La dueña

La dueña


Capítulo 7

Página 11 de 51

7

La boda real se celebró una mañana de otoño soleada, en la iglesia de Santa María levantada por el rey Ordoño sobre unas antiguas termas romanas. El templo estaba abarrotado de potentados venidos de todos los confines del Reino, condes, magnates, obispos, abades y sus respectivos séquitos, algunos de los cuales debían conformarse con ocupar un sitio en el atrio. Las calles adyacentes también rebosaban de público, ávido por ver con sus propios ojos el espectáculo inusual de un enlace de tan altos vuelos.

—¡Aleja las manos de mi bolsa, que te veo las intenciones, bribón! —advertía un comerciante apretujado entre el gentío a un chiquillo de dedos largos a quien había sorprendido tratando de hacer su agosto—. Como vuelva a verte por aquí, te llevo de una oreja al alguacil.

—Una limosna, por piedad —suplicaba un tullido apoyado en dos muletas, tratando de abrirse paso entre ese tumulto.

La acumulación de personajes pudientes invitados al enlace parecía haber atraído hasta la capital a todos los mendigos del Reino, que se disputaban con violencia los lugares más propicios para obtener de los viandantes unas monedas o algún mendrugo. Por más que intentaran los guardias sacarlos de calles y carrales, siempre volvían. Los conventos repartidos por la capital solían suministrarles algún sustento, insuficiente, empero, dado su abultado número. La guerra, los accidentes, las amputaciones infligidas como castigo por ciertos delitos o los males tales como la ceguera se mostraban implacables con sus víctimas, condenándolas a vivir de la caridad, pues no abundaban las familias capaces de asumir tal carga.

Ni pillos ni pedigüeños, no obstante, ensombrecían ese día la alegría reinante en las inmediaciones de Santa María.

Auriola se había engalanado a conciencia, con la esperanza secreta de volver a encontrar, entre esa multitud, al caballero de la túnica parda a quien había sonreído unos días antes frente a la muralla. Él albergaba idéntico deseo, aunque su condición de simple infanzón lo había dejado fuera del círculo íntimo que rodeaba al monarca, y por tanto lejos de la dama navarra que a buen seguro acompañaría a la novia hasta el altar. Pese a ello, se buscaron entre el gentío y cruzaron sus miradas. Se reconocieron. En esta ocasión fue él quien tomó la iniciativa de saludarla con un gesto elocuente, al que ella respondió sin excesivo entusiasmo, dado el riguroso protocolo impuesto en la ceremonia.

¡Cuántas veces en los años siguientes ella se reprocharía esa indiferencia fingida y él se devanaría los sesos preguntándose el porqué de ese cambio de actitud que había enfriado de golpe todas sus ilusiones!

Concluidos los festejos, en el transcurso de los cuales no tuvieron ocasión de hablarse, la muchacha se retiró con sus compañeras a los aposentos en los que esa noche el Rey visitaría a doña Urraca en su lecho, para ayudarla en los preparativos de tan importante encuentro.

La estancia estaba ricamente amueblada. Cubrían los sólidos muros de piedra lujosas alhagaras; esto es, paños de trama de seda con decoración geométrica, que Auriola nunca había contemplado antes. A tenor de su belleza, pensó, parecían haber sido tejidos por manos de ángeles.

Bajo uno de esos tapices se hallaba el amplio lecho de la Reina, provisto de tres colchones de lana superpuestos y vestido con sábanas de lino fino bajo edredones de plumas.

Adosados a la pared opuesta descansaban dos enormes arcones de madera de roble, con tapas a dos vertientes, donde las damas habían colocado el vestuario de doña Urraca, cuidadosamente doblado, introduciendo en los resquicios abundantes saquitos de hierbas aromáticas destinados a perfumar las prendas e impedir que se impregnaran del desagradable olor de la humedad. Completaban el mobiliario una mesita baja con incrustaciones de hueso y un par de escaños de respaldo ancho mullidos con cojines, cuyas patas semejaban garras de animales feroces.

—El Rey es un hombre apuesto, mi señora —rompió el hielo Clara, quien había mostrado su admiración por los placeres imperantes en la taifa de Zaragoza—. Y viudo, lo que es tanto como decir experto…

—¡Calla, deslenguada! —la reprendió María.

