La dueña

La dueña


Capítulo 11

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Transcurrieron largos días hasta que volvieron a verse. Ramiro no se separaba del príncipe, sumido en un torbellino de emociones para el cual no estaba preparado, y Auriola trataba de consolar a Sancha hablándole del hombre que pronto llegaría a su vida para llenarla de alegría.

El palacio era un ir y venir constante de condes, abades, obispos y demás magnates, cada cual interesado en imponer su criterio y hacer valer sus peticiones aprovechando el vacío de poder creado por la súbita desaparición del monarca. Una muerte absurda, a tenor de lo que se había ido sabiendo, acaecida como resultado de una imprudencia imperdonable en un guerrero de su experiencia: pasearse en mangas de camisa a lomos de su corcel al pie de las fortificaciones que se disponía a tomar, colocándose de ese modo a tiro de un ballestero enemigo cuyo dardo alcanzó su pecho, desprovisto de coraza.

Ni el sarraceno habría podido aspirar a más, ni el cristiano imaginar que sucumbiría a la flecha de un adversario sin rostro antes de cumplir los treinta, dejando la corona en manos de un heredero casi tan niño como lo había sido él al recibirla de su padre.

La historia se repetía, implacable, obligando a sus protagonistas a bailar al son tenebroso de los timbales de guerra.

Doña Urraca, fuerte como el haya, no tardó en hacerse con las riendas del Reino. Informado del luctuoso suceso su hermano, a quien despachó un mensajero con órdenes de viajar a toda prisa a Nájera, se dispuso a ejercer la regencia en espera de que Bermudo alcanzara la edad considerada adecuada para empezar a gobernar por su cuenta, establecida a los quince años. Hasta entonces sería ella la encargada de velar por los asuntos de Estado, sometida a los ataques constantes de los bandos enfrentados.

No quiso cargar a su hijastro con un peso aún mayor del que llevaba sobre las espaldas advirtiéndole de lo que les aguardaba a ambos, pero se encomendó a Dios, tanto como a don Sancho, para que la auxiliaran en la tarea que tenía ante sí.

Ramiro apenas conocía al infante. Lo había visto en alguna ocasión en compañía del Rey, e incluso había practicado ante él algunos lances con el hacha vikinga, para solaz del pequeño, pero ignoraba lo que el muchacho llevaba dentro y lo que podía esperarse. Era plenamente consciente, empero, del compromiso inviolable contraído con su señor difunto, y se atenía a él, a su manera, manteniéndose a corta distancia del chico, siempre alerta, espada al cinto y guardia alta.

Ni siquiera la certeza de que Auriola andaba cerca, bajo el mismo techo, acaso en la estancia contigua, lo inducía a distraerse de esa estrecha vigilancia. Y no por falta de curiosidad o deseo, sino porque la culpa le roía las entrañas con voracidad. Se sentía responsable de haber dejado morir a don Alfonso, de haberle permitido cabalgar sin armadura, de no haberse interpuesto entre el acero asesino y el torso del monarca, de no haber caído en su lugar.

Semejante fardo sobre la conciencia necesitaba expiación y, sin mediar confesión ni prescripción del sacerdote, él mismo se había impuesto la penitencia de sacrificar su felicidad… Hasta el día en que se dio de bruces con la doncella de cabello rubio que le había sonreído tiempo atrás a las puertas de la capital.

Se encontraron precisamente en el patio del palacio, al despuntar el alba. Él se dirigía a las caballerizas a comprobar el estado de su maltrecho animal y ella había salido a tomar un poco del aire fresco que echaba a faltar encerrada entre cuatro paredes. Ramiro se detuvo en seco, sin saber qué hacer o decir. Auriola, igual de cohibida, solo acertó a sonreír. Ese gesto dibujó dos hoyuelos en sus mejillas, que llevaron al infanzón de regreso a un pasado dichoso y rompieron por completo el hielo.

—Mi señora —se inclinó, galante—, permitidme que me presente. Soy Ramiro de Lobera, humilde servidor de nuestro llorado don Alfonso.

—Ya iba siendo hora de que me dijerais vuestro nombre —respondió ella impostando enfado—. ¿No os parece? Deberíais haberlo hecho en el mismo instante en que cruzasteis vuestra mirada con la mía. Eso habría hecho un caballero.

