La dueña

La dueña


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Epílogo en tonos cambiantes

Año 1109 de Nuestro Señor

Toledo

Solo Toledo aguantó la brutal acometida al abrigo de sus antiguas murallas. Allí encontraron refugio cientos de prófugos procedentes de los territorios devastados, entre los cuales se hallaban Jimena, Juana, Lope, Muniadona y Leonor. El carro en el que viajaban fue de los últimos en traspasar la Puerta de Bisagra antes de que sus custodios la cerraran a cal y canto.

Dentro estaba la salvación. Fuera, terror y barbarie. La marea almorávide inundó la tierra cristiana preñándola de perdición, sin que hubiera sacrificio suficiente para contenerla.

Frente al castillo de Uclés fue herido de muerte Sancho, hijo de Alfonso y de Zaida, que encarnaba el sueño real de gobernar toda España; tanto la que rezaba a Cristo como la que invocaba al Profeta. Ese muchacho aún imberbe era el amor del monarca, su heredero, su esperanza. Junto a él cayeron siete condes de Castilla dispuestos a dar su vida para salvar la del infante, aunque su alarde de valor resultó infructuoso. La riada los arrolló a todos.

El destino había dispuesto que fueran tiempos de duelo. Tiempos de hijos huérfanos de padre y madres huérfanas de hijos. Tiempos de llanto y de luto. Tiempos de tinieblas que darían paso a la luz cuando Dios volviera a mirar a sus hijos con misericordia. Así había sido siempre y así sería hasta el fin de los días.

La magna obra construida por el Emperador a lo largo de toda su vida se desmoronaba como un castillo de naipes. Su ejército era derrotado. Sus fortalezas sucumbían a la violencia de los asaltos o a la traición de los moriscos que, acogiéndose a la noche, franqueaban el paso al enemigo. Sus ciudades más queridas, como Valencia, ardían después de ser evacuadas, con tal de no ceder sus tesoros a los ismaelitas venidos de África. Madrid, Talavera y Guadalajara habían sucumbido. La frontera, adelantada durante su reinado hasta el Tajo, reculaba inexorablemente hacia el Duero, marca secular de Al-Ándalus, y causaba una honda tristeza al anciano que se acercaba al final sin un varón a quien ceder el testigo.

Únicamente Toledo permanecía en sus manos. Toledo, el joyel de su corona imperial, su orgullo, su legado.

Hacia allí se dirigió don Alfonso en el verano de 1109 de Nuestro Señor, determinado a encabezar la defensa de la capital, y allí le sobrevino el fin, después de nombrar heredera a su hija mayor, Urraca. En su lecho de muerte la encareció a continuar su obra, a persistir en el afán de cuantos monarcas cristianos lo habían precedido en el trono y conseguir la unidad con la que él había soñado. La que otorgaba fuerza y, de su mano, victoria. Esa unidad que Yusuf había proporcionado a los sarracenos, y gracias a la cual transformó las antiguas taifas, débiles y fragmentadas, en un adversario imbatible.

Con su último suspiro suplicó a Dios que guiara a la nueva reina por el arduo camino de esa entrega al deber, aunque hubiera de pagar por ello un precio elevado. Y tras encomendar su alma al Altísimo, se despidió de este mundo el primer día de julio, bajo un cielo azul radiante engalanado para recibirlo.

Al igual que Juana y Jimena, también Urraca era viuda. Su marido, el conde Raimundo de Borgoña, había fallecido por causas naturales dos años antes, dejándole un hijo demasiado joven para gobernar. La corona de León y Castilla ceñiría por tanto su cabeza, la de una mujer perseverante, audaz y sobrada de valor. Una mujer a la que el Rey, no obstante, impuso un esposo aborrecible a sus ojos, por ver en él una pieza esencial para culminar con éxito el empeño secular de restaurar la verdadera fe en España: Alfonso, Rey de Aragón y Navarra, apodado el Batallador.

Las desavenencias del matrimonio eran la comidilla de Toledo, donde todo el mundo tenía una opinión. Los más enterados se referían a la oposición del clero y buena parte de la nobleza al enlace de su reina con ese aragonés ambicioso. En las tabernas se discutía hasta qué punto era un desatino colocar en el solio real a una hembra, y en los mercados las dueñas lamentaban la desgracia de la dama, entregada contra su voluntad a un hombre de rudos modales empeñado en someterla. Semejante ultraje causaba indignación general.

Esa parte de la historia era la que despertaba mayor interés en Muniadona y Leonor, a quienes su madre enseñaba a tejer en el pequeño telar doméstico mientras las ponía al día de las últimas noticias relativas a la desdichada unión. También Lope echaba su cuarto a espadas en dichas conversaciones, si bien su curiosidad se orientaba más hacia cuestiones militares relativas a la marcha de la guerra.

Merced a la intercesión del conde Ansúrez, la familia había obtenido una pensión suficiente para cubrir sus necesidades, aunque Juana comprendía que esa limosna cesaría en cuanto el mentor de su difunto esposo lo acompañara a la otra vida. Por eso buscaba con denuedo el modo de ampliar su círculo de amistades influyentes e instruía a sus hijas en las costumbres y conocimientos propios de dos doncellas de su alcurnia. De su éxito en ambas empresas dependería el futuro de esas niñas, privadas de padre y de fortuna en una misma noche aciaga. Su primogénito no le preocupaba tanto. Siempre podría abrirse camino con la espada. Siendo varón, tendría más facilidades para salir adelante… o tal vez no. Con una reina sentada en el trono todo podía cambiar. ¿Y si esa infanta criada a la sombra del magno monarca abría una nueva era de horizontes luminosos?

Urraca no era precisamente una mujer sumisa dada a rendirse con facilidad. Procedía, al igual que ella misma, de una antigua estirpe de mujeres fuertes, acostumbradas a decidir, luchar, bregar y morir como cualquier hombre en defensa de la tierra y la honra. Por sus venas corría la sangre franca de su madre, cuyo influjo en la corte y la Iglesia había sido decisivo, así como la navarra y asturleonesa de su padre. Sangre brava. Sangre indómita.

Sí, bajo el reinado de esa noble dama, Lope, Leonor y Muniadona verían abrirse ante ellos un sinfín de posibilidades. Andarían caminos nunca antes recorridos o seguirían la senda marcada por sus ancestros al escribir nuevos capítulos de esa historia que Jimena les narraba tan a menudo.

—Vuestro abuelo Nuño, cuya memoria habréis de honrar siempre con una conducta intachable, fue un guerrero valeroso, protector de reyes, defensor de la frontera…

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