La dueña

La dueña


Capítulo 5

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De camino hacia un destino azaroso en un nuevo hogar muy diferente al suyo, Auriola pensaba en esa tela de araña que Urraca había tratado de desenmarañar para ella, sin terminar de comprender las complejas maniobras tejidas por esos notables tan alejados de las gentes que ella conocía.

La princesa navarra contemplaba con admiración la astucia de ese hermano a quien muchos llamaban ya «cuatro manos» por su habilidad con la espada, así como «el rey ibérico» en razón de su creciente poder sobre todo el territorio de España. Estudiaba cada uno de sus pasos a fin de aprender de ellos, pues se sabía parte importante del complejo juego que Sancho llevaba a cabo sobre ese vasto tablero. Inspirada por su inteligencia, tanto como por su audacia, aceptaba gustosa sus designios, decidida a desplegar sus encantos seductores ante el marido que él le había escogido con el propósito de reforzar la alianza entre ambos reinos. En cuanto de ella dependiera, se decía, tal propósito alcanzaría el éxito.

Su joven dama, en cambio, desconfiaba todavía del soberano que, según su percepción, la había separado de su familia. Y por más que agradeciera la oportunidad que se le brindaba, añoraba sus montañas, a sus padres y a Galinda. Incluso se sorprendía a sí misma oteando entre la espesura en busca del Basajaun cada vez que atravesaban una arboleda tupida.

El viaje transcurrió sin incidentes ni prisas, entre paisajes abruptos cuyas escarpaduras ponían a prueba la resistencia de las monturas y la destreza de sus amazonas, pero compensaban sus penalidades con vistas espectaculares.

De cuando en cuando cambiaban la silla de cuero por un asiento en el carro dispuesto a tal efecto, si bien su traqueteo distaba de brindar mayor comodidad a las pasajeras, por muchos cojines que colocaran los sirvientes sobre los bancos. La mayor ventaja de esa opción residía en el toldo que hacía las veces de techo sobre su acomodo y las protegía tanto de la lluvia como del sol, cuyos rayos era preciso evitar a toda costa, en aras de conservar la tez pálida que distinguía a una dama de una vulgar campesina. De ahí que incluso a caballo se cuidaran de exponer la piel a su efecto devastador, cubriéndose con velos de gasa y guantes.

Seguían antiguas calzadas bien conocidas por los arrieros, que discurrían de este a oeste entre valles flanqueados por elevadas montañas y salpicados de un verdor muy semejante al que Auriola había conocido siempre, lo que le causaba tanto placer como dolor debido a la añoranza.

Podrían haber forzado la marcha, pero cabalgaron tranquilas, tomándose doce días para cubrir las más de ochenta leguas distantes entre Pamplona y León. A medida que se aproximaban a la capital del Reino, la vía principal por la que habían transitado se bifurcaba y se convertía en una tupida tela de araña de la que partían infinidad de caminos, pues el territorio se poblaba deprisa y era preciso comunicar entre sí esos asentamientos. Pese a ello, mantuvieron el rumbo sin perderse, como habían hecho, antes que ellas, incontables peregrinos.

Mientras se acercaban a la capital del reino leonés, el entorno fue cambiando de manera progresiva para reflejar la diversidad del terreno y, sobre todo, la incansable labor de sus habitantes. Donde antes había bosques salvajes fueron apareciendo choperas menguantes, rodeadas de trigales, viñas y campos de lino ganados palmo a palmo al monte. Algún molino aquí o allá anunciaba la presencia de una aldea, por lo general humilde, en torno a la cual se divisaban caseríos pobres trabajados por gentes indómitas en su ansia de libertad, que preferían la dura vida de la frontera a las certezas de la servidumbre.

Cuando finalmente dieron vista a las formidables murallas levantadas por las legiones romanas alrededor de su antiguo campamento convertido en urbe, la princesa ordenó a la comitiva detenerse a fin de preparar a conciencia su entrada triunfal en la ciudad. Nada podía ser dejado al azar. Cada detalle del ceremonial estaba perfectamente estudiado, pues la primera impresión que causara tanto al Rey como a su pueblo decidiría en buena medida su futuro en esa tierra.

