El día había empezado bien. De manera inmejorable, en realidad, a pesar de la zozobra patente en la voz de Sancha mientras, al borde del llanto, relataba a su querida Auriola lo que se había encontrado en la cama al despertar esa mañana: una mancha de sangre en las sábanas.
—¡Ya eres mujer, prenda mía! —la felicitó exultante la navarra, que se permitía esa familiaridad en el trato únicamente cuando estaban a solas—. No tengas miedo ni te preocupes. Tampoco prestes oídos a quienes te hablen de impureza u otras sandeces similares. Sangrar es la mejor señal que podría enviarte el cielo. Significa que serás madre en cuanto te cases, lo cual no tardará en suceder.
Auriola transmitía a su manera espontánea, directa y sin eufemismos lo que ella misma había aprendido de su añorada Galinda, imbuida de sabiduría ancestral: que ese flujo incómodo, a menudo doloroso, casi siempre inoportuno y misteriosamente acompasado a la luna, constituía una condición necesaria para cumplir con la misión sagrada de parir hijos llamados a alegrar la vejez de sus padres. Que nada había en ello de sucio, ni mucho menos suponía una tacha para la condición femenina, como habían sostenido desde antiguo clérigos cristianos o sarracenos e incluso sacerdotes de otros cultos anteriores. Que ese sangrado era un don divino. Un regalo merced al cual se le abrirían las puertas de un destino venturoso. De ahí que insistiera, entusiasmada:
—Cuando se lo cuentes a la Reina, que espera impaciente la noticia, la celebraremos como corresponde.
La princesa interrogaba con la mirada a la dama, dudando entre preguntar o esperar a que ella siguiera hablando. El decoro exigible a una doncella impedía referirse abiertamente a algo tan íntimo como la menstruación, motivo por el cual un gran número de muchachas vivía el paso a la pubertad con temor a sufrir algún tipo de enfermedad, seguido de una profunda vergüenza ante el aislamiento derivado de ese trance. Las mujeres de alcurnia se recluían en sus aposentos durante esos días «especiales». Las de condición servil o campesina no podían permitirse tal lujo, aunque tampoco proclamaban a los cuatro vientos un estado que a ninguna producía la menor satisfacción. Simplemente lo sufrían, silenciosas, como tantas otras cruces inherentes a ser hijas de Eva.
Auriola había experimentado esas desagradables sensaciones en su momento, superándolas fácilmente merced al auxilio de Galinda. A ese respecto, también, el campo resultaba ser más benévolo que la ciudad, dada la estrecha unión existente entre sus habitantes y la naturaleza. La corte de León se situaba en el extremo opuesto, lo cual no sería un obstáculo para que ella prestara toda su ayuda a su pupila. El hecho de ser una infanta, además, le posibilitaría disfrutar de ventajas sustanciales que reducirían de forma drástica las inevitables molestias.
—Esto que te ha ocurrido hoy durará cuatro o cinco días y se repetirá cada mes —le anunció, risueña, cogiéndole de la mano para calmar la ansiedad de la muchacha que la miraba con ojos inquisidores.
—¿Es grave? —acertó a musitar la princesa.
—Es lo más natural del mundo, mi chica —la tranquilizó Auriola—. Nada tienes que temer. A todas las mujeres nos ocurre lo mismo.
—¿También a las monjas?
—También. A todas.
—Entonces ¿las monjas tienen hijos? —El tono denotaba verdadera estupefacción.
—No, Sancha. Las monjas no tienen hijos porque para concebirlos no basta con sangrar cada luna. Es preciso también el concurso del marido.
—¿Y cómo se manifiesta ese concurso? —Una vez rota la barrera del pudor, la curiosidad de la infanta se tornaba insaciable.
Sin pretenderlo, la conversación había alcanzado un punto que superaba con creces lo que Auriola había previsto. ¿Cómo iba a explicar lo que, a falta de experiencia, constituía un misterio para ella misma? Había visto aparearse animales y conocía el procedimiento, pero suponía, o quería suponer, que en el caso de las personas el mecanismo sería distinto. ¿Cómo iba a consentir el Señor que las criaturas hechas a su imagen y semejanza se comportaran igual que los caballos o las ovejas? Por fuerza debía existir otro modo, que ya descubrirían ambas cuando llegara el momento.
—Lo sabrás a su tiempo, mi niña. Y tendrá que instruirte en ese campo doña Urraca, cuando te anuncie el nombre de tu prometido, así como la fecha de tu boda.
—¿Tú lo conoces y me lo has ocultado? —se indignó la princesa, olvidando por un instante el origen de la charla.
—No conozco su nombre —mintió muy a su pesar la navarra, por no faltar a la palabra dada a su reina—, aunque sé que alguno se ha barajado.
—¡Dímelos!
