La luz que no puedes ver
Ocho: 9 de agosto de 1944 » Agua
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AGUA
Marie-Laure escucha el quejido de los muelles de su cama. Oye que el alemán cojea al salir de su habitación y al bajar las escaleras. ¿Se marcha ya? ¿Se ha rendido?
Comienza a llover. Miles de pequeñas gotas repiquetean contra el tejado. Marie-Laure se pone de puntillas y presiona el oído contra el techo bajo las tejas. Escucha que resbalan las gotas. ¿Es por la plegaria? ¿La que murmuró madame Manec el día que se enfadó con Etienne?
Señor Dios nuestro, tu gracia es un fuego purificador.
Tiene que ordenar sus pensamientos, utilizar la percepción y la lógica igual que lo haría su padre o el gran biólogo marino del libro de Julio Verne, el profesor Pierre Aronnax. El alemán no ha descubierto el desván, ella tiene la piedra en el bolsillo y una lata de comida. Eso son algunas ventajas.
También la lluvia es buena: hará que se apague el fuego. ¿Podría conseguir un poco para beber? ¿Hacer un agujero entre las tejas? ¿Aprovecharla de alguna otra manera? ¿Tal vez para tapar el ruido que pueda llegar a hacer?
Sabe perfectamente dónde están los dos cubos galvanizados: justo tras la puerta de su cuarto. Puede ir a cogerlos y tal vez subir uno arriba.
No, subir uno hasta arriba sería imposible. Demasiado pesado, demasiado ruidoso. Además el agua caería por todas partes. Pero tal vez podría bajar, hundir la cara en uno y llenar de agua la lata de las judías.
El simple pensamiento de sus labios contra el agua, con la punta de la nariz tocando la superficie, le despierta la necesidad biológica más intensa que ha tenido jamás. Imagina que cae en medio de un lago, el agua cubre sus oídos y boca, abre su garganta. Con un solo trago podría pensar más claramente. Espera que se oiga la voz de su padre con alguna objeción, pero la voz no llega.
La distancia desde el armario a través de la habitación de Henri y el descansillo hasta la puerta de su dormitorio es de veintiún pasos aproximadamente. Coge el cuchillo y la lata vacía del suelo y se los mete en el bolsillo. Se desliza por los siete peldaños y permanece inmóvil un buen rato contra la pared del armario. Escucha, escucha, escucha. La pequeña casa de madera se le clava entre las costillas al deslizarse. ¿Acaso hay en el interior de su diminuto desván una Marie-Laure diminuta que escucha? ¿Siente acaso esa diminuta versión de sí misma la misma sed?
El único sonido es el de la lluvia que convierte Saint-Malo en un lodazal.
Podría ser un truco. Tal vez la oyó abrir la lata de judías, bajó las escaleras ruidosamente y luego las subió en silencio, puede que esté al otro lado del armario apuntándola con la pistola preparada.
Señor Dios nuestro, tu gracia es un fuego purificador.
Apoya las manos contra el fondo del armario y desliza el panel. Siente las camisas rozándole la cara cuando pasa a través de ellas. Posa las manos contra el interior de las puertas del armario y empuja una de ellas.
No se oyen disparos. Nada.
Al otro lado de la ventana, ahora sin cristal, el sonido de la lluvia que cae sobre las casas en llamas se parece al sonido de los guijarros cuando son arrastrados por las olas. Marie-Laure camina por el viejo dormitorio de su abuelo y lo convoca: un curioso chico de pelo brillante y con olor a mar. Es bromista, ingenioso y con mucha energía. Le da la mano al tiempo que Etienne le da la otra y la casa se convierte en lo que fue hace cincuenta años: los padres de los chicos, elegantemente vestidos, ríen en la planta de abajo. Una cocinera abre ostras en la cocina. Madame Manec, una joven sirvienta entonces recién llegada del pueblo, canturrea sobre una escalera mientras limpia una lámpara…
Papá, tú tienes llaves para todo.
Los chicos la llevan hasta el pasillo. Pasa junto al baño.
Todavía hay rastros del olor del alemán en la habitación. Un perfume parecido al de la vainilla. Sobre él, algo pútrido. No oye nada que no sea la lluvia del exterior o su propio pulso en las sienes. Se arrodilla y, tan silenciosamente como puede, desliza las manos sobre las tablas del suelo. El sonido que hacen sus dedos al dar con el cubo le parece tan alto como el de la campana de la catedral.
La lluvia cae contra el techo y las paredes, se desliza por las ventanas sin cristales. A su alrededor están también sus piedras, sus conchas, la maqueta de su padre, su edredón. En algún lugar deben estar también sus zapatos.
Inclina la cara y toca con los labios la superficie del agua. Cada trago parece sonar como la explosión de un proyectil. Uno, tres, cinco: traga, respira, traga, respira. Tiene la cabeza entera en el interior del cubo.
Respira, muere, sueña.
¿Se está moviendo? ¿Está en la planta de abajo? ¿Tiene pensado subir de nuevo?
Nueve, once, trece, está llena. Tiene el estómago repleto de agua, ha bebido demasiado. Introduce la lata en el cubo y la llena. Ahora debe retirarse sin producir ni un solo sonido, sin tocar las paredes, las puertas. Sin tropezar, sin derramar una gota. Se da media vuelta y comienza a gatear con la lata llena de agua en la mano izquierda.
Marie-Laure alcanza la puerta de su habitación antes de oírle. Está tres o cuatro plantas más abajo registrando una de las habitaciones. Oye lo que parece el sonido de alguien que vuelca un cajón cargado de rodamientos sobre el suelo. Resuenan, botan y ruedan. Estira la mano derecha y ahí, justo en la parte interior de la puerta, descubre algo grande, rectangular, duro y cubierto de ropa. ¡Su libro! ¡La novela! Estaba justo ahí como si su padre la hubiese dejado para ella. El alemán la debe de haber tirado de la cama. La levanta con el mayor sigilo posible y la sostiene contra el abrigo de su tío.
¿Puede bajar las escaleras?
¿Puede pasar a su lado y llegar a la calle?
El agua ha regresado a sus venas mejorando la circulación sanguínea y es capaz de pensar con más precisión. No quiere morir, ya ha arriesgado demasiado. Incluso aunque pudiera deslizarse milagrosamente junto al alemán, nada le garantiza que en la calle vaya a estar más segura que en la casa.
Consigue llegar al descansillo y luego al umbral de la habitación de su abuelo. Encuentra el camino hasta el armario, se introduce entre las puertas abiertas y las cierra con cuidado al pasar.