La luz que no puedes ver
Ocho: 9 de agosto de 1944 » Las cabezas
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LAS CABEZAS
Werner mueve la antena por los escombros del techo y toca con ella una tubería retorcida. Nada. A cuatro patas, arrastra la antena por todo el perímetro del sótano como si estuviera atando a Volkheimer a su sillón dorado. Nada. Apaga la moribunda linterna, aprieta el auricular contra su oído bueno, cierra los ojos en la oscuridad y enciende el transceptor arreglado recorriendo el dial de arriba abajo. Concentra todos sus sentidos en uno.
Estática, estática, estática, estática, estática.
Tal vez están enterrados a demasiada profundidad, tal vez los escombros del hotel han creado una sombra electromagnética, tal vez se ha estropeado algo importante en la radio, algo que Werner no ha sabido identificar, o tal vez los supercientíficos del Führer han creado un arma para acabar con todas las armas y toda esta esquina de Europa ha sido devastada hasta tal punto que Werner y Volkheimer son los únicos supervivientes.
Se quita los auriculares y corta la conexión. Hace ya mucho que se acabaron los víveres, las cantimploras están vacías y el lodo que hay en el cubo con los pinceles es imbebible. Tanto él como Volkheimer han intentado hacerlo ya y Werner no sabe si su estómago podrá resistirlo una vez más.
La batería que hay en la radio está casi muerta. Cuando se haya acabado aún les quedará la gran batería americana de once voltios con el gato negro impreso en uno de los lados. ¿Y después?
¿Cuánto oxígeno convierte el sistema respiratorio de una persona en dióxido de carbono cada hora? Hubo una época en la que a Werner le habría encantado resolver ese acertijo. Ahora está sentado con las dos granadas de palo de Volkheimer sobre el regazo, sintiendo las últimas chispas de su interior apagarse. Haciendo girar el eje de una y luego de la otra, podría prender fuego a las espoletas lo justo para iluminar este lugar, para volver a ver.
Volkheimer enciende su linterna y apunta su débil haz hacia la esquina del fondo, donde hay ocho o nueve cabezas de yeso sobre dos estanterías, algunas caídas de lado. Parecen las cabezas de unos maniquíes, aunque han sido diseñadas con más pericia: hay tres con bigote, dos calvos y una con una gorra de soldado. Incluso con la luz apagada las cabezas emanan un extraño poder en la oscuridad: son de un blanco puro, no visible pero tampoco del todo invisible, y han quedado impresas en la retina de Werner como si brillaran en la oscuridad.
Silenciosas, vigilantes, no parpadean.
Jugarretas de la mente.
Rostros, mirad a otro lado.
En la negrura, Werner gatea hacia Volkheimer y le resulta agradable toparse con las enormes rodillas de su amigo. El rifle está junto a él. El cadáver de Bernd en algún lugar un poco más lejos.
—¿Alguna vez te enteraste de las historias que se contaban de ti? —pregunta Werner.
—¿Quién?
—Los chicos de Schulpforta.
—Sé algunas.
—¿Te gustaba ser el Gigante, que te temiera todo el mundo?
—No es demasiado divertido que te estén preguntando todo el tiempo cuánto mides.
Un proyectil explota en la superficie. En algún lugar ahí fuera la ciudad está ardiendo, el mar se agita, los percebes agitan sus livianas extremidades.
—¿Cuánto mides?
Volkheimer resopla y suelta una carcajada.
—¿Piensas que Bernd tenía razón con lo de las granadas?
—No —responde Volkheimer con tono de alerta—, nos mataría.
—¿Incluso si construimos algún tipo de barrera?
—Nos aplastaría.
Werner intenta vislumbrar las cabezas en la oscuridad del sótano. Si no las granadas, ¿entonces qué? ¿Acaso Volkheimer cree que va a venir alguien a rescatarles, que se merecen ser salvados?
—¿Así que solo nos queda esperar?
Volkheimer no contesta.
—¿Cuánto tiempo?
Cuando muera la batería de la radio, la americana de once voltios podrá tener activo el transceptor durante otro día más, tal vez podrá conectar la bombilla de la linterna de Volkheimer a ella. La batería les dará un día más de estática o un día más de luz, aunque tampoco se necesita mucha luz para disparar un rifle.