—Solo digo que a nuestra reina le aguarda una noche de pasión y goce con un marido bien parecido y ducho en el arte del amor —se defendió la charlatana, guiñando un ojo con malicia—. ¿Qué hay de malo en ello?

—El matrimonio tiene como finalidad engendrar hijos —volvió a regañarla la otra en tono severo.

—Bueno, ese empeño no es incompatible con el disfrute, ¿no es así? ¡Para mí quisiera yo un esposo como don Alfonso!

—Y lo tendrás —zanjó doña Urraca, feliz y conciliadora—. Prometo daros cumplida cuenta de cuanto suceda esta noche. Ahora, ayudadme a prepararme para cumplir mi deber de esposa…

Entre lencería bordada, agua de rosas, risas, tiempo dedicado a peinar la larga melena dispuesta de modo que caía sobre el pecho semidesnudo de la novia sin terminar de cubrirlo, chanzas picantes de algunas y apuestas subidas de tono sobre el vigor que mostraría el monarca a la hora de la verdad, Auriola casi llegó a olvidar al misterioso caballero de la túnica parda.

Ramiro a su vez regresó solitario y triste a la tienda que su escudero había levantado para él al abrigo de las fortificaciones. No se tomó la molestia de desvestirse. Se dejó caer sobre el catre de tijera que hacía las veces de cama, con las manos cruzadas bajo la nuca, y dejó volar la imaginación hacia el territorio de los sueños donde podría habitar un castillo de su propiedad junto a la dama de ojos celestes que le había robado la paz.

Ni uno ni otra durmieron mucho esa noche.

El Reino se hallaba inmerso en múltiples conflictos intestinos que obligaban a don Alfonso a desplazarse constantemente de un lugar a otro, acompañado por sus mesnadas, con el fin de poner orden entre clanes enfrentados de nobles y potentados. Además, se había propuesto recuperar el territorio conquistado por los sarracenos al sur de Galicia, lo que le llevaba a guerrear frecuentemente, lejos de su familia y de su capital.

El lugar de Ramiro estaba al lado de su soberano, sirviéndole de escudo, desde el día en que este le había otorgado el honor de incluirlo en su milicia, cargándolo al mismo tiempo con el deber de entregarle su lealtad y su vida en caso de necesidad. Por eso marchó con él al combate al cabo de unos pocos días, sin noticias de la joven dama habitante de sus pensamientos.

Auriola intentó saber al menos de quién se trataba, aunque nadie supo darle razón. ¿Qué datos podía aportar en su búsqueda, salvo el color de su túnica y el sentido de una mirada que solo ella había comprendido?

Transcurridas unas semanas se resignó a la certeza de haberlo perdido, aun cuando su recuerdo siguiera persiguiéndola noche y día. Una voz interior persistente se empeñaba en convencerla de que volverían a verse.

Pronto encontró un propósito, una vocación y un consuelo a esa añoranza en la compañía de los dos huérfanos confiados a su cuidado por doña Urraca, los infantes Bermudo y Sancha, que contaban seis y cinco años de edad cuando los conoció.

—Príncipe Bermudo, mi señora doña Sancha —se dirigió a ellos su madrastra, solemne, como si fueran adultos—, permitidme que os presente a Auriola de Lurat, quien me ha acompañado desde nuestra tierra navarra y espero sabrá serviros tan bien como lo ha hecho conmigo.

Los niños la miraron con una mezcla de temor, desconfianza y altivez impostada. Estaban en el palacio de su padre, un hogar hasta entonces seguro, ante una forastera a la que este había convertido en dueña y señora de la casa, apenas un año después de la muerte de su madre. ¿Qué debían esperar de esa otra desconocida a la que veían enorme, zafia, con hechuras de soldado y modales de sirvienta?

En busca de protección, Sancha cogió de la mano a su hermano mayor, que fue el encargado de responder, muy serio:

—Doña Auriola, sed bienvenida a León.

La manera envarada en que se expresó ese mocete, que apenas levantaba tres palmos del suelo, causó en ella una sensación contradictoria, entre cómica y lastimera. Serían de linaje real, se dijo, pero se notaba a la legua lo asustados que estaban y los patéticos esfuerzos que hacían por disimular. Por supuesto se abstuvo de reír, pues ceder a tal impulso habría supuesto su ruina. Tiempo tendría de divertirse con ellos y no a su costa. Ningún niño, noble o plebeyo, merecía sufrir burlas o ser tratado con crueldad.

