Diego despertó lentamente de su letargo, aturdido, sin saber dónde se encontraba ni lo que había ocurrido. Le parecía salir a gatas de un pozo oscuro profundísimo. Su sentido del espacio y el tiempo era confuso. Le dolía terriblemente la herida. Apenas podía moverse. Tenía una sed espantosa.
A costa de un supremo esfuerzo, abrió los ojos a ese abismo y vio inclinada sobre él, de pie, a la criatura más hermosa que hubiera contemplado jamás. Entonces comprendió de golpe: había rendido el alma y se hallaba en el cielo, junto a un ángel con rostro de mujer, como las que aguardaban a los mahometanos en el paraíso prometido por su dios.
No era esa la idea que él se había hecho de la gloria, aunque, lejos de decepcionarle, superaba con creces sus expectativas. Lo que no terminaba de explicarse era por qué, siendo él cristiano, esa belleza de piel morena iba vestida a la usanza mora y acababa de cubrirse el rostro con un velo de fina gasa. ¿Era un ángel o una hurí? Fuera una cosa o la otra, su hermosura lo dejó prendado.
—¿Cómo os encontráis, señor? —inquirió el ser de luz, tocándole suavemente la frente con su mano de piel sedosa—. Nos teníais muy preocupados…
—¿Estoy muerto? —acertó a decir él con boca pastosa.
—Todo lo contrario —repuso ella sonriente, casi burlona—. Estáis en trance de curación. Muy pronto recobraréis las fuerzas.
Y así fue.
Con la ayuda de múltiples emplastos, brebajes y tisanas, aplicados sobre la piel o bien administrados siguiendo las instrucciones precisas de Farah, el augurio se cumplió. Al cabo de pocos días el infanzón comenzó a comer con apetito, dar algunos pasos e incluso pretender cabalgar, si bien habría de esperar un tiempo antes de someterse a semejante prueba. Lo que no ofrecía dudas era su deseo ardiente de vivir.
Mientras Diego mejoraba a ojos vistas, Ahmed y sus hijos varones abandonaron las dependencias de los soldados, donde habían sido alojados en un primer momento, para instalarse en el castillo junto a la joven cuyos cuidados habían devuelto la salud al señor.
El reconocimiento de Jimena y Auriola a la labor de esos galenos se tradujo en una hospitalidad sin reservas, brindada a manos llenas a pesar de las estrecheces impuestas por los tiempos.
Diego no estaba menos agradecido, aunque sus sentimientos iban mucho más allá. Él creía haberse enamorado de la visión angelical contemplada tras su larga noche de tinieblas, pero a medida que fue descubriendo a la mujer poseedora de ese rostro de rasgos perfectos, ese amor impulsivo e irracional creció echando raíces profundas, adquirió formas definidas, desconocidas e insospechadas, se cargó de razones hasta el punto de inducir una decisión drástica.
Farah no tardó en ser sustituida por su padre a la hora de practicar al herido las curas frecuentes requeridas para su total restablecimiento, en razón del pudor exigido a una doncella. Pese a ello, Diego recurría al ingenio para atraer frecuentemente su atención, so pretexto de consultarle alguna molestia, real o imaginaria. Cuanto más la contemplaba, cuanto más la escuchaba exponer con vehemencia cuestiones relativas a su adorada ciencia, cuanto más dejaba traslucir ella esa personalidad embriagadora, que combinaba extrañamente dulzura, recato, osadía, humildad, determinación y sabiduría, más aumentaba en él la pasión, el deseo acuciante de poseerla en cuerpo y alma. Un deseo prohibido, desde luego, salvo que ella…
—¿Os casaríais conmigo? —le espetó un día a bocajarro, medio en serio medio en broma, aprovechando que se habían quedado a solas—. Dado que me habéis salvado la vida, tal vez queráis alegrármela a partir de ahora siendo mi esposa.
—El matrimonio no es asunto baladí —respondió ella en el mismo tono, dando por hecho que él habría abusado del vino a pesar de su convalecencia—. ¿Qué diría vuestra madre si os oyera?
