La dueña

La dueña


Capítulo 1

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Año 1069 de Nuestro Señor

Tierras del Burgo

Castilla

—Tu abuelo Ramiro, cuya memoria habrás de honrar siempre con una conducta intachable, fue un guerrero valeroso, protector de reyes, defensor de la frontera…

Por enésima vez desde su llegada al castillo perteneciente a su difunto yerno, Auriola estaba relatando a su nieto las hazañas del esposo con quien había compartido buena parte de su vida. Hacía ya más de tres lustros que él la esperaba en el cielo, donde ella confiaba en gozar juntos de la gloria prometida, y entre tanto su empeño se volcaba en mantener vivo su recuerdo, sobre todo en el corazón de ese niño, único varón superviviente de su linaje.

Diego era su alegría, su esperanza y también la fuente de sus desvelos, ahora que acababa de perder a su padre. Por eso estaba ella allí, en tierras de Castilla, distrayéndolo de la pena con historias y caricias.

Como buen caballerete criado entre soldados, destinado al oficio de las armas, el muchacho se resistía a los arrumacos como si las manos de su abuela quemaran. Sin embargo, nunca se cansaba de escuchar los relatos que ella desgranaba, y prestaba especial atención a los que hablaban de ese pariente cuyas gestas se le antojaban legendarias. Tampoco Auriola cejaba en el empeño de inculcar en su mocete amor y veneración por la figura del abuelo que no había conocido. A falta de mejor legado, su ejemplo constituía un patrimonio valioso, simbolizado en la tosca joya de hierro que ahora portaba su nieto.

—La cruz que pende de tu cuello le perteneció —añadió, en un tono tan solemne como si estuviera refiriéndose a la corona de León—. Se la forjó su padre, tu bisabuelo, que era herrero en la ciudad del apóstol Santiago.

—¡¿Herrero?! —inquirió el pequeño, con un deje de menosprecio en la voz.

—Herrero, sí —contestó ella poniéndose de pronto seria—. ¡Y que no vuelva a verte yo un mal gesto al pronunciar esa palabra! Tu bisabuelo Tiago ejerció un oficio honrado hasta que se lo llevó cautivo el maldito Almanzor, quien a buen seguro arderá por siempre en el infierno.

Abuela y nieto estaban sentados alrededor de una misma mesa, dispuesta sin lujo en el vasto espacio de la planta noble que hacía las veces de salón, comedor y en alguna ocasión especial también sala de baile. La criada acababa de retirar los restos del desayuno: cerdo asado frío de la víspera, pan fresco, sopas de leche para el muchacho y vino caliente endulzado con especias, servido en copa de plata a la madre de la Dueña, quien la acompañaba en su duelo desde la muerte del señor.

Nuño García, propietario de ese pequeño feudo, había caído el verano anterior en la batalla de Llantada combatiendo contra el rey leonés, Alfonso VI, en la hueste de su hermano Sancho, soberano castellano. Otra guerra fratricida absurda entre cristianos hijos de una misma madre, pensaba Auriola, evocando la tragedia que la muerte de su esposo en Atapuerca había supuesto para su familia. Otra victoria incuestionable de la parca, cuya guadaña propiciaba la enésima cosecha de viudas y huérfanos.

¿Qué sería ahora de su hija Jimena y de Diego, el chiquillo de siete años que le robaba la paz aun colmándola de dicha? ¿Cómo lograrían superar semejante pérdida, en un momento tan convulso para la cristiandad hispana? Algo muy parecido al vértigo se apoderaba de ella ante los negros nubarrones que se cernían sobre sus seres queridos, aunque había acudido a su lado con el propósito de aportarles consuelo y haría cuanto estuviera en su mano por apaciguar los ánimos.

La mañana era gélida. Los campos yermos en febrero habían amanecido cubiertos de escarcha, bajo un cielo azul intenso que Auriola contempló un momento antes de volver a cerrar los postigos de madera que cubrían la ventana a la que se había asomado. «Mejor la oscuridad que el frío», se dijo para sus adentros, refunfuñando entre los pocos dientes aún agarrados a sus encías.

Mientras no templara, los estrechos huecos abiertos en los muros del castillo tendrían que permanecer tapados a cal y canto, bien con tablones, bien con gruesos paños encerados capaces de mantener a raya el viento y la lluvia helados. Ya fuese de día o de noche, sus moradores habrían de conformarse con la tenue luz del hogar y la de las lámparas de sebo que iban de aquí para allá impregnando el ambiente de un olor acre, como a podrido, al que era menester acostumbrarse. Las velas de cera costaban un disparate y quedaban reservadas a la iglesia, o bien a ocasiones extraordinarias merecedoras del dispendio. El día a día transcurría entre humo de leña húmeda y hedor a grasa quemada.

