La dueña

La dueña


Capítulo 2

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Año 1020 de Nuestro Señor

Tenencia de Lurat

Reino de Pamplona

Auriola era la hija pequeña del señor de Lurat, una tenencia fortificada situada al noreste de Pamplona, próxima al territorio de los francos, que vigilaba el paso del río Bidasoa y en más de una ocasión había servido para custodiar el tesoro real, evacuado hasta esos dominios con el fin de protegerlo de alguna incursión enemiga. Su padre pertenecía a una rama menor del noble árbol de los Íñigo, por lo que su orgullo era muy superior a su poder o su fortuna.

La casa donde nació no podía llamarse un palacio, pero poseía muros altos de piedra sólida y estaba situada en un altozano desde el cual se dominaba el abrupto terreno que los campesinos habían ido roturando desde antiguo a base de sudor y yunta, a medida que aumentaba una población obligada a emigrar a esas escarpaduras desde la capital y sus alrededores, incapaces de acoger más almas.

En ese nido encaramado a un otero ella se sentía a salvo, porque sabía que los sarracenos nunca habían conseguido rendir la torre. Su padre, un gigante a sus ojos de niña, no perdía ocasión de recordárselo. Y esa sensación de seguridad le había brindado tal fuerza para afrontar después la vida, que ponía todo su empeño en transmitir algo parecido a su nieto. Anhelaba verlo crecer robusto, a pesar de la orfandad a la que lo había condenado la enésima guerra entre cristianos.

Su mocetico de ojos de mar… En él volcaba todo el cariño, la atención, la paciencia y la sabiduría que las batallas, las vicisitudes de su difunto esposo, la juventud y después la viudez le habían robado antaño, cuando sus propias hijas eran pequeñas. A veces le parecía que había transcurrido una eternidad desde entonces y otras, en cambio, lamentaba la velocidad a la que volaba el tiempo.

Al cuidado de su aya Galinda, a quien traía a maltraer con sus travesuras, Auriola se crio entre bosques ancestrales cubiertos de musgo, correteando de acá para allá al resguardo de montañas semejantes a murallas ciclópeas.

Aquella mujer regordeta, de mejillas sonrosadas y ojos vivarachos, habría dado la vida por ella, aunque no dudaba en quitarse la albarca, tumbarla sobre sus rodillas y propinarle una zurra en el culo si consideraba que se había excedido en alguna de sus trastadas. Después le colocaba la saya y advertía moviendo el índice:

—Como vuelva a cogerte…

Galinda no solo sabía hacer natillas y otros dulces deliciosos, sino que le enseñó a reconocer la flor amarilla de la fresa, los arbustos que al arrancar el verano se llenarían de arándanos y también las setas comestibles, demasiado parecidas a las que la matarían si se las llevaba a la boca. También le habló del herensuge y de otros seres fantásticos. Cuando Auriola presumía de que su padre fuese el señor de esas tierras, Galinda se echaba a reír mostrando sus encías desdentadas.

—¡Ay, maitia! ¿Qué señor ni señor? Los árboles, los ríos…, todo lo que vive aquí pertenece al Basajaun. Él es el amo. ¡Qué sabrás tú de la vida!

—No es verdad —protestaba Auriola en tono desafiante—. Eso son cuentos que te has inventado. El Basajaun no existe. Me lo han dicho mis padres.

—Pues si dicen —replicaba el aya displicente, transformando las ces en eses con su marcado acento cantarín— que digan. ¿Qué sabrán ellos? Tú hazme caso y ándate con ojo. En el bosque viven muchas gentes que no vemos, algunas buenas y otras no tanto. Ellas estaban aquí mucho antes que nosotros. Tú no las verás, pero ellas a ti sí. ¡Ene bada esta criatura!

¿Quién se habría atrevido a negarlo contemplando esa espesura?

El santuario del que hablaba Galinda también había sufrido, no obstante, los rigores de la guerra. Los más ancianos del lugar recordaban haber visto arder aldeas y caseríos situados en la parte baja del valle, cuando los guerreros de Almanzor se adentraron hasta el corazón mismo del reino, después de destruir su capital.

