La luz que no puedes ver

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Siete: Agosto de 1942 » Los mensajes

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LOS MENSAJES

Las autoridades de la ocupación decretan que todas las casas deben tener una lista de sus ocupantes clavada a la puerta: «M. Etienne LeBlanc, 62 años. Mlle. Marie-Laure LeBlanc, 15 años». Marie-Laure se tortura con fantasías de banquetes en largas mesas: platos de lomo de cerdo, manzanas asadas, flameado de plátano y piña con nata montada.

Una mañana de verano de 1943 camina hacia la panadería bajo una lluvia suave. La cola llega hasta la acera. Cuando por fin es su turno, madame Ruelle le toma las manos a Marie-Laure y le dice en voz muy baja:

—Pregúntale si también puede leer esto.

Debajo de la barra de pan hay un papel doblado. Marie-Laure guarda la barra en la mochila y aprieta el papel en el puño. Entrega un cupón de comida, regresa a casa y cierra los candados de la puerta tras ella. Etienne baja las escaleras.

—¿Qué dice, tío?

—Dice: «Monsieur Droguet quiere que su hija en Saint-Coulomb sepa que se está recuperando bien».

—Dijo que era importante.

—¿Qué significa?

Marie-Laure se quita la mochila, hurga dentro y saca un trozo de pan.

—Creo que significa que monsieur Droguet quiere que su hija sepa que se encuentra bien —dice.

Durante las siguientes semanas empiezan a llegar más notas. Un nacimiento en Saint-Vincent, el fallecimiento de una abuela en La Mare, madame Gardinier en La Rabinais quiere que su hijo sepa que le perdona. Si hay mensajes secretos escondidos en esas misivas (si «Monsieur Fayou ha tenido un ataque al corazón y ha pasado a mejor vida» significa «Bombardead la comisaría de Rennes») Etienne no podría decirlo. Lo que importa es que la gente debe de estar escuchando, que los ciudadanos corrientes tienen radios y por lo visto necesitan tener noticias unos de otros. Él jamás abandona la casa, solo ve a Marie-Laure, y, aun así, se encuentra en el centro de una red de información.

Enciende el micrófono, lee los números y a continuación los mensajes. Los retransmite en cinco frecuencias distintas, da instrucciones para la siguiente transmisión y pone algún viejo disco. Como mucho, toda la sesión dura seis minutos.

Demasiado. Casi con seguridad es demasiado.

Pero nadie viene. No suenan las dos campanillas. No aparece ninguna patrulla alemana subiendo por las escaleras para dispararles en la cabeza.

A pesar de que se las sabe de memoria, la mayoría de las noches Marie-Laure le pide a Etienne que le lea las cartas de su padre. Esta noche él se sienta en el borde de la cama de ella.

Hoy he visto un roble disfrazado de castaño.

Sé que harás lo correcto.

Si alguna vez quieres entenderlo, mira dentro de la casa de Etienne, dentro de la casa.

—¿Qué piensas que quiere decir al repetir dos veces lo de «dentro de la casa»?

—Lo hemos hablado ya muchas veces, Marie.

—¿Qué crees que está haciendo ahora mismo?

—Dormir, niña. Estoy seguro.

Ella se desliza dentro de la cama y él la cubre hasta los hombros con el edredón, sopla la vela y se queda mirando todos esos tejados y chimeneas en miniatura de la maqueta que está a los pies de la cama. Aparece un recuerdo: Etienne está en un campo al este de la ciudad con su hermano. Fue el verano que las luciérnagas invadieron Saint-Malo y su padre estaba muy excitado, construía cazamariposas para los chicos y les daba frascos con gomas para ajustar las tapas. Etienne y Henri atravesaban los campos de hierba alta y las luciérnagas flotaban en torno a ellos, encendiéndose, apagándose y alzándose en un lugar que casi siempre parecía más allá de su alcance, como si la tierra estuviera ardiendo y ellas fueras las chispas.

Henri le dijo que quería poner tantas luciérnagas en su ventana que los barcos pudieran ver su habitación a kilómetros de distancia.

Si este verano hay luciérnagas, no pasan por la rue Vauborel. Ahora parece haber solo sombras y silencio. El silencio es la fruta de la ocupación, cuelga en las ramas y se desliza por las alcantarillas. Madame Guiboux, la madre del zapatero, ha abandonado la ciudad. También lo ha hecho madame Blanchard. Hay muchas ventanas oscuras. Es como si la ciudad se hubiese convertido en una biblioteca de libros escritos en una lengua desconocida y las casas en grandes estanterías de volúmenes ilegibles, con todas las lámparas apagadas.

Pero la máquina del desván vuelve a funcionar. Una chispa en mitad de la noche.

Se oye un débil repiqueteo en el callejón y Etienne observa a través de los postigos de la habitación de Marie-Laure. Contempla al fantasma de madame Manec seis plantas más abajo bajo la luz de la luna. Ella levanta una mano y los gorriones se van posando en sus brazos. Los coge de uno en uno y los refugia dentro de su abrigo.

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