—No puedo. No solo incumpliría un juramento, sino que probablemente conseguiría que me alejaran de ti como castigo. Tu madrastra se encargará de anunciártelo muy pronto y no creo desvelar nada inconveniente si te digo que el elegido te gustará.
Sancha siguió tirando de la lengua a su dama favorita, sin conseguir nada más que evasivas. Al cabo de un buen rato, esta logró a duras penas regresar a la cuestión inicial, para dar a conocer a la muchacha cómo debería hacer frente en el campo de lo práctico a la sangre que brotaría de su cuerpo a lo largo de las siguientes jornadas.
—Yo misma me encargaré de ordenar a tus doncellas que te proporcionen paños limpios en abundancia y te enseñaré a sujetarlos a las calzas mediante alfileres, aunque, si lo prefieres, ellas lo harán por ti. No resulta difícil.
—¿Me dolerá?
—Es posible, máxime al principio. Pero para todo hay remedio. —Le acarició con ternura la mejilla—. Una buena infusión de manzanilla o una jarra de cerveza tibia, aderezada con canela, obrarán milagros. Las campesinas no dejan de ir a la era, a menudo con sus pequeños a cuestas, las criadas continúan trabajando y las tenderas vendiendo pan o pescado. ¿Podrá decir alguien de ti que la hija de un rey fue menos?
Sancha no contestó. Seguía asustada por ese acontecimiento repentino, cuyo significado no terminaba de comprender, aun intuyendo que supondría un vuelco irreversible en su vida. Esa noche de verano decía adiós a la niñez, sin tener la menor idea de cómo afrontar la siguiente etapa, ni mucho menos sospechar que lo peor estaba por llegar, en razón de una coincidencia dispuesta por el azar para fundir en un mismo crisol dos sangres de igual color pero significados opuestos. Vida y muerte.
Al caer la tarde, todo el palacio se vio sacudido por un enorme revuelo cuyos ecos llegaron hasta las habitaciones de la infanta, quien distraía su desasosiego jugando con Auriola a las tabas.
En esa ocasión, cosa rara, se les había unido el joven Bermudo, tan diestro con esos huesos como en el manejo de la lanza y la espada de fuste con las que se adiestraba a sus once años. Como heredero al trono, su padre había dispuesto para él una formación militar harto rigurosa, que incluía aprender a cabalgar sobre una montura de guerra de gran alzada, provista de silla de borrenes altos y estribos para los pies; una novedad de procedencia sarracena, recién introducida en la caballería cristiana, que facilitaba notablemente el dominio del animal.
La dama navarra era quien había iniciado a los infantes en esa diversión popular de las tabas, al poco de conocerlos, y todavía de cuando en cuando seguían midiendo sus habilidades, lanzando al aire las pequeñas piezas a ver cuál de los tres se anotaba más puntos haciendo que cayeran en la posición deseada. Conseguir ese propósito resultaba mucho más complejo de lo que podía parecer a primera vista, y precisaba de tanto control como agilidad. Por eso los instructores del príncipe le permitían a regañadientes entregarse a ese solaz, siempre que antes hubiese acabado todas sus tareas.
En un principio ninguno de los jugadores prestó demasiada atención al jaleo, embebidos en su disputada partida. Cuando un lacayo irrumpió en la estancia para requerir la presencia de los príncipes en el salón principal, todos intuyeron que algo grave sucedía, aunque ninguno de sus presagios se acercara siquiera a la terrible realidad que estaban a punto de descubrir.
Acudieron deprisa a la llamada, los tres juntos. Recorrieron en silencio los pasillos familiares, camino de la estancia en cuestión, aunque Auriola no pudo ahogar una exclamación de sorpresa al encontrarse frente a frente allí con la última persona que habría esperado ver: el caballero de la túnica parda con quien seguía soñando, por más que su mente luchara para olvidarlo. Y sin embargo era él, precisamente él, quien los esperaba junto a doña Urraca, rodilla en tierra, con la cabeza gacha apoyada en la mano izquierda y la derecha descansando sobre la pierna temblorosa, a punto de desfallecer.
Ramiro de Lobera había partido de Viseu el 7 de agosto de ese año 1028 del Señor, infausto para siempre en su memoria, con el alma destrozada y el corazón atenazado por el miedo.
A costa de llevar a su corcel al borde de la extenuación, obligándolo a cubrir distancias de diez leguas diarias o más, recorrió en poco más de una semana las ochenta que separaban la ciudad sarracena de la capital leonesa, sin apenas descansar ni ingerir más alimento que el tasajo y el pan duro cargado a toda prisa en sus alforjas por el escudero dejado atrás.
No tenía un segundo que perder. Muerto el Rey de un flechazo fatal frente a las murallas de la plaza sitiada, su heredero, casi un niño, se convertía en presa fácil para cuantos conspiradores quisieran aprovechar la ocasión y deshacerse de él.