—Lo ignoro y, si os soy sincero, me resulta indiferente —repuso él, cambiando el gesto, con una solemnidad que despejaba toda duda respecto de sus intenciones—. Únicamente me importa vuestra respuesta.
—¡Estáis loco, Diego! —Farah reculó instintivamente, barruntando una calamidad—. Sabéis tan bien como yo que jamás sería posible. Vos sois cristiano y yo musulmana.
—Podríais convertiros —sugirió él, consciente de ese abismo insondable—. No seríais la primera ni la única.
—¿Por qué habría de hacer tal cosa? —replicó ella, ofendida.
—Porque os amo. ¿Acaso no basta?
—No —constató ella con fría sensatez—. El amor no es suficiente para concertar un matrimonio. Pesan más otros requisitos como la fortuna, la posición social, la amistad entre las familias y el primero de todos, la religión, que no compartimos…
—¿Vos me amáis? —la interrumpió él casi de forma abrupta, indiferente a esa retahíla.
Como le respondiera un silencio elocuente, que no entraba en sus planes y se negó a interpretar del único modo posible, Diego siguió desgranando argumentos acopiados sobre la marcha, con la esperanza de convencerla:
—Nuestro rey, don Alfonso, espera un hijo de Isabel, la viuda de Fath al-Mamún, antes llamada Zaida. Ella aceptó el bautismo porque él se lo suplicó al saberla embarazada y, si Dios quiere que ese infante sea un varón, a buen seguro lo convertirá en su heredero. El amor, como veis, obra milagros. Esa princesa llegó a Toledo huyendo de Córdoba, igual que vos, y por amor ahora es cristiana…
—Y sigue viuda —apostilló Farah, despectiva, trufando ese comentario de un agrio reproche al rey de España.
—Solo porque el soberano sigue casado con doña Constanza, muy a su pesar. Ella está enferma, aunque todavía vive, y nuestra religión, a diferencia de la vuestra, no contempla el repudio de la esposa sin un motivo fundado. En caso contrario, don Alfonso habría contraído nupcias con Isabel, a quien otorga todos los honores debidos a una mujer legítima. Yo, por el contrario, soy libre. Libre de unir mi destino al vuestro, si me aceptáis a vuestro lado y permitís que la Iglesia bendiga nuestra unión.
Farah estaba acorralada. Ella apreciaba al infanzón, pero no lo amaba. Claro que nunca había experimentado ese sentimiento. ¿Cómo reconocerlo entonces? Le gustaba Diego, eso sí. Era apuesto, atento, cortés, generoso. La trataba con un respeto muy superior al que estaba acostumbrada a recibir de los hombres, aunque solo fuera porque era consciente de deberle la salud. Con el tiempo, pensaba, podría llegar a amarlo. O no. En cualquier caso, salvo milagro, no encontraría un marido mejor.
Pese a lo cual, siguió porfiando:
—He rechazado a más de un pretendiente. ¿Sabéis por qué?
—Seguro que vais a decírmelo.
—Porque tendría que renunciar a mis sueños.
—¿No os bastaría ser mi esposa y cuidar de nuestros hijos?
—No, si no pudiera atender a los enfermos que llamaran a mi puerta.
—¿Y quién os lo impediría?
—Supongo que vos…
—¿Por qué iba yo a privar a otros de lo que tanto me benefició?
Diego empezaba a pensar que tal vez no estuviera todo perdido, lo que le animó a recurrir a la última de las razones que guardaba en la reserva:
—Si abrazáis mi fe, no os arrepentiréis. Vuestra ciudad pronto será cristiana y regresaréis a ella de mi brazo.
—¿Qué os hace albergar tan disparatada esperanza? —repuso ella—. Córdoba es presa de los almorávides y lo será por mucho tiempo, creedme. Vos mismo habéis sido testigo de su empuje.
—Voy a confiaros un secreto —anunció él a guisa de respuesta—, si me juráis no revelarlo.
—Muy bien…
—Lo sé por una profecía.
Ella lanzó una carcajada sonora.