Semejante rapapolvo dejó paralizado al infanzón, quien no acertaba a distinguir si hablaba en serio o simplemente lo ponía a prueba. El tormento, sin embargo, no duró mucho, porque ella abandonó enseguida el tono ofendido para regresar a su naturaleza espontánea y jovial.

—Perded cuidado. No os guardo el menor rencor. Yo soy Auriola de Lurat, dama de la reina Urraca y en estas horas tan tristes paño de lágrimas de unos príncipes que acaban de perder a su padre.

Con dieciocho años recién cumplidos, Auriola rebosaba juventud y belleza. Su piel de marfil conservaba intacta la tersura, a salvo de agresiones externas. Su cuerpo esbelto había ido adquiriendo curvas en los lugares precisos, sin perder el talle. Seguía careciendo de gracia al caminar, debido en parte al tamaño de sus pies y en parte a las prisas que casi siempre guiaban sus pasos, aunque compensaba esa falta de donaire con una elegancia natural nacida de su porte noble, su mirada limpia y una sonrisa idéntica a la que había cautivado a Ramiro.

Él estaba a punto de alcanzar los treinta y había perdido algún molar, si bien una poblada barba ocultaba la ausencia de esas piezas incluso cuando hablaba o reía. Un cabello oscuro, abundante y largo enmarcaba su rostro moreno, surcado de arrugas pronunciadas alrededor de los ojos repletos de vida, cuya expresión y tonalidad cambiante constituían un espejo fiel de su estado de ánimo. De una altura similar a la de la dama, se erguía espontáneamente en su presencia, cual gallo exhibiendo las plumas. Sus manos, encallecidas a fuerza de empuñar las armas, eran grandes, poderosas, semejantes a sarmientos o ramas de olivo. Su voz grave parecía proceder de las profundidades de la tierra, envuelta en calidez. Todo en él dejaba ver la solidez del guerrero, aunque mostrara una timidez casi infantil al dirigirse a ella.

—Lo mío siempre ha sido el combate, mi señora. Apenas recuerdo otra cosa. Temo no haber tenido tiempo para curtirme en los usos y costumbres de la corte…

—Me alegra sobremanera saberlo. ¡No los soporto!

—¿Qué ocupa entonces vuestros días aquí en palacio? —inquirió él, aliviado por esas palabras.

—La Reina me encomendó al poco de nuestra llegada velar por sus hijastros, tarea a la que me he dedicado en cuerpo y alma. ¡Pobres criaturas! Primero su madre y ahora su padre. Huerfanicos míos…

—¿Deduzco que no os habéis casado? —El tono rebosaba esperanza.

—Pretendientes no me han faltado —aclaró ella, recordando los consejos de María Velasco—, aunque ninguno tan atractivo como para alejarme de mis niños. De los infantes, quería decir.

—Don Bermudo ya es el soberano de León, aunque su madrastra ejerza la regencia —precisó el caballero, sorprendido por la familiaridad con la que ella hablaba de los príncipes—. Juré a su padre moribundo protegerlo con mi vida y sabe Dios que honraré ese juramento, aunque sea lo último que haga. ¡No permita el Señor que vuelva a fallar a mi rey!

—En tal caso tendréis que emplearos a fondo, porque Bermudo posee un temperamento indomable —comentó Auriola, jocosa, haciendo gala de su intimidad con él—. Es noble y también valiente, aunque ha echado en falta a su padre y trata de impresionar a sus ayos yendo siempre por delante de los ejercicios que le marcan. Lo mismo ha hecho conmigo. Hasta quiere ganarme a las tabas, siendo yo quien le enseñó ese juego.

Los ojos de Ramiro se abrieron como platos, en señal de incredulidad.

—¿He dicho algo inconveniente? —preguntó ella, sin comprender esa reacción.

—Bueno, las tabas no me parecen una actividad propia de príncipes —repuso él con cierta suficiencia—, y menos tratándose de un varón…

Auriola endureció el gesto, a la vez que afilaba el tono para decir:

—¿Os parece demasiado fácil? ¿Pueril acaso? Os desafío a una ronda. Lanzaremos las tabas al aire y veremos cuál de los dos es más rápido, diestro y certero.

—Me doblegaríais sin dificultad —plegó velas él, vencido antes de luchar—. Aceptad mi rendición junto con mis disculpas. No pretendía ofenderos.

