La oscuridad les cayó encima sin previo aviso, con la violencia propia de la estación. Ramiro acompañó a su mujer al interior de la torre, donde la dejó a cargo de su escudero, y se marchó a impartir instrucciones para que algunos hombres de confianza condujeran hasta la aldea a los pobladores recién llegados que se habían quedado esperando a los pies del promontorio. Allí serían acogidos mal que bien por los lugareños, hasta que pudieran levantar con adobe y paja una choza donde cobijarse. Todos ellos llevaban consigo enseres y provisiones, por lo que contribuirían a su propio sustento sin representar una carga para las gentes humildes llamadas a socorrerlos.
De camino, el señor ordenó que fuera descargado con presteza su equipaje, transportado desde León en una carreta conducida por uno de sus pocos siervos, un moro cautivado años atrás en una de sus primeras cabalgadas, cuya actitud entregada reflejaba la aceptación del yugo impuesto por la implacable voluntad de su dios.
Con la ayuda de un par de guardias, el esclavo cumplió raudo el encargo, de modo que en un santiamén habían sido depositadas en su nuevo emplazamiento las escasas posesiones que constituían el ajuar conyugal: una vajilla de cerámica compuesta por seis platos, cuencos, bandeja y sopera, con sus correspondientes cubiertos. La misma cantidad de vasos, fundidos en bronce, más dos copas de plata primorosamente envueltas, regalo de María Velasco. Dos colchones nuevos de lana, algunas mantas y un cobertor. Lienzos de lino bordado, de utilidad en la mesa al igual que en la cama. Un par de pebeteros de cobre bellamente labrados, otros tantos candelabros y, por último, el arcón que transportaba el vestuario de Auriola, tan lujoso como inadecuado para la vida que se disponía a emprender.
Cuando terminó de comprobar que no faltara nada y todo estuviera intacto, la nueva dueña de Lobera ya había constatado hasta qué punto se alejaban sus augurios de la cruda realidad circundante. La tenencia de Lurat no era semejable al palacio de León, aunque lo parecía en comparación con esa fortaleza fronteriza, a medio camino entre la cuadra, la taberna, el cuartel y la letrina.
Allí dentro convivían bestias y personas en aparente armonía. Lo atestiguaba el hedor a estiércol mezclado con otros olores más desagradables incluso. En los muros de piedra desnuda cuatro argollas de hierro sujetaban otras tantas antorchas, cuya luz se sumaba a la de una lumbre. El suelo de tierra batida estaba cubierto de paja sucia. El espacio se dividía en función de los usos, sin separación alguna: uno más amplio frente a la chimenea, amueblado con una mesa larga y sendos bancos corridos colocados a cada lado, y otro menor, pegado a la pared del fondo, que hacía las veces de dormitorio a juzgar por la cama y el arcón que lo ocupaban. Una única ventana alta en forma ojival se abría al sur, aunque en ese momento permanecía medio tapada por una cortina deshilachada.
El conjunto resultaba desolador.
A la izquierda de la puerta una angosta escalera de caracol trepaba hasta el piso superior, de techo bajo, utilizado como almacén de alimentos, heno y hasta aperos de labranza. Gruesas vigas de castaño sujetaban una cubierta plana, protegida por un murete almenado, que en más de una ocasión había servido de atalaya para repeler un asalto.
—No era lo que te esperabas, ni mucho menos lo que mereces —oyó decir a Ramiro, quien se había acercado silencioso para abrazarla desde atrás.
—Desde luego, necesita algunos cambios —convino Auriola, dándose la vuelta para responder al abrazo—. Pero servirá. Ahora que tienes mujer, vas a dejar de vivir la existencia de un soldado. Y nuestros hijos también.
—¿Hay algo que yo pueda hacer para que te sientas en casa?
—Manda a tus hombres traernos vino y algo de cena. Diles que salgan de aquí, se lleven consigo a sus caballos y se ocupen de los nuestros. Advierte a ese cautivo tuyo que hoy no dormirá a los pies de tu lecho y mañana seguramente tampoco. Tenemos faena…
Según las cuentas que ella echaría poco después, esa misma noche concibieron a su hija, Mencía, bautizada con ese nombre en honor a su abuela paterna.