En el páramo castellano el invierno era un enemigo temible. Sus rigores se cebaban en niños de pecho y ancianos hasta causar estragos semejantes a los de la guerra. Las fiebres se llevaban tantas almas como sarracenos y leoneses juntos. Nunca resultaba suficiente la ropa ante las embestidas de esa bestia.

La estancia donde hacían la vida los señores, situada en la primera planta del caserón, albergaba un hogar de grandes dimensiones, alimentado constantemente con troncos acopiados en verano. Las paredes estaban cubiertas de tapices rústicos y sobre los suelos se esparcía paja limpia a diario, pese a lo cual la temperatura rara vez podía considerarse agradable. De octubre a mayo todo el mundo tiritaba.

En la estación de las ventiscas la actividad comenzaba por ello tarde, excepto para la servidumbre cuya tarea consistía en atender al ganado o mantener cebada la chimenea. Los demás holgazaneaban al resguardo de las mantas hasta que la luz lograba imponerse a las tinieblas de la noche. ¿Con qué propósito madrugar si el tiempo estaba detenido?

Auriola era la excepción a esa regla. Dormía poco. Cada vez menos. Aun así, desde que se hallaba en casa de su hija procuraba respetar las costumbres de la anfitriona. Evitaba levantarse antes que ella, lo que la abocaba a removerse inquieta en la cama, mientras se devanaba los sesos con el afán de hallar respuesta a las muchas preguntas que la asediaban.

Cuando al fin la oía moverse en la alcoba contigua a la suya, separada por una cortina, se armaba de valor para salir de su nido, vestir sobre la camisa la gruesa saya de lana que había dejado doblada sobre el reclinatorio situado junto al lecho, añadir un segundo par de calzas a las utilizadas durante el sueño y completar el atuendo con una garnacha forrada de piel.

A esas horas el brasero estaba completamente apagado, ya que en caso contrario sus vapores la habrían asfixiado mientras dormía. Su respiración creaba nubes de vaho blanquecinas. El agua de la jofaina amanecía a menudo cubierta por una fina capa de hielo, que debía romper con los nudillos a fin de lavarse la cara. Después, recogía su cabello en una larga trenza que enrollaba y sujetaba mediante horquillas, se ceñía la toca de viuda, firmemente prendida al cuello con un alfiler, e introducía sus pies enormes en unas zabatas cálidas, cómodas y zafias, que no habría intercambiado, ni loca, por los más lujosos escarpines de cuero fino o de seda.

Una vez ataviada, bajaba ligera la escalera, deseosa de abrazar a su mocetico del alma. El que la observaba en ese instante, con mirada inquisidora, envuelto en un grueso ropón acolchado demasiado grande, seguramente heredado de su padre.

Mientras ella mascaba sombríos presentimientos referidos a las múltiples amenazas pendientes sobre su familia, Diego había estado dando vueltas y más vueltas en su cabeza a una idea que acabó escupiendo en cuanto vio que a su abuela se le había pasado el enfado causado por su comentario de la víspera:

—¿Cómo pudo el abuelo llegar a luchar junto al Rey si su padre era un herrero?

El ceño fruncido del muchacho, enmarcado por dos cejas pobladas de color pajizo, denotaba que llevaba un buen rato pensándolo. Sus ojos, idénticos a los de Ramiro, habían adquirido un tono grisáceo oscuro, señal inequívoca de su zozobra interior. Apretaba los dientes mientras sus labios, doblados hacia el mentón, dibujaban un gesto de marcado escepticismo.

—Por su audacia y su coraje, aunque te parezca extraño, mi chico —respondió Auriola al instante aceptando el desafío—. No sería mucho mayor que tú cuando se subió a un caballo, su única pertenencia, dejó a los suyos en una aldea de pescadores de la costa asturiana, y se enroló en la mesnada del conde Alfonso Díaz para luchar contra los sarracenos.

—¡No me lo creo! —replicó con descaro el pequeño—. Ningún herrero tiene plata suficiente para comprarse un caballo. ¿Lo robó y no quieres decírmelo?

Durante unos segundos ella dudó entre castigar semejante insolencia con una colleja bien dada o tomársela como lo que era: la deducción de un muchacho criado en el hogar de un infanzón castellano. ¿Qué iba a saber él de las vicisitudes vividas por su añorado Ramiro?

Resuelta la vacilación, rio de buena gana la ocurrencia de su nieto, pues el desconcierto que le producía cuestionar la honradez de su abuelo demostraba lo inconcebible que le resultaba esa idea.