La navarra fingió pensárselo unos instantes, aunque habría aceptado cualquier cosa que él le propusiera. De ahí que viera el cielo abierto cuando el infanzón añadió:

—¿Podríamos volver a vernos aquí mismo esta noche, cuando todo el palacio duerma? Me aseguraré de que una guardia de hombres leales custodie los aposentos del Rey, a fin de gozar un rato más en vuestra compañía, si tal cosa os place, dulce Auriola.

—Tal vez salga a tomar el fresco antes de los maitines —replicó ella, enigmática, sintiendo cómo ese «dulce» repicaba en sus oídos—. Me gusta esta hora tranquila en la que todo es silencio…

—Os estaré aguardando impaciente.

Ramiro tomó su decisión nada más despedirse de ella. Llevaba toda una vida esperándola y no pensaba desaprovechar la ocasión. Esa noche se jugaría el todo por el todo, a riesgo de perder la apuesta. ¿Qué alternativa tenía?

La muerte prematura de Alfonso no tardaría en traer consecuencias indeseables por todo el Reino. Pronto estallarían revueltas y disturbios que él debería acudir a sofocar en representación del rey niño, so pena de verlo destronado por alguno de los nobles que aspiraban a su corona, empezando por el rey navarro.

No le gustaba ese monarca. Recelaba de su ambición, de su poder y de sus manejos, ante los cuales Bermudo, un muchacho de once años, estaba prácticamente indefenso. Claro que tampoco podía contar con muchos de sus magnates, más preocupados por consolidar o ampliar sus respectivos feudos que por servir a su legítimo soberano y con él los intereses de un reino cuyo territorio parecía estar cada vez más fragmentado. Galicia, las tierras ganadas a los moros en Portugal, las Asturias de Oviedo, las de Santillana, vinculadas al pujante condado de Castilla, los campos góticos ricos en cereal… Esos vastos dominios resultaban difíciles de gobernar, máxime por un príncipe a quien don Sancho controlaba a través de la reina Urraca. Y a Ramiro no se le escapaba que el apetito del navarro parecía ser insaciable.

León se enfrentaba a tiempos difíciles que pondrían a prueba a sus mejores hombres. La guadaña de la parca asomaba por el horizonte, abrazada al fantasma de la guerra. El señor de Lobera no temía a la muerte ni mucho menos al combate, aunque sí a la soledad. Por eso se armó de valor, comprobó que su bolsa guardara suficiente cantidad de monedas y se dirigió al maestro orfebre más reputado de la ciudad, en busca de una alhaja digna de la dama a quien pensaba pedir matrimonio.

«No te daré motivos para avergonzarte de mí —pensó, evocando a su madre, quien se había despedido de él largos años atrás, en su aldea sin nombre situada a orillas del Cantábrico, instándolo a vivir con plenitud y a no sacrificar su dicha en el altar del deber—. Honraré la palabra dada a mi rey, pero conseguiré la mano de la mujer a la que amo. O cuando menos lo intentaré. Nadie podrá acusarme de haber cedido a la cobardía».

La luna estaba todavía baja cuando Ramiro se apostó exactamente en el mismo sitio que había ocupado esa mañana, preso de una excitación muy superior a cualquiera experimentada hasta entonces. Su corazón latía desbocado, preguntándose si ella aparecería o no, mientras daba vueltas y más vueltas a la sortija escogida como prenda de su amor: un rubí purísimo tallado en forma de óvalo y engarzado en oro, labrado a la medida de los finos dedos de Auriola.

A costa de un esfuerzo supremo de paciencia, cualidad de la que andaba escasa, la navarra esperó a la hora acordada para acercarse sigilosa hasta el patio, burlando la vigilancia de los guardias adormilados. También ella era un manojo de nervios, aunque había disimulado durante toda la jornada, guardándose para sí el encuentro con su caballero de la túnica parda ante el temor de una decepción. ¿Y si él finalmente no acudía a la cita? ¿Y si volvía a perderse en las sombras? Mejor no hacerse demasiadas ilusiones, no fuera a ser que acabaran nuevamente frustradas.

Avanzó casi a ciegas por los pasillos, apenas alumbrados aquí y allá mediante hachones anclados en los muros, hasta llegar al portón que se abría a las cuadras. Entonces lo vio, inquieto, toqueteando un objeto pequeño que sostenía en las manos mientras lanzaba miradas desesperadas hacia esa puerta. Cuando sus ojos se encontraron, apenas hicieron falta palabras.

