La dueña

La dueña


Capítulo 3

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Por aquellos días el monarca pamplonés gustaba de residir en las tierras bajas de la Ribera ganadas a los moros, cuya fertilidad había resistido a la dureza de los combates librados en ellas desde antiguo. Pamplona menguaba a ojos vistas. Aun así, cuando Auriola la contempló por vez primera, le pareció gigantesca y bulliciosa. En comparación con los paisajes a los que estaba acostumbrada, se trataba de una urbe grandiosa.

El viaje hasta sus puertas no fue largo. Las poco más de veinte leguas que separaban Lurat de la vieja capital habrían podido recorrerse en dos jornadas escasas, aunque la lluvia constante, el lodo semejante a arenas movedizas y el pésimo estado de los caminos convirtieron la marcha en una odisea de tres días. Al cabo, Auriola y su escolta arribaron finalmente a su destino, cubiertos de barro, cansados, ansiosos por un plato de comida caliente, maldiciendo la hora en que dejaron atrás el hogar al que ella no regresaría.

La ciudad alzaba su figura fortificada sobre un altozano, abrazada en tres de sus lados por el río Arga, que hacía las veces de foso natural, y rodeada de campos feraces en los cuales una multitud de labriegos se afanaba en culminar las tareas de cosecha propias de la estación.

Algunos atribuían su fundación a los antepasados vascones y otros a un general romano que le habría puesto su nombre tras mandar a sus legionarios levantarla, pero nadie discutía que los visigodos la habían convertido en un enclave estratégico. Tanto, que su último rey, Rodrigo, derrotado y muerto por los sarracenos en la batalla de Guadalete, se hallaba precisamente allí, en las inmediaciones de Pamplona, combatiendo una insurrección de rebeldes, cuando Tariq puso pie en la península trayendo con él a una nutrida hueste de infieles que no tardó en conquistar todo el reino cristiano.

Con el correr de los años se habían ido instalando allí francos, bereberes y árabes procedentes del norte y el sur, que unidos a los godos, los romanos y los vascones que la poblaban desde antiguo convertían esa plaza en un crisol de gentes variopintas, de costumbres muy diferentes, cuya convivencia no siempre resultaba pacífica.

Todo esto lo supo Auriola mucho tiempo después, por supuesto. La peripecia de una existencia tan larga como pródiga en aventuras acababa de empezar, aunque ella estuviera lejos de sospechar lo que le aguardaba.

Al adentrarse en las tortuosas calles conducentes a la Navarrería, uno de los tres burgos que constituían el núcleo urbano, separados entre sí por sólidos muros, lo primero que asaltó sus sentidos fue el hedor que flotaba en el aire y el estruendo de un sinfín de voces mezcladas con ruidos diversos, a cuál más ensordecedor. Instintivamente cerró los ojos y se tapó los oídos, en un vano intento de huir de lo que le parecía un infierno. Transcurridos unos instantes, empero, se obligó a despegar los párpados, decidida a plantar cara a lo que el destino hubiese dispuesto para ella. Cuanto antes lo afrontara, antes vencería sus miedos.

Lo que vio a su alrededor distó mucho de tranquilizarla.

Las cicatrices de la devastación causada por Almanzor aún resultaban evidentes aquí y allá. Las fachadas de piedra supervivientes a los incendios estaban indeleblemente tiznadas, como siniestro recordatorio de los días de horror sufridos, y los pocos edificios más o menos señoriales que resurgían de las cenizas alternaban con humildes viviendas de adobe, techadas de paja, de cuyas aberturas circulares ascendía un humo negro que le provocó un ataque de tos, además de arrancarle lágrimas. Se dijo a sí misma que era el hollín, aunque en su interior sabía que lloraba el final de su infancia y el temor ante un horizonte plagado de incertidumbre.

Pamplona era una ciudad populosa, cuyas calles olían a una mezcla de excrementos, vapores varios, especias y humanidad, que asaltó la nariz de Auriola causándole un profundo desagrado. Pese a las estrictas ordenanzas vigentes en materia de basuras, la capital le pareció en extremo sucia. Para ella, acostumbrada a los aromas del bosque y su silencio, únicamente quebrado por el rumor del agua y los sonidos familiares de las criaturas que lo habitaban, esa pestilencia y esa algarabía resultaban insoportables.

