La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Nueve: Mayo de 1944 » De caza (de nuevo)

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DE CAZA (DE NUEVO)

Buscan día y noche. Saint-Malo, Dinard, Saint-Servan, Saint-Vincent. Neumann Uno conduce el Opel por calles tan estrechas que los lados del camión arañan los muros. Pasan junto a pequeñas crêperies grises con las ventanas rotas, boulangeries cerradas y bistrós vacíos, laderas llenas de prisioneros rusos vertiendo cemento y prostitutas de huesos anchos que cargan agua desde los pozos, pero no encuentran ninguna transmisión como la que han descrito los ayudantes del coronel. Werner es capaz de sintonizar la BBC al norte y algunas emisoras de propaganda al sur, en ocasiones llega a atrapar algunos fragmentos de código morse. Pero no oye ningún anuncio de nacimientos, bodas o defunciones, ningún número, nada de música.

La habitación que les asignan a Werner y a Bernd, en la última planta de un hotel requisado en el interior de los muros de la ciudad, parece un lugar del que el tiempo no quiere saber nada: tréboles de cuatro hojas, capiteles con hojas de palma y cornucopias de estuco de trescientos años de antigüedad adornan el techo. La niña muerta de Viena recorre los pasillos durante la noche. No mira a Werner cuando pasa frente a la puerta de su habitación, pero él sabe que es a él a quien ha venido a cazar.

El dueño del hotel se retuerce las manos mientras Volkheimer camina de un lado al otro del vestíbulo. Los aviones se arrastran por el cielo a una velocidad que a Werner le parece increíblemente lenta, como si en cualquier momento fueran a detenerse y a caer en el mar.

—¿Es de los nuestros? —pregunta Neumann Uno—. ¿O de los suyos?

—Va demasiado alto para saberlo.

Werner recorre los pasillos de la planta de arriba. En el último piso se encuentra la que tal vez sea la mejor habitación del hotel. Se detiene frente a una bañera hexagonal y limpia una ventana con la palma de la mano. Algunas semillas flotan en el aire y se pierden en los abismos de sombras entre las casas. Sobre él, en la penumbra, una abeja reina de casi tres metros de largo, con múltiples ojos y una pelusa dorada en el abdomen, se enrosca en el techo.

Querida Jutta:

Perdón por no haberte escrito estos últimos meses. Se me ha pasado la fiebre casi por completo, no debes preocuparte. Últimamente me siento más lúcido y hoy te quiero escribir para hablarte del mar. Contiene tantos colores, es plateado al amanecer, verde al mediodía y azul oscuro por la tarde. A veces parece casi rojo o del color de las monedas antiguas. Ahora mismo la sombra de unas nubes cruza sobre él y hay parches de luz por todas partes. La blancura de las gaviotas lo puntean aquí y allá como abalorios.

De entre todas las cosas que he visto en la vida, creo que el mar es mi favorita.

A veces me descubro mirándolo y me olvido completamente de mis obligaciones. Es lo bastante grande como para contener en su interior todas las cosas que un hombre puede sentir a lo largo de toda una vida.

Saluda a frau Elena y a los chicos que queden de mi parte.

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