Ella corrió a sus brazos, que la recibieron acogedores, cerrándose con fuerza sobre su cuerpo ávido de caricias. Él la besó en los labios, poniendo en ese beso toda su pasión, después de recorrer con las manos su nuca y su espalda. A duras penas se contuvo para no adentrarse más allá de lo que el decoro permitía a una dama. Ambos deseaban más, si bien refrenaron sus ansias. Permanecieron así, callados, abrazados en la oscuridad, gozando de esa intimidad tanto tiempo anhelada, hasta que Ramiro rompió el hechizo cuando ya asomaba el sol.

—Auriola de Lurat, ¿me haríais el hombre más feliz del orbe desposándoos conmigo?

La navarra no se esperaba una propuesta tan repentina. La petición la tomó por sorpresa y la dejó muda, silencio que él interpretó como el preludio de una negativa. Antes de escuchar de sus labios tal condena, sacó el anillo que había guardado en su bolsa, se lo ofreció, hincado de rodillas ante ella, y desplegó toda su elocuencia para añadir:

—No puedo compararme a vos en nobleza de sangre, pero me he ganado con la espada un dominio a orillas del Duero. Tierras suficientes para proporcionarnos un buen sustento, que pongo a vuestros pies si aceptáis compartirlas conmigo.

—Ramiro… —lo interrumpió ella.

—Dejadme acabar, os lo suplico —replicó él, temiéndose un rechazo en firme—. No soy un hombre rico, aunque tampoco carezco de fortuna. He corrido los prósperos campos moros el tiempo suficiente para acumular un buen botín. Y si es el linaje de nuestros hijos lo que os preocupa, sabed que el rey don Alfonso me armó personalmente caballero tres años ha, en la ermita de Santiago el Viejo. Fue su mano la que depositó en las mías la espada, el hacha y el escudo, mientras su voz pronunciaba las palabras sagradas. Ante él formulé mi juramento de lealtad. Sabe Dios que en Viseu no estuve a altura de ese…

—¡Basta! —lo cortó en seco la navarra, con una expresión divertida que contradecía el tono seco—. Callad y escuchad de una vez. Mi respuesta es sí. Una y mil veces sí.

El infanzón la atrajo con fuerza hacia él a fin de fundirse en un nuevo abrazo gozoso, aunque ella esquivó el gesto y añadió solemne:

—Antes de ratificar el compromiso, no obstante, sabed que lleváis lo que veis y nada más. Ni dote, ni castillos, ni joyas, ni una familia poderosa susceptible de apoyar vuestras ambiciones. Procedo de una humilde tenencia…

—Mi única ambición sois vos —zanjó en esa ocasión él, besando con delicadeza sus dedos, uno a uno, antes de introducir la sortija en el índice izquierdo, en aras de confirmar la pureza de sus intenciones—. Vuestro amor es lo único que anhelo. Pero, confesión por confesión, debo advertiros de que la vida a mi lado no será fácil ni carecerá de peligros.

La expresión serena de ella lo animó a continuar:

—Me ausentaré siempre que don Bermudo me llame, lo cual sucederá a menudo, tanto en la paz como en la guerra. Cuando esté lejos, dejaré a vuestro cargo nuestra hacienda, expuesta a frecuentes incursiones sarracenas, lo que os obligará a trocar vuestra plácida existencia en la corte por la de dueña de un dominio fronterizo en una casa indigna de llamarse hogar, carente de todo aquello que precisa una mujer. Habrá inviernos duros en los que acaso nos falte el pan y es probable que estéis sola cuando nazcan nuestros hijos. ¿Podréis soportar tal dureza?

—¡Por supuesto que podré! —se creció Auriola, apelando a su sangre navarra—. ¿Acaso lo ponéis en duda? Nada de cuanto decís me asusta, siempre que entre nosotros nunca anide la mentira ni os atreváis a esfumaros de nuevo, como hicisteis hace cinco años.

—Tenéis mi palabra, con la ayuda de Dios.

—Solo queda entonces obtener el permiso de la Reina, mi señora, a quien espero convencer de que nos dé su bendición.

—Si no lo hace —porfió Ramiro, medio en serio medio en broma—, me veré obligado a raptaros en plena noche y buscar un sacerdote que nos case en secreto.

—¡¿Seríais capaz de hacerlo?! —exclamó ella incrédula.

—Ponedme a prueba.

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