Su primera impresión de la capital fue la de una pocilga más apta para cochinos que para hijos de Dios.

A empujones del jinete que encabezaba el cortejo se abrieron paso a través de ese hormiguero hasta el palacio del obispo, señor de la ciudad, en el que se alojaría temporalmente junto a Urraca Garcés y sus otras acompañantes. Después todas se trasladarían a León, donde la princesa se desposaría con el soberano de ese reino y Auriola habría de ganarse su propio lugar en la corte.

El magno Sancho III, cuya influencia se extendía desde el finis terrae al Mediterráneo, había arreglado ese enlace con el fin de limar asperezas entre Pamplona y León. El astuto soberano navarro movió los hilos para acrecentar su poder, aprovechando la reciente viudez del joven monarca leonés.

«Si el rey consintiera en el casamiento de su hermana con don Alfonso —había escrito un destacado miembro de su cancillería—, acaso se consolide la paz y se asegure el aniquilamiento de los paganos y la restitución de las iglesias a la ley de Dios en las tierras de entrambos. Y en cambio, si se niega a él, proseguirá la discordia, la exaltación del paganismo y el detrimento de la Cristiandad».

A esas alturas don Sancho ya dominaba las tierras riojanas y los condados de Aragón y Barcelona, que le rendían vasallaje. También en cierto modo el condado de Castilla, a través de su matrimonio con doña Mayor, primogénita del conde Sancho García. La unión de su hermana menor con el soberano Alfonso V significaba que este aceptaba oficiosamente la tutela de su cuñado sobre dicho territorio, que por derecho pertenecía a la corona leonesa, cediéndole en la práctica el gobierno de esa vasta región.

Por aquel entonces el rey de León contaba veintinueve años de edad y acababa de perder a su primera esposa, Elvira, cuya muerte prematura dejaba huérfanos a sus dos hijos de corta edad. Él mismo había crecido sin padre, bajo el manto protector de su madre y la tutela de su ayo, el conde Menendo González de Galicia, quien durante toda su infancia lo mantuvo cerca de él, alejado de la frontera, hasta que a los catorce años alcanzó la mayoría de edad y tomó posesión del trono.

Desde el mismo día en que fue coronado, Alfonso se propuso reconstruir su capital, asolada por Almanzor, sin dejar de combatir al moro al norte de Portugal, con el fin de reconquistar la tierra perdida en tiempos del Azote de Dios. La guerra y la gestión de un reino plagado de rencillas internas ocupaban todo el quehacer del monarca viudo, motivo por el cual su desposorio con una dama navarra de la más alta cuna resultaba igualmente beneficioso para él. Mediante ese enlace no solo sellaba una alianza con el pujante soberano pamplonés, sino que proporcionaba una nueva madre a sus vástagos, Bermudo y Sancha.

Todo eso le había explicado su padre a Auriola antes de su partida de Lurat, para concluir conminándola a cumplir con su deber y obedecer en todo a su señora, mostrándose bien dispuesta sin por ello olvidar la nobleza de su sangre ni agachar la cabeza ante nadie.

La chica había escuchado impostando más atención de la que en realidad ponía, porque aquellas intrigas superaban de largo la capacidad de comprensión de sus trece años. Además, tampoco despertaban el menor interés en ella. Durante todo el viaje desde la tenencia familiar y en ese preciso instante, mientras esperaba a ser recibida por esa misteriosa princesa, solo pensaba en cuál sería su futuro entre esas gentes extrañas, sin amigos, sin parientes, ni nadie en quien confiar.

Se decía de Urraca Garcés que era mujer de carácter recio, a semejanza de su hermano mayor, el rey Sancho, a quien no desmerecía en arrojo ni sabiduría. Otros ponían el acento en su mal carácter y su impaciencia. Había quien ponderaba su intachable virtud, mientras no faltaban las lenguas que le achacaban un gusto excesivo por la danza y otros placeres mundanos. ¡Corrían tantas habladurías, las más sin fundamento alguno!

Su madre y su padre habían tratado de tranquilizar a Auriola respecto de esa noble dama, asegurándole que nada habría de temer mientras la sirviera con lealtad. Llegada la hora de presentarse ante ella, empero, se vio sacudida por un ataque de violentos retortijones, fiel reflejo de su ansiedad.