Sin embargo, las alturas sobre las que se asentaba el castillo familiar permanecían inexpugnables a los asaltos de los ismaelitas, tanto como a los de los francos que, en el pasado, también habían fracasado en su intento de conquistarlo. A sus pies, buenos pastos alimentaban generosamente al ganado y los huertos labrados en terrazas ganadas a las laderas proporcionaban verdura y fruta en abundancia. Allí no se pasaba hambre.

La vida en Lurat resultaba sencilla, plácida. Ese era al menos el recuerdo que Auriola atesoraba de esos días, acaso embellecido por los detalles placenteros que su mente iba añadiendo cada vez que los evocaba.

Reinaba a la sazón Sancho Garcés III, que empezaba a ser conocido como Sancho el Mayor por haber convertido su reino en el más influyente y poderoso de la península disputada entre cristianos y musulmanes. Ya antes que él sus predecesores habían guarnecido las fronteras de su heredad y establecido una tupida red de fortificaciones hasta más allá del río Ebro, aunque esas defensas no bastaron para resistir al caudillo musulmán a quien la navarra jamás nombraba sin encomendar su alma al fuego eterno.

En los años previos a la venida al mundo de Auriola, Almanzor había corrido esas tierras a placer devastando campos, arrasando huertos y llevándose consigo ganados y cautivos, incluso después de que el soberano le entregara a su propia hija como esposa. En una de esas aceifas terribles había sido destruido el monasterio de San Sebastián y San Josefo, próximo al dominio de Lurat, cuyos monjes entonaban hermosas polifonías en las festividades solemnes. Eso solía contar con pena el abuelo Fortún, quien durante la infancia de la dama todavía vivía, gozaba de buena memoria y narraba unas historias que ella devoraba con avidez cuando lograba convencerlo para que le relatara alguna.

Le parecía estar viéndolo, encogido por los años, con su nariz enorme, sus ojos casi ciegos y su melena blanca, envuelto en un grueso chal de lana frente al fuego. Alguna de esas escenas permanecía nítida en su retina, como si hubiese sucedido la víspera.

—¿Tú sabías, mi chica, que Pamplona fue durante siglos la ciudad más importante situada al norte del gran río Ebro?

—¿Qué ha de saber la chiquilla? —lo regañó su hijo—. Es hembra y tiene diez años.

—Lo que debe aprender Auriola es a bordar, tejer, caminar como una doncella, no como la mula que parece ahora, y bailar con gracia —terció su madre, en apoyo de su marido, antes de añadir conciliadora—: Pero conocer la gloria de sus antepasados no le hará daño, esposo. Como tampoco le perjudica saber leer y escribir para poder sostener una conversación mundana además de cantar los salmos. Deja que tu padre la instruya. ¿Qué mal hay en ello?

—El viejo Reino de Pamplona nada tiene que envidiar a ninguno de sus poderosos vecinos —se explayó el anciano, envalentonado—. Ni ahora con Sancho, ni nunca. Nuestro caudillo, Íñigo Arista, derrotó a los francos en Roncesvalles.

—¿Los francos no son cristianos como nosotros? —inquirió Auriola, desconcertada ante la abundancia y variedad de los enemigos a los que se habían enfrentado los descendientes de esa dinastía que en su familia se consideraba sagrada.

—Lo son —concedió el abuelo, y se tironeó la barba—, pero nunca han sido amigos nuestros. A diferencia de los Banu Qasi, apóstatas de la fe en Cristo, que nos han brindado su apoyo en más de una ocasión.

—¿Entonces? —La chiquilla se había perdido.

—Entonces nada —replicó don Fortún, hosco, ofendido por la crítica que atisbaba en la pregunta—. Cuando tu territorio es pequeño y está rodeado de otros mucho más grandes que quieren quitarte lo tuyo, tienes que buscarte aliados sin hacer ascos a nadie.

—Ni olvidar los matrimonios —añadió su nuera pensando en su propia prole—. De tales uniones nuestros reyes siempre obtuvieron enormes ventajas.

