—Es la hora, mi chico. —La voz de la navarra, antaño un trueno, apenas resultaba audible.
—Ve en paz, abuela —respondió Diego, escueto, sin lágrimas que derramar al tener el corazón reseco.
—No puedo.
—Claro que sí. —No era un consuelo, sino la fría constatación de un hecho, que matizó añadiendo con la misma indiferencia—: En el cielo te esperan tu esposo y tu hijo.
—Ramiro no descansa. —Se agitó ella, tratando en vano de incorporarse—. Yo tampoco lo haré.
—Voy a buscar a un sacerdote —repuso el infanzón, convencido de que la moribunda hallaría sosiego al recibir los santos óleos.
—¡No! —lo detuvo ella, sujetándole la mano con un vigor inaudito—. Dame tu palabra.
—¿Palabra de qué?
—Escucha. —Auriola notaba que se le agotaba el tiempo antes de ver cumplido el mayor propósito de su existencia—. Debes casarte, tener hijos.
—Es tarde para eso…
—¡Dame tu palabra! —insistió ella, con la voz quebrada por el llanto.
Diego calibró durante unos instantes el alcance de esa súplica.
Si persistía en su rechazo, la mujer que agonizaba ante él abandonaría la vida presa de una angustia atroz. A ella le debía cuanto había llegado a ser. Eran su ejemplo y su coraje, su empuje, su fe en él, su respaldo incondicional, su generosidad ilimitada los que le habían permitido alcanzar la posición que ocupaba en la hueste del rey Alfonso. La deuda contraída superaba con creces el pago solicitado. ¿Se perdonaría a sí mismo dejarla marchar afligida por tal muestra de ingratitud?
Por otra parte, la palabra era el bien más preciado de cuantos llegaba a poseer un hombre. Una vez comprometida, únicamente un bellaco la traicionaría incumpliendo un juramento formulado en semejante trance. Y él no se consideraba un bellaco. ¿Sería capaz de asumir las consecuencias derivadas de formar una familia, cuando su único deseo era batallar hasta morir para reencontrarse con Farah?
—Me casaré —respondió sin emoción—. Tienes mi palabra.
En el salón aguardaba Jimena, imbuida de serenidad. Estaba de pie, contemplando el fuego, en apariencia resignada a la fatalidad. Se consideraba afortunada por haber gozado tantos años de su madre y solo deseaba que pudiera descansar al fin, libre de preocupaciones. En su fuero interno ya le había dicho adiós, o con más exactitud «hasta pronto». Porque la muerte era un tránsito hacia una vida mejor donde volverían a encontrarse para gozar eternamente de la gloria. Un tránsito. Solo eso. Aunque doliera a rabiar.
Diego la observó, embelesado, como si la viera por vez primera, porque por primera vez veía en ella a su abuela. Vestía con sobriedad, una saya de paño oscuro, carente de adornos, cuya austeridad realzaba la esbeltez de su figura madura. Su melena color ceniza permanecía oculta bajo la toca blanca ceñida, marco sencillo de un rostro hermoso, aun habiendo perdido la frescura. Era una réplica perfecta de la imagen que evocaba su mente cuando pensaba en Auriola. En virtud de algún sortilegio, las dos se habían fundido en una.
—¿Has hablado con ella? —La forma de preguntar de su madre denotaba que estaba al tanto de todo.
—Sí.
—¿Y?
—Me casaré —confirmó él con desgana—. Os lo debo tanto a ella como a ti.
—Antes de que sobreviniera esta tragedia, te había buscado una esposa perfecta —añadió Jimena, reacia a expresarse de manera más concreta por miedo a despertar la ira agazapada en el interior de su hijo—. De ahí nuestra felicidad y la fiesta que celebramos. ¿Recuerdas?
Diego no quería recordar. Había cerrado las puertas a cualquier clase de alegría. Por eso advirtió, amenazante:
—Me casaré y engendraré a ese sucesor que tanto parece importaros, pero no me pidas que ame a la mujer que me habéis escogido.
—El amor viene con el tiempo, hijo —replicó ella, sintiéndose transportada a un pasado en el que había oído exactamente lo mismo en boca de su madre—. El matrimonio es cuestión de respeto, conveniencia y amistad. Verás cómo la muchacha te complace. Procede de una excelente familia…
Juana tenía una edad cumplida, veinte años, y una dote escasa, pero un linaje antiquísimo cuyos orígenes se remontaban a la era del primer Alfonso, príncipe de Asturias.
