La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Siete: Agosto de 1942 » Fiebre

Página 125 de 197

FIEBRE

Puede que venga de algún guiso de alguna anónima cocina ucraniana, o puede que los partisanos hayan envenenado el agua, o sencillamente que Werner haya estado sentado demasiado tiempo en demasiados sitios húmedos con los auriculares puestos. Sea lo que sea, la fiebre llega y con ella una diarrea terrible, y cuando Werner se agacha sobre el barro tras el Opel siente como si estuviera cagando los restos de su ser civilizado. Pasan horas enteras en las que lo único que consigue hacer es apretar las mejillas contra la pared del camión buscando una superficie fría. Luego los temblores se apoderan de su cuerpo y no consigue calentarse, desea arrojarse al fuego.

Volkheimer le ofrece café y Neumann Dos le ofrece las mismas pastillas que Werner ahora ya sabe que no son para el dolor de espalda. Rechaza todo. 1943 se convierte en 1944. Werner no ha escrito a Jutta en casi un año. La última carta que recibió de ella fue hace seis meses y comienza: «¿Por qué no escribes?».

Aun así se las arregla para encontrar alguna retransmisión ilegal cada una o dos semanas. Salva un equipo soviético de baja calidad, hecho con mal acero torpemente soldado. Todo parece tan poco metódico. ¿Cómo pueden luchar en una guerra con un equipo tan pobre? A Werner le dijeron que la resistencia estaba muy bien organizada, que eran insurgentes disciplinados y peligrosos que obedecían las órdenes de unos líderes feroces y letales. Pero ahora comprueba de primera mano que también pueden llegar a ser torpes e ineficaces, malvados y sucios, y vivir en agujeros. No son más que un puñado de desharrapados sin nada que perder.

Y parece que jamás sabrá del todo cuál de las dos ideas se acerca más a la verdad. Porque en realidad, piensa Werner, todos son insurgentes, todos partisanos, todas y cada una de las personas que ve, todos los que no son alemanes, hasta los más serviles, quieren que mueran los alemanes. Todos se alejan tímidamente del camión en cuanto entran en una ciudad, esconden las caras, esconden a sus familias y sus tiendas rebosan de zapatos arrebatados a los muertos.

Mírales.

Lo que siente durante los peores días de ese invierno implacable —mientras el óxido se va apoderando del camión, de los rifles, de la radio, mientras las divisiones alemanas se retiran a su alrededor— es un profundo desprecio por todos los seres humanos con los que se cruza. Los pueblos humeantes y en ruinas, las calles cubiertas de ladrillos destrozados, los cadáveres congelados, las paredes hechas añicos, los coches dados la vuelta, los perros ladrando, las ratas, los piojos: ¿cómo son capaces de vivir así? Ahí afuera, en el bosque, en las montañas, en las aldeas se supone que están acabando con el desorden arrancándolo de raíz. La entropía de cualquier sistema decrece únicamente, solía decir el doctor Hauptmann, si la entropía de otro sistema crece. La naturaleza exige simetría. Ordnung muss sein.

¿Pero qué nuevo orden están construyendo ahí? Las maletas, las filas, los niños llorosos, los soldados cayendo sobre las ciudades con una mirada de eternidad en los ojos. ¿En cuál de esos sistemas crece el orden? Desde luego no en Kiev ni en Lvov ni en Varsovia. Todo es el Hades. Sencillamente hay demasiados seres humanos, como si las descomunales fábricas rusas fabricaran hombres nuevos a cada minuto. Matad mil y fabricaremos otros diez mil.

Febrero les encuentra en las montañas. Werner tiembla en la parte de atrás del camión mientras Neumann Uno conduce haciendo zigzag. Las trincheras se deslizan bajo su paso en una red interminable con los alemanes a un lado y los rusos un poco más adelante. Densos jirones de humo cubren el valle con ocasionales fulgores de artillería que vuelan como pájaros.

Volkheimer despliega una manta y envuelve con ella los hombros de Werner. Él siente que la sangre le recorre el cuerpo como mercurio y al otro lado de las ventanas, en un hueco en medio de la niebla, la red de trincheras y artillerías se ve con toda claridad por un instante. Werner tiene la sensación de que está observando el circuito interno de una radio descomunal, como si cada soldado fuera un electrón flotando en solitario en su eléctrico camino sin más libertad en su interior que la que tiene cualquier electrón. Toman una curva y lo único que siente es la presencia de Volkheimer a su lado, una niebla fría al otro lado de la ventana, puente tras puente, colina tras colina, descendiendo sin parar. Metálicos jirones de luz de luna caen sobre la carretera, un caballo blanco pasta en un campo, un reflector atraviesa el cielo y en la ventana encendida de una cabaña de montaña, durante un segundo al pasar, Werner ve la cara de Jutta sentada frente a una mesa y las luminosas caras de otros niños a su alrededor, el bordado de frau Elena sobre el lavabo, los cadáveres de una docena de niños amontonados en un arcón junto a la estufa.

Ir a la siguiente página

Report Page