La dueña

La dueña


Capítulo 9

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Urraca respetaba y honraba a su esposo, sin olvidar la misión que le había encomendado su hermano al concertar sus esponsales con el soberano de León. Sabía que debía ejercer toda la influencia posible sobre el príncipe heredero, así como sobre la infanta doña Sancha, a fin de facilitar que el rey navarro utilizara ese influjo a su conveniencia. Lo que no podía sospechar era lo cerca que estaba el momento en que habría de vérselas sola con tamaña responsabilidad.

Corría el mes de mayo del año 1028 de Nuestro Señor y don Alfonso acababa de marchar a la guerra, acompañado de una poderosa hueste integrada por condes, magnates, caballeros y soldados rasos acudidos a su llamada desde todos los confines del Reino. Junto a ellos cabalgaban también obispos y otros clérigos, flanqueados por sus respectivas mesnadas, dispuestos a empuñar las armas en defensa de la verdadera fe.

Iban a la conquista de Viseu, todavía bajo dominio musulmán, decididos a recuperar el suelo sagrado que, según la tradición, albergaba el sepulcro del último rey godo, Rodrigo, muerto en la batalla de Guadalete. Habían partido pletóricos, seguros de alcanzar la victoria, pues la taifa de Badajoz, a la que pertenecía la ansiada plaza, andaba en disputas con la de Sevilla, lo que convertía a esos adversarios en piezas debilitadas y por tanto vulnerables frente al formidable ejército cristiano.

No tardaría en comprobar Alfonso hasta qué punto iba a resultar letal esa euforia prematura.

Imbuida de un mal presentimiento, que atribuyó a la posibilidad de un nuevo embarazo, la Reina buscó algo en lo que ocupar su mente el mismo día de la partida. Y así, antes de que se perdiera de vista la retaguardia de esa formación, llamó a su presencia a la más joven de sus damas, con el propósito de interrogarla sobre cualquier confidencia que hubieran podido hacerle los infantes. En el transcurso de la conversación le pediría igualmente que fuese preparando el terreno para un anuncio que ella misma se encargaría de hacer a su hijastra muy pronto.

A esas alturas de su nueva vida, Auriola había renunciado a buscar al caballero de la túnica parda entre la mesnada real. Transcurridos cinco años desde su fugaz encuentro sin recibir noticias suyas, procuraba evitarse nuevas decepciones permaneciendo en sus aposentos mientras todo León se echaba a la calle con el propósito de asistir al desfile triunfal de las tropas. Se escondía, aunque no lo suficiente como para escapar al criado enviado por doña Urraca, quien la urgió a dirigirse al salón del trono donde la esperaba la Reina.

La magnificencia de esa estancia seguía impresionando a la muchacha criada en la humilde tenencia de Lurat, no solo por su tamaño, sino por su decoración en extremo lujosa. La fría piedra de las paredes estaba cubierta de ricos paños bordados en una infinita variedad de colores. Además de las luminarias redondas colgadas de las vigas del techo, media docena de candelabros de tres patas sostenían velas suficientes para convertir la noche en día y perfumar el ambiente con el suave aroma de la cera virgen. A esa hora estaban apagadas, dada la luz que entraba por las ventanas abiertas al sol de la primavera, aunque una lumbre prendida en la inmensa chimenea libraba una dura batalla con la humedad del ambiente. El mobiliario consistía en una mesa de gran tamaño en forma de T y varios escaños que podían moverse de un sitio a otro en función de la necesidad.

En el centro de la sala, alfombrada de pieles, se encontraba doña Urraca, sentada en una cátedra de roble macizo, asiento ancho y respaldo alto, mullida con cojines de seda rellenos de pluma. A su lado, sobre una mesita baja, descansaba un tablero de ajedrez, juego de origen musulmán al que tanto ella como el Rey eran muy aficionados.

La partida que libraban sarracenos y cristianos desde tiempos inmemoriales se parecía mucho, de hecho, a las que disputaban sobre ese campo simbólico peones, alfiles, torres, caballos y reyes, aunque las piezas de marfil caídas no sangraran ni llamaran a sus madres en la agonía que precede a la muerte. Por lo demás, en aras de alcanzar la victoria, ambos terrenos de disputa exigían igual paciencia, estrategia, sacrificio y visión de futuro.

Cuando Auriola se presentó ante su señora y compuso una reverencia, la Reina mandó que le acercaran una silla a fin de entablar con ella lo que deseaba fuera una charla amistosa.

—Me alegra mucho verte con tan buena salud, mi querida Auriola, aunque me apena saberte aún soltera.

—Perded cuidado, majestad —respondió ella sonriente—. No tengo quejas sobre mi destino. Cada día agradezco al cielo la suerte de haber podido acompañaros y así conocer a los príncipes.

—Ya que los mencionas —fue al grano la soberana, obviando prolegómenos inútiles—, quisiera que me contaras cómo los ves tú desde la intimidad que, según mis informes, has establecido con ellos. ¿Te abren sus corazones? ¿Prestan acaso oídos al veneno que más de un cortesano intenta verterles?

Sorprendida por ese abordaje tan directo como inesperado, Auriola se quedó muda.

—Habla sin miedo, querida. Estamos entre amigas y mi única preocupación es el bienestar de los infantes.

—También la mía, mi señora —se apresuró a decir la dama, sin comprender el propósito de ese interrogatorio—. Tal como os juré en su día, intento que sean felices en la medida de mis posibilidades, que son escasas. Como bien sabéis, ellos tienen preceptores, confesores, ayos y ayas, instructores de armas y demás gentes principales cuya voz escuchan a buen seguro con mucha más atención de la que prestan a mis historias de dragones y princesas.