Era tiempo de felicidad. Días de gozo efímero cuyo final abrupto tardaría poco en llegar.
No hubo inclemencia capaz de frenar la indoblegable voluntad de Auriola, convertida en capitana de la hueste de trabajadores reclutada por Ramiro para transformar su fortín en algo digno de llamarse morada.
Aprovechando la época de ociosidad en los campos y tregua en las incursiones armadas, el caballero movilizó a cuantos dependían de él para acelerar las obras de acondicionamiento que su esposa dirigía con mano firme.
—Las monturas, a la cuadra. —Señalaba el lugar indicado, existente solo en su imaginación—. De momento habrán de conformarse con un cobertizo provisional, que ya iremos mejorando. Junto a él pondremos los establos, la pocilga, el gallinero y las letrinas. En el extremo opuesto del patio, la bodega, el pajar, el granero y la despensa, cerca de la cocina, que contará con su correspondiente leñera… ¡Y buscadme un par de gatos! Son los únicos capaces de mantener a raya a las ratas.
—Pero, señora… —trataba de objetar en vano el carpintero encargado de materializar los mandados.
—No hay peros que valgan, Gemondo. Escoge los mejores árboles para que sean talados y búscate un aprendiz espabilado. Si te hacen falta hachas o sierras, se las pides al herrero.
Y Gemondo agachaba la cabeza, apabullado por el carácter de esa mujer extraordinaria que resultaba ser su ama.
Albañiles, tejedoras, lavanderas, curtidores y demás personal implicado en la monumental empresa no obtenían mayor clemencia. Los más ni siquiera desempeñaban los oficios requeridos. Eran en su mayoría campesinos instalados lejos de cualquier urbe, que habían tenido que aprender a valerse por sí mismos. Por eso sabían hacer de todo, aunque en nada fueran maestros, salvo en predecir cuándo caería una helada o si la cosecha saciaría el hambre ese año. El cielo y la tierra hablaban su mismo lenguaje, distinto al de los señores.
Esos hombres y mujeres obedecían ciegamente al infanzón, porque, a pesar de ser libres y dueños de sus parcelas, una voz ancestral arraigada en sus conciencias los impelía a agachar la cabeza ante el amo. De él dependería su vida en caso de ser atacados y él era quien recaudaba sus tributos y gabelas. La diferencia entre señores y labradores resultaba tan abismal como la que alejaba a los ángeles de los simples mortales. Y aunque todos ellos estuviesen llamados a luchar antes o después para defender el pan de sus hijos, la sangre constituía un legado muy pesado.
Bien lo sabía Ramiro, hijo de siervos manumitidos ascendido a la condición de hidalgo. Por eso cuidaba de su gente mostrándose justo en el trato. Prefería ser respetado antes que temido y conocía mejor que nadie el poder inherente al anhelo de libertad, la razón por la cual tanto ellos como él se jugaban el pescuezo a diario en ese territorio hostil, donde el arado tropezaba a menudo con los huesos o las corazas de los guerreros caídos.
Ramiro de Lobera ejercía su influencia sobre unas cien almas, la mitad de las cuales habitaba la aldea situada a los pies de su torre, en chozas techadas de paja, rodeadas de pequeños huertos, mientras las demás estaban dispersas en granjas y caseríos cercanos, dedicados al pastoreo de ganado bovino o al cultivo de trigo, cebada y vid, sin olvidar los frutales.
Algunos habían llegado de su mano hacía una década, en busca de tierras propias. Otros se habían ido instalando poco a poco, atraídos por la posibilidad de conseguirlas. Pagaban a su señor un tributo variable en función de la siega, la esquila y la vendimia, por lo general en especies o simplemente con su trabajo en los cultivos del amo o en su residencia, como sucedía en esos días de vorágine. Cuando el campo se mostraba avaro, Ramiro compartía con ellos sus reservas o bien salía a saquear las de sus vecinos moros, aprovechando la debilidad que habían traído consigo las taifas.
Los hombres residentes en su alfoz lo acompañaban en esas cabalgadas, así como cuando el soberano llamaba a la guerra, la mayoría en calidad de peones. Se contaban con los dedos de una mano los propietarios de una montura, cuyos precios no dejaban de subir ante la escasez de animales motivada por su constante sacrificio en los campos de batalla.
