La luz que no puedes ver
Siete: Agosto de 1942 » El puente
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EL PUENTE
En un pequeño pueblo al sur de Saint-Malo ha explotado un camión alemán mientras cruzaba un puente. Han muerto seis soldados alemanes. Se culpa a los terroristas. «Noche y niebla», susurran las dos mujeres que han venido a ver cómo se encontraba Marie-Laure. «Por cada cabeza cuadrada que caiga, ellos matarán a diez de los nuestros». La policía está yendo casa por casa obligando a cada hombre en condiciones a salir a trabajar, a cavar trincheras, a descargar vagones de tren, a empujar carretillas con bolsas de cemento o a construir obstáculos ante una posible invasión por el campo o la playa. Todos los que puedan trabajar deben hacerlo para reforzar el Muro Atlántico. Etienne está de pie junto a la puerta con el informe del doctor en la mano. Entra una brisa fría y con ella se hincha de miedo el recibidor.
Madame Ruelle susurra que las autoridades de la ocupación han atribuido el ataque a una elaborada red de transmisiones radiofónicas antiocupación. Aseguran que hay patrullas cerrando el acceso a las playas mediante concertinas y enormes aspas de madera ensambladas llamadas chevaux de frise. Ya han restringido el acceso al paseo sobre la muralla. Le ofrece la barra de pan a Marie-Laure y ella la lleva a casa. Cuando Etienne la abre hay otro papel en el interior. Nueve números más.
—Pensé que iban a tomarse un descanso —dice.
Marie-Laure está pensando en su padre.
—Tal vez —contesta ella— ahora sea todavía más importante.
Él espera hasta que se hace de noche. Marie-Laure se sienta en la entrada del armario, con el fondo falso abierto, y escucha cómo su tío enciende el micrófono y el transmisor en el desván. Con voz suave recita los números. Luego pone la música, suave y baja, esta noche un concierto de chelos, y la corta a la mitad.
—¿Tío?
Le lleva un buen rato bajar la escalera. La toma de la mano.
—La guerra que mató a tu abuelo —dice— mató también a dieciséis millones de personas. Un millón y medio eran muchachos franceses, la mayoría más jóvenes que yo en aquella época. Murieron dos millones del lado alemán. Marcharon hacia la muerte en filas de a uno y durante once días y once noches pasaron frente a nuestra puerta. Lo que estamos haciendo, Marie, no es precisamente cambiar las señales de las calles. No estamos perdiendo una carta que ha llegado a la oficina de correos. Estos números son algo más que números, ¿lo entiendes?
—Pero nosotros somos los buenos, ¿verdad?
—Eso espero. Espero que sí.