La dueña

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Capítulo 13

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Año 1029 de Nuestro Señor

Torre de Lobera

Frontera del Duero

Viajaron ligeros de equipaje, aunque en compañía esperanzadora.

Atraídas por la posibilidad de cultivar sus propias parcelas, tres familias de campesinos empobrecidos por los onerosos tributos debidos a su señor decidieron unirse a Ramiro y su esposa, confiando en su promesa de obtener un solar donde levantar su casa, así como el derecho a utilizar libremente las tierras comunales de bosque y pasto. En total sumaban veintiún almas dispuestas a ligar sus destinos a los de los audaces que los habían precedido en la repoblación de esa región devastada. Una empresa sin duda arriesgada, aunque más alentadora que la idea de acabar mendigando un mendrugo en la capital.

Según les había asegurado el infanzón, allá a donde se dirigían todavía quedaban grandes espacios baldíos por roturar, y quienes antes lo hicieran, mayores cosechas conseguirían. Aunque la estación estaba avanzada, no era demasiado tarde para desbrozar, lo cual alimentaba los ánimos tanto como las prisas.

Un viento gélido preñado de humedad anunciaba la pronta llegada de la nieve, que ese año se adelantaría al invierno. Eso afirmaban al menos los más veteranos, cuya capacidad de prever el curso de los elementos resultaba determinante para la supervivencia del grupo.

En condiciones normales nadie en su sano juicio se habría puesto en camino en esa época de recogimiento y descanso, una vez terminada la vendimia. Auriola y Ramiro, empero, tenían sus prioridades. Su deseo de estar juntos, alejados del mundanal ruido, superaba con creces su prudencia, motivo por el cual se habían aventurado a encabezar esa expedición. Sus integrantes los seguían, mansos, tratando de no perder pie, hombres y chicos mayores andando, mujeres y pequeños repartidos en tres carros tirados por mulas, junto a montones de enseres apilados bajo la tela encerada.

La marcha transcurría con desesperante lentitud, al ritmo impuesto por esa extraña compaña cuyos miembros habían malvendido sus propiedades en León a fin de comprar bestias, provisiones y simiente con las cuales empezar una nueva vida en la frontera.

A pesar del frío y la desolación reinante en esos páramos, los ánimos se mantenían en alto, caldeados por algún cántico entonado de cuando en cuando. Cantos populares acompañados de palmas, que alegraban los corazones y desentumecían las manos. Las madres iban poniendo capas y más capas de ropa a sus hijos, rezando para que Dios los protegiera de todo mal y mantuviera a raya la lluvia, pues si difícil resultaba caminar por sendas carentes de abrigo, hacerlo sobre un barrizal sería misión imposible.

Al paso que llevaban, tardarían más de una semana en recorrer las casi treinta leguas distantes entre la ciudad dejada a sus espaldas y el feudo del infanzón, si no mediaban percances susceptibles de retrasarlos.

¿Qué se encontrarían al llegar a esa tierra de promisión? ¿Cómo afrontarían los hielos sin un techo bajo el cual cobijarse? Más de un viajero se devanaba los sesos dando vueltas a esas cuestiones, mientras tiraba de una carreta atascada o instalaba una de las tiendas precarias donde pasaban las noches muy juntos, acurrucados a fin de darse calor. El señor de quien dependerían les había prometido su ayuda y su protección, lo cual constituía una cierta garantía. Su principal motivación, no obstante, residía en el hecho de que muchos antes que ellos abandonaron el resguardo de las murallas para dirigirse hacia el sur y nadie había regresado de allí arrepentido.

Ajeno a esas preocupaciones, Ramiro cabalgaba al lado de su esposa masticando felicidad. Le bastaba mirar a su compañera sujetar con destreza las riendas de su montura para sentirse el ser más dichoso de la Creación. Junto a ella sería capaz de acometer cualquier empresa. Auriola le daría el vigor necesario para engrandecer sus posesiones y llevar a cabo el proyecto oculto en lo más profundo de su intención; la razón última y verdadera que impulsaba su mano y su espada: venganza.

Cada vez que emprendía una nueva campaña en las filas de la milicia real o se lanzaba a una cabalgada en tierras moras, llevaba esa palabra grabada a fuego en la mente. Venganza por su padre cautivo y martirizado. Venganza por su orfandad y el amor arrebatado a su madre. Venganza por todo el sufrimiento que había ocasionado Almanzor.