—En cuanto a ti, querida —añadió la Reina en tono severo—, sé que cuidarás a los príncipes como si fueran de tu propia sangre. ¿Qué digo tu sangre? La de nuestro rey, don Alfonso, lo que supone una responsabilidad infinitamente mayor. ¿Sabrás estar a la altura?

—Os prometo que lo intentaré —contestó ella, abrumada—. Intentaré que sean tan felices como lo fui yo a su edad.

Doña Urraca no pareció muy satisfecha con esa respuesta, aunque dio por terminada la audiencia y despachó a su dama. Pensó que ya la instruiría a conciencia sobre lo que significaba supervisar el tiempo de ocio de esos infantes y lo que se esperaba de ella en términos de información e influencia. Su felicidad era deseable, sin duda, aunque distaba de constituir una prioridad.

Lo importante era lograr que Bermudo, el heredero, viera con simpatía al Reino de Navarra. Que, llegado el caso, aceptara espontáneamente la tutela de su monarca. A fin de cuentas don Sancho había encomendado a su hermana una misión delicada, para la cual era indispensable el concurso de alguien con la personalidad de esa doncella cuya frescura se había ganado el afecto y confianza de la nueva reina de León.

Auriola, por su parte, trocó la risa por compasión ante la tristeza que rezumaban esas criaturas embutidas en prendas de gala tan incómodas como impropias de su corta edad, a las que no obstante parecían acostumbrados. ¿Qué alternativa tenían, si desde su nacimiento habían sido tratados con reverencia y distancia ajenas a su condición de niños?

Los príncipes se retiraron, obedientes, sin perder la compostura. Jamás se habían permitido ceder a la espontaneidad propia de la infancia y mucho menos ahora, cuando en ausencia de su padre se sentían más desamparados que nunca. Únicamente su madre les prodigó abrazos ajenos al protocolo, en la intimidad de sus aposentos, lejos de miradas indiscretas. Pero desde el invierno anterior ella ya no estaba con ellos. Había pasado a mejor vida, junto al Señor nuestro Dios, según decían los clérigos que velaban por su educación religiosa. Los pequeños trataban de imaginar cómo serían sus días en el cielo, en compañía de los ángeles, sin por ello dejar de extrañarla con un dolor más lacerante que el de la peor quemadura. Se daban fuerza el uno al otro, aferrados al orgullo, guardándose los sentimientos tras la máscara inherente a su rango.

Auriola no se dejó engañar por esa apariencia hilvanada con los hilos frágiles del disimulo. Desde el principio se propuso ganarse a los chiquillos que ocultaban sus miedos bajo esos ampulosos ropajes. Los siguió hasta sus estancias, ajustando su paso al de ellos, y una vez allí aprovechó su primer momento a solas para preguntarles a bocajarro:

—Decidme, altezas, ¿a qué os gustaba jugar con vuestra madre? No pretendo parecerme a ella, ni mucho menos suplantarla, aunque me gustaría mucho ayudaros a evocarla con la alegría que merece su recuerdo.

Y así, poco a poco, de manera natural, fue conquistando su amistad a la vez que su confianza. En particular la de Sancha, dado que Bermudo, en su calidad de varón y sucesor en el trono, enseguida fue alejado de las compañías femeninas, consideradas dañinas para su correcta formación. A fin de proporcionarle la educación apropiada, se le puso en manos de clérigos encargados de instruirlo en latines y religión, mientras un ayo ducho en el manejo de las armas asumía la tarea de convertirlo en un guerrero digno de ceñir algún día la corona. También la infanta estaba bajo la tutela de un aya responsable de proporcionarle una educación acorde a su elevado rango. Se trataba de una dama de alto linaje y origen gallego, llamada Fronilde Gundemáriz, quien desempeñó un papel determinante en sus primeros años de vida. Ella había sido escogida por la difunta reina Elvira y era quien decidía sobre las grandes cuestiones. Auriola fue consciente desde el primer momento de que su papel era otro. Ser amiga más que guardiana. Cómplice antes que maestra, sin olvidar la lealtad debida a su señora, doña Urraca.

Ir a la siguiente página

Report Page