con pequeñas salchichas de una de las cajas de municiones y Neumann Dos hace bromas aburridas sobre putas a las que recuerda o se inventa y en sus pesadillas Werner ve las siluetas de unos chicos inclinados sobre Frederick pero al acercarse Frederick se convierte en Jutta y mira acusadoramente a Werner mientras los chicos se llevan sus miembros uno a uno.

A cada hora Volkheimer asoma la cabeza por la parte de atrás del Opel y busca la mirada de Werner.

—¿Nada?

Werner sacude la cabeza.

Recoloca las baterías, reorienta las antenas, comprueba los fusibles. En Schulpforta, con el doctor Hauptmann, todo eso era un juego. Podía adivinar la frecuencia de Volkheimer porque siempre estaba seguro de que el trasmisor de Volkheimer estaba transmitiendo. Aquí no sabe cómo, cuándo o dónde sucede la transmisión, ni siquiera si están transmitiendo realmente, y no hace más que perseguir fantasmas. Todo lo que consiguen es gastar gasolina conduciendo junto a humeantes casas de campo, piezas de artillerías destrozadas y tumbas sin nombre mientras Volkheimer se pasa su gigante mano por el pelo cortado al rape y se pone cada día un poco más nervioso. A kilómetros de distancia se oye el estruendo de las grandes armas, pero los trenes de transporte alemanes siguen siendo atacados, haciendo saltar las vías, volcando los vagones con ganado, mutilando a los soldados del Führer, llenando a sus oficiales de ira.

Ese viejo que está ahí cortando árboles, ¿es un partisano? ¿Y ese otro que está arreglando el motor de un coche? ¿Y esas tres mujeres que están recogiendo agua en el arroyo?

Por la noche caen heladas que dejan un manto blanco sobre el paisaje. Werner se despierta en la parte trasera del camión con los dedos apretados bajo las axilas y soltando vaho con el aliento. Los tubos del transceptor emiten un brillo azul pálido. ¿Qué profundidad tiene la nieve? ¿Dos metros, tres? ¿Cien?

Tiene kilómetros de profundidad, piensa Werner. Vamos a pasar por encima de todo lo que hubo aquí alguna vez.

Ir a la siguiente página

Report Page