Dios todopoderoso ya se había encargado de infligir un castigo terrible al caudillo ismaelita que osó profanar el templo de su apóstol Santiago, pero a Ramiro aquello no le bastaba. Ni la destrucción de su legado, profetizada por el herrero en la cruz, ni las muertes atroces de sus descendientes le parecían penitencia suficiente por tanto mal causado.

Sobre aquella tierra cenicienta, pensaba el hijo de Tiago y Mencía, su verdadero padre habría vertido sangre y sudor en su atroz calvario hasta Córdoba, cargando sobre sus hombros las campanas robadas al Hijo del Trueno. En esos mismos parajes desiertos, devastados por las aceifas, habría padecido la humillación de sus verdugos y sufrido la amputación de aquellos a quienes amaba. Lo cual constituía un acicate poderoso para que él, convertido en guerrero, se ofreciera a defender con su vida cada palmo de territorio recuperado, cada bestia, cada sembrado, a cada campesino lo suficientemente hambriento de libertad como para correr el riesgo de instalarse en la frontera.

Treinta años atrás, el sarraceno había expulsado de allí a sus habitantes cristianos y acantonado tropas de forma permanente con el propósito de lanzar ataques devastadores contra los reinos septentrionales que rezaban a Jesucristo. Ahora nuevos moradores iban llegando en un goteo constante a sentar sus reales en esos yermos sitos al norte del Duero, cuyo curso delimitaba los dominios de Dios y de Alá.

Se trataba de una línea difusa, sujeta a incursiones mutuas, si bien la ciudad de Zamora, casi reducida a un montón de escombros, permanecía bajo el dominio musulmán, protegida por una pequeña guarnición militar. Algunos de sus habitantes seguían acogiéndose a esas ruinas con determinación indoblegable, e incluso se decía que estaban reconstruyendo los suntuosos baños levantados en su día frente al río por el rey Alfonso el Magno, quien gustaba de pasar temporadas de solaz al abrigo de sus muros.

—Muy pensativo te veo, esposo —interrumpió sus reflexiones Auriola, lanzándole una de esas sonrisas que derretían el hielo.

—Es que debo decirte algo —respondió él, cauteloso—. Algo que aún no te he dicho y me pesa en la conciencia.

—No será tan grave… —replicó la navarra, cuyo pulso en general tranquilo se había acelerado de golpe.

—Lo es.

—¿Se trata de un hijo? —aventuró ella, sin alterar el tono risueño, apelando al conocimiento de la naturaleza masculina acumulado durante su estancia en la corte—. ¿Acaso hay algún bastardo aguardándote en tus dominios? Si es así, me lo esperaba. Raro sería lo contrario. No tienes que explicarme nada.

Ramiro sintió una oleada de gratitud inundarle las entrañas, ante la infinita capacidad de comprensión que denotaban esas palabras. Si alguna vez había albergado dudas sobre la idoneidad de la esposa escogida, se desvanecieron al instante. Y supo que se amarían por toda la eternidad.

—No es un hijo, no —aclaró, agradecido—. Es un padre.

—No comprendo —dijo Auriola desconcertada—. ¿Acaso no fue tu padre quien te regaló el caballo con el que pudiste enrolarte en la mesnada del conde?

—Ese fue mi padrastro —confesó el infanzón—. El que me crio y me enseñó a combatir. Mi verdadero padre nació siervo y murió cautivo. Esa es la sangre que corre por mis venas, Auriola. Tenías derecho a saberlo y mi deber habría sido sincerarme contigo antes de sellar nuestros votos.

Sin darle opción a responder, aunque animado por la mirada indulgente de su mujer, Ramiro desgranó la historia de Tiago, tal como la había escuchado de labios de su madre y de ese fraile venido de Córdoba cuyo relato narrado en el castillo de Gauzón le había impresionado, siendo todavía un mozo, hasta el punto de precipitar su decisión de partir. Dejó fluir el dolor mezclado con el orgullo, sin ahorrar detalles. Al final, no pudo contener las lágrimas cuando concluyó:

—El hombre que me engendró solo me dejó la cruz que has visto colgada en mi cuello. Se llamaba Tiago. Fue esclavo de los musulmanes y pereció crucificado, al igual que Nuestro Señor. No se rindió jamás y no me avergüenzo de él. Hasta el último día de su vida se mantuvo fiel a nuestra fe.

—Tu padre fue un buen cristiano —trató de consolarlo Auriola—. Valiente y noble, igual que tú. Lo que acabas de contarme te hace más grande a mis ojos y me lleva a ver en ti el ejemplo que te legó.

