La dueña

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Capítulo 6

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Año 1023 de Nuestro Señor

León

Don Alfonso aguardaba a su prometida frente al portón del antiguo palacio del rey Ramiro, reducido a escombros por Almanzor y en avanzado trance de reconstrucción, acelerada por la necesidad de acoger en él a una nueva moradora.

El monarca viudo contaba a la sazón veintinueve años de edad. De estatura mediana y espaldas anchas, fortalecidas en el duro entrenamiento para el combate al que dedicaba su existencia, portaba regias vestiduras de ceremonia, cuyo esplendor no desmerecía el del atuendo escogido por doña Urraca: túnica cerrada de brocado sobre camisa de hilo y borceguíes altos confeccionados con una única pieza de cuero, balteo de oro puro cuajado de gemas y, sobre el hombro izquierdo, el espléndido manto de corte, tejido con seda, bordado de oro y forrado de armiño. Ceñía su cabeza la diadema labrada, reservada para las ocasiones solemnes, que enmarcaba una frente amplia, bajo la cual brillaban unos ojos oscuros como carbones, vivos, curiosos, feroces. Su barba y su cabello eran brunos, salpicados aquí y allá de canas tempranas. Se trataba sin duda de un hombre apuesto, que sorprendió favorablemente a la princesa navarra.

Tras desmontar con la ayuda de un criado, esta dio unos pasos hacia él, quien le ofreció su mano para traspasar juntos el umbral de la mansión que ocupaba mientras permanecía en su capital, lo que no resultaba frecuente. La corte leonesa itineraba con más frecuencia de la que habría querido el soberano, forzada por las circunstancias de un territorio sometido a constantes revueltas. En el palacio, no obstante, permanecían siempre los infantes Sancha y Bermudo, que en esa hora aguardaban, nerviosos, el momento de conocer a la mujer que su padre les había escogido por madrastra.

Sin saber muy bien qué hacer, las damas de doña Urraca se mantuvieron inmóviles sobre sus cabalgaduras, esperando a que les indicaran dónde debían dirigirse. Al poco, apareció ante ellas un personaje ataviado de un modo que reflejaba su condición de alto dignatario, quien se presentó haciendo una reverencia que a Auriola se le antojó exagerada.

—Mi nombre es Sisnando y soy el prepósito designado por Su Majestad para atender a la Reina, nuestra dómina, así como a su ilustre séquito —dijo en tono obsequioso—. Hacedme saber si cumplen sus tareas a vuestra plena satisfacción el caballerizo, el botillero, el escanciador, el escribano o cualquier otro miembro del personal afecto a vuestro servicio. Bienvenidas seáis a palacio.

Erigiéndose espontáneamente en portavoz de las demás, María Velasco dio las gracias con sencillez, antes de indicar a las otras que la siguieran. Después, una vez instaladas en las estancias dispuestas para ellas junto a la cámara de la soberana, explicó a sus compañeras:

—Ese voluminoso Sisnando —se refería a la barriga que a duras penas abarcaba el cinturón del aludido— es nuestro mayordomo. El que gobernará la casa de doña Urraca y proveerá a nuestras necesidades.

—Habla de un modo extraño —comentó una de ellas, entre asombrada y divertida.

—Es el romance culto que se emplea aquí, en León —la reprendió con suavidad María—. Todas deberemos acostumbrarnos a él cuanto antes y utilizarlo en la conversación, dado que nuestra señora será juzgada por nuestra conducta tanto como por la suya propia.

—Yo ni siquiera había entendido lo de «prepósito» —confesó Auriola—. ¡Será redicho!

—¿Sabes leer? —inquirió la veterana.

—Lo suficiente para rezar —respondió ella, un tanto ofendida por la pregunta.

—Nunca resultan suficientes las lecturas —replicó la Velasco, esta vez con severidad—. Mientras estemos aquí, aprovecharemos para instruirnos durante el tiempo que nos deje libre el cumplimiento de nuestras tareas. Ahora, instalaos y procurad descansar. Don Sancho ha depositado en nosotras una gran confianza, que hemos de saber honrar.

Auriola se mordió la lengua para no espetar a esa presuntuosa lo que pensaba de ella. Estaba lejos de imaginar la ayuda que le prestaría cuando más la necesitara, sin pedirle nada a cambio. De hecho, aún no había aprendido a ver en las personas más de lo que aparentaban; a buscar en su interior la verdad, a menudo distante de la fachada mostrada.

León era mayor y más señorial que la capital navarra, aunque compartía con esta múltiples elementos comunes. Tanto la una como la otra habían sufrido a menudo la ira sarracena, traducida en muerte, cautiverio y devastación. Ambas habían visto sus edificaciones arrasadas hasta los cimientos, una y otra vez, pero también las unía la determinación de levantarse y resurgir a partir de ese amasijo de ruinas.