—Aun así —remachó la Reina—, tú pasas tiempo con ellos y hasta donde sé, te aprecian.

—Me gusta pensar que sí; que esos mocetes… ¡perdón! los infantes, se sienten a gusto conmigo. Ese es mi único propósito.

—¿Sabes si reciben visitas impropias o peligrosas? Mis informadores llegan hasta donde llegan, pero no descarto que algunas cosas escapen a mi control, y por supuesto al del Rey a quien todos servimos.

—No os comprendo, majestad.

—Sí lo haces, Auriola —endureció la voz—. No eres ni has sido nunca una necia. Percibes que la traición anida aquí mismo, en la capital, por no mencionar a ciertos magnates locales empeñados en engrandecer su poder en detrimento de los dominios reales.

—Si es así, lo desconozco —se hizo la tonta la dama—. Puedo aseguraros, no obstante, que los príncipes aman con sincera devoción a su padre, os honran de corazón y jamás secundarían maniobras como las que relatáis. Son buenos chicos. De verdad que lo son.

—Tus palabras me tranquilizan. —Relajó el gesto doña Urraca recuperando la belleza serena que había cautivado en su día a don Alfonso y aún lo mantenía prendado de su cuerpo, pese a que este evidenciara los efectos de su reciente preñez, disimulados por las modistas añadiendo pliegues a sus faldas—. ¿Qué más puedes contarme sobre ellos?

Auriola volvió a callar, confrontada a un dilema de difícil resolución. Por un lado debía guardar el secreto prometido a esos huérfanos a cambio de su confianza y, por el otro, estaba su deber sagrado de mostrar lealtad a la Reina. Afortunadamente para ella, empero, ninguna de las confesiones infantiles escuchadas de sus labios resultaba en absoluto comprometedora para nadie, por lo que pudo responder sin mentir:

—El príncipe Bermudo es impetuoso, como corresponde a su edad. Osado, temerario, imparable, algunas veces caprichoso… Tiene mucha prisa por crecer para empuñar la espada y, como ya os he dicho, siente auténtica veneración por su padre.

—Eso me agrada —asintió la Reina.

—Apenas lo veo ya —añadió la dama con pena—. Sus múltiples obligaciones lo mantienen siempre ocupado, de modo que podría haber cambiado en los últimos tiempos.

—No lo creo. Pienso como tú que su alma es noble. Si logra domeñar ese temperamento, por lo demás propio del guerrero que está llamado a ser, será un buen rey cuando llegue su hora.

—Lo será, majestad.

—¿Y qué me dices de doña Sancha? —Una inflexión casi imperceptible había aligerado el tono de Urraca—. ¿Se abre más ella contigo?

—Doña Sancha es todo dulzura, aunque su carácter sea tan fuerte como su sentido del deber —replicó Auriola con sincero orgullo—. Obediente y disciplinada, cumple con sus tareas y ayuda a su hermano en las suyas siempre que le resulta posible, si bien últimamente también ella lo frecuenta menos de lo que desearía. Durante todos estos años no ha dejado de sorprenderme el amor que ponía en cuidarlo y protegerlo ante cualquier adversidad, adoptando el papel de la madre a quien ambos echan en falta.

—Es natural —la Reina restó importancia al comentario—. Yo me he esforzado cuanto he podido, pero la sangre es la sangre…

—Disculpadme, majestad —reculó Auriola—. No era eso lo que pretendía decir. Me refería a que doña Sancha vela por su hermano con un celo impropio del año escaso que los separa.

—Lo había entendido —repuso Urraca, alzando la barbilla con gesto altanero.

—Además —prosiguió la dama, en un intento desesperado de hacerse perdonar—, últimamente piensa menos en él porque ha empezado a soñar con otra clase de príncipes… Ya sabéis a qué me refiero.

La conversación había llegado exactamente al punto que deseaba la soberana, cuya satisfacción se hizo patente en la sonrisa que le iluminó el rostro.

Con once años cumplidos, la infanta Sancha había alcanzado la edad idónea para casarse, por lo que don Alfonso de León y su cuñado, Sancho de Navarra, habían convenido arreglar sus esponsales con el conde de Castilla, García Sánchez, hijo de Sancho García, que contaba a la sazón diecinueve. El enlace reforzaría el vínculo del Reino con uno de sus territorios más levantiscos, bajo el manto protector del poderoso monarca pamplonés, cuya sombra se extendía imparable.

Acordados los términos de la unión por los encargados de hacerlo, era hora de informar a los contrayentes, a fin de despertar en ellos la curiosidad e ilusión necesarias para conseguir no solo su consentimiento, que se daba por supuesto, sino su plena implicación personal en el plan.

—De modo que nuestra infanta sueña con caballeros —fingió asombrarse la Reina.

—Como cualquier doncella, majestad —salió en su defensa Auriola, sin saber lo que ocultaban exactamente esas palabras.

—Pues albriciémonos, porque está a punto de conocer a su futuro marido y te aseguro que le va a gustar.

—¡Qué gran noticia, mi señora!

—De momento, guárdatela, ¿queda claro? —Urraca volvió a extremar la seriedad—. Ni una palabra a doña Sancha. Yo me encargaré de revelárselo cuando y como convenga. Anímala, eso sí, a pensar en el matrimonio como en algo placentero. Alimenta esas fantasías. Y ábrete a él tú también, porque pronto llegará el día en que los infantes a los que has servido dejen de tener espacio para ti en sus vidas.

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