Durante los días siguientes, Auriola y las otras nobles que acompañarían a doña Urraca a su nuevo hogar vivieron en un torbellino de sedas, paños del mejor algodón, lino o lana, bordados, cordajes, velos, gasas y encajes, que una legión de costureras cortaba, ajustaba y cosía con el fin de completar el ajuar de la novia, así como los de sus damas.
La residencia del obispo pamplonés era un ir y venir incesante de comerciantes, orfebres, maestros zapateros, perfumistas, bauleros y demás artesanos encargados de satisfacer hasta el último deseo de la ilustre huésped cuya presencia había trastocado por completo la rutina habitual de la casa. El prelado se defendía atrincherado en sus aposentos, que apenas abandonaba para acudir a la capilla o comer con su invitada.
Don Sancho no solo era un rey poderoso, sino inmensamente rico. Las parias pagadas por sus vecinos musulmanes a cambio de protección le proporcionaban un flujo constante de oro y plata, que él gastaba sin escatimar en aras de acrecentar su influencia.
Además, Urraca era su hermana más querida. Cuando se presentara ante su futuro esposo, lo haría con la cabeza alta, rodeada del boato propio de una princesa navarra. Su prometido, la corte y el pueblo entero de León deberían quedar deslumbrados por el esplendor de su nueva reina. Tal era el propósito último de ese dispendio insensato, al que Auriola se entregó, como las demás, con el entusiasmo de sus trece años.
—El verde te favorece —le aconsejaba su señora, quien presidía las pruebas con ojo atento de experta—. Y que alarguen la longitud de la saya; así te cubrirá los pies…
—Ya sé que los tengo enormes —se disculpaba Auriola, colorada como una manzana y avergonzada por las carcajadas de sus compañeras—. Mi madre solía decirme que caminaba como las mulas. Pero si arrastro camisa y gonela, se pondrán perdidas de barro.
—No te preocupes por eso, siempre habrá quien te las limpie.
Esa actividad frenética, tan placentera como novedosa, no logró borrar del todo la nostalgia de su hogar en Lurat, pero sí la hizo más llevadera. Al partir lo había hecho sabiendo que nunca regresaría, y lo descubierto en Pamplona superaba con creces sus mejores expectativas, desmintiendo la oscuridad de su primera impresión.
Completado el voluminoso equipaje, cargados hasta arriba los carros, preparadas las tiendas donde se alojarían las viajeras, organizada la compleja intendencia requerida para el desplazamiento del nutrido grupo de notables, siervos y soldados que darían escolta a las damas, y aparejadas las correspondientes monturas, la fastuosa comitiva nupcial se puso en camino la tercera semana de septiembre del año 1023 de Nuestro Señor en el día de San Vicente.
Para entonces Auriola se había acostumbrado al olor de la ciudad, hasta el punto de no percibirlo. Resultaba imposible impedir que su corcel chapoteara en el fango, pero cuando desmontaba se las arreglaba para no pisar la porquería que alfombraba el suelo e incluso se recogía el vestido con gracia, a fin de mantenerlo lo más limpio posible.
No en vano había crecido entre bosques, sorteando toda clase de obstáculos y evitando dañar a las criaturas que, según decía siempre Galinda, era preceptivo respetar.
Partieron de buena mañana, a caballo, aclamadas por la multitud arremolinada en la calle para contemplar el espectáculo proporcionado por ese desfile inusual.
Urraca se tomó su tiempo para saludar a esas gentes, prodigando sonrisas mientras agitaba a derecha e izquierda un pañuelo impregnado en agua de rosas cuyo intenso perfume la envolvía, contribuyendo a brindarle una imagen casi sagrada, semejante a la de las figuras de vírgenes ante las cuales se quemaba incienso en las iglesias.
Nada había sido dejado al azar. Todo formaba parte de un ritual cargado de simbolismo, que comprendían por igual el Rey y el último de sus súbditos, fuera cual fuese su grado de instrucción o la lengua en la que se expresaran.
Siguiendo el caminar del sol, el cortejo se dirigió hacia el oeste, decidido a cruzar antes del anochecer el nuevo puente recientemente levantado sobre el río Arga por orden de la reina doña Mayor, cuñada de Urraca, con el fin de facilitar el paso a los peregrinos que, en número creciente, atravesaban los Pirineos para llegar hasta Compostela y postrarse a los pies del Apóstol.
El Camino de Santiago estaba bien señalizado, resultaba más seguro que cualquier otro, merced a la protección especial de la que era objeto en todo su recorrido por parte de los soberanos cristianos, y discurría en varios de sus tramos por sólidas calzadas romanas que hacían más llevadera la marcha, siempre penosa. El propio monarca, don Sancho, había ordenado a la escolta que no se apartaran de él.
Esa vía de comunicación formidable, a través de la cual llegaban a la península clérigos, potentados, constructores, comerciantes, artistas y pecadores de toda índole en busca de redención, propiciaba una prosperidad que crecía a ojos vistas. En sus márgenes proliferaban aldeas, hospederías y monasterios, que se sumaban a enclaves poblados desde antiguo, tales como Santo Domingo de la Calzada, Logroño o Burgos, levantados, destruidos y vueltos a reconstruir a lo largo de los siglos, al albur de los vaivenes provocados por la guerra contra el moro.
En cada una de esas plazas se detuvieron a descansar la princesa y sus acompañantes, aunque también pernoctaron al abrigo de lujosas tiendas, como hacían sus padres y esposos cuando estaban en campaña. No hubo labriego, monja, campesina o caballero que contemplara su procesión sin quedar sobrecogido por el despliegue de grandeza exhibido por esas navarras.
