La dueña

La dueña


Capítulo 8

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El ambiente reinante en la corte no se parecía en nada a lo que Auriola había conocido en Lurat. A poco observadora que una fuera, saltaban a la vista las intrigas apenas disimuladas, los intereses opuestos, las ansias de poder de los diferentes clanes, las rencillas crecientes entre magnates partidarios de estrechar lazos con Navarra y otros hostiles hacia la Reina y su poderoso hermano, a quien achacaban no solo haberse apoderado ilícitamente de Castilla, sino pretender gobernar el Reino sirviéndose del legítimo rey como de una marioneta en sus manos.

En ese juego de influencias las cinco damas de compañía venidas con doña Urraca desde Pamplona, todas ellas solteras, constituían piezas de gran valor y eran cortejadas por más de un caballero deseoso de vincularse al que, por esas fechas, parecía ser el bando vencedor. Auriola contemplaba las maniobras de los pretendientes con tanto desdén como el fingido desinterés de las doncellas casaderas, pues sabía que todo formaba parte de una partida de naipes para la cual unos y otras habían sido preparados desde la infancia. Se repartían las cartas, con mejor o peor suerte, y cada cual jugaba las suyas ateniéndose a su inteligencia.

Siguiendo el ejemplo de la Reina, tres de sus acompañantes contrajeron matrimonios ventajosos antes de cumplirse el año, vinculando de ese modo su sangre a la de sus equivalentes leoneses, en aras de contrarrestar el auge creciente del condado de Castilla y acrecentar el poder y el patrimonio de los vástagos resultantes.

Ya desde tiempos del primer rey García Sánchez se habían tejido sólidos lazos de amistad entre los reinos de Pamplona y León, que culminaron en tantas bodas como victorias en el campo de batalla. La hija del señor de Lurat, sin embargo, se resistió con todas sus fuerzas a un arreglo de tal naturaleza.

Con catorce años recién cumplidos, la edad no la empujaba a correr. Tampoco la modestia de su tenencia familiar despertaba grandes apetitos, y además doña Urraca le había encomendado la misión de velar por el bienestar de los infantes, lo cual la mantenía ocupada. Sobrevolando todas esas razones, no obstante, estaba la imagen de ese jinete de la túnica parda que la visitaba frecuentemente en sus sueños y le susurraba palabras tiernas.

Tampoco María Velasco sucumbió a los muchos potentados que llamaron a su puerta. En su caso resultó más complicado el rechazo, al tratarse de una mujer de gran fortuna y considerable hermosura, adentrada además en la veintena, última frontera para la maternidad.

—Me dicen que has dado con la puerta en las narices al elegante doncel que te rondaba —se reía esa mañana de Auriola, mientras compartían el desayuno antes de emprender cada una sus labores cotidianas—. Tal vez deberías haberlo pensado mejor. Según los rumores que circulan por el palacio, te ofrecía tierras en el norte, con su correspondiente ganado, un ajuar completo de vestuario y ropa de hogar, así como un joyero considerable. No obtendrás nada mejor.

—Era buen mozo, las cosas como son —se defendió la muchacha, tratando de quitar importancia al asunto, en cierto modo intimidada por el respeto que le infundía esa señora de vasta cultura y modales exquisitos—. Pero don Bermudo y doña Sancha me necesitan sobre todo ahora, cuando el embarazo de la Reina la obliga a guardar reposo y mantener cierta distancia con ellos.

María esbozó un gesto escéptico y siguió tirándole de la lengua.

—Algo más habrá que te aleje de esos moscardones —insistió, burlona—. En caso contrario, estoy segura de que habrías mirado a tu pretendiente con otros ojos.

—Es que, si he de ser sincera, mi corazón ya tiene dueño —terminó por confesar Auriola, acostumbrada desde niña a decir siempre la verdad, por más que, en este caso, tuviera que superar su pudor.

—¿Y puede saberse su nombre? —Se alegró su interlocutora—. Tal vez yo pueda intermediar en el acercamiento. Ningún hombre en su sano juicio rechazaría a un ángel como tú.

Auriola se puso todavía más colorada ante aquella dama que la trataba como una hija, a pesar de ocupar un lugar más elevado en la rígida escala social. Entre risas nerviosas, respondió:

—¡Ojalá lo conociera! Pero lo cierto es que se trata de un infanzón al que vi un momento, de lejos, el día de nuestra llegada y después en la boda real. No tuvimos ocasión de hablar, aunque nos miramos… Nos miramos de un modo especial, no como se mira a un padre o un hermano. ¿Veis lo que quiero decir?