—¡Serás sinvergüenza! —Le revolvió la melena rubia—. ¿Cómo se te ocurre pensar una cosa así? Tu abuelico tenía ese caballo porque se lo había regalado su padrastro, quien, según contaba él, lo pagó con el oro de un tesoro vikingo escondido.

Los ojos de Diego se abrieron de par en par, al igual que su boca, de pura fascinación. Cada vez más intrigado, preguntó incrédulo:

—¿Su padrastro era vikingo?

—Era de sangre normanda, sí —confirmó Auriola—. Descendiente de una expedición perdida cuyos supervivientes recalaron en la misma aldea que él y su madre, obligados a huir de la ciudad de Compostela, arrasada por Almanzor.

El pequeño escuchaba embelesado el relato de su abuela, una vez satisfecho su insaciable apetito matutino.

—Ramiro, que Dios lo tenga en su gloria, solía decir que se quedó tan sorprendido como tú cuando vio aparecer al hombre a quien llamaba padre llevando de las riendas a ese animal. De hecho, recordaba perfectamente las palabras que este pronunció mientras se lo entregaba. Me las repitió tantas veces que yo también las aprendí: «Aquí tienes a este jamelgo deseoso de acompañarte. Espero que te resulte útil, dado que los cristianos combaten muy mal a pie. Yo he tratado de enseñarte a luchar como un vikingo, pero nunca está de más una ayuda. He oído decir que en la frontera bastan la libertad y una montura para adquirir la condición de infanzón, aunque estoy seguro de que tú conseguirás mucho más que eso».

—¿El abuelo también sabía luchar como los diablos normandos? —El estupor de Diego iba en aumento.

—Tu abuelo sabía hacer muchas cosas, mocete —contestó ella, embargada de nuevo por la nostalgia—. Y sí, entre esas habilidades estaba el combate con hacha y espada, a pie o a caballo. Era un guerrero formidable, pero también un hombre de honor. No se parecía en nada a los demonios que atacaban nuestras costas, asesinaban a gentes indefensas y saqueaban a placer hasta que su rey, Olav, abrazó por fin el cristianismo hace unos años.

—Pero tenían tesoros —replicó el chiquillo apelando a su lógica implacable.

—En eso no puedo quitarte la razón —concedió ella, con un gesto de asentimiento—. Al parecer, el hombre que prohijó a tu abuelo había heredado a su vez un abultado botín, procedente de la rapiña llevada a cabo por su gente en las tierras de Galicia, Asturias e incluso Al-Ándalus, a las que llegaban surcando ríos y mares en sus embarcaciones semejantes a criaturas monstruosas.

—¿Y por qué lo tenía escondido?

No era momento de explicar a su nieto los motivos por los cuales alguien que deseara conservar esa riqueza la ocultaría de los recaudadores de tributos, por lo que se limitó a contestar:

—¡Para que no se lo robaran! ¿Por qué si no?

Dicho lo cual lo envió a jugar, no sin antes robarle un sonoro beso, y emprendió sus tareas cotidianas. Estas la mantendrían ocupada todo el día, mientras aguardaba el momento de recuperar la soledad que añoraba entre los muros de esa casa ajena y fría.

Le gustaba la noche. La hora en que el silencio reinaba en la casa y permitía al corazón hacer oír su voz queda. Acurrucada en su chal de gruesa lana, rumiaba sentimientos contrapuestos en el vasto salón donde el fuego lanzaba destellos naranjas, abandonándose a las emociones por lo general mantenidas a raya.

Ante su hija y su nieto debía parecer una roca invulnerable. La servidumbre exigía de ella que ejerciera el papel de dueña, dada la incapacidad temporal de Jimena para desempeñarlo, pero en ese momento de paz, frente al hogar cuya luz y calor ejercían sobre su espíritu un influjo poderoso, podía dejarse ir, añorar, derramar incluso alguna lágrima, mostrarse desnuda, sin máscaras, saborear el placer prohibido de la espontaneidad.

Lo primero que le vino a la mente fue el rostro adorado de Diego, con sus mejillas de niño chico y su mirada llena de curiosidad. Una oleada de ternura dibujó en sus labios una sonrisa impregnada de alegría, orgullo, amor incondicional y nostalgia de la infancia de sus hijas, que enseguida se tornó agridulce al evocar la herida que aún dolía por la pérdida del único hijo varón que había llegado a nacerle vivo.

¿Maleducaba a esa criatura? Seguramente. Pero ni se arrepentía ni creía merecer reproche alguno por hacerlo. La vida ya se había cebado bastante con él arrebatándole a su padre mucho antes de lo debido. Y aún le haría sufrir más, acaso privándolo de la heredad ganada por ese infanzón caído al servicio de un rey cuyo destino resultaba cuando menos incierto. Consciente del peligro que lo acechaba, ella intentaba con todas sus fuerzas alargar su niñez inocente y despreocupada, dando por hecho que, a no tardar, se enfrentaría a problemas que lo obligaran a crecer de golpe.

