La dueña

La dueña


Capítulo 41

Página 45 de 51

41

La primavera regresó, acompañada de guerra.

Los africanos cruzaron de nuevo el Estrecho para correr a sangre y fuego las tierras ganadas por los cristianos, incapaces de resistir a la brutalidad de esas embestidas. Una y otra vez eran desbordados y vencidos en el campo de batalla, donde cientos de soldados caídos servían de pasto a los buitres. Una y otra vez el Rey se veía obligado a refugiarse en algún castillo, confiando en la escasa paciencia de esos guerreros del desierto, más hábiles en campo abierto que manteniendo un asedio.

El señor de Mora nunca había puesto más ardor en el combate. Se ofrecía para encabezar cualquier misión suicida. Su mesnada ocupaba siempre la vanguardia de la tropa. Algo en su interior lo empujaba a buscar la muerte, pero esta se mostraba esquiva. Y así, al amparo de ese escudo sostenido por el destino, llegó al día de su boda sin sufrir un rasguño.

Juana respondía fielmente al retrato trazado por María Velasco. Era agradable a la vista, risueña, humilde, despierta. Hilaba y cosía con pulcritud, sabía ordeñar una vaca, cuajar mantequilla o cocer pan. Estaba acostumbrada al trato con los niños, dado que había criado a varios hermanos pequeños, pero por encima de todas esas cualidades sobresalía una mucho más rara: poseía un arsenal inagotable de historias, cuyos protagonistas vivían un sinfín de peripecias en los confines difusos entre el pasado y la fantasía.

—Desciendo de una antigua saga de Guardianas de la Memoria —justificaba en tono misterioso sus dotes de narradora—. Mi abuela heredó de la suya la habilidad de relatar aventuras, que esta a su vez había escuchado de labios de su bisabuela…

Jimena adoptó desde el principio a esa muchacha, llamada a alegrar su vejez proporcionándole compañía y nietos. Diego se mostró cortés con ella, fue caballeroso en el trato y delicado en la intimidad, lo cual superaba con creces lo que cabía esperar a una dama de alta cuna desposada con un caballero de frontera. La novia venía feliz de haber escapado al convento, única alternativa a ese matrimonio tardío, aunque recelosa ante la probabilidad de toparse con un ser rudo y a lo peor violento. Todo lo contrario del hombre que acabó llevándola al altar. ¿Qué más podía pedir?

Lope, primer fruto de ese enlace, nació transcurridos nueve meses desde la noche de bodas, en el invierno del año 1094 de Nuestro Señor. Sus hermanas Muniadona y Leonor le siguieron a intervalos regulares, en 1096 y 1098. La benjamina pareció traer la paz debajo del brazo.

Su llegada coincidió con el retorno a su patria del caudillo almorávide, no sin antes devastar los campos de la antigua taifa toledana ganada para la Cristiandad por Alfonso, emperador de toda España.

En Consuegra había perecido degollado el único hijo varón del señor de Vivar, cuya hueste defendía con arrojo Valencia y Zaragoza, mientras las derrotas se sucedían, una tras otra, a medida que el emir afianzaba su base en Córdoba y sometía a su férreo control todo el territorio de Al-Ándalus.

La partida de Yusuf fue el mejor regalo de bautizo que recibió Leonor, aunque sus padres eran conscientes de que no sería duradero. El sarraceno más despiadado de cuantos habían conocido embarcaba hacia su desierto con la intención de volver, igual que había hecho en todas las demás ocasiones. Mucho antes de lo deseado correría los campos castellanos, arrasaría la tierra de España y haría cautivos a los cristianos, del mismo modo que perseguía con saña a sus hermanos tibios y apretaba el yugo sobre los mozárabes, cuando no los esclavizaba para venderlos en África.

Recién estrenado el siglo, en el verano del 1100, la pesadilla regresó a Toledo de la mano de un desconocido, Mazdali ibn Banlunka, lugarteniente de confianza del todopoderoso emir.