Quienes poseían tan preciado bien lo habían conseguido como parte del botín, en premio por su valor. La condición de jinete acarreaba un ascenso inmediato en la escala social, hasta el punto de trocar la hoz o el cayado por la espada, el hacha y la lanza. Habitaban con sus familias las mejores casas del poblado, disponían de peones para labrar sus parcelas y luchaban junto a Ramiro en sus dominios o al servicio del Rey, pues el combate era el mejor modo de acumular gloria y fortuna.
La defensa de la frontera habría sido imposible sin la presencia de esos soldados, hijos de la determinación. Empezaban a ser conocidos como «caballeros villanos» y constituían una hueste cuya actuación resultaría determinante cuando volvieran a cambiar las tornas y los sarracenos acometieran de nuevo. Porque lo harían, antes o después, con absoluta certeza. También ellos consideraban que Al-Ándalus era suya.
Ramiro había aprendido en la escuela de la vida que mientras los cristianos no fuesen capaces de unirse, bastaría una chispa para movilizar al enemigo y desencadenar un infierno similar al causado por Almanzor. Solo esperaba que, cuando tal cosa ocurriera, él tuviera fuerza suficiente para proteger a Auriola.
—Mi padre me manda a deciros que el adobe de los ladrillos no seca con esta humedad, amo. —El muchacho paliducho retorcía con manos inquietas el gorro de piel de conejo que se había quitado antes de dirigirse a Ramiro.
—Dile a tu padre que coloquen los ladrillos en su sitio aunque todavía estén blandos y luego prendan hogueras cada pocos pasos. Quiero ese muro acabado antes de que termine el invierno. Y dile también que la próxima vez venga él a hablar conmigo en lugar de enviarte a ti —endureció el tono.
Mientras tanto, Auriola había ordenado sacar toda la paja sucia que alfombraba la torre y llevarla a quemar lejos de allí, antes de poner a una legión de mujeres a barrer y fregar el suelo hasta dejarlo como una patena. Siguiendo sus instrucciones, también había sido despejada la planta alta, donde pensaba instalar un dormitorio confortable, con un lecho de mayor tamaño, un par de escaños y un tocador, así como un pequeño oratorio en que elevar sus plegarias a Dios. A falta de iglesia, capilla o sacerdote, al menos tendría un crucifijo al que dirigirse. Y cuando llegaran los hijos, dispondrían de aposentos dignos, cercanos al de sus padres.
—¿Cómo podías soportar la suciedad de este antro?
Lanzó la pregunta a su marido en un tono entre extrañado y desafiante. Estaban sentados a una mesa digna de su posición, provista de mantel e iluminada por velas, donde un criado acababa de depositar una pierna de cordero asado rodeada de higadillos de pollo encebollados, servida en la bandeja recién desembalada que hacía juego con los platos.
—¡Jesús, María y José! —remachó, con ese acento navarro que no había perdido del todo—. Tardaremos en eliminar la peste impregnada en el ambiente, pero al menos ya no vamos por ahí pisando orines y bosta.
—Nunca había reparado en ese olor —se defendió él al contraataque—. Tú has vivido mucho tiempo en un palacio. Yo en sitios peores que este, créeme…
—No pretendía ofender —reculó ella de inmediato, consciente del menosprecio contenido en su comentario—. Mientras estemos juntos, lo demás carece de importancia.
Ramiro estalló en una carcajada sonora. El trozo de carne grasiento que iba a llevarse a la boca se le escapó de las manos y terminó en el suelo, mientras él se limpiaba los dedos con el lienzo dispuesto a tal efecto, antes de dar un trago largo a su copa.
—Deberíamos tener un perro —comentó, solemne—. Un buen sabueso que te haga compañía cuando yo esté lejos. O mejor, dos. Cuidarían de ti en mi ausencia y vendrían conmigo a cazar.
—¿A qué viene eso ahora? —inquirió Auriola, molesta—. Ya he mandado traer gatos.
—Se me ha ocurrido, sin más, viendo ese cordero perdido —respondió él sin alterarse—. Un perro lo habría aprovechado.
—¿Y a qué viene esa risa? —insistió ella.