—¿Os burláis de mí? No parecéis el tipo de persona que da crédito a esas paparruchas.
Diego cambió radicalmente de expresión, de actitud y de tono. Su voz adquirió tintes severos, al tiempo que respondía:
—Jamás me burlaría ni de vos ni de esta cruz que llevo colgada al cuello. ¡¿La veis?! —exclamó, enfadado, señalándola—. Perteneció a mi bisabuelo, Tiago, hecho cautivo en Compostela y asesinado por vuestro caudillo, Almanzor, precisamente en Córdoba. Desde lo alto del madero al que lo clavó ese malnacido profetizó la suerte atroz que correría su estirpe, anunció el fin del califato, tal como aconteció, y finalmente auguró que su dios sería glorificado en la Mezquita Mayor. Creedme pues cuando os digo que vuestra ciudad pronto rezará al Dios trino.
La revelación de ese episodio dejó a Farah sin habla, preguntándose si realmente ese cristiano poseería dotes adivinatorias o si su ejecución habría sido mitificada por los mozárabes cordobeses con el propósito de darse ánimos ante las muchas penalidades que debían soportar. En cualquiera de los casos, Diego la tenía por cierta. Se trataba de su propia sangre, lo que justificaba plenamente su enojo.
—Os pido disculpas, señor —musitó compungida—. No pretendía ofenderos.
—Lo sé —respondió él, más tranquilo—. Tampoco era mi intención faltaros al respeto ni mucho menos mentiros. No echéis en saco roto mi propuesta. La he formulado movido por los sentimientos más puros, con plena conciencia de sus implicaciones.
La irrupción de Ahmad en la estancia libró a Farah de responder.
El médico venía a interesarse por el estado de su paciente, aunque la conversación no tardó en derivar hacia su propio desgarro, causante de un dolor creciente para el cual su bien surtida botica no contenía remedio.
—Cuando cerré la puerta de mi casa —confesó, animado por la intimidad que había llegado a compartir con el infanzón—, sentí sobre las espaldas un peso tan real como el de la alforja cargada en mi mula. Ya sé que no somos los primeros exiliados de Al-Ándalus ni tampoco de vuestra España. Sé que muchos recorrieron antes ese camino de lágrimas, lo cual no constituye un consuelo para mi pena.
—Regresaréis a vuestro hogar —aventuró su anfitrión, sin desvelar los motivos de su certeza—. Y hasta entonces, sois bienvenido en el mío. Pero decidme, ¿en verdad es tan terrible la situación en la taifa?
—¿Creéis que estaríamos aquí si no lo fuera?
—No, nadie se marcha por gusto.
—Quien falta a la oración o la cumple con descuido a juicio de los africanos es ejecutado en el acto —reveló Ibn Bayya, estremecido—. Basta una denuncia anónima. Los nuevos amos de la ciudad las alientan, lo que ha desatado una oleada de venganzas e insidias que solo buscan dar cauce a viejos rencores. Yo mismo fui objeto de calumnias por parte de un antiguo discípulo despechado.
—No puedo ni imaginar lo que estarán sufriendo nuestros hermanos cristianos —apuntó Diego, insensible al desgarro del galeno.
—Pronto no quedará ninguno en Córdoba, como tampoco judíos ni mentes libres. ¡Tantos amigos médicos han sido expulsados o pasados a cuchillo sin motivo! Si supierais cuánto recé para que Alá detuviera a esas fieras, para que les impidiera destruir la obra inspirada por su sabiduría y erigida en su santo nombre…
Ahmad continuó desgranando las férreas disposiciones dictadas por los almorávides: vigilancia y estrecho control de las bebidas fermentadas, estrictamente prohibidas so pena de ajusticiamiento inmediato. Mismo castigo para los acusados de reunirse a escuchar cualquier clase de instrumento musical, todos ellos considerados vestigios de los tiempos paganos anteriores al islam…
—Idéntica condena pesa sobre los libros, considerados sacrílegos —añadió, reprimiendo con esfuerzo los sollozos—. Ni siquiera el hayib Abu Amir llegó a tanto cuando ejerció su tiranía sobre el califato. En aras de congraciarse con los alfaquíes, él también mandó quemar millares de manuscritos atesorados por Al-Hakam, ¡que Alá lo tenga en su gloria!, pero al menos salvó los que versaban sobre medicina o matemáticas. Ahora solo está permitida la lectura del Corán.