Doña Urraca, centrada en cumplir a la perfección la misión que le había encomendado su hermano, aprovechaba el tiempo para instruir a sus damas en la historia y costumbres del reino en el que habrían de asentarse.
—León no es precisamente un remanso de paz —les advertía esa noche, tras dar cuenta de una cena frugal, mientras degustaban unas copas de hipocrás acompañadas de ciruelas y arándanos secos, golosinas de las que llevaban abundante provisión, por ser muy del gusto de todas—. Mientras vivió la madre de mi futuro esposo, doña Elvira, hermana del conde de Castilla y regente durante años tras la muerte de su marido, las relaciones entre su hermano y su hijo fueron buenas, incluso después de que este fuese proclamado rey.
—¿Y después? —inquirió Auriola.
—Luego las cosas se torcieron por los motivos que enfrentan siempre a los hombres: tierras, ambición, poder, orgullo. El conde aprovechó la minoría de edad de Alfonso para adueñarse de dominios que no le pertenecían y este los recuperó en cuanto tuvo ocasión, por supuesto no sin sangre.
—Las madres siempre encuentran el modo de apaciguar los ánimos, ¿verdad? —comentó la dama, rememorando con añoranza a la suya, cuya templanza era lo único capaz de calmar las frecuentes furias de su padre.
—Las mujeres sabemos hacer y hacemos mucho más de lo que aparentamos —asintió la princesa con cierta amargura—, aunque la prudencia y la modestia nos impongan actuar cuidándonos de ocultar lo mejor posible nuestra huella. El Señor repartió sus dones de manera desigual. Con nosotras fue pródigo en discreción y a ellos, a cambio, los colmó de vanidad.
Solo una de sus acompañantes captó la ironía contenida en ese comentario. Se llamaba María Velasco y solía mantenerse apartada de las demás, sumida en sus pensamientos, sus libros y sus frecuentes oraciones. En esa ocasión, no obstante, tomó la palabra para rebatir la afirmación de su señora, haciendo gala de un atrevimiento que sorprendió a las demás.
—Eso no es del todo cierto, alteza —señaló, exhibiendo por una vez la cultura que atesoraba—. Nuestra reina Toda Aznárez, esposa de Sancho Garcés I, jamás permitió que nadie la relegara. Ella fue quien selló un tratado de amistad con el califa Abderramán III, merced al cual Pamplona escapó a la ira de sus tropas, lo cual no le impidió contribuir decisivamente años después a la derrota de ese sarraceno en Simancas.
—Dices bien, María —convino Urraca—. Toda fue sin lugar a dudas un ejemplo de carácter, como buena descendiente de la dinastía de los Arista. Y nunca trató de fingir otra cosa. Antes al contrario, suyo fue también el mérito de elevar al trono a su hijo, García Sánchez, junto al cual gobernó con sabiduría hasta su último día, mucho tiempo después de que él alcanzara la mayoría de edad.
—No es menos cierto, empero, que en los códices que he leído no son frecuentes las referencias a mujeres como ella —apuntó la dama, de un modo enigmático que dificultaba saber si hablaba con satisfacción o con pena—, mientras abundan las historias de santas cuya virtud y fidelidad a Cristo constituyen un modelo a seguir.
Doña Urraca hizo caso omiso de estas palabras. En lugar de contestar, tomó un puñado de arándanos que fue degustando uno a uno, imitada por las jóvenes que habían asistido al debate sin comprender bien el sentido último de la discusión.
Por aquel entonces Auriola apenas había tratado a María Velasco, con quien llegaría a trabar una buena amistad. En ese momento, se limitó a poner fin a un silencio incómodo, al dar un giro a la conversación, preguntando:
—¿Cómo es la ciudad a la que vamos? ¿Más grande o más pequeña que Pamplona?
—Pronto la verás con tus propios ojos —respondió doña Urraca, quien tampoco la conocía—. Al igual que nuestra capital, sufrió en más de una ocasión la devastación de Almanzor, quien sin embargo no consiguió destruir unas murallas al parecer grandiosas. Por lo que me han dicho, mi prometido la está volviendo a levantar, y pone en ello su mejor empeño. Hace cinco años promulgó un fuero que otorga amplios derechos y libertades a cuantos vengan a instalarse en su alfoz, abandonando la seguridad que brinda la cordillera. Con ello pretende reforzar su poder, ampliar el número de sus súbditos, pacificar el Reino y acabar de una vez por todas con la insumisión de los magnates levantiscos que discuten su autoridad.
—¿Y los leoneses son apuestos? —inquirió con picardía otra de las doncellas, que tendría la edad de Auriola y tampoco estaba interesada en esa aburrida lección histórica.
—También eso habréis de juzgarlo por vosotras mismas —repuso la hermana de don Sancho, esbozando un gesto de coquetería—. Pretendientes no han de faltaros, os lo garantizo. Las navarras somos célebres por nuestra belleza, no solo entre los cristianos, sino hasta en tierra de infieles. Muchas hermanas nuestras cautivas conquistaron el favor de emires y califas, se convirtieron en sus favoritas y alumbraron a sus herederos.
—¡Qué destino tan cruel! —exclamó, horrorizada, una tercera.
—Depende de cómo se mire —apuntó en tono enigmático una cuarta noble especialmente distinguida, cuyo nombre era Clara—. A tenor de lo que cuentan quienes han estado en Zaragoza, la vida palaciega en la taifa está repleta de placeres.
—¡Basta de conversación por hoy! —zanjó la princesa, deseosa de cortar de cuajo esa peligrosa deriva—. Retirémonos a descansar, que mañana, si Dios quiere, avistaremos León.