La dueña

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Capítulo 12

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La boda quedó fijada para el día de Santa Pelagia. La fecha no brindaba mucho margen al luto debido al monarca difunto, cuyos restos traídos desde Viseu descansaban ya en el panteón de los reyes de San Isidoro en compañía de los de sus padres, pero se ajustaba a la urgencia de los esposos, impacientes por trasladarse a su hogar.

Nadie en palacio se sorprendió ante el anuncio del enlace. Las amigas íntimas de Auriola, como María Velasco, sabían de su amor por el misterioso caballero, y pese a no ser este un noble de cuna, su cercanía con el soberano bastaba para justificar su matrimonio con una dama de doña Urraca, situada en la cumbre del escalafón cortesano. Aunque no hubiera mediado sentimiento alguno en el arreglo, habría sido satisfactorio para todos.

Eran frecuentes las uniones entre hombres libres propietarios de tierras obtenidas a costa de los ismaelitas y mujeres de superior linaje. No había deshonra en ello. Antes al contrario, el respeto ganado en combate resultaba incluso más preciado que el recibido en herencia, pues el hecho de conseguirlo requería de fuerza y coraje. Además, muchas familias de renombre norteñas tenían más hijas casaderas que medios para dotarlas, con lo cual agradecían que un infanzón bien situado se interesara por alguna de ellas.

En el caso de Auriola, ni siquiera hizo falta pedir la venia del señor de Lurat, con quien perdió el contacto desde el día de su partida. Sus padres le habían explicado entonces con la más descarnada claridad que a partir de ese momento dependería únicamente de sí misma, lo cual, por otra parte, tampoco resultaba inusual. La tenencia del navarro apenas bastaba para procurar su propio sustento y quedaba muy lejos de León. Por eso había educado a su hija con la dureza necesaria para hacer de ella una superviviente.

Quien sí hubo de dar su consentimiento al matrimonio fue la Reina, a quien la joven acudió esa misma tarde, irradiando una luz impropia del duelo que oscurecía los aposentos y el corazón de la mujer a quien debía su suerte.

—Majestad. —Se inclinó ante ella con una reverencia impecable—. ¿Puedo importunaros un instante?

—Si no eres portadora de malas nuevas… —respondió doña Urraca, sombría, ataviada de blanco inmaculado y con el rostro cubierto por un velo del mismo color, propio de su condición de viuda.

—Al contrario, mi señora —su voz era un canto a la vida—. Vengo a pediros permiso para casarme.

La soberana levantó la vista, que mantenía fija en una labor, para mirar de frente a su dama. La estancia olía todavía al incienso quemado en ella durante el velatorio del monarca. El fuego ardía en la chimenea y los braseros, aunque solo la luz de un candelabro alumbraba el trabajo de la bordadora. El resto del salón estaba poblado de sombras, al igual que su ánimo.

—¿Casarte? —inquirió, escéptica—. Creía que habías rechazado a cuantos pretendientes te asediaban.

—Y así era, mi señora, hasta que apareció Ramiro. El caballero que trajo aviso de la trágica muerte del Rey.

—Macabro gusto el tuyo —escupió con desdén la regenta, quien había perdido a su esposo antes de cumplir treinta años y se veía abocada a gobernar en nombre de su hijastro un reino envuelto en traiciones y rencillas—. ¡Jamás lo habría dicho de ti!

Lejos de ofenderse, pues comprendía el porqué de ese desahogo, Auriola se sentó junto a su señora y desgranó para ella la historia de sus amoríos con el infanzón de Lobera. La soberana la escuchó con atención, formuló alguna pregunta certera y al cabo accedió al ruego, porque sentía sincero aprecio por esa muchacha franca que tan bien la había servido y también en atención a la lealtad que el llamado Ramiro mostró siempre a Alfonso.

Doña Urraca dijo sí, no sin antes advertir:

—Espero que sepas lo que haces, Auriola de Lurat. Tu hombre lleva una carga pesada a la espalda. Ha jurado proteger a Bermudo de cuantos enemigos lo acechan, tarea que absorberá todo su tiempo y sus desvelos. Nos esperan días difíciles. ¿Eres consciente de ello?

—Lo soy, mi señora. Y aun así deseo compartir su destino. Vos misma me dijisteis hace poco que pronto la princesa Sancha se desposará y no precisará de mí. Mucho menos el rey niño, quien tiene en vos y en vuestro hermano a los mejores consejeros. Nada me retiene ya en León. Dejad que marche con mi marido y emprenda un nuevo camino.

—Sea pues —concedió al fin la Reina—. No me opondré a lo que con tanto ahínco deseas. Solo confío en que ese guerrero sepa apreciar lo afortunado que es. Va a unir su sangre a la de una antigua familia navarra emparentada con los Arista y, por si tal honor no bastara, la depositaria de ese legado resulta ser la más hermosa e inteligente de mis damas. Contigo desposa tu linaje, tu talento y tus amistades. No parece ser un necio tu Ramiro de Lobera.