—¿Y qué es de la mezquita aljama? —quiso saber el infanzón, rumiando en su cabeza la historia de su antepasado—. ¿Todavía la alumbran dos lámparas fundidas con el bronce de las campanas robadas al apóstol Santiago en su templo?
Semejante pregunta desconcertó al médico, temeroso de dar una respuesta incorrecta e incurrir en la ira del cristiano. Tras reflexionar unos instantes, se aventuró a contestar:
—No conocía el origen de esas hermosas lámparas, cuya belleza honra la mano de quien las fundió.
—Tal vez algún día os hable de ese herrero —dejó caer el infanzón, misterioso—. Ahora proseguid vuestro relato, os lo ruego.
—Córdoba se ha convertido en un gigantesco patíbulo —concluyó el galeno su lamento—. Las guarniciones africanas se comportan como tropas de ocupación. Todo lo hermoso está proscrito. Todo el saber, satanizado. Buena parte de lo que amaba, perdido. Ignoro si habrá un lugar para nosotros aquí, pero estoy completamente seguro de que no quiero vivir en ese mundo que rechaza mis valores más sagrados. Y menos aún deseo que sea el hogar de mis hijos.
Esa expresión de pesadumbre produjo en Diego un placer perverso. Aun siendo Ahmad inocente de toda culpa, el declive que describía no podía sino alegrarle. Respondía exactamente al augurio de su bisabuelo y preludiaba lo que estaba por venir. El flagelo almorávide era a su entender solo un anticipo. Ahora veía con absoluta claridad su destino: vengar la muerte de Tiago y devolver las campanas de Santiago a su lugar, dando así cumplimiento al último punto de su profecía.
Antes, no obstante, debía hacer lo necesario para conquistar a Farah.
A diferencia del infanzón, Auriola tardaba en recuperarse. Los años parecían haberle caído encima de golpe, con un efecto devastador sobre su naturaleza hasta entonces tan recia. Semejaba un roble hendido por el rayo, aferrado a sus viejas raíces aunque en trance de secarse. Su cuerpo rehusaba obedecer las órdenes de su voluntad menguante. Estaba cansada de vivir. Cansada de luchar.
Aquella mañana dormitaba frente a la gran chimenea, encendida para combatir el frío alojado en sus entrañas como elocuente embajador de la parca, cuando Diego se acercó a besarla con ternura.
—Buenos días, abuela.
—¿Qué tienen de buenos? —La frustración ante su declive era una fuente de amargura que no intentaba disimular, máxime ante el temor de abandonar este mundo sin haber logrado asegurar la continuidad de su estirpe.
—Vengo a confesarte un secreto —trató de animarla él—. ¿No te parece un motivo de alegría?
—Depende —respondió ella lacónica.
—Me he enamorado.
Lo dijo con tal rotundidad que Auriola salió de su torpor y se incorporó, haciendo gala de una agilidad sorprendente, en aras de acercarse a él lo suficiente para poder leer en sus ojos.
—¿De quién? —inquirió, atónita.
—De Farah.
—¡En nombre de Dios, Diego, se trata de una musulmana! —exclamó escandalizada, llamando al muchacho por su nombre, cosa que solo hacía cuando estaba realmente enfadada—. ¿Has perdido la cabeza? Esa mujer no debió de sacarte un trozo de flecha, sino los pocos sesos que tenías.
La Dueña tenía otros planes para su nieto. Planes urdidos con la anuencia de Jimena y la ayuda de María Velasco, quien tras una meticulosa búsqueda había encontrado a una candidata idónea, descendiente de un antiquísimo linaje astur. Planes cuyo éxito había celebrado evidentemente antes de tiempo, toda vez que la fatalidad parecía empeñada en malograrlos.