—A que para no importar, hay que ver la zapatiesta que has armado. Nunca se había visto aquí tal revuelo. Se rumorea a nuestras espaldas que eres una tirana —volvió a reír.
—¿Soy la dueña o no lo soy? —replicó ella a la defensiva, volviendo a marcar la interrogación con su peculiar forma de hablar.
—Eres la dueña y señora. —Ramiro la taladró con sus ojos enamorados de un color azul grisáceo, risueños y algo burlones—. No solo de mis dominios, sino de mi corazón.
—Pues entonces, voy a pedirte otra cosa. —El reto se había tornado miel.
—No abuses… —advirtió él fingiendo enfado.
—Un horno —exclamó ella jovial—. Hace mucho que no practico, pero todavía recuerdo cómo cocía el pan mi Galinda.
El molino más próximo a Lobera pertenecía a un musulmán y estaba enclavado en su territorio, al otro lado del río. En tiempos de paz no solía haber problema para llevar allí el trigo a moler a cambio de una décima parte, pero cuando la convivencia se quebraba o al hombre le entraban escrúpulos, era preciso accionar a mano la vieja rueda de moler, como se había hecho desde antiguo. De un modo u otro, no obstante, rara vez faltaba harina en la casa.
Atendiendo a la demanda de su esposa, el señor mandó fabricar un rústico horno de leña justo al lado de la cocina, de donde cada semana salía una hogaza crujiente, hecha de trigo y cebada, que se conservaba fresca hasta la siguiente hornada. La Dueña había tomado la costumbre de amasarla ella misma, como un gesto de amor a su hombre. Y en el mismo vientre ardiente se asaban de cuando en cuando lechales o cochinillos, si la ocasión lo merecía o alguna cría había muerto antes de ser sacrificada.
La vida en el campo era dura, pero Auriola no se arrepentía del paso dado. Ni una sola vez lo había hecho. Recordaba la repulsión que le produjo la ciudad nada más pisar Pamplona y cuánto había deseado entonces recuperar el verdor de su infancia. Ahora su matrimonio con un señor de frontera le permitía satisfacer ese anhelo, lo que compensaba con creces las penalidades sufridas.
Los paisajes de aquella meseta no se parecían en nada a los bosques milenarios custodiados por el Basajaun, aunque también eran hermosos. En los días claros se alcanzaba a ver, a lo lejos, el perfil de la cordillera que había servido de muralla al viejo Reino de Asturias, bajo un cielo azul añil cuya intensidad deslumbraba. Libre de la neblina causada por el humo de los llares en León, el aire era cristalino. En las riberas del Duero crecían chopos esbeltos, disputándose el frescor con sauces, abedules u olmos, y hacia el norte, allende los campos, robledales, hayedos y monte bajo donde abundaba la caza.
Cuando la nieve cayó, cubriendo el mundo de blanco, las gentes buscaron el abrigo de sus hogares y toda actividad se detuvo. Era tiempo de reposar, contar historias y hacer hijos. Tiempo de amar y dormir. Tiempo de aprovechar la oportunidad de estar juntos, sabiendo que al fundirse el hielo Ramiro habría de partir.
El día aciago del adiós llegó mucho antes de lo deseado.
Habían pasado las fiestas de la natividad del Señor dando gracias al Altísimo por el regalo de la vida que abultaba el vientre de Auriola, en un castillo muy distinto al encontrado meses atrás, ampliado, adecentado, cubierto de paja fresca y pieles cálidas. También a Ramiro le apretaba el cinturón, aunque en su caso era la dicha, unida a la buena comida, la causante de esa gordura inédita en sus treinta años de existencia.
Era hora de recuperar las viejas costumbres guerreras.
Las armas, afiladas y engrasadas, estaban prestas para el combate. Los hombres de su mesnada se habían despedido de sus familias, dejándolas al cuidado de los chiquillos y las haciendas. Los zurrones contenían pan, cecina, queso y alguna fruta seca para el viaje. En las botas no faltaba el vino.
Ramiro había jurado proteger con su vida al rey niño y el honor lo urgía a cumplir ese deber sagrado, por mucho que le doliera dejar sola a su mujer encinta. Conocía mejor que nadie el peligro al que se enfrentaría en su ausencia.