Como símbolo de esa voluntad inasequible al desaliento, la iglesia de San Salvador se alzaba cual ave fénix sobre sus cenizas, próxima al complejo palaciego. A escasa distancia del recinto cercado se encontraban el templo dedicado a san Martín y el mercado de igual nombre, con una amplia variedad de puestos y mercancías, muchas de las cuales Auriola no había visto en su vida. En el extremo opuesto, no muy lejos del paño norte de la muralla que protegía la residencia y el panteón de los reyes cuyos restos habían sido trasladados recientemente a la nueva capital desde Oviedo, el soberano había mandado restaurar también el monasterio dedicado a san Juan y san Pelayo, mártires objeto de una gran devoción.

La ciudad estaba viva. Palpitaba.

A semejanza de lo que acontecía en Pamplona, la cubría una densa humareda causada por la leña húmeda empleada en los llares. Una suerte de neblina perpetua que impregnaba el aire de un desagradable olor acre y picaba en los ojos como la cebolla recién pelada. La lluvia convertía con frecuencia las calles en auténticos barrizales, en los cuales quedaban atrapadas madreñas o botas de cuero. De las cocinas escapaba el aroma característico del sebo usado para guisar potajes de legumbres o estofados cuando se disponía de carne, y en las tabernas se servía mucha más sidra que vino, lujo al alcance de pocas bolsas.

León volvía a ponerse en pie, sin prisa ni tampoco pausa.

A pesar de la austeridad de sus costumbres, contemplada con infinito desdén por los embajadores de las ricas taifas vecinas, rezumaba una indoblegable voluntad de existir. De sobrevivir a la brutalidad con la que había sido acometida.

En aquel comienzo del segundo milenio, una vez superado el terror causado por Almanzor, unas dos mil almas se acogían al amparo de sus antiguas defensas, a cuya sombra habían edificado sus modestas viviendas, plantado sus huertos, acomodado a sus animales junto a ellos, a fin de compartir calor, e incluso erigido orgullosas torres de piedra, en el caso de los más pudientes.

Al poco de ascender al trono, el soberano y su primera esposa, Elvira, habían rubricado un fuero en extremo audaz, cuyo propósito era atraer a su capital a gentes de todo el Reino y así repoblar el antiguo asentamiento romano destruido con saña por los sarracenos. Una nueva ley pensada para seducir a quienes corrieran el riesgo de instalarse en una región asolada, fueran siervos o campesinos, a cambio de libertad; de la oportunidad de forjarse un futuro. Un compendio de reglas sin precedentes en la memoria, que apelaba a los más audaces, brindándoles la posibilidad de integrarse en la milicia de la ciudad para defenderla de eventuales ataques, ofreciéndoles en contrapartida tierra y exenciones fiscales.

A partir de la promulgación de ese texto revolucionario, muchos se habían atrevido a traspasar la cordillera y hacerse con una parcela hasta entonces yerma, sabiendo que, con arreglo al viejo Fuero Juzgo restaurado por don Alfonso II, magno soberano de Asturias, al cabo de treinta años de siembra y recolección terminaría por ser suya. Hacía ya más de dos siglos que ese rey sabio entre los sabios, bendecido por el apóstol Santiago con el milagro de darle a conocer el lugar donde descansaban sus reliquias, había devuelto a su pueblo la esperanza de escapar así a las cadenas de la servidumbre. Claro que, después de él, había corrido mucha sangre.

En esa época de tribulación, aceifas y conflictos constantes, no resultaba sencillo conservar tanto tiempo una presura, salvo que los ocupantes contaran con el respaldo de un gran señor o una orden monástica poderosa. La fuerza de la norma escrita quedaba en papel mojado frente a la razón de la fuerza, y por eso el Fuero de León iba más allá de lo que jamás hubiera otorgado un monarca en la concesión de derechos a cuantas gentes, grandes o pequeñas, quisieran secundar su sueño de ensanchar el territorio cristiano: labriegos, monjes, clérigos, nobles, hombres de armas… Cualquiera que tuviera el arrojo suficiente para traspasar las murallas de Dios y enfrentarse a los peligros que aguardaban en la frontera era bienvenido a los dominios del nuevo Alfonso, quinto monarca cristiano de cuantos habían honrado ese nombre.

Deslumbrado por ese sueño, hambriento de gloria y fortuna, había recalado años antes en León un muchacho procedente de una aldea de pescadores asomada al mar Cantábrico, llamado Ramiro, cuyo destino acababa de cruzarse con el de la joven dama Auriola que acompañaba a la nueva reina. Ni uno ni otro eran conscientes, aún, de hasta qué punto la vida pondría a prueba la emoción nacida de ese breve encuentro.

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