Aun así, no se rendiría sin combatir.
—Debes recapacitar, mi chico —añadió, más serena—. Tienes responsabilidades, deberes para con tus hombres, un compromiso ante tu Rey…
—Mi Rey se ha amancebado con una mahometana convertida, abuela.
—Pero no la ha desposado. ¿Es que no ves la diferencia?
—Él ya tiene esposa. Yo no. Y amo de verdad a Farah, no me limito a desearla. Me inculcaste desde pequeño el sentido del honor. ¿Ahora me pides que lo ignore?
Esa respuesta descolocó a la anciana, quien ansiaba la felicidad de ese mocete por encima de cualquier otra cosa, incluida la suya propia.
—Estuve muy cerca de la muerte —continuó desahogándose él—. Vi su rostro con la suficiente claridad como para discernir lo importante de lo contingente y anhelar perpetuar mi sangre antes de perderla para siempre. ¿No eras tú quien me suplicaba que sentara la cabeza?
—Sí, aunque no de este modo.
—Pues ella es la madre que quiero para mis hijos, abuela —concluyó el infanzón—. No necesito tu bendición, aunque me harías un regalo inmenso otorgándomela sin condiciones y acogiéndola en tu corazón generoso.
¿Cómo rechazar semejante petición? No solo procedía de su mocetico del alma, sino que la colocaba ante el espejo de un pasado que no cambiaría por nada. Ella y Ramiro se habían elegido libremente, ignorando prejuicios o intereses. Juntos habían construido una existencia dichosa. ¿Era justo impedir a Diego tratar de alcanzar lo mismo?
Vencida, lanzó una última estocada:
—¡Pero se bautizará en nuestra fe antes de los esponsales!
—Lo hará —convino él, gozoso—, y tú serás su madrina.
Persuadir al padre de la novia resultó ser más sencillo.
Ahmad ibn Bayya era un hombre derrotado, privado de esperanza y abocado a sobrevivir entre dos mundos igualmente extraños, ninguno de los cuales le resultaba acogedor. Su única preocupación era proporcionar seguridad y sustento a su progenie, toda vez que cualquier posibilidad de progreso había sido barrida por la marea almorávide. Y tanto el sustento como la seguridad dependían de su disposición a integrarse en una sociedad cristiana. ¿Ofendería a su anfitrión oponiéndose a sus deseos? No se veía con fuerzas.
Farah era la niña de sus ojos. Su alegría, tal como expresaba su nombre en lengua árabe. Su debilidad. Le costaba entregársela a un infiel, aunque lo haría sin vacilar, siempre que ella diera su consentimiento. Si su hija aceptaba al infanzón por esposo, él no se interpondría.
Tras acordar los términos de la eventual unión con el señor de la alcazaba, esa misma noche se dispuso a hablar con ella.
—Don Diego me ha pedido tu mano —fue directamente al grano, mientras compartían una infusión en la alcoba del galeno.
—¿Y qué le has contestado? —Farah no estaba segura de lo que deseaba oír.
—Que respetaré tu voluntad.
—Ojalá la conociera yo misma, padre.
Ahmad no se esperaba esa respuesta y tampoco percibía con claridad cuál era la mejor decisión. Siguiendo su proceder habitual, se dejó guiar por la observación de los elementos disponibles para el análisis, con el empeño de arrojar luz sobre el dilema al que se enfrentaban.
—Nuestro anfitrión es un hombre noble, dispuesto a honrarte como mereces. Es poderoso, posee bienes suficientes para proporcionarte una vida holgada y dice sentir un hondo aprecio por tu persona.
—¿Quieres decir que debo aceptarlo a pesar de ser cristiano?
—No. —El amor que le inspiraba esa hija tan parecida a él siempre le había llevado a desafiar la tradición de imponerle en todo su criterio—. Yo solo digo que nuestra situación aquí es precaria y hemos sido afortunados recalando en esta casa. Don Diego ha de estar realmente prendado de tus encantos, porque renuncia a exigir la dote acostumbrada y extiende sin límite de tiempo la hospitalidad que ha venido brindándonos a tus hermanos y a mí.
