La herida
Dos mujeres
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Dos mujeres
La monja se mira directamente a los ojos, que ni siquiera parpadean, y se sostiene un rato la mirada en el espejo. Tiene ojos castaños y una tez extrañamente curtida. Los hábitos negros y la toca sagrada no hacen juego con ese tostado atlético. Estamos más preparados para que las discípulas de Jesús muestren facciones pálidas tirando a rosadas, y no esta escandalosa tonalidad vital que implica muchas horas de intemperie. El sol le ha abierto a la monja pequeños surcos en la frente, en el entrecejo y alrededor de esa boca que no conoce el rouge, y se nota en su expresión una especie de cansancio moral, una tristeza profunda y prehistórica. Nada de todo eso logra menguar, sin embargo, su belleza límpida. Pero la contradicción entre uniforme monacal y bronceado caribeño sufre un vuelco con un pequeño y rápido movimiento que la hermana ejecuta sin afectación. Libre por fin del velo sacude su melena corta, que también resulta castaña aunque levemente encanecida, y deja la sensación de que se trata de una mujer que ya pasó los cuarenta y que además conserva un cierto encanto. A continuación, las maniobras se vuelven más aceleradas y decididas.
Se desprende tres botones de atrás y se quita por la cabeza parte de su atuendo; enseguida se deshace también de los interiores blancos y las medias. Dobla la ropa con precisión y amoroso cuidado, y la une a dos zapatitos negros. Deja el montón en un costado y vuelve a enfrentarse con el espejo. Ahora la monja está completamente desnuda, y se ven las marcas del sol en los brazos, los muslos y las pantorrillas. El resto del cuerpo es casi níveo, solo manchado por algunos lunares, los pezones oscuros y el vello púbico. Es delgada y tiene piernas estilizadas y musculosas. Las piernas de una corredora habitual. Ella ni siquiera parece estar evaluándose; solo sigue contemplando su reflejo con esa rara mezcla de indiferencia y melancolía. Finalmente, aparta la vista y recoge la ropa.
Sale con ella del baño, cruza desnuda la sala y baja los escalones de madera; en el sótano abre la caldera rugiente y arroja su antigua vida al fuego.
* * *
Después de merodear el caballete, observar la obra inconclusa desde distintos ángulos y juguetear en vano con los pinceles, la maestra suelta el trapo y sale a la galería. A veces la energía no se presenta y entonces insistir se vuelve algo peligroso: te puede conducir a la mediocridad o a un error insalvable. Lo mejor es dejar pasar el mal momento. El sol ejecuta sus aproximaciones finales sobre el horizonte, detrás de los sembradíos y los álamos. No hace ni frío ni calor en el valle, y solo se escucha el canto intermitente de los chingolos y los benteveos.
La maestra se pone una mano sobre las cejas a modo de visera y contempla la tranquera y la huella del camino. Lleva una camisola floja y manchada; unos pantaloncitos de tela de jean, desflecados y desteñidos, y el pelo negrísimo escondido en un pañuelo bohemio que alguna vez fue azul. A pesar de su aspecto informal, salta a la vista que es una notable morocha argentina y que cuenta con esa clase de apostura innata que, llegado el caso, hace de la hembra más insignificante también la más magnética y la más sensual. Fuera de su rutinario papel de maestra de escuela municipal, que cumple con desgano hasta el mediodía, la morocha se considera el resto del día una artista libre y gozadora, amiga de cruzar los límites y de experimentar nuevas sensaciones. De hecho es consciente ahora mismo de que ese carácter temperamental y a veces temerario la suele meter en desfiladeros calientes, y que posiblemente algo especial sucedió esta tarde. Sí, una estupidez, un cruce de palabras. Nada de importancia.
Pero están sonando desde hace horas su alarma íntima y el eco de sus vagos remordimientos, y seguramente a esa fugaz angustia se debe su bloqueo.
Rechista al reconocer ese caprichoso sentimiento y se encoge de hombros.
Luego retrocede hasta la sala, se sirve una copa de vino y prende un porro.
Chequea distraídamente los mensajes en el móvil y pone un disco a todo volumen de Led Zeppelin. Se queda unos minutos arrobada con «Escalera al cielo» y hasta canta el estribillo sobre la voz de Robert Plant. Más adelante, el ambiente cambia porque Whole lotta love la colma de ruido y de energía, y ella aprieta el botón de repetición automática mientras comienza a llenar la bañadera. Sobre los gritos orgásmicos del cantante la maestra superpone una y otra vez sus propios alaridos, y antes de quitarse la camisola se sirve una segunda copa. Está casi desnuda, semiborracha y alegremente confundida cuando percibe algo anormal. La música atruena y forma una especie de burbuja eufórica, pero aun así su sexto sentido la acuchilla. Con las tetas al aire, la copa vacía y rodeada de vapor, da unos pasos fuera del cuarto de baño y de pronto detecta una sombra. Tiene a esa altura los reflejos demasiado abotagados como para pegar un respingo, y es por eso que avanza como sonámbula en vez de retraerse con precaución. La sombra gira sobre su propia cintura, como si fuera un jugador de golf a punto de lanzar un golpe, y saca un brazo de vuelo curvo.
La maestra recibe el puñetazo en la sien y le estalla la conciencia: su cerebro se mueve violentamente como un flan dentro del cráneo y cae fulminada justo cuando Plant frasea: «Necesitas sosegarte, nena, no bromeo, voy a mandarte de vuelta a la escuela. Muy en el fondo, cariño, lo necesitas. Te voy a dar mi amor».