De acuerdo con la información contenida en la carta de María Velasco, la muchacha descendía por línea directa de un guerrero godo enrolado en las filas del monarca apodado el Cántabro y de una mujer perteneciente a la más alta nobleza astur. Una de sus antepasadas había adquirido cierta fama en su tiempo, por acompañar al Rey Casto en su peregrinación al sepulcro de Santiago tras la milagrosa aparición de sus reliquias. El árbol frondoso de tan digna genealogía extendía sus ramas al otro lado de las Montañas de Dios, donde Alfonso II había premiado a la dama otorgando a su primogénito una presura celosamente conservada desde entonces.
La familia, añadía la misiva, había ido empobreciéndose con el transcurso de los siglos, aunque atesoraba un patrimonio incomparable constituido por la memoria de hechos legendarios transmitida de generación en generación. Un tesoro único, de enorme valor, que sin duda haría las delicias de Diego, además de ennoblecer su alcurnia al emparentar con gentes de inmejorable extracción.
La candidata propuesta era la séptima hembra de una prole compuesta por doce vástagos, lo que acreditaba de sobra su potencial de buena paridora. Si permanecía soltera era únicamente debido a la imposibilidad de proporcionarle una dote, sumada a la negativa paterna a desposarla con un hombre de condición inferior a la suya. Por lo demás, se trataba de una doncella atractiva, educada, de trato fácil y bien dispuesta. Una esposa a la medida de su nieto, concluía la vieja amiga de Auriola, a quien colmaría de dicha.
Diego no encontró razón alguna para oponerse. Fuese hermosa o repulsiva, alegre o amargada, inteligente o necia, dulce o agria, esa mujer nunca llenaría el vacío dejado por Farah. ¿Por qué habrían de importarle su ascendencia o sus cualidades? Bastaba con que cumpliera su cometido de darle hijos. No se le pedía más.
Una mañana lluviosa de otoño partieron dos jinetes al galope de la alcazaba de Mora. Uno se dirigía a toda prisa a Toledo, con el encargo de traer a un clérigo provisto del viático. El otro viajaba más lejos, a las estribaciones de la cordillera astur, donde una joven casadera esperaba impaciente recibir noticias de un posible marido para ella.
Corría el año 1092 de Nuestro Señor.
Auriola se moría.
La promesa formal de su nieto le había proporcionado unos días más de aliento, que aprovechó para despedirse del mismo modo en que había vivido.
—Honrad la sangre —murmuró en su lecho, a cuyo cabecero velaban Jimena y Diego, ella rezando, él anhelando que el suplicio acabara cuanto antes. Después, señalando con la punta de un dedo la cruz que el infanzón llevaba al cuello, añadió con un hilo de voz—: No la traiciones.
La Dueña entregaba el alma sin proferir una queja, concluido un largo camino de brega. No se rendía. Llegaba al fin a la meta que se había marcado al partir.
Su respiración se fue haciendo más ruidosa, como si al aire le costara pasar de su boca entreabierta a sus pulmones. La colcha que la cubría subía y bajaba al compás de ese movimiento agónico, añadiendo un crujido de sábanas al lamento desgarrador procedente de su garganta. Fuera llovía a cántaros.
Superada por la tristeza, Jimena se ausentó de la alcoba pretextando ir a comprobar si había llegado el cura que habían mandado a buscar. El infanzón estaba más hecho a la dureza de la muerte y permaneció junto a su abuela, sujetando su mano con firmeza. La capacidad de amar le había sido amputada, pero no así la de sufrir. De ahí que esa lenta agonía le produjera tanta aflicción como rabia. ¿Por qué se ensañaba Dios con una persona intachable como Auriola de Lurat? ¿A qué esperaban los ángeles para venir a llevársela?
De pronto, el ronquido cesó. Diego creyó que su ruego había sido escuchado, pero no tardó en constatar su error. Su abuela había abierto los ojos. Parecía ver algo infinitamente bello, aunque lo miraba a él. Su rostro crispado había recobrado la serenidad para dibujar una sonrisa, la última, dedicada a su mocetico, que estaba allí para recibirla. Ya podía descansar en paz.
Entonces, sí, Diego dejó fluir libremente su dolor junto a sus lágrimas. El poder de ese regalo postrero recompuso lo que estaba roto. Fue un bálsamo para su herida. Una lección de vida contenida en un gesto puro, cuyo significado iba mucho más allá de una mera muestra de cariño. Era una invitación a seguir, a gozar, a recuperarse a sí mismo.
Presa de un profundo sentimiento de ternura, cerró los ojos de la difunta y depositó un beso en su frente, mientras se juraba a sí mismo acatar su voluntad. Tal vez nunca llegara a amar a esa dama que le había asignado por esposa, pero la respetaría, la honraría y se esforzaría por buscar en ella tanta nobleza como su abuela había descubierto en él, incluso cuando nadie más la veía.