Y la hermana de don Sancho era mujer de rompe y rasga.

Encabezaba el cortejo a lomos de una yegua torda, lujosamente enjaezada con ornamentos de cuero y plata procedentes de Córdoba, cuyas riendas sujetaba con fuerza un paje elegantemente ataviado. Vestía un suntuoso brial de fino brocado, plegado en la falda y en las mangas, de color azul celeste a juego con sus ojos. Realzaba la esbeltez de su figura un cinturón ancho de oro purísimo adornado con amatistas y turquesas, obra de un célebre orfebre mozárabe afincado en Zaragoza. Su larga cabellera ondeaba suelta, como correspondía a su condición de doncella, ceñida en la nuca por una guirnalda de perlas que formaban una cascada fundiéndose con su melena rubia. Iba erguida sobre la silla, impregnada de realeza y de ese perfume de rosas en el que gastaba fortunas.

La flanqueaban doce infanzones navarros montados sobre corceles briosos, que lucían en sus sobrevestes los escudos y colores de las familias más nobles. No llevaban armadura, pues estaban en aquella tierra como embajadores de paz, pero sus armas, yelmos y escudos resplandecían al sol otoñal, recién bruñidos, con el empeño de realzar su dignidad de caballeros.

Algunos pasos atrás iban las cinco damas venidas con la princesa desde Pamplona, igualmente diestras en el dominio de sus cabalgaduras e imponentes por su envergadura, visiblemente superior a la habitual en las mujeres locales. Lucían sayas ajustadas, blancas como la pureza, y al igual que su señora llevaban la cabeza descubierta y el cabello suelto, privilegio reservado a las jóvenes casaderas.

A bastante distancia seguía el resto del personal, guardias, muleros y criados encargados de la intendencia y el equipaje, lo suficientemente alejados como para no deslucir el cuadro de una comitiva en la que cada movimiento había sido pensado para causar el efecto buscado por doña Urraca: dejar sin habla a cuantos la vieran. La grandeza de su hermano debía resultar patente a través de su persona desde el instante mismo en que pusiera los pies en su nuevo hogar.

A decir de los presentes, consiguió con creces su propósito.

El rey Alfonso, a su vez, había preparado una bienvenida espléndida a su insigne prometida, con quien contraería matrimonio ante Dios en cuanto se hubiera repuesto de las fatigas del viaje.

Le habían hablado de las cualidades que adornaban a esa princesa, sin desdeñar su hermosura, y estaba impaciente por comprobar si a las ventajas inherentes a esa alianza con Sancho III se añadiría la alegría de una placentera unión carnal. Sabido era que las descripciones proporcionadas por los emisarios enviados a concertar el enlace tendían a enaltecer los encantos de la novia, silenciando eventuales defectos, por lo que recelaba de los encendidos elogios referidos a doña Urraca.

No iba a tardar en comprobar que todo lo dicho se quedaba corto.

A media legua de su capital aguardaba a la comitiva navarra una delegación de notables enviados a recibirla, encabezada por los condes de Palacio, los de Monzón y León, entre otros de similar rango; la milicia regia al completo, y una representación de obispos encabezada por el de Santiago, a lomos de una soberbia mula guarnecida con jaeces de plata. Rodeaban a esos magnates los mejores caballeros de sus respectivas mesnadas, vestidos todos de gala, con el fin de rendir honores a la forastera llamada a ser su nueva reina y señora.

Concentrada en seguir el paso de sus compañeras y guardar la distancia acordada con la montura de doña Urraca, Auriola apenas se fijó en esos donceles leoneses cuyos ojos las devoraban. La chica situada a su izquierda, sin embargo, le comentó, sugerente:

—Tal vez alguno de esos apuestos jinetes termine siendo mi esposo. O el tuyo. ¿Quién sabe? Si de mí dependiera, escogería a ese que te contempla arrebolado —rio—. ¿Lo ves? El de la túnica parda.