Al otro lado de la cortina, oculto entre las sombras, el hermano de Farah escuchaba la conversación mascando rabia. La había ido acumulando gota a gota durante su estancia en el castillo, obligado a esconderse para elevar sus oraciones a Alá. Humillado por cada cucharada de comida que se llevaba a la boca, percibida como fruto de una caridad impura. Henchido de rencor hasta rebosar odio.
Llevaba tiempo sospechando que algo turbio se tramaba entre su hermana y ese cristiano arrogante al que habrían debido dejar morir. Los vigilaba de cerca, especialmente a ella, cuya actitud desvergonzada constituía un baldón para la familia, amén de un insulto a las enseñanzas del Profeta y a su bendita esposa, Fátima, ejemplo de mujer intachable. Las palabras pronunciadas esa noche en la alcoba ya no dejaban margen a la duda. Si él no le ponía remedio, Farah los arrastraría a todos a un abismo de pecado imperdonable a los ojos de Alá.
Armado de un cuchillo robado en la cocina, irrumpió en la estancia, furibundo, para abalanzarse sobre su hermana, determinado a impedir que consumara esa coyunda infame.
—¡Suelta ese puñal, Ibrahim! —le ordenó tajante su padre—. ¡Y libera de inmediato a Farah!
—Ya no te escucho, padre —le espetó él fuera de sí—. No mereces mi respeto y menos aún mi obediencia.
—No hay nada decidido —cambió de táctica Ahmad, temeroso de acrecentar la locura de su hijo—. Solo estábamos hablando…
—¿De vender nuestra alma a un infiel? —Los ojos de Ibrahim brillaban de ira, mientras con una mano tapaba la boca a su hermana y con la otra asía la daga que amenazaba su cuello—. No hay compensación económica que pueda justificar semejante ultraje, padre. ¿Es que no te das cuenta? Ese cristiano politeísta nos deshonra y nos condena.
—El señor de esta alcazaba nos ha acogido en su casa —trató de apaciguarlo el médico, acercándose lentamente—. Le debemos gratitud y respeto.
—¡Detente o la mato! —chilló enfurecido su hijo—. ¿Acaso nos respeta él pretendiendo mezclar su sangre con la nuestra? ¿Acaso respeta nuestra religión instando a Farah a cometer el más grave de los pecados al abjurar de su fe?
—La decisión es suya, Ibrahim, no te corresponde a ti.
—Una mujer no es quién para decidir nada —sentenció él con desprecio—. Claro que la culpa no es suya, sino tuya por envenenarla con tus libros y tus fórmulas. Ahora el mal ya está hecho.
Farah se debatía con todas sus fuerzas para librarse del garfio que la apresaba, sin conseguirlo. Su hermano la superaba en estatura y parecía animado, además, por un vigor sobrehumano, semejante al inducido por ciertas drogas. Ciego de ira, seguía cubriendo de reproches a su padre.
—No debiste arrastrar nuestro honor por los suelos trayéndonos aquí. ¡Mira lo que has provocado! Las tierras del rey cristiano son la Casa de la Guerra. El Profeta, ensalzado sea su nombre, nos llama a luchar contra sus soldados hasta vencer o morir. ¿Y qué haces tú? ¿Qué hace ella? Entregaros al primer cristiano que os ofrece un mendrugo de pan.
Me dais asco. Yo reniego de vosotros.
—Hijo, deja de una vez ese cuchillo y podremos buscar el modo de resolver este asunto —insistió su padre, armándose de paciencia.
—¡Ni un paso más! —volvió a bramar Ibrahim.
El ruido había alertado al señor del castillo, quien irrumpió en la estancia sofocado, tras subir de dos en dos los escalones que conducían al piso donde estaban alojados sus huéspedes. La escena que se encontró lo llenó de espanto, aunque no lo paralizó. Lejos de amilanarse, se arrojó sobre el muchacho sin más armas que sus puños. No calculó la magnitud del fanatismo que anidaba en el corazón de ese chico.