Todo había sucedido tan rápido…
La hueste leonesa había puesto sitio a la plaza, decidida a rendirla por hambre o bien tomarla al asalto. Solo era cuestión de tiempo que claudicase. Pero Alfonso, joven e incauto, cometió la temeridad de acercarse a inspeccionar sus murallas sin vestir la loriga ni el peto de cuero. Y él, Ramiro, que debería haberse interpuesto entre su señor y la flecha disparada por un ballestero sarraceno, solo pudo contemplar cómo ese tiro certero derribaba de su montura al monarca, alcanzado de lleno en el pecho.
La escena quedó grabada para siempre en su retina.
—¡Señor, señor, respondedme, en nombre de Cristo! —Se veía a sí mismo agachado al lado del herido, tratando de cubrirlo con su cuerpo mientras él se esforzaba por hablar—. No malgastéis el aliento, os lo ruego. Saldréis de esta. Yo os sacaré de aquí.
Para entonces, la milicia real había formado una empalizada humana alrededor del soberano, aunque ya era tarde. Desde las almenas de la villa sitiada, los compañeros del ballestero celebraban ruidosamente la valiosa pieza cobrada, incrédulos ante su suerte. Su moral estaba por las nubes. La de los cristianos, en cambio, se hundía hacia los infiernos.
—Ramiro —musitó el Rey con un hilo de voz—, me muero…
—¡No lo permita Dios!
—¡Escúchame! —Le apretó la mano—. Mi hijo Bermudo solo tiene once años…
No eran precisas más palabras que expresaran lo que quería decir. Resultaba evidente a ojos de cualquiera que supiese algo de las intrigas palaciegas en las que vivía sumido el Reino, y Ramiro llevaba en la corte el tiempo suficiente para hacerse cargo de la situación. Aprovechando la debilidad del heredero, tanto los magnates rebeldes a la autoridad real como el poderoso rey de Pamplona se abalanzarían sobre él como buitres. Su madrastra, la reina Urraca, poco podría hacer para defender sus derechos, en el supuesto de que intentara hacerlo en lugar de plegarse directamente a la voluntad de su hermano. Todo el legado de Alfonso correría grave peligro.
—No temáis, señor —respondió Ramiro, tratando de impostar una seguridad que estaba lejos de sentir—. El príncipe se convertirá en hombre y seguirá vuestros pasos. Será un gran rey, digno de vuestro linaje.
El augurio de su leal vasallo no bastó para apaciguar al moribundo. Entre estertores agónicos, con la mirada extraviada, clavó sus ojos en los del soldado que, de rodillas, sujetaba su cabeza entre las manos. Este creyó leer en ellos una pregunta y se apresuró a contestar:
—Juro por mi honor que defenderé al infante con mi vida.
Y allí estaba, ante él, decidido a honrar su juramento.
¡Bien sabía el infanzón de Lobera que en la lista de la traición nunca faltaban nombres! Caerían sobre el príncipe, como cuervos, nobles y magnates varios empeñados en robarle la corona. La vida de don Bermudo estaría en grave peligro en cuanto corriese la voz de lo acaecido en la villa lusa. De ahí la urgencia en regresar cuanto antes junto al nuevo ocupante del trono, a fin de brindarle amparo.
Mientras asistía impotente a la agonía de don Alfonso, ese monarca con quien estaría siempre en deuda, Ramiro había empeñado su palabra en llevar a cabo la misión sagrada de proteger al heredero a cualquier precio. Por eso, al poco de exhalar el Rey su último aliento, subió a su caballo sin encomendarse a nadie, decidido a ser el primero en llevar la trágica nueva a León.
Cubierto de sudor y barro sobrepuestos a la sangre de su señor, apestando a mugre, apenas reconocible bajo la barba y el cabello crecidos hasta ocultar buena parte de su rostro curtido por la implacable intemperie, se presentó ante la Reina esa tarde, presto a cumplir con el deber más penoso al que jamás se hubiese enfrentado.
Viendo el estado de ese caballero, doña Urraca se puso en lo peor, sin por ello perder la compostura. Era hija y hermana de reyes. Había sido educada para soportar los golpes, ocultando sus emociones en lo más profundo de su ser. Si debía llorar, como temía, lo haría en la soledad de sus aposentos. Ante sus hijastros y sus damas, reunidos a su alrededor para oír lo que ese mensajero del frente hubiese venido a decir, se mantuvo erguida sobre su escaño, las manos sobre el regazo, dispuesta a demostrar la entereza que el pueblo y la corte esperaban de su soberana.
Hincado de hinojos ante ella, abrumado por la pena, Ramiro escupió la espina que le desgarraba el alma:
—El Rey ha muerto, mi señora. Cayó luchando con bravura frente a las murallas de Viseu.
Luego levantó la mirada y Auriola se encontró con sus ojos. Ojos de un azul profundo que el dolor teñía de luto.