—A punto de rendir el alma, profetizó la destrucción del palacio de Almanzor, el saqueo de su capital y el regreso triunfal a Compostela de las campanas robadas al santo, ¿sabes? —prosiguió Ramiro, como en un trance—. Desde que aprendí a empuñar la espada, sueño con hacer realidad esa última parte del augurio y entrar vencedor en Córdoba para recuperar ese botín sagrado y devolverle su voz al Apóstol.

¿Qué más cabía añadir a semejante revelación?

Ramiro se había despojado de un gran peso al desnudar la verdad ante su esposa, y esta descubría por vez primera al niño vulnerable, escondido tras la armadura del guerrero endurecido, cuya determinación iba mucho más allá de la lealtad debida a su rey.

Acababan de ahondar los cimientos de un hogar por construir.

—Mi familia ahora eres tú —rompió el silencio ella, transcurrido un buen rato, cuando ya la luz del día empezaba a declinar—. No tengo otra. Lo único que me importa es lo que nos espera juntos.

Entonces él la miró a los ojos y vio aparecer, tras ella, en lo alto de un otero, los contornos de la torre a la que se dirigían. Su casa.

Hasta ese día, el paisaje ondulante que la rodeaba le había recordado al mar Cantábrico embravecido que abominaba en la infancia. En ese instante, sin embargo, se le antojó hermoso, feraz. Una promesa de abundancia a salvo de tempestades.

El desangelado castillo de Lobera, levantado por Ramiro con la ayuda de un puñado de labriegos, ocupaba parte de una colina chata que se alzaba a orillas del Duero, en un meandro situado entre las villas de Zamora y Toro, todavía en manos sarracenas. A sus espaldas se desplegaba una pequeña manta de tierras labradas que descansaban, en barbecho, una vez entregada la cosecha, detrás de la cual había monte abundante por desbrozar.

La posición estratégica de ese enclave resultaba ser insuperable, razón por la que el infanzón había aprovechado unas antiguas ruinas, quemadas y requemadas en las sucesivas guerras, para edificar esa fortificación, tan fácilmente defendible como carente de comodidades. Un cuadrilátero de piedra gris de dos plantas, separadas por un suelo de tablas de roble, con acceso directo al río, indispensable en caso de asedio, y vista a un horizonte lejano, que los vigías escrutaban sin descanso en la época estival propicia a incursiones enemigas.

Incluso postrada como se hallaba en esos tiempos de tribulación, Zamora la inexpugnable era la llave de paso del Duero y por tanto la puerta que guardaba León. Una urbe rica en historia, leyendas y episodios aterradores.

En un pasado glorioso, los soberanos de Asturias y después los leoneses habían aprovechado sus defensas naturales para hacer de ella un bastión varias veces conquistado y otras tantas reconquistado. Sufrió la ira de Abderramán III, cuyo poderoso ejército rellenó literalmente de cadáveres el foso que la protegía con el afán de tomarla traspasando sus murallas, y volvió a padecer la furia del caudillo amirí, tras haber sido recuperada por el gran monarca Ramiro. El sacrificio de tantos guerreros no había sido olvidado, por mucho que en esa hora triste pudiese parecer baldío.

Zamora era una pieza clave en la partida secular que cristianos y musulmanes libraban sobre el tablero hispano. Ahora languidecía, cual gigante dormido, aguardando impaciente la hora de despertar.

Las posesiones de Ramiro, emplazadas a unas cuatro leguas de la ciudad, controlaban un vado de gran valor militar, ya que el antiguo puente erigido por los ingenieros romanos sobre el río que servía de línea de demarcación ya no existía. Se había desplomado en un terremoto del que todavía hablaban con pavor los más viejos del lugar, no tanto por haberlo vivido cuanto por lo que sobre él contaban sus padres y sus abuelos.

Antes de marchar a su última campaña junto a don Alfonso, el señor de ese humilde alfoz mandó levantar un muro de ladrillo y adobe alrededor de la torre, contando cien pasos en cada dirección. El recinto serviría para albergar cuadras, corrales, cocina y demás dependencias necesarias en la vivienda de una familia, según había explicado a los encargados de construirlo. Lo que no podía saber era hasta qué punto las precisaría ahora que regresaba acompañado de una esposa. De ahí su irritación, rayana en cólera, al comprobar lo poco que habían avanzado los trabajos en su ausencia.

—No es tan frío como parece —balbució, viendo la expresión de Auriola, quien fracasaba en el empeño de ocultar su desolación.

—Me crie en un lugar similar y conozco los sabañones —replicó ella con firmeza, antes de añadir, coqueta—: Frío será, no me engañes. Tendremos que buscar el modo de mantenernos calientes.

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