Alfonso se hallaba lejos, en Valencia, a donde había acudido respondiendo a la llamada de socorro de doña Jimena, viuda de su levantisco vasallo Rodrigo Díaz, fallecido poco tiempo atrás, acaso por la inmensa pena de haber perdido a su único vástago. Iba a tratar de conservar la plaza, amenazada por la enésima arremetida africana. Lo acompañaba el grueso de su ejército, aunque había dejado en la capital del Tajo una nutrida guarnición, entre cuyos capitanes destacaba Diego.

Caía un sol de justicia sobre el castillo de Mora cuando el señor llegó a sus puertas, a uña de caballo, como si lo persiguiera el mismísimo diablo.

—¡Nos vamos a la ciudad! —anunció a las mujeres, sin margen para la objeción—. Recoged lo mínimo indispensable y aprestaos a partir cuanto antes. No hay tiempo que perder.

—¿Qué ocurre, hijo? —se alarmó Jimena.

—Los moros están a dos días de aquí. Pronto nos caerán encima. ¡Quiera Dios que las murallas aguanten su embestida!

—¿Y el castillo? —inquirió su madre.

El infanzón eludió responder. No hacía falta. Ambos sabían que llevaría a cabo la misión asumida al aceptar la tenencia y defendería esa alcazaba con su vida. Bajo esa condición había obtenido del Rey tierras, rentas y vasallos. ¿Qué clase de caballero sería si faltaba a su deber?

—¿No nos acompañarás entonces? —Más que una pregunta, era una constatación.

—Me reuniré con vosotras cuando haya pasado el peligro.

Jimena dio por buena la explicación, tranquilizada por la seguridad que transmitía él al hablar. No era la primera vez que Mora sufría un asalto, y de todos había salido con bien, merced a sus sólidos muros.

Juana permaneció muda. Tenía un mal presentimiento. Llevaba días sintiendo ese desasosiego interior y conocía su significado. Desde niña había aprendido a interpretar las señales contenidas en sus sueños y sus percepciones. Una herencia familiar que aceptaba como algo natural, a veces agradecida de poder anticiparse a los hechos y otras, a su pesar. Esta era una de esas ocasiones.

Sabía que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Intuía que la desgracia acechaba, pero se obligaba a callar. De haber revelado sus pensamientos, la habrían tomado por una bruja. Y ella no había pedido ese don de la clarividencia, equivalente a una maldición cuando involucraba a la muerte.

El guardián del castillo no veía la hora de sacar a su familia de allí. Los informes traídos por los exploradores auguraban lo peor, al detallar la caída de varias fortalezas avanzadas, el incendio de cuantas aldeas y granjas había hallado en su camino esa hueste feroz o la ausencia de cautivos marchando tras su retaguardia, lo que indicaba que no hacían prisioneros. El africano venía a depredar, a sembrar la devastación a su paso. No mostraría piedad, ni a hombres, ni a mujeres, ni a niños.

—Nos veremos pronto —se despidió de su mujer, apremiándola a partir cuanto antes, de un modo que traslucía su propia incredulidad.

—Lo haremos —repuso ella, enigmática.

Ambos tenían motivos para creer que no sería en esta vida y esperanzas encontradas respecto de lo que les aguardaría en la otra. Diego deseaba ardientemente volver a abrazar a Farah. Su pasión permanecía intacta. Juana era conocedora de la rival imbatible que le robaba el amor de su hombre, aunque confiaba sin reservas en la misericordia divina.

—Hay un cielo para cada uno de nosotros, esposo —añadió, con la dulzura de siempre, acariciando el rostro barbudo de Diego—. Una eternidad de gozo, libre de añoranzas y de pena.

Él se obligó a devolver el gesto, pues comprendía perfectamente el sentido de esas palabras. Su mujer no las pronunciaba desde el rencor o los celos, sino movida por una inmensa capacidad de amar, no exenta de lucidez. Juana era singular, sorprendente y única. Una esposa a la altura de lo que Auriola había anhelado para él.

Si la hubiera conocido antes…

—¡Marchad ya o no llegaréis! —repitió, malhumorado, lanzando una mirada cargada de tristeza a los tres pequeños que se acurrucaban en el carro junto a su abuela.

