La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Nueve: Mayo de 1944 » Antena

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ANTENA

Un teniente austriaco de la unidad antiaérea se instala en el hotel de Las Abejas con un destacamento de ocho personas. Su cocinero prepara avena con beicon en la cocina mientras los otros siete derriban las paredes del cuarto piso con mazas. Volkheimer mastica lentamente y levanta de cuando en cuando la mirada para observar a Werner.

«Próxima transmisión jueves 2300». Werner ha oído la voz que todos esperaban y ¿qué ha hecho con eso? Ha mentido. Ha cometido traición. ¿Cuántos hombres estarán en peligro por su culpa? Aun así, cuando se recuerda escuchando la voz, cuando recuerda aquella música flotando en su cabeza, tiembla de alegría.

La mitad norte de Francia está en llamas. Las playas devoran hombres (americanos, canadienses, británicos, alemanes, rusos) y a lo largo de toda Normandía los pesados bombarderos pulverizan las ciudades de provincia, pero aquí en Saint-Malo la hierba crece lenta y melancólica, los marineros alemanes aún se entrenan en los puertos y los artilleros aún almacenan municiones en los túneles que hay bajo el fuerte de la Cité.

En el hotel de Las Abejas los austriacos utilizan una grúa para bajar el cañón de 88 milímetros sobre un bastión en la muralla. Atornillan el arma a una intersección y la cubren con lonas de camuflaje. El equipo de Volkheimer trabaja dos noches seguidas y la memoria le juega malas pasadas a Werner.

«Madame Labas informa de que su hija está embarazada».

«¿Cómo puede ser que el cerebro, que jamás conoce una chispa de luz, construya en nuestro interior un mundo lleno de luces?».

Si el francés sigue utilizando el mismo transmisor que hacía que lo pudiera escuchar desde Zollverein, la antena tiene que ser grande. Eso o que haya instalado cientos de metros de cable. En ambos casos tiene que estar en un lugar alto, sin dudas tiene que ser visible.

La tercera noche después de escuchar la transmisión —el jueves— Werner está junto a la bañera hexagonal, debajo de la abeja reina. Con los postigos abiertos puede ver a su izquierda un revoltijo de tejados de pizarra. Las pardelas sobrevuelan las murallas casi rozándola; nubes de vapor envuelven el campanario.

Cada vez que Werner observa la vieja ciudad le llaman la atención las chimeneas, son enormes y se despliegan en filas de veinte o treinta a lo largo de cada manzana. Ni siquiera en Berlín hay chimeneas como esas.

Por supuesto. El francés tiene que estar utilizando una chimenea.

Baja corriendo al vestíbulo y recorre la rue des Forgeurs, luego la rue de Dinan. Observa los postigos y los canalones en busca de cables adosados a los ladrillos, cualquier cosa que pueda denunciar la presencia de un transmisor. Camina arriba y abajo hasta que le duele el cuello. Lleva fuera mucho tiempo, le van a llamar la atención, Volkheimer ya sospecha algo extraño. Entonces, justo a las 23:00 horas, Werner la ve apenas a una manzana de distancia de donde han aparcado el Opel: una antena que se alza a lo largo de una chimenea, no más gruesa que el palo de una escoba.

Se eleva doce metros y a continuación se desdobla, como por efecto de magia, hasta formar una sencilla T.

Es una casa alta al borde del mar, un lugar perfecto para una transmisión. Desde el nivel de la calle la antena es completamente invisible. Escucha la voz de Jutta: Te apuesto lo que quieras a que hace esas transmisiones desde una mansión enorme, tan grande como toda nuestra colonia, un lugar con miles de habitaciones y miles de sirvientes. La casa es alta y estrecha, con once ventanas en la fachada. Está punteada de líquenes anaranjados y cubierta de musgo en la base. El número 4 de la rue Vauborel.

«Abrid los ojos y observad todo lo que podáis antes de cerrarlos para siempre».

Camina de vuelta hacia el hotel a toda prisa con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.

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