Auriola renunció a refutar las palabras de su señora. No merecía la pena. Era lógico que concibiera tales recelos, dados los elementos que tenía para juzgar. Ni siquiera ella misma era capaz de explicarse los fundamentos de una confianza nacida de una mirada y basada en la mera intuición. Carecía de argumentos racionales con los cuales defender al hombre de quien estaba enamorada. ¿Qué habría podido alegar? ¿Acaso lo conocía más allá del sabor de sus besos o el tacto rugoso de sus caricias? ¿Sabía de él algo más de lo que había querido contarle? No.

La pulsión que la unía a Ramiro era tan profunda como inexplicable. Podría estar equivocada, desde luego, aunque una voz interior la animaba a seguir adelante, porque era precisamente esa emoción intensa, desconocida y desconcertante para ambos, ajena a cualquier interés o lógica, la que estaba a punto de anudar una relación llamada a perdurar intacta mientras Dios les diera vida. No le cabía la menor duda. Junto a Ramiro resistiría cualquiera de los embates que quisiera infligirle el azar. Y si uno de los dos faltaba, el recuerdo de ese amor seguiría latiendo en el otro.

La infanta Sancha no tardó en hallar consuelo para su orfandad refugiándose en los preparativos de su boda con el joven conde de Castilla, llamado García, de quien se decía que era tan apuesto como galante, además de un bravo soldado. Concertadas las condiciones del matrimonio, la fecha de su celebración quedó fijada para el 13 de mayo del año siguiente, festividad de Santa Gliceria, lo que suponía que Auriola no podría asistir por encontrarse ya lejos de León, en los dominios de su esposo.

—Ese día te extrañaré más incluso que a mi madre, a quien apenas recuerdo —le confesó una mañana la princesa, mientras la navarra le cepillaba el cabello entretejiendo en él flores diminutas, blancas como la pureza, en una de las múltiples pruebas de peinados a las que ambas dedicaban buena parte de su tiempo.

—Estarás bien, mi niña —repuso Auriola, enternecida por el tono melancólico de una novia llamada a engendrar cuanto antes un linaje de reyes, pese a contar apenas once años de edad; los habituales tratándose de una mujer de su rango—. La reina doña Urraca velará por que todo transcurra del mejor modo y tu hermano mayor te conducirá al altar. Serás la novia más hermosa que nadie haya visto jamás.

—¿De verdad quieres perderte ese momento? —la tentó Sancha.

Auriola se detuvo, dejó sobre el tocador el cepillo con mango de plata que estaba utilizando, se colocó frente a la infanta y le dijo, mirándola a los ojos:

—No quisiera y tú lo sabes, reina mía. Pero nuestros caminos se separan. Tú marcharás con tu flamante marido a Castilla y yo me iré con Ramiro a la frontera.

—Donde vivirás entre enemigos, expuesta a un sinfín de peligros.

—Sabré cuidar de mí misma, tranquila. —La voz de Auriola transmitía una infinita calma—. Nos escribiremos, en la medida de lo posible. Y prometo ir a verte pronto.

—Vamos a ser muy felices, ¿verdad? —inquirió la muchacha, con ilusión infantil.

—¡Mucho! —convino su dama—. Somos muy afortunadas. Tú has sido prometida a un hombre de cuya honra todos se hacen lenguas y que te amará en cuanto te vea, estoy segura de ello. Y a mí me ha sido dado escoger mi destino junto al caballero de quien estoy enamorada. ¿Qué más podríamos pedir?

Si hubiera sabido lo que esperaba a esa princesa a quien quería como a una hija, se habría tragado esas palabras. Acaso hubiese renunciado incluso a su propia dicha, con el fin de acompañarla en la hora amarga que se abría ante ella. Pero las tragedias rara vez se nos anuncian e incluso cuando lo hacen solemos ignorar sus señales. De no ser por esa ignorancia, la vida resultaría insufrible.

Se casaron en la iglesia de San Juan Bautista, la misma que acogería unos meses más tarde la boda de Sancha y García, por expreso deseo de la infanta, quien deseaba obsequiar de ese modo a su amiga y a la vez llevar a cabo algo parecido a un ensayo general del enlace con el que soñaba. Los invitados leoneses serían prácticamente los mismos, empezando por el rey adolescente, su hermana y su madrastra, cuya presencia atraía a los altos dignatarios de la corte como la miel a las moscas.

El día amaneció lluvioso y gris, propio de la estación otoñal, aunque ninguna inclemencia era capaz de nublar el ánimo de los novios. Él había adquirido para la ocasión una rica saya carmesí y un manto nuevo de color azul, por los que pagó veinte sueldos tras regatear un buen rato con el vendedor en el mercado. Estrenaba asimismo escarpines de piel. La víspera había acudido a los baños públicos, antes de ponerse en manos del barbero, para presentarse ante su esposa como el caballero que era. Una conducta sorprendente en él, toda vez que jamás le había preocupado su aspecto.