—Prefiero no hacerme ilusiones —respondió Auriola, obligándose a no mirar—. Sin dote, ni peculio propio, ni una familia poderosa que me respalde, dudo que llegue a pretenderme alguien de tanta alcurnia. No tengo nada que ofrecer.

—Eso no es verdad —la regañó su amiga—. Para empezar, eres una dama de doña Urraca, lo cual es mucho decir. A mí me pareces tan despierta como la que más. Y además, tal como ella misma nos dijo, somos bonitas. ¡Verás como no han de faltarnos propuestas!

—Si tú lo dices…

Uno de los leoneses, el de la túnica parda, seguía sin apartar la vista de esa doncella de piel blanquísima y melena rubia, viva imagen de la belleza. Se llamaba Ramiro de Lobera y había nacido en una aldea de pescadores sita en la costa de Asturias. Hasta ese día las mujeres le habían parecido entretenimientos fugaces, con la única excepción de su madre, a la que profesaba auténtica devoción. Para las demás no tenía tiempo. Estaba demasiado ocupado abriéndose camino con la espada al servicio de su rey.

«Sácatela de la cabeza, Ramiro —se dijo para sus adentros, acompañando la reflexión con un elocuente gesto—. Ella picará sin duda más alto que un vulgar caballero villano, y tú tienes mucho que hacer antes de pensar en amores».

Al pasar frente a él, no obstante, la muchacha volvió el rostro y le dedicó una sonrisa. Una caricia al corazón que su memoria conservó grabada a fuego, mientras confiaba en que el futuro le permitiera devolvérsela multiplicada.

El exterior de la muralla estaba sembrado de tiendas donde habían sentado sus reales, por grupos, las gentes de armas de los dignatarios acudidos a dar la bienvenida a la Reina y asistir a sus esponsales con don Alfonso. Estos se alojaban en residencias de parientes y amigos, en alguno de los edificios monásticos existentes intramuros o bien en la célebre posada del Obispo, famosa por su limpieza y la calidad de sus viandas. En León no cabía un alfiler, pues nadie quería perderse tan magno acontecimiento.

Tras los saludos de rigor, que doña Urraca recibió con gracia, dando su mano enguantada a besar, el cortejo se encaminó hacia el Arco del Rey abierto en el extremo oriental de la formidable muralla, bordeando el mercado que se celebraba los miércoles frente a dicha puerta, fuera de la ciudad.

Al igual que sucediera a las afueras de Pamplona, una multitud se había concentrado a lo largo del recorrido para vitorear a la princesa navarra, cuyo porte regio despertó la admiración general, manifestada ruidosamente. Ella y sus damas avanzaron al paso, escoltadas por lo más granado de la nobleza leonesa, respondiendo con elegancia a los saludos del pueblo. Embocaron un carral ancho, abarrotado de gente, y enseguida se toparon con el tapial que rodeaba el complejo palaciego, situado a su izquierda, prácticamente lindando con la basílica dedicada a los santos Vicente y Leocadia, muy cerca del recién construido monasterio del Salvador.

Bastaba ese breve trayecto para constatar que León era una ciudad pujante, donde los canteros se afanaban en levantar bellas edificaciones o restaurar las destruidas por las recientes aceifas. El Rey se había propuesto embellecer su capital, para lo cual desplegaba un ingente caudal de medios.

Auriola, sin embargo, percibió algo muy parecido a lo que había experimentado al poner pie en Pamplona por primera vez. La ciudad le pareció maloliente y estruendosa, aunque en esa ocasión tales atributos ya no la sorprendieran. Las urbes, se dijo, debían de ser todas así. Por eso, en cuanto le fuera posible, fijaría su residencia en alguna tenencia rural semejante a la que poseía su padre, si es que encontraba a un buen hombre dispuesto a compartirla con ella.

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