—No parece un fundamento muy sólido para entablar una relación —replicó la Velasco, esta vez en tono de censura.

—Lo sé —admitió la muchacha, agachando la cabeza—. Y aun así, lo amo. ¡Pobre de mí! ¿Qué le voy a hacer? ¿No dicen los propios clérigos que entre marido y mujer deben existir lazos de amor que hagan de su unión un camino placentero?

—Esos lazos surgen con el tiempo, la convivencia y el respeto mutuo. Así es como debe entenderse la sabia doctrina de nuestra Santa Madre Iglesia. Las alianzas selladas en el lecho matrimonial nada tienen que ver con sentimientos como el amor, frágil y voluble en sí mismo.

María Velasco había concebido la esperanza de que Auriola compartiera su profunda vocación monacal, frustrada después de que ella le desvelara su secreto. Aquello no cambiaba el cariño que le inspiraba esa criatura tan noble como recia, aunque sí la trascendencia de su negativa a pensar en casarse. Si renunciaba a sus limitadas oportunidades, estaría abocada a un destino que en modo alguno deseaba para ella. De ahí que volviera a la carga, con creciente firmeza:

—Escucha mi consejo, Auriola de Lurat. Si tu misterioso caballero no reaparece pronto, harás bien escogiendo a otro. ¿O acaso no quieres fundar una familia?

—Es lo que más deseo, mi señora doña María. Pero no podría hacerlo sin la persona adecuada. Y sé que esa persona es él. No me preguntéis por qué. Mis padres siempre me reprocharon mi obstinación. Así soy yo. Cabezota, pero cumplidora. Ahora mi deber es cuidar de los infantes mientras espero su regreso. Porque volverá. Estoy tan segura de ello como de que acaba de salir el sol.

—Los infantes tienen ayos, maestros y criados de sobra, Auriola. No precisan de ti para nada.

—En eso os equivocáis, mi señora —replicó ella sin arredrarse—. No os ofendáis, pero nadie les cuenta las historias que yo escuché de labios de mi aya Galinda, sobre el herensuge y otras criaturas del bosque, ni conoce los juegos a los que juegan conmigo, ni se atreve a tratarlos como los niños que son. Nadie les canta nanas para que se duerman. Yo creo que me necesitan, o cuando menos me quieren.

—Si tú lo dices… —se avino con displicencia la dama—. Aun así, ten cuidado. La vida pasa mucho más deprisa de lo que parece a tu edad.

La más joven de las dos no se atrevió a contradecir esas palabras. No hacía falta. Su expresión era un reflejo exacto de lo que estaba pensando. Tan genuino y transparente que la otra se adelantó a contestar la pregunta colgada en el aire:

—¿Y qué hago yo a mis años soltera, siendo como soy casi una vieja? Secreto por secreto, te diré que mi deseo habría sido entrar en religión, pero mi padre dispuso para mí otra cosa. Pese a todo, espero acabar mis días en la paz de un monasterio y contribuir, en la medida de mis posibilidades, a engrandecer la obra de la Iglesia.

—Eso os honra, mi señora —acertó a decir Auriola, desconcertada.

—Entre tanto, sirvo a nuestra reina y ya he dado los primeros pasos para erigir, a mis expensas, el monasterio de San Pedro y San Pablo, que pronto tomará forma y constituirá mi legado a la ciudad que nos acoge. Tú no esperes demasiado al caballero de tus sueños o acabarás conmigo allí, sin quererlo, a falta de alternativa mejor —concluyó la conversación, a medio camino entre la reprimenda y la sonrisa afable.

León crecía a ojos vistas. De la noche a la mañana surgían nuevos burgos y barrios extramuros de las fortificaciones romanas, porque el interior estaba prácticamente copado por las iglesias y monasterios que habían ido ocupando las antiguas cortes que en el pasado albergaban edificios civiles.

La capital de don Alfonso podía ufanarse de ser un faro de la Cristiandad.

La prosperidad de la urbe se debía a su bien surtido mercado, pero sobre todo a la riqueza traída por incontables viajeros en su camino hacia Compostela. El hecho de constituir un jalón indispensable en esa ruta de peregrinación era un regalo del cielo, casi tan valioso como el de albergar las reliquias del santo patrón, que los comerciantes francos supieron aprovechar antes y mejor que nadie. Así, mes a mes, año a año, la ciudad se fue convirtiendo en un formidable emporio, donde era posible comprar y vender cualquier objeto imaginable.

