La ladrona de libros

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Cuarta parte » Las páginas del sótano

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Las páginas del sótano

 

Mantuvieron a Liesel alejada del sótano a toda costa durante una semana. Sus padres se encargaron de bajarle la comida a Max.

—No, Saumensch —contestaba la madre cada vez que Liesel se prestaba voluntaria. Siempre había una excusa—. ¿Por qué no haces algo útil aquí arriba por una vez? Puedes acabar de planchar. ¿Crees que ir de reparto por la ciudad es tan importante? ¡Ponte a planchar y verás!

Cuando se tiene una reputación como la de Rosa, una se puede permitir toda clase de triquiñuelas poco limpias. Funcionó.

 

Durante esa semana, Max había arrancado varias páginas de Mein Kampf y las había blanqueado con una capa de pintura. A continuación las había tendido en unas cuerdas de un extremo a otro del sótano, sujetándolas con pinzas. Una vez que estuvieron bien secas, empezó la parte difícil. Contaba con los rudimentos suficientes para apañárselas, pero desde luego no era escritor ni artista. A pesar de ello, enhebró las palabras en su mente hasta que consiguió repetirlas sin equivocarse. Sólo entonces empezó a trasladar la historia al papel, que se había abombado por la tensión del proceso de secado de la pintura. Se ayudó de un pequeño pincel negro.

 

El vigilante.

 

Calculó que necesitaría trece páginas, así que blanqueó cuarenta, previendo cometer el doble de meteduras de pata que de aciertos. Dibujó varias versiones en las páginas del Molching Express a modo de prueba para mejorar las rudimentarias y torpes ilustraciones y conseguir algo aceptable. Mientras trabajaba, oía los susurros de una niña. «Es como si tuviera el pelo de plumas».

Cuando terminó, utilizó un cuchillo para agujerear las hojas y las unió con un cordel. El resultado fue un librito de trece páginas que decía así:

 

A finales de febrero, cuando Liesel se despertó de madrugada, una figura entró sigilosa en la habitación. Se parecía mucho a una sombra silenciosa, cosa muy habitual en Max.

Escudriñando la oscuridad, Liesel sólo notó que el hombre se acercaba a ella.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

 

Sólo los separaba el ligero rumor de sus pisadas al acercarse a la cama y dejar las páginas en el suelo, cerca de los calcetines de Liesel. Las hojas crujieron. Ligeramente. Uno de los bordes se curvó hacia el suelo.

—¿Hola?

Esta vez sí hubo respuesta.

Aunque Liesel no consiguió adivinar el punto exacto del que provenían las palabras, lo importante es que llegaron hasta ella. Llegaron y se arrodillaron junto a su cama.

—Un regalo de cumpleaños con retraso. Míralo por la mañana. Buenas noches.

 

Durante un rato osciló entre el sueño y la vigilia sin saber si había soñado la presencia de Max.

Por la mañana, cuando despertó y rodó sobre sí misma para darse la vuelta, vio las hojas en el suelo. Alargó la mano y las recogió, mientras oía susurrar el papel entre sus manos todavía adormiladas.

«Toda mi vida he tenido miedo de los hombres que me vigilaban…».

Las hojas crujían al pasarlas, como si el relato estuviera cargado de electricidad estática.

«Me dijeron que tres días y… ¿qué me encontré al despertar?».

Las páginas arrancadas del Mein Kampf estaban amordazadas, se asfixiaban bajo la pintura a medida que iba pasándolas.

«Por eso he comprendido que el mejor vigilante que he conocido…».

 

Liesel leyó y releyó el regalo de Max Vandenburg tres veces, fijándose cada vez en una línea o palabra distinta escrita con pincel. Cuando acabó de leer por tercera vez, se levantó de la cama haciendo el menor ruido posible y fue a la habitación de sus padres. El lugar asignado junto a la chimenea estaba vacío.

Pensándolo bien, se dio cuenta de que era más apropiado, o incluso mejor, perfecto, agradecérselo en el lugar en el que las páginas habían sido creadas.

Bajó las escaleras del sótano. Vio una foto imaginaria enmarcada que se filtraba en la pared: un secreto compartido con una silenciosa sonrisa.

 

Sólo eran unos metros, pero había un largo paseo hasta las sábanas viejas y la serie de botes de pintura que escondían a Max Vandenburg. Apartó las telas más cercanas a la pared hasta abrir un pequeño pasillo por el que asomar la cabeza.

Lo primero que vio fue un hombro. Poco a poco, con mucho cuidado, fue introduciendo la mano por el estrecho resquicio hasta apoyarla sobre el hombro. Sus ropas estaban frías. No se despertó.

Notó su respiración y el hombro, que subía y bajaba con una suavidad apenas perceptible. Se lo quedó mirando. Luego se sentó y se apoyó contra la pared.

Tuvo la sensación de que un aire somnoliento la había seguido.

Las palabras garabateadas durante sus ejercicios de lectura resplandecían en la pared en toda su magnificencia, junto a la escalera, irregulares, infantiles y melodiosas. Vigilaron el sueño de ambos, el del judío oculto y el de la niña con la mano sobre el hombro de él.

Respiraron.

Pulmones alemanes y judíos.

Junto a la pared descansaba El vigilante, entumecido y satisfecho, como un encantador hormigueo a los pies de Liesel Meminger.

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