La hermana tormenta

La hermana tormenta


Agradecimientos

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Agradecimientos

Yo tenía solo cinco años cuando mi padre regresó de uno de sus viajes a Noruega con un disco de la suite de Peer Gynt de Grieg. Sin duda, se convirtió en la música de fondo de mi infancia, pues sonaba mientras él ensalzaba la belleza de ese país y, en especial, de los magníficos fiordos. Me dijo que, si en el futuro se me presentaba la oportunidad, tenía que ir a verlos en persona. Curiosamente, justo después de la muerte de mi padre, Noruega fue el primer país que me invitó a realizar una gira promocional de mis libros. Me recuerdo sentada en el avión, con los ojos llenos de lágrimas, volando hacia lo que él solía llamar la cima del mundo. Sentía, igual que Ally, que yo también estaba siguiendo las palabras de mi difunto padre. Desde aquel primer viaje, he visitado Noruega en numerosas ocasiones y, como mi padre antes que yo, me enamoré de ese país. Así pues, tenía muy claro dónde transcurriría el segundo libro de la serie de «Las siete hermanas».

La hermana tormenta se basa en personajes históricos reales, como Edvard Grieg y Henrik Ibsen, aunque en mi novela el retrato de las personalidades de esas figuras se debe únicamente a mi imaginación, más que a hechos reales. El libro ha precisado un trabajo de documentación exhaustivo, y para ello he contado con la gran ayuda de mucha gente maravillosa. Algunas de las personas que conocí en ese viaje se han convertido en personajes de la novela, y les doy las gracias por permitirme utilizar sus nombres reales.

Mis amigos de Cappelen Damm, mi fantástica editorial, fueron decisivos a la hora de presentarme a la gente con la que necesitaba hablar. De modo que mi primer (y mayor) agradecimiento es para Knut Gørvell, Jorid Mathiassen, Pip Hallen y Marianne Nielsen.

En Oslo: doy las gracias a Erik Edvardsen, del Museo Ibsen, que me mostró las fotografías originales de la producción de Peer Gynt y me habló de la «voz fantasma» de Solveig, cuya verdadera identidad sigue sin conocerse. Eso me dio la clave para el «argumento del pasado». La perspectiva histórica sobre la vida en Noruega durante la década de 1870 procede de Lars Roede, del Museo de Oslo. Los detalles sobre los trajes tradicionales, los nombres, los transportes y sus conexiones y las costumbres de Noruega en dicha década provienen de Else Rosenqvist y Kari-Anne Pedersen, del Norsk Folkemuseum de Oslo. También de Bjørg Larsen Rygh, de Cappelen Damm (cuya disertación sobre desagües y tuberías en la Cristianía de 1876 superó con creces sus responsabilidades). Asimismo, doy las gracias a Hilde Stoklasa, de la Oslo Cruise Network, y en especial un agradecimiento al personal del Grand Hotel de Oslo, que me dio de comer y de beber a cualquier hora del día y de la noche mientras escribía el primer borrador.

En Bergen: estoy en deuda con John Rullestad, quien me presentó a Erling Dahl, el exdirector del Museo Edvard Grieg de Troldhaugen, en Bergen. Erling es el biógrafo más destacado de Grieg a nivel mundial y ganador del Premio Grieg. Él y Sigurd Sandmo, el actual director del Museo Grieg, no solo me concedieron libre acceso a la casa de Grieg (¡hasta me permitieron sentarme frente a su piano de cola!), sino que compartieron conmigo sus amplios conocimientos sobre la vida y la personalidad del compositor. Erling también me presentó a Henning Målsnes, de la Orquesta Filarmónica de Bergen, quien me explicó cómo funciona una orquesta en el día a día, así como la historia de la Filarmónica durante la guerra. También estoy en deuda con Mette Omvik, que me facilitó numerosos datos sobre el teatro Den Nationale Scene de Bergen.

Erling me dio la oportunidad, asimismo, de conocer al consagrado compositor noruego Knut Vaage, que me expuso el proceso de la composición orquestal desde una perspectiva histórica. Doy las gracias también al personal del hotel Havnekontoret, de Bergen, que cuidó de mí durante mi estancia en la ciudad.

En Leipzig: estoy muy agradecida a Barbara Wiermann, de la Universidad de Música y Teatro Mendelssohn Bartholdy, y a mi encantadora amiga Caroline Schatke, de Edition Peters de Leipzig, cuyo padre, Horst, nos hizo coincidir en circunstancias sumamente fortuitas y emotivas.

No soy una persona aficionada a la náutica, de manera que en todos los temas relacionados con el mar recibí mucha ayuda de David Beverley y, concretamente en Grecia, de Jovana Nikic y Kostas Gkekas, de Sail in Greek Waters. Por su ayuda con mis indagaciones sobre la Fastnet Race, me gustaría dar las gracias al personal tanto del Royal London Yacht Club como del Royal Ocean Racing Club de Cowes. También a Lisa y Manfred Rietzler, que me sacaron en su Sunseeker un día entero y me mostraron lo que era capaz de hacer.

Me gustaría asimismo dar las gracias a mi fantástica ayudante, Olivia, y a mi diligente equipo de edición e investigación, compuesto por Susan Moss y Ella Micheler. Todas ellas han tenido que ser muy flexibles con sus horarios de trabajo para hacer malabarismos no solo con la serie de «Las siete hermanas», sino con la reescritura y la corrección de mis libros de catálogo.

A mis editores de todo el mundo, en especial a Catherine Richards y Jeremy Trevathan, de Pan Macmillan en el Reino Unido, a Claudia Negele y Georg Reuchlein, de Random House en Alemania, y a Peter Borland y Judith Curr de Atria, en Estados Unidos. Todos ellos han apoyado y abrazado los retos —y la ilusión— de una serie de siete libros.

A mi increíble familia, por su gran paciencia, pues en estos momentos vivo permanentemente pegada a un manuscrito y un bolígrafo. Sin Stephen (que también me hace de agente), Harry, Bella, Leonora y Kit, este viaje literario apenas tendría sentido. A mi madre Janet, a mi hermana Georgia y a Jacquelyn Heslop, y una mención muy especial a Flo, mi fiel compañero de escritura, al que perdimos en febrero y todavía extrañamos enormemente. También a Rita Kalagate, a João de Deus y a todos mis increíbles amigos de la Casa de Dom Inácio de Abadiâna, Brasil.

Y, por último, a vosotros, lectores, cuyo cariño y apoyo cuando viajo por el mundo y escucho vuestras historias me inspiran y dan lecciones de humildad. Y me hacen comprender que nada de lo que escriba puede compararse con la alucinante y siempre compleja aventura de estar vivo.

LUCINDA RILEY

Junio de 2015

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