El Rey, sin embargo, no disponía de mucho tiempo para contemplar esa obra, fruto de su buen hacer. En el empeño de consolidar su trono y acrecentar su gloria, su vida era un combate constante contra los múltiples enemigos que amenazaban sus tierras, así cristianos como musulmanes. Apenas tenía ocasión de ver a sus hijos, y desde luego ignoraba la existencia de esa joven dama navarra que los abrazaba cuando estaban tristes, incumpliendo con ese gesto las rígidas pautas educativas establecidas por su propio bien.

Tampoco Ramiro, el más leal de sus infanzones, podía permitirse el lujo de buscar a la mujer cuya sonrisa lo tenía prisionero. El deber y la gratitud se anteponían al deseo. En la lucha permanecía al lado de su soberano, pero cuando, llegado el invierno, este disfrutaba en su palacio del merecido descanso, él plantaba su tienda junto a las murallas, sin más compañía que la de su escudero, o bien se retiraba a su feudo próximo a Zamora, donde guardaba la frontera al abrigo de una torre que aún estaba en construcción. Un edificio austero, a semejanza de su vida, concebido para la guerra y carente de comodidades.

Allí en Lobera aguardaba la llamada de su señor para emprender una nueva campaña, en compañía de los peones sujetos a su tutela que acudirían a luchar junto a él.

Fueran soldados o campesinos, todos los hombres libres tenían la obligación de combatir en caso de ser convocados, si bien uno de cada cuatro solía ser exonerado de la recluta con el fin de permanecer al cuidado de la tierra desguarnecida, de las mujeres y de los niños. A cambio, esos afortunados debían ceder al ejército sus asnos y demás bestias de carga, si es que disponían de alguna. La mayoría rezaba con devoción para alcanzar tal privilegio, pues en la batalla o la escaramuza esas pobres gentes de a pie, armadas con frecuencia de simples aperos de labranza, solían ser los primeros en caer. Pocos tenían la dicha de regresar con bien a sus casas.

La frontera era un lugar áspero, donde la libertad se cobraba un altísimo tributo en sangre. Y aun así nunca faltaron valientes dispuestos a instalarse en ella.

Ajena a esas preocupaciones, Auriola volcaba todo su cariño en Sancha y también en Bermudo, durante los pocos ratos que se le permitía al heredero estar en su compañía, poniendo además sumo cuidado en esquivar las intrigas palaciegas.

Tras el nacimiento de la princesa Jimena, acaecido un año después de su boda con el soberano, doña Urraca centraba en esa niña toda la atención que le dejaban libre los complejos asuntos del Reino, y estaba cada vez más alejada de sus hijastros, prácticamente huérfanos también de padre, dadas las prolongadas ausencias del Rey.

«Por más cuchara de plata que os llevéis a los labios —pensaba a menudo Auriola, sinceramente compadecida— no envidio vuestra suerte, moceticos. Rodeados de guardias y gentes que os adulan regalando vuestros oídos, cuando en realidad estáis solos en esta cueva de alimañas».

El conocimiento de la corte y sus pobladores no había mejorado su impresión inicial. Antes al contrario, desconfiaba de todo el mundo, excepto de los príncipes. Habría dado su vida por ellos, sin pensarlo, en caso de que alguno de los muchos nobles que aspiraban a medrar hubiese tratado de hacerles daño.

De forma natural detectaba la falsedad imperante en el estrecho círculo del poder y la rechazaba con todo su ser. Lo cual tampoco contribuía a que su corazón se abriera a eventuales candidatos, por mucho que pasaran los años y, con ellos, sus posibilidades de encontrar un marido adecuado. Pese a las advertencias fundadas de María Velasco, cada vez que pensaba en ello le parecía oír a su abuelo: «Aprende a distinguir el halago de la amistad verdadera».

Hasta la fecha, nadie se aproximaba siquiera a esa condición, aunque tampoco abundaran los halagos. Acumulaba méritos sobrados para ser considerada una persona rara, esquiva y abocada a convertirse en solterona, destino cruel donde los hubiera para una mujer de cualquier procedencia. Circulaban sobre ella toda clase de habladurías, a cuál más ofensiva, que llegaban hasta sus oídos provocándole rabia, indiferencia o hilaridad, según su humor. Se aferraba al instinto, así como a lo aprendido en su casa, consciente del elevado precio que pagaba por su elección.

Además, seguía pensando en Ramiro mucho más de lo deseable.

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