Hasta la llegada de ese día, su abuela procuraría que disfrutara cuanto pudiera.

En un pasado no muy lejano, Castilla y Navarra habían sido azotadas con especial ensañamiento por las aceifas de Almanzor. Sus ejércitos dejaban desolación a su paso, a menudo con la ayuda de señores cristianos que no dudaban en unirse a él a fin de acrecentar sus dominios. La resistencia empecinada de otros magnates, empero, jamás cedió ante los embates del caudillo moro, de modo que la tierra yermada no tardaba en repoblarse con gentes venidas del norte en busca de libertad y futuro para sus hijos. Los fueros de las nuevas villas competían entre sí en aras de atraer vecinos, a cambio de otorgarles derechos y exenciones fiscales impensables en sus lugares de origen. Así habían vuelto a levantarse capillas, castillos y granjas en los valles septentrionales del Ebro y el Duero, cuyos cauces delimitaban la marca entre las dos religiones.

Al principio, esas concesiones de tierra exigían a sus beneficiarios que estuvieran dispuestos a sufrir las frecuentes incursiones de los guerreros sarracenos, aunque en los últimos años el declive imparable de las taifas musulmanas había convertido a sus soldados en enemigos menos temibles que los vecinos cristianos. De eso estaba segura Auriola, por más que esa certeza le desgarrara el alma.

Ella había conocido junto a Ramiro, y a menudo también sola, el peligro inherente a vivir en la frontera, defendiendo desde su torre fortificada el paso del río Duero que separaba los territorios fieles a Cristo de los que veneraban a Mahoma. Nadie debía contarle lo que era sufrir un asalto de la caballería ligera mora, atrincherada tras unos muros de piedra, mientras contemplaba impotente cómo esos jinetes arrasaban los campos sembrados y se llevaban ovejas o cabras criadas con enorme esfuerzo e incontables privaciones.

Tiempos terribles que, felizmente, habían quedado atrás.

La fragmentación del antiguo califato en taifas tan ricas como débiles constituía una bendición por la que cada noche, en sus oraciones, daba gracias al Señor.

Ahora los reyezuelos de esas taifas pagaban con oro y plata el acero de las espadas que los destruirían en cuanto los cristianos recuperaran la cordura y dejaran de pelear entre sí. Ahora la marca se había desplazado al sur y los hijos de Fernando, el difunto monarca leonés, ponían sus ojos en Toledo, capital del reino visigodo. Claro que, para tomarla, deberían unir sus fuerzas en lugar de seguir combatiéndose.

—¡Necios! —murmuró con desprecio.

Auriola estaba ya muy lejos de esos asuntos terrenales. El poder y sus intrigas carecían de interés a sus ojos. Los contemplaba desde una distancia infinita, incapaz de aceptar que la ambición, frecuentemente unida a la soberbia, llevara tan a menudo a los hombres a cometer las mayores vilezas.

Ella habría querido mudarse al mundo de los afectos, dejar atrás las batallas y dedicar el resto de su vida a colmar a sus seres queridos de cuantas caricias les había robado para responder a la llamada de un deber siempre acuciante, que seguía sin darle tregua.

Se sentía cansada, muy cansada, pero no podía permitirse el lujo de ceder a la tentación del descanso. Había demasiado por hacer. Tenía que ayudar a su hija, velar por los intereses de sus nietos e intentar que Diego se convirtiera en un caballero digno de su padre y de su abuelo Ramiro. Propósitos ambiciosos, dado el curso harto inquietante que estaban tomando los acontecimientos.

Al fin sintió cómo la invadía el dulce sopor que precede al sueño y, por una vez, se dejó ir arrebujada en el chal, en lugar de subir trabajosamente hasta su alcoba por la empinada escalera de caracol. La evocación de esos rostros amados había traído consigo recuerdos de su propia infancia, olvidados durante décadas, que en el otoño de su vida reverdecían con fuerza. Era la voz del pasado. La llamada de la sangre empeñada en hacerse oír.

En esas noches teñidas de nostalgia, le bastaba con cerrar los ojos y sucumbir al crepitar de las llamas para regresar al territorio de su niñez, ajeno a preocupaciones, dolor, miedo o añoranzas. Ninguno de esos fantasmas había turbado la paz de sus primeros años, transcurridos en el seno de una familia tan dichosa como lo permitía el genio endemoniado de su padre y la tozudez indoblegable de su madre, descendiente de una antigua estirpe de mujeres recias. Un hogar donde nunca faltaron ni el pan, ni el amor, ni las discusiones airadas…

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