Pensando en su noche de bodas, Auriola también se había dejado enjabonar y ungir tanto el cuerpo como la melena con aceites perfumados, antes de endosar una camisa bordada de lino fino y un brial de brocado en tonos celestes, regalo de doña Urraca, que realzaban su figura esbelta. El espejo de metal bruñido en el que se contempló, una vez vestida, le devolvió una imagen borrosa, suficiente empero para transmitirle seguridad. Impaciente por subir a la silla de manos que la conduciría al templo, ella misma se ciñó una corona de flores de campo sobre el velo que cubría su rostro, cuyo delicado tejido no llegaba a ocultar del todo el azul intenso de sus ojos.

La iglesia estaba bañada por la luz cálida de las velas que sostenían lámparas y candelabros. Un fuerte perfume a incienso impregnaba el aire, hasta el punto de embriagar a los presentes con su penetrante aroma, siempre preferible al de la multitud congregada allí. Ofició la ceremonia el confesor de Auriola, un clérigo ya anciano también de ascendencia navarra, quien trocó unos instantes la solemnidad de los latines por la lengua vernácula de León para instar a Ramiro a proteger a su esposa y recordar a esta su deber de honrarle y obedecerle en todo. Al entrar y salir los novios con paso firme, lo hicieron al son de la música de cítaras y vihuelas tañidas por músicos invisibles, que también acompañaron las antífonas y los cánticos coreados por los fieles.

Tal como había aventurado Sancha, los astros se alinearon con el propósito de repartir felicidad entre los presentes.

Un banquete austero tuvo lugar en los salones de palacio, donde aún se guardaba luto por la reciente muerte del rey Alfonso. Asistieron al mismo únicamente los más íntimos, que compartieron una sopa de picadillo y menudos, lomos de adobo, truchas frescas fritas en manteca de cerdo y un par de corderos asados, engullidos entre ríos de grasa que los comensales limpiaban en el mantel, los aguamaniles de plata o los paños, llamados sábanos, dispuestos a tal efecto. Remataron el ágape varias bandejas de quesos curados y finalmente dulces de canela y miel.

No hubo baile, ni jolgorio, ni derroche de vino o sidra, aunque los criados rellenaron más de una vez las redomas sacando caldo de las cubas donde envejecía lo mejor de la bodega. Lo que más ardientemente deseaban los protagonistas de la fiesta era retirarse a la estancia preparada para ellos, a fin de dar rienda suelta a la pasión que llevaban demasiado tiempo conteniendo. Y el ansiado momento llegó, al fin, cuando doña Urraca les otorgó su venia para ausentarse del convite.

Lo sucedido a continuación superó de largo las más altas expectativas concebidas por Auriola en su imaginación.

Sus antiguas compañeras casadas le habían dado versiones muy diferentes de lo que podía esperar. Alguna se quejaba amargamente de tener que cumplir demasiado a menudo con su penoso deber conyugal, otras se mostraban resignadas y Clara, la deslenguada, solía sonreír enigmática cada vez que surgía el tema en las conversaciones mantenidas entre puntada y puntada de sus respectivas labores.

—No prestes oídos a esas mojigatas —le había dicho la víspera, mientras hacían acopio de afeites destinados a su ritual de belleza—. Si tu hombre es amable contigo, te sorprenderá para bien.

Y sabía Dios hasta qué punto había resultado cierto ese augurio.

El tiempo se había detenido en el lecho nupcial, mientras los recién casados descubrían sus secretos más ocultos. Auriola no tardó en vencer el pudor y mostrarle su cuerpo virgen, ofreciéndoselo sin temor, a la vez que recorría con las yemas de los dedos las múltiples cicatrices que jalonaban los brazos y el torso de él, ávida de caricias. Ramiro satisfizo ese deseo, entre besos apasionados, llenando la noche de misterio, delicadeza y belleza. También dolor, aunque fugaz, como una quemadura seguida de una llamarada de placer, cuando se colocó sobre ella para fundirse en un solo ser. Luego renovó las acometidas, alternándolas con momentos de apacible somnolencia, y el fuego se intensificó, aunque dejó de doler.

A la mañana siguiente, la recién casada rememoraba cada detalle de lo sucedido recreándose en la evocación. Lo que había ocurrido entre su esposo y ella no se parecía en nada a lo que había visto hacer a los caballos o las ovejas. Desnuda en la cama mullida de plumas, junto a su amante profundamente dormido, se acordó de la conversación mantenida en su día con la infanta a propósito del matrimonio y no pudo evitar reírse de sus temores infundados, alegrándose de que su Sancha fuese a conocer muy pronto el mismo delicioso goce.

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