—Los pamploneses hemos luchado con cristianos contra sarracenos y con sarracenos contra cristianos —continuó don Fortún, ignorando la interrupción—. Con castellanos contra leoneses y con leoneses contra castellanos, por no mencionar a astures o aquitanos. Lo importante es que escogimos bien y aquí seguimos.

—¡Y seguiremos! —apostilló su hijo, Nuño, alzando el cuerno que un criado había rellenado varias veces de sidra—. Ahora somos más fuertes que nunca. El Reino se expande, imparable, y don Sancho no desmerece a los Arista. Ni los francos, ni León, ni el conde de Castilla, ni mucho menos la taifa de Zaragoza se atreven a plantarnos cara. Pamplona va camino de ser el corazón de la cristiandad hispana.

—Oye y aprende, moza —zanjó el abuelo, dirigiéndose a la pequeña que escuchaba todo aquello embobada—. Pronto llegará el día en que marcharás de aquí y necesitarás distinguir a tus amigos de los que pueden traicionarte. En caso de duda, desconfía.

—Tú piensa sobre todo en dar con un marido que sea un buen señor para ti y un buen padre para tus hijos —recondujo la conversación su madre, con su mezcla habitual de inteligencia, dulzura y preocupación ante la certeza de no poder garantizar un partido así para su hija—. O sea que hazme caso y no descuides el baile ni el bordado, o reconsidera tu negativa a profesar en un convento. Ya sea de un hombre o de Cristo, nuestro destino es ser esposas. Así lo dispuso Dios en su sabiduría.

Con Galinda, sus compañeros de juegos y a veces también con su madre, Auriola hablaba vascuence: la lengua ancestral de las gentes que habían poblado esos valles. Su padre en cambio se dirigía a ella únicamente en romance, y le enseñó a dominar ese idioma con tanta soltura como el otro, a fin de que pudiera abrirse camino en la corte, en calidad de dama de la princesa Urraca, hermana del Rey, que estaba a punto de contraer matrimonio con Alfonso V de León, recién enviudado de su primera esposa.

Poniendo en suerte toda su influencia ante don Sancho, el señor de Lurat lo convenció para que su pequeña Auriola, de trece años de edad, se incorporara al séquito que acompañaría a la novia hasta su nuevo hogar. Siendo ella la menor de cinco hijos y el patrimonio familiar modesto, aquel era, de lejos, el mejor destino al que podía aspirar. Una vez admitida en el círculo íntimo de la futura reina, se le abrirían numerosas puertas y dependería de su propio talento la posibilidad de labrarse un futuro.

Así se lo explicó don Nuño a la muchacha, al comunicarle su inminente partida del paraíso que había habitado hasta entonces. La decisión estaba tomada. No cabía opción a protestar.

—El Rey me ha dado su palabra de que serás bien tratada —intentó endulzar la noticia—. Tú muéstrate obediente, sirve a doña Urraca en cuanto requiera de ti, procura no meterte en líos y recuerda de quién desciendes. Honra el linaje de los Íñigo; no existe otro más noble ni en Navarra ni en León.

—Nuestro amor siempre irá contigo —añadió su madre conteniendo a duras penas el llanto, a la vez que ceñía a su cuello una cadenita de oro de la que colgaba una medalla con la imagen de una cruz de brazos curvos—. Sé valiente y confía en Dios. Él sabrá guiarte en el camino que emprendes.

Galinda le había horneado un bizcocho para el viaje, que envolvió junto a otras delicias en un paño recién lavado. La despidió en silencio desde la distancia, a su manera tosca, ocultando la tristeza tras una máscara impenetrable. Ya le había enseñado todo lo que sabía y aquellas vituallas cocinadas a fuego lento, con infinito cariño, contenían un mensaje que su niña entendería. Aquel era su lenguaje.

La humilde comitiva, compuesta por la muchacha y dos guardias a caballo, más una mula de carga, partió de buena mañana hacia la capital del Reino, bajo un cielo plomizo de mediados de agosto. Y en ese momento se abrió en las entrañas de Auriola la primera de las heridas que la pérdida le iría infligiendo a lo largo de la vida.

Corría el año 1023 de Nuestro Señor.

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