Viéndose perdido, Ibrahim cerró los ojos un instante, pronunció una invocación en árabe y mientras lo hacía rebanó la garganta de su hermana, de izquierda a derecha, como si estuviera sacrificando un cordero. Luego la dejó caer, ahogándose en su propia sangre, para encararse con Diego.
—No será tuya, perro —escupió sobre el cuerpo inerte de Farah—. No nos cubrirá de vergüenza apostatando de su religión. No blasfemará de Mahoma para convertirse en tu puta. De acuerdo con nuestra ley sagrada merecía morir y yo he sido elegido para hacer justicia. ¡Alá es el más grande!
Ahmad se había arrojado al suelo, gimiendo como un animal herido. Trataba de taponar con sus manos el torrente púrpura que manaba del cuello cercenado de su hija, en un vano intento de salvarla.
Para entonces Farah ya había abandonado este mundo.
Diego profirió un aullido bestial y se lanzó contra el verdugo, impulsado por una ira salvaje. Lo habría matado a golpes allí mismo, aplastando su cabeza contra las tablas del suelo, de no haber llegado en ese momento Jimena, alertada por el jaleo, acompañada de dos guardias. Ellos lo separaron a duras penas del asesino, a instancias de la señora. A rastras se lo llevaron a sus aposentos, a la espera de conocer lo que dispondría una vez recuperada la cordura, y al moro lo cargaron de cadenas antes de encerrarlo en una celda contigua a la que acogió a los supervivientes de la familia Ibn Bayya.
En el centro del patio de armas fue levantado un patíbulo. Diego habría querido infligir personalmente un tormento largo a ese hijo de Satanás, aunque su madre y su abuela lo convencieron de desistir. No era propio de un señor mancharse las manos con tan vil quehacer ni existía muerte más infamante que la sufrida en la horca. Por eso era la reservada a los criminales de peor ralea.
Ibrahim caminó hasta el cadalso por su propio pie, convencido de ir al martirio y de ahí directamente a la gloria, hasta que vio a un cerdo amarrado a un poste situado junto a la horca. Entonces empezó a temblar.
—¿Ves a este puerco, cobarde? —le dijo el infanzón en voz baja, con una frialdad aterradora—. Va a ser sacrificado contigo. Te acompañará al sepulcro, envuelto en tu mismo sudario. Vuestras carnes se pudrirán juntas por toda la eternidad. No habrá dios que te libre de pagar por lo que hiciste.
El condenado porfió, amenazó, suplicó perdón e imploró clemencia, aunque fue en vano. Las puertas del paraíso no se abrirían para él si su cuerpo era enterrado junto al de un animal impuro. Su verdugo lo sabía y por eso había dispuesto una pena proporcional a su crimen.
Murió Ibrahim entre alaridos, ante los ojos de Hixam y Ahmad, expulsados de la fortaleza al acabar la ejecución. Ni uno ni otro tenían culpa, lo que no cambiaba nada. Tampoco ellos habrían deseado permanecer en ese lugar.
Diego no volvió a ser el mismo. Se sumió en un mutismo absoluto. Razonaba, decidía, dictaba órdenes escuetas a su gente y acudía a la mesa compartida con su madre, donde no pronunciaba palabra. Se había vuelto irreconocible. Un hombre roto cuyo dolor tomaba la forma del hielo. Un motivo de honda tristeza para Jimena, encerrada junto a él en esa pena infinita, y la causa de que Auriola perdiera definitivamente el deseo de seguir viviendo.
La edad se había tornado una losa insoportable. Ya no se tenía en pie. Apenas probaba bocado. Tampoco ella hablaba mucho, excepto para rezar o enzarzarse en conversaciones incomprensibles con un ser imaginario que solo podía ser Ramiro.
Había llegado al final, aunque no podía marcharse sin hacer una última cosa. Por eso mandó llamar a ese nieto tan distinto a Diego, perdido en su infierno interior. Tenía que hacerle un ruego y arrancarle una promesa.