Poco antes había sido acogida en la mansión episcopal por un mayordomo ceñudo, cuyo feo rostro hacía juego con la rudeza de sus modales. La condujo en silencio hasta un cuarto parecido a una celda monástica donde pudo asearse, peinar su larga melena rubia y cambiar sus vestiduras mojadas por una saya limpia de buen lino y mangas cerradas, ceñida a la cintura mediante un cordón de hilos multicolores y adornada con ribetes azules cosidos por su propia madre. Obedecía al pie de la letra las instrucciones que esta le había dado en materia de vestuario, aunque ataviada de una manera tan alejada a su costumbre se sentía como un pájaro encerrado en una jaula.

De nuevo le pareció que las tripas iban a jugarle una mala pasada. A duras penas contuvo las ganas de dirigirse a la letrina, porque, justo cuando estaba a punto de salir corriendo, el mismo hombre malencarado que se había encontrado al llegar le anunció que doña Urraca Garcés, hija de García Sánchez II de Pamplona, amada hermana de Su Majestad don Sancho, religiosísimo Rey, le concedería audiencia en el salón de palacio.

—Padre, Hijo y Espíritu Santo, amparadme en este trance y evitad que me ensucie las calzas —invocó en un murmullo a las tres figuras que mencionaba siempre su madre haciéndole la señal de la cruz sobre la frente, la boca y el pecho.

Luego se puso en pie, tomó aire para darse ánimos, apretó las nalgas y siguió a ese personaje siniestro a través de un laberinto de piedra.

«Palacio» era una palabra generosa para describir la residencia del obispo bajo cuyo dominio se hallaba a la sazón Pamplona. En realidad se trataba de una construcción tan amplia como decrépita, fría, carente de la menor comodidad, cuyas habitaciones se distribuían en torno a un patio central. En uno de sus lados había sido levantada en época reciente una pequeña capilla, donde se celebraba misa a diario. En el extremo opuesto se hallaba la estancia principal, algo más acogedora, cuyas paredes habían sido iluminadas con figuras pintadas que parecían moverse al ritmo de las llamas escupidas por el fuego del hogar.

Allí fue donde Auriola vio por vez primera a Urraca, ante la cual se inclinó ejecutando una graciosa reverencia, tal como le habían enseñado a hacer. Tratando de aparentar lo que distaba de ser, saludó con solemnidad:

—Alteza…

La sonrisa franca de doña Urraca le cortó de cuajo el dolor de vientre. La llamada a ser su señora a partir de entonces la recibió sentada junto a la chimenea, espalda erguida, mirada directa a los ojos, con la cordialidad de quien entiende la grandeza como la obligación de dar ejemplo y cobijo a cuantos le prestan servicio.

—Así que tú eres Auriola de Lurat, de la noble estirpe de los Íñigo —dijo con voz cálida, en un romance cantarín de vocales abiertas, similar al que la chica hablaba con su padre y su abuelo—. Bienvenida seas a mi casa. Confío en que lleguemos a ser buenas amigas.

Tendría cinco o seis años más que su dama, aunque su porte regio y la autoridad que emanaba la hacían parecer mayor sin envejecerla. Antes al contrario se trataba de una mujer de gran hermosura, no tanto por la perfección de sus rasgos cuanto por su elegancia, por la gracia con la que actuaba a pesar de su estatura, muy superior a la media. Su rostro anguloso transmitía firmeza. Sus gestos, naturalidad. Sus ojos azules, casi transparentes, inspiraban confianza. Auriola se entregó a esas emociones sin reservas, y respondió de corazón, aún algo cohibida:

—Gracias, alteza. Pondré mi mejor empeño en complaceros en cuanto de mí dependa. Espero estar a la altura de la tarea, aunque no sepa nada de cortes ni de reyes. En el lugar de donde vengo la vida era muy sencilla…

—Lo estarás, estoy segura —la tranquilizó la princesa, tendiéndole la mano—. Ahora acércate y cuéntamelo todo de ti. Las dos vamos a una tierra desconocida donde nos sentiremos igual de extrañas. Tendremos que estar unidas.

Había tanta sinceridad en su tono de voz, tanta cercanía, que a la muchacha le salió del alma contestar:

—¡A muerte, mi señora!

Y nunca deshonró esa promesa solemne.

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