—Los niños estarán bien —respondió Juana a su inquietud, convencida de que no mentía.

—¡Id con Dios!

Cuando el caudillo almorávide llegó a las puertas de Mora, al frente de un inmenso ejército, su defensor agradeció al Altísimo que su familia no estuviera allí. Desde lo alto del adarve, hasta donde abarcaba la vista, solo se divisaban guerreros. Enviados de la muerte dispuestos a aniquilarlos antes de saciar su apetito de revancha en Toledo.

Diego disponía de pocos hombres capaces de combatir, dado que algunos de sus mesnaderos se habían incorporado a la milicia de la ciudad. El castillo estaba prácticamente desguarnecido, repleto de campesinos acudidos a protegerse allí con sus mujeres y sus hijos, que serían masacrados en cuanto los sarracenos lograran abrir las puertas o escalar los muros. Solo cabía resistir el máximo tiempo posible para dar una oportunidad a los prófugos de ponerse a salvo en la capital, y a ello se dispuso el infanzón, encomendándose a Santiago.

Tras repartir a sus arqueros a lo largo del camino de ronda, armar a los labradores, reforzar el portón apuntalándolo con gruesos troncos y acomodar a las mujeres y los niños en el interior de la casa, se subió a lo alto de un carro, vestido de hierro y coraje, para arengar a su gente.

—¡Hoy no vamos a morir! —proclamó a voz en cuello, buscando desesperadamente el modo de sonar convincente.

Le contestó un rugido encendido, acompañado por el ruido metálico de las espadas golpeando los escudos.

—Los sarracenos no traen máquinas de guerra, pasarán de largo —se mintió a sí mismo, con el vano empeño de engañarlos—. Y si no lo hacen, probarán la furia de nuestros aceros.

Ninguno de sus mesnaderos creía que fueran a tener esa suerte. Se habían enfrentado a los almorávides antes. Conocían su determinación implacable, su fiereza, la fuerza que les infundía el saber que, si caían luchando contra los cristianos, serían premiados en el paraíso con una multitud de vírgenes creadas para satisfacer sus caprichos.

Todos tenían miedo a esos soldados feroces. Miedo fundado en la experiencia, alimentado por el recuerdo de las batallas perdidas, los cadáveres mutilados, las pirámides de cabezas apiladas como tributo a ese dios despiadado. Un miedo cerval, agarrado a las tripas, que tomó la forma de otro bramido ensordecedor lanzado al aire del atardecer.

—¿Estáis conmigo? —retó el señor a sus soldados, alzando la espada al cielo—. ¿Lucharéis a mi lado una vez más por nuestras mujeres, nuestros hijos, nuestra tierra y nuestra fe?

Sus soldados aullaron de nuevo, borrachos de ese licor que corría por sus venas antes de cada choque mortal. Diego se unió al clamor, con la misma sensación de embriaguez, y como si una voluntad extraña se hubiera apoderado de él, oyó surgir de su garganta una última soflama:

—¡Honrad la sangre!

Al amanecer, todo había concluido.

Los almuédanos llamaron a la primera oración entonada en alabanza de Alá, el Clemente, el Bondadoso, concluida la cual el general dio rienda suelta a su tropa para entregarse al saqueo de la alcazaba conquistada.

Uno de los africanos identificó enseguida el cuerpo de quien había mandado la plaza, fácilmente reconocible por la calidad de su sobreveste, y se abalanzó sobre él. Tomó para sí el acero que había pertenecido a Diego, caído al lado de su cadáver atravesado por multitud de heridas, empezó a despojarlo de la loriga, a fin de incorporarla al botín, y al hacerlo se fijó en la joya que llevaba al cuello. Debía de ser algo precioso, porque el infiel había cerrado sus manos sobre ella, formando una suerte de cofre que le costó no poco trabajo abrir. ¿Un rubí engarzado en oro? ¿Una perla tal vez? Su decepción tomó la forma de un salivazo asqueado al constatar que se trataba de un objeto despreciable. ¿Tanto esfuerzo para eso? Era una mísera cruz. Una tosca cruz de